Capítulo 4 de 13

Antes del oro

Mateo encontró a Clara sentada en el patio, con una rodilla recogida contra el pecho.

La señora Petra estaba junto a ella. Había colocado un canasto de vainas entre ambas y le enseñaba a separar las semillas sin romperlas.

Su hermana levantó la cabeza cuando él entró.

—¿Qué pasó?

Mateo cruzó el patio y la abrazó.

Clara dejó caer las vainas que sostenía.

—Mateo…

Él aflojó los brazos, pero no se apartó enseguida. Había recorrido las últimas calles imaginando la casa vacía, la puerta abierta, una pequeña moneda abandonada sobre la cama.

La niña seguía allí. Tenía tierra debajo de las uñas y una mancha verde en el vestido.

—Nada —dijo al fin—. Quería saber cómo estabas.

Petra lo observó por encima del canasto.

Inés entró detrás de él, sujetando el cuaderno de Rosario contra el pecho.

La anciana miró el libro y luego la cara de la maestra.

—Voy a poner agua —murmuró.

Nadie le pidió explicaciones.

Mateo acompañó a Clara hasta la mesa del patio.

—Necesito que me prometas algo.

Ella recogió una semilla del suelo.

—¿Qué?

—No entres al taller mientras yo no esté.

Clara dejó la semilla junto al canasto.

—Papá también decía eso.

Mateo sintió que las palabras le atravesaban el pecho.

—¿Por qué?

—Porque había herramientas que cortaban.

La explicación era razonable. Julián la había repetido cuando él era niño.

Pero Clara no había terminado.

—Y porque algunas noches se oía alguien adentro.

Inés se quedó inmóvil junto a la puerta.

—¿Qué oías? —preguntó Mateo.

La niña se encogió de hombros.

—Como cuando papá hablaba solo. A veces decía que no. A veces pedía otro día.

Mateo miró el portón del taller.

Estaba cerrado.

Revisó el escondite mientras Inés permanecía con Clara.

El cofre seguía bajo la tabla.

Mateo lo llevó al banco de trabajo y retiró el pañuelo con cuidado. Su nombre conservaba las mismas letras. Al otro lado, el jinete extendía la bolsa sobre la palabra ESPERARÉ.

No había aparecido nada más.

Por unos segundos, aquella ausencia lo tranquilizó.

Después comprendió lo absurdo de sentirse a salvo porque el oro no había nombrado todavía a su hermana.

Envolvió la moneda, cerró la caja y la escondió de nuevo.

Al levantar la vista encontró su reflejo en el vidrio de la ventana: barba sin afeitar, ojeras, la camisa que no se había cambiado desde el viaje. Parecía mucho mayor que al salir de la ciudad.

Se lavó las manos en la cubeta.

El agua estaba fría, pero continuó frotándose hasta que dejó de sentir la tibieza del metal.

Leyeron el cuaderno después de comer.

Petra llevó a Clara a su casa con el pretexto de arreglarle el dobladillo del vestido. La niña aceptó al saber que también podría ayudar a preparar tortillas.

Antes de irse, se volvió hacia su hermano.

—No salgas sin decirme.

Mateo le prometió que estaría allí cuando regresara.

Inés colocó el cuaderno sobre la mesa de la cocina. Abrió los postigos y apartó la jarra para que ninguna gota alcanzara las hojas.

—Tenemos que leer desde el principio —dijo.

Mateo se sentó frente a ella.

En las primeras páginas, Rosario había descrito una casa de adobe con una sola habitación, un techo que goteaba sobre el fogón y una parcela arrendada en la ladera. Las fechas eran de varios años antes de la fotografía de la hacienda.

Había cuentas entre los párrafos: maíz, manteca, tela, una medicina.

También pequeñas escenas familiares.

Nicolás quiso ayudar a su padre con el azadón. Lo arrastró por el patio y terminó cayendo de espaldas. Esteban se rio tanto que el niño se enfadó. Después lo llevó sobre los hombros hasta el arroyo.

Mateo pasó los ojos por aquellas líneas.

Le costaba relacionar al hombre del camino con alguien que había cargado a su hijo.

Inés comenzó a leer en voz baja.

Y, poco a poco, el golpeteo de las gallinas en el patio dejó de oírse para Mateo.

Esteban Montenegro regresó aquella tarde con dos conejos colgados del cinturón.

Rosario estaba arrodillada junto al fogón, intentando encender unas ramas húmedas. Nicolás dormía sobre el petate, con la boca abierta y una mano debajo de la mejilla.

—Ya tenemos cena —dijo Esteban.

Ella levantó la cabeza.

Su esposo dejó los animales junto a la puerta y se agachó para besarla. Olía a tierra, sudor y hojas aplastadas.

—¿Y el jornal?

Rosario no quiso que la pregunta sonara como un reproche, pero vio cambiar su expresión.

—El administrador dice que pagará el sábado.

Era martes.

Esteban se sentó junto al niño y le apartó un mechón de la frente.

Rosario volvió al fogón.

Durante meses había aprendido a calcular lo que duraría una bolsa de maíz según el peso que sentía al levantarla. Todavía quedaba algo en la última, pero no lo suficiente para esperar al sábado.

—Puedo ir con doña Leoncia —dijo—. Me debe dos días de lavado.

Esteban miró sus manos.

Tenía las grietas de los nudillos llenas de tierra.

—Mañana hablaré otra vez con el administrador.

Rosario asintió.

No le dijo que ya había ido a cobrar el lavado. Doña Leoncia le dio un jarro de leche agria y prometió pagar después.

Aquella noche comieron conejo hervido.

Nicolás despertó de buen humor. Quiso saber si su padre había cazado a los animales corriendo más rápido que ellos.

—Mucho más rápido —respondió Esteban.

El niño se rio.

Rosario también.

Durante la cena casi consiguieron olvidar el sábado.

La enfermedad comenzó tres días después.

Nicolás tuvo fiebre y dejó de comer. Al principio, Rosario creyó que se trataba de una indisposición pasajera. Le humedeció la frente, cambió el petate de sitio y pasó la noche acercándole agua a los labios.

Al amanecer, el niño ya no quería abrir los ojos.

Esteban fue a buscar al médico de la hacienda.

Regresó solo.

—Está atendiendo a la señora —dijo.

—¿Cuándo vendrá?

—No sabe.

Rosario levantó la manta.

El pecho de Nicolás se movía demasiado deprisa.

Esteban salió otra vez.

Volvió al mediodía acompañado por un hombre que llevaba una caja de cuero. El médico examinó al niño, hizo varias preguntas y dejó instrucciones junto con un frasco.

Al terminar, extendió la mano.

Esteban le entregó las monedas que había conseguido.

El médico las contó.

—Falta.

—Se lo daré el sábado.

El hombre miró el frasco que acababa de colocar sobre la mesa.

Rosario dio un paso hacia él.

—Por favor.

El médico retiró la mano del medicamento, cerró su caja y se marchó sin responder.

Esteban permaneció en la puerta hasta que dejó de verlo.

Cuando volvió, Rosario había empezado a llorar.

—No va a llevárselo —dijo él.

Lo dijo mirando a su hijo.

Rosario no supo si hablaba de la enfermedad, del médico o de alguien a quien ella no podía ver.

La lluvia tampoco llegó.

El maíz de la parcela se dobló sobre la tierra y las hojas comenzaron a perder color. Esteban trabajaba después de sus jornadas en la hacienda, cargando agua desde el arroyo en dos cubetas que le golpeaban las piernas.

Rosario lo ayudaba mientras Nicolás dormía.

Una noche encontraron huellas de animales dentro del sembradío. La cerca cedió junto a un poste podrido. Las pocas plantas que aún resistían quedaron pisoteadas.

Esteban se agachó y levantó un tallo partido.

Rosario sostuvo la lámpara.

Él no maldijo. No arrojó el tallo ni golpeó la cerca.

Lo acomodó entre las otras plantas y empezó a enderezar los postes.

Aquella calma la asustó más que cualquier grito.

Al día siguiente fue a pedir un préstamo al propietario de la hacienda.

Rosario supo lo ocurrido por un peón.

El patrón lo había recibido en el corredor, durante la comida. Esteban explicó la enfermedad de Nicolás, el salario atrasado, la cosecha perdida.

El propietario siguió cortando la carne de su plato.

Cuando Esteban terminó, le preguntó qué ofrecía como garantía.

—Mi trabajo.

El patrón se rio.

Dos hombres sentados con él también lo hicieron.

—Tu trabajo ya me lo debes por el arriendo.

Esteban insistió.

Dijo que podía trabajar los domingos, cuidar animales, reparar cercas. El patrón levantó la mano para llamar a un criado y pidió que lo sacaran del corredor.

Esteban intentó quedarse.

El criado lo sujetó del brazo.

Al zafarse, golpeó una copa que cayó sobre la mesa.

La siguiente noche, Rosario vio el moretón en su mejilla.

Él le dijo que se había lastimado cargando leña.

Ella no discutió.

Esteban salió después de que Nicolás se durmiera.

Rosario le preguntó adónde iba.

—A caminar.

Le ofreció acompañarlo, pero él negó con la cabeza.

Se alejó siguiendo el arroyo hasta la barranca. Quería llegar al sitio donde acostumbraba sentarse antes de casarse, cuando la tarde podía gastarse sin pensar en la comida del día siguiente.

Encontró un caballo atado junto a un mezquite.

El animal era negro y estaba demasiado limpio para haber recorrido aquellos caminos. Tenía montura nueva y una manta bordada bajo la silla.

Cerca de él esperaba un hombre.

Llevaba botas lustrosas, una chaqueta oscura y un sombrero que sostenía entre las manos.

—Buenas noches, Montenegro.

Esteban se detuvo.

—¿Nos conocemos?

—Conozco su situación.

La frase le recordó el corredor de la hacienda. Se dispuso a marcharse.

—No necesito que nadie vuelva a explicármela.

—Necesita dinero.

Esteban permaneció de espaldas.

El hombre dejó una bolsa sobre una piedra.

El cuero se abrió un poco al caer.

Esteban vio el brillo.

—Su hijo podrá tener un médico —dijo el desconocido—. Su esposa dejará de pedir que le paguen lo que le deben. Usted comprará una casa donde la lluvia no caiga sobre la cama.

Esteban volvió lentamente.

—¿Quién se lo contó?

El hombre no respondió.

—¿Es un préstamo?

—Podemos llamarlo un acuerdo.

Esteban observó el camino. No veía a nadie más.

—No tengo tierras.

—No las necesito.

—Tampoco ganado.

—Lo sé.

El hombre recogió la bolsa y la sostuvo ante él.

Esteban percibió un olor leve a cuero calentado junto al fuego.

—¿Qué quiere?

—Que me reciba cuando termine su vida.

El arroyo corría entre las piedras.

Esteban miró la mano que le ofrecía el dinero.

—Todo hombre recibe a alguien al morir.

El desconocido sonrió.

—Entonces no le parecerá una condición excesiva.

Esteban pensó en Nicolás respirando bajo la manta. En Rosario humedeciéndole los labios. En la risa del propietario.

—¿Y mientras viva?

—Dispondrá de cuanto necesite.

—¿Mi hijo se curará?

—Tendrá con qué atenderlo.

Esteban frunció el ceño.

El hombre esperó.

—Quiero que se cure.

—Yo le ofrezco oro.

La distinción quedó suspendida entre ambos.

Esteban podría haberse alejado. Rosario lo escribió después con una insistencia dolorosa: su esposo conoció aquellas palabras y aun así extendió la mano.

El desconocido mantuvo la bolsa sobre su propia palma.

—Cuando termine su vida —dijo—, irá conmigo y servirá hasta que otro acepte relevarlo.

Esteban levantó la vista.

—¿Servir en qué?

El caballo golpeó el suelo.

Por un instante, la oscuridad pareció moverse dentro de sus ojos.

—En cobrar lo que otros hayan convenido.

Esteban retiró la mano. El desconocido no intentó sujetarla. Esperó mientras él pensaba en Nicolás y en el dinero que lo separaba de un médico.

—Acepto —dijo Esteban al fin—. Cuando termine mi vida, iré con usted y cobraré esos acuerdos.

Entonces recibió la bolsa. Era mucho más pesada de lo que había imaginado. Cerró los dedos alrededor del cuero sin querer pensar en los caminos que acababa de aceptar.

Mateo apartó el cuaderno.

Tenía los hombros tensos.

Inés demoró la lectura, con un dedo junto al último renglón.

—Se lo dijo —murmuró él—. Le dijo lo que tendría que hacer.

—Y también le mostró cómo sacar a su hijo de aquella cama.

Mateo recordó su propia mano detenida frente al oro.

Se levantó para beber agua.

No quería seguir identificándose con Esteban.

Le resultaba más sencillo imaginarlo ambicioso desde el principio, cruel incluso antes del pacto. La pobreza de aquella casa, el niño enfermo y la humillación en el corredor complicaban todo.

Inés abrió una página posterior.

—Rosario no intenta disculparlo.

Mateo regresó a la mesa.

Nicolás sobrevivió.

El médico volvió y permaneció junto a su cama varias horas. Llegaron medicamentos desde la cabecera, carne, leche y ropa de cama.

Esteban pagó antes de que nadie extendiera la mano.

Durante las primeras semanas, Rosario le permitió callar sobre el origen del dinero. Quería creer que su esposo había encontrado un patrón generoso o alguna oportunidad que no sabía explicar.

Compraron una casa.

Después dos mulas.

Esteban dejó de trabajar en la hacienda y adquirió una parcela. Cuando un vecino le preguntó cómo lo había conseguido, respondió que había hecho buenos negocios.

Los negocios crecieron.

Rosario empezó a encontrar monedas en lugares extraños: dentro de una bota, entre la ropa limpia, sobre el borde del pozo.

Una mañana vio a Esteban vaciar los bolsillos antes de salir. Al regresar, estaban llenos.

Él aseguró que había cobrado una venta.

Rosario lo observó contar el oro.

El sonido se repitió durante largo rato.

En 1843 compraron la hacienda.

La misma donde Esteban había sido expulsado del corredor.

El antiguo propietario tuvo que vender después de perder dinero y tierras en una serie de pleitos. Esteban ofreció una cantidad suficiente para cerrar el trato en pocos días.

El hombre quiso estrecharle la mano.

Esteban lo dejó esperando.

Rosario presenció la escena desde la puerta.

Aquella noche le preguntó si habían necesitado una casa tan grande.

—Ahora Nicolás tendrá algo suyo.

—Ya tenía una casa.

—Tenía cuatro paredes prestadas.

Esteban se quitó la chaqueta.

En su muñeca brillaba un reloj nuevo.

Rosario sintió una vergüenza inexplicable al recordar que, meses atrás, había remendado las mangas de su única camisa.

—También teníamos tiempo juntos —dijo.

Él la miró como si lo hubiera ofendido.

—¿Preferías pasar hambre?

Rosario no respondió.

Días después encargó el traje negro.

Eligió personalmente los botones de plata y los bordados de oro. Mandó ajustar las mangas dos veces. Quería que todo quedara perfecto.

Al probarse el sombrero frente al espejo, sonrió.

Rosario estaba sentada junto a la ventana.

—Ya no podrán sacarme de ninguna mesa —dijo él.

Ella comprendió entonces que seguía en el corredor de la antigua hacienda, oyendo la risa de aquellos hombres.

El dinero había cambiado la casa.

La humillación seguía intacta.

A partir de allí, las entradas del cuaderno se volvieron más cortas.

Esteban despedía a trabajadores por pérdidas pequeñas. Retenía salarios cuando una herramienta desaparecía. Compraba terrenos a familias que no podían pagarle sus préstamos.

Una mujer fue a suplicarle que esperara hasta la siguiente cosecha.

Llevaba un niño de la mano.

Rosario los vio desde el comedor.

Esteban escuchó sin interrumpir y después ordenó al administrador que continuara con el desalojo.

Aquella noche discutieron.

—Tiene un hijo —dijo Rosario.

—Todos tienen algo que mencionar cuando deben dinero.

Ella lo miró durante varios segundos.

Luego preguntó:

—¿Eso pensaste cuando fuiste a pedir por Nicolás?

Esteban la sujetó del brazo.

No con fuerza suficiente para lastimarla, pero sí para impedirle apartarse.

Rosario miró su mano.

Él la soltó.

Desde entonces dejó de contarle cuánto dinero tenía.

Mateo pasó una página.

Las manchas del borde eran más oscuras.

Rosario había comenzado a fechar cada incidente.

Encontré una moneda con el nombre de Nicolás.

Esteban dijo que no significaba nada.

Después apareció mi nombre en otra.

Inés se acercó.

Las líneas siguientes estaban subrayadas.

Le pregunté si nos había incluido en su acuerdo. Juró que no. Dijo que el hombre de la barranca le había dado una explicación: el oro muestra aquello que uno teme perder.

Mateo volvió a leer la frase.

—Puede mentir —dijo.

—Puede —respondió Inés.

Continuaron.

Rosario describía un intento de arrojar las monedas al pozo. Esteban encontró la misma cantidad bajo la almohada antes de acostarse.

Después quemó una bolsa.

El cuero ardió. El oro permaneció sobre las cenizas.

Finalmente fue a la barranca para devolverlo.

Volvió al amanecer con las botas cubiertas de barro.

Rosario le preguntó qué había ocurrido.

Esteban respondió que devolver el dinero no deshacía lo aceptado.

La siguiente entrada estaba escrita varias semanas después.

Anoche escuché a mi esposo discutir frente al espejo.

Le decía a alguien que todavía no era el momento.

Mateo levantó los ojos hacia la tela que cubría el espejo de su propia casa.

Inés también la había visto.

Ninguno se acercó.

La última parte que leyeron aquella tarde contenía una conversación entre Rosario y Esteban.

Habían pasado años desde el pacto.

El niño estaba en otra habitación. Esteban se había sentado a la mesa sin quitarse el sombrero, algo que antes nunca hacía.

Le contó que el desconocido había vuelto.

La visita fue breve.

Le recordó sus condiciones y le explicó que, después de morir, tendría que recorrer caminos, cobrar los tratos cumplidos y ofrecer su riqueza a quienes quisieran aceptarla.

Cada aceptación podía convertirse en una oportunidad de relevo.

Rosario le preguntó si advertiría a esas personas.

Esteban tardó en contestar.

Cuando lo hizo, ella escribió sus palabras sin añadir comentario:

«Si saben lo que cuesta, nadie querrá tomar mi lugar».

Mateo cerró los ojos.

Recordó la conversación en Las Cruces, la voz suave, la bolsa abierta justo cuando regresaba sin trabajo.

Esteban había aprendido a esperar.

Inés volvió una hoja.

Allí había una sola anotación, escrita con trazos hondos:

Le pedí que dejara de prestar dinero.

Me respondió que todavía estaba vivo.

Clara regresó cuando comenzaba a bajar la luz.

Entró con una tortilla envuelta en una servilleta y buscó a Mateo con los ojos antes de sonreír.

—Esta la hice yo.

Él apartó el cuaderno.

La tortilla era gruesa y tenía un borde quemado.

La partió en tres.

Inés aceptó su pedazo y Clara se sentó entre ambos, satisfecha.

Durante unos minutos hablaron de la masa, del comal de Petra y de una gallina que había entrado en la cocina de la anciana.

Mateo escuchó a su hermana y pensó en Nicolás.

No sabía qué le había ocurrido después de aquella fotografía. El cuaderno todavía tenía muchas páginas.

Pero ya entendía que el jinete había tenido una familia y que, mucho antes de montar un caballo de ojos encendidos, había empezado a alejarse de ella.

Clara miró el libro.

—¿Es de papá?

—No —respondió Mateo—. Lo encontramos en la iglesia.

Ella pasó un dedo cerca de la cubierta, sin tocarla.

—Papá también tenía uno.

Mateo dejó de masticar.

Inés miró a la niña.

—¿Un cuaderno?

Clara asintió.

—Lo llevaba cuando salía. A veces apuntaba nombres.

Mateo recordó las hojas donde Inés había anotado desaparecidos.

—¿Sabes dónde lo guardaba?

Clara se quedó pensando.

Después miró hacia el taller.

—Dijo que, si tú volvías, te acordarías de dónde dejaban dormir a las herramientas cansadas.

Mateo tardó un momento en comprender.

Luego vio a su padre muchos años atrás, señalando un viejo baúl bajo el banco.

Allí guardaban las herramientas rotas.

Las que Julián se negaba a tirar porque todavía podían servir para alguna cosa.

Mateo se levantó.

Clara lo sujetó de la manga.

—¿Vas a salir?

Él le apoyó una mano sobre los dedos.

—Solo al taller.

Tomó la lámpara.

Inés cerró el cuaderno de Rosario y se puso de pie para acompañarlo.

Esta vez Mateo no pensó en la moneda.

Pensó en todas las noches que su padre había pasado despierto, sentado entre aquellas herramientas, escribiendo mientras alguien lo esperaba al otro lado de la puerta.