Capítulo 5 de 13
La deuda de Julián
El baúl seguía debajo del banco de trabajo.
Mateo tuvo que arrodillarse para alcanzarlo. Una pata de mesa y varias tablas lo ocultaban casi por completo. Apartó la madera, sujetó el asa de hierro y tiró.
El baúl avanzó unos centímetros con un gemido.
Inés dejó la lámpara sobre el banco.
—¿Te ayudo?
Mateo negó.
Volvió a tirar hasta sacarlo a la luz. El polvo dibujó un rectángulo limpio sobre el piso.
La tapa estaba cubierta de pequeñas cicatrices: quemaduras, golpes, cortes hechos por herramientas que su padre había apoyado sin cuidado. En un costado todavía se distinguían las iniciales que Mateo talló cuando era niño.
Julián le dio una reprimenda aquella tarde.
Después pasó los dedos sobre las letras y dijo que, por lo menos, ahora sabrían a quién pertenecía el baúl cuando se perdiera.
Mateo sostuvo la tapa un momento antes de levantarla.
Dentro encontró un serrucho sin mango, dos cepillos partidos, una escuadra torcida y varios formones mellados. Cada herramienta conservaba alguna reparación incompleta.
Su padre no había dejado de intentar arreglarlas.
Mateo retiró el serrucho. Debajo había un trozo de lona doblado.
Al levantarlo apareció el cuaderno.
Tenía las tapas pardas, sujetas con un cordón. Una esquina estaba endurecida por la humedad y varias hojas sobresalían de manera desigual.
Mateo reconoció la letra antes de abrirlo.
En la cubierta, Julián había escrito:
Lo que no pude decir.
Inés se agachó junto a él.
Mateo levantó el cuaderno con ambas manos.
Era más pesado de lo que esperaba.
No comenzaron a leer enseguida.
Mateo recorrió el taller buscando un sitio donde sentarse. El banco estaba ocupado por herramientas; la silla a medio reparar seguía contra la pared.
Finalmente sacó dos taburetes al patio.
El cielo conservaba una franja de luz sobre los tejados. Desde la cocina llegó el ruido de Clara acomodando platos.
—¿Lo encontraste? —preguntó.
Mateo sostuvo el cuaderno para que lo viera.
Su hermana sonrió con una satisfacción pequeña, casi tímida.
—Sabía que ibas a acordarte.
Él la llamó.
Clara se acercó y apoyó una mano en la cubierta.
—¿Te dijo cuándo debía dártelo?
—Cuando volvieras.
—¿Algo más?
La niña miró hacia el taller.
—Que no lo buscara sola.
Mateo asintió.
Por primera vez comprendió que su padre había confiado a Clara una tarea demasiado grande para su edad. También comprendió que ella la había cumplido mientras esperaba a un hermano que no sabía si regresaría.
—Lo hiciste bien —le dijo.
Clara retiró la mano.
—¿Ahora vamos a saber qué le pasó?
Mateo miró a Inés.
—Vamos a intentarlo.
Las primeras páginas contenían cuentas.
Fechas, nombres de clientes, medidas de puertas y cantidades recibidas. Julián había utilizado el cuaderno como cualquier otro registro del taller.
Más adelante, una línea cruzaba toda la hoja.
Debajo comenzaba un texto distinto.
Si Mateo encuentra esto, quiero que sepa que no escribo para pedirle que me dé la razón.
Hay cosas que hice mal antes de aquella noche. Otras las hice después. El dinero no tuvo la culpa de todas.
Mateo dejó de leer.
Inés aguardó sin acercarse.
En la cocina, Clara canturreaba mientras avivaba el fogón. La canción era una que su madre entonaba cuando amasaba.
Mateo volvió a bajar los ojos.
Tu madre llevaba once días sin levantarse. El médico dijo que necesitaba medicinas que aquí no había y que quizá tendría que llevarla a la cabecera.
Yo había vendido las dos mejores herramientas y cobrado todos los trabajos pendientes.
Entonces fui con Laureano.
Mateo pasó la hoja.
Julián había llegado al despacho al terminar la tarde.
Llevaba el sombrero entre las manos y una lista de medicamentos doblada dentro de la camisa. Había repasado los nombres durante el camino para no equivocarse al explicar lo que necesitaba.
Laureano lo recibió detrás de un escritorio ancho.
Escuchó sus cuentas, hizo algunas preguntas y abrió un libro de registros.
Julián le ofreció el taller como garantía.
El prestamista miró la lista de medicinas.
—Ya tienes una deuda pendiente.
—La estoy pagando.
—Despacio.
Julián sostuvo el sombrero con ambas manos.
—Mi mujer no puede esperar a que yo termine.
Laureano observó sus uñas, todavía manchadas de barniz.
—Hay quien presta sin pedir propiedades.
Julián levantó la cabeza.
—¿Quién?
El prestamista cerró el libro.
Le indicó un camino y una hora.
Dijo que algunas personas preferían tratar sus asuntos lejos del pueblo.
Julián creyó que hablaba de un comerciante dispuesto a adelantar dinero a cambio de trabajo. Preguntó qué debía llevar.
Laureano respondió:
—La verdad de lo que necesitas.
En el cuaderno, Julián había subrayado aquella frase.
Mateo la leyó dos veces.
Inés se acercó hasta poder verla.
—A Tomás también le habló de una oportunidad —dijo.
Mateo sintió que la imagen del despacho cambiaba ante sus ojos. Laureano dejó de parecerle únicamente un hombre que se aprovechaba de los intereses.
Había enviado a su padre al camino.
Julián encontró al Charro cerca de la segunda cruz.
El jinete lo saludó por su nombre y le preguntó por su esposa.
Al principio, Julián intentó explicarle que necesitaba un préstamo pequeño. Sacó la lista de medicamentos y comenzó a leerla.
El hombre no miró el papel.
Le ofreció una bolsa.
Julián preguntó cuánto debía devolver.
El Charro respondió que podían acordar una fecha distinta de las acostumbradas.
No me pidió una casa ni el taller. Me dijo que, al terminar mi vida, iría con él.
Yo le pregunté si las medicinas salvarían a tu madre.
Me dijo que habría dinero para comprarlas.
Mateo apretó el borde de la página.
Reconocía aquella precisión.
La había leído en el cuaderno de Rosario. El oro pagaba la atención del enfermo; el jinete dejaba que el desesperado imaginara el resto.
Julián rechazó la bolsa.
Se marchó y regresó a casa sin dinero.
La entrada siguiente era breve.
Tu madre pidió agua esa noche. Tú la levantaste de los hombros mientras yo sostenía el vaso.
Mateo recordaba el peso de su madre contra su pecho. Recordaba el cabello húmedo pegándose a su mejilla.
Clara lloraba en la otra habitación.
Entonces era una niña de cinco años.
Volví al camino después de acostarlos.
El Charro seguía allí.
Mateo se levantó.
Dio unos pasos hasta el limonero y apoyó una mano sobre el tronco.
Durante siete años había recordado aquella enfermedad a través de detalles separados: el olor del cuarto, una palangana, su madre tratando de sonreír, Julián ausente a horas extrañas.
Ahora encontraba lo que había ocurrido entre una escena y otra.
Inés cerró el cuaderno para que la brisa no moviera las hojas.
—Podemos parar.
Mateo negó.
No quería seguir, pero le parecía que detenerse dejaría a su padre otra vez solo junto a la cruz.
Volvió al taburete.
La segunda vez, Julián aceptó.
El Charro le hizo repetir el acuerdo.
Dinero para atender a su esposa.
Su compañía al terminar su vida.
Julián escribió que no comprendió lo que significaba acompañar al jinete hasta mucho después.
En aquella noche había pensado en morir como se piensa en una cosecha lejana: algo que llegaría algún día, cuando las necesidades inmediatas ya hubieran quedado atrás.
Tomó la bolsa.
El dinero alcanzó para las medicinas, para pagar al médico y para llevar a su esposa a la cabecera.
Durante varias jornadas ella mejoró.
Una mañana pidió que abrieran la ventana.
Otra quiso sentarse.
Mateo recordaba que su padre compró pan dulce y lo partió en cuatro sobre la mesa. Clara se manchó la cara de azúcar y su madre se rio al verla.
Habían creído que lo peor había pasado.
La página siguiente tenía una mancha circular.
Tu madre supo que algo ocurría.
Me preguntó de dónde salió el dinero.
Le dije que Laureano me había prestado.
Julián había tachado una frase, pero Mateo consiguió distinguirla:
No quería que me mirara con miedo.
Debajo escribió otra:
No quería decirlo en voz alta.
La mejoría duró pocas semanas.
Después regresaron la fiebre y el dolor.
Julián buscó al Charro otra vez.
Le pidió más tiempo.
Le pidió que cumpliera.
El jinete escuchó sin desmontar.
Luego le recordó lo que habían acordado.
Había recibido dinero.
La enfermedad nunca había formado parte del trato.
Mateo cerró los ojos.
Todavía podía oír a su padre regresando aquella madrugada, golpeándose contra una silla en la oscuridad. Él había salido del cuarto de su madre y le preguntó dónde demonios había estado.
Julián no respondió.
Mateo le dijo que nunca estaba cuando lo necesitaban.
Lo escribió su padre en el cuaderno.
Sin corregirlo.
Sin añadir una defensa.
Tenías derecho a preguntarlo.
La madre de Mateo murió cuatro días después.
Clara salió al patio con una taza.
—Inés, Petra dice que te lleve esto.
La maestra la recibió.
—Gracias.
La niña miró a Mateo.
Él tenía el cuaderno sobre las rodillas.
—¿Está hablando de mamá?
Mateo asintió.
Clara se sentó en el escalón de la cocina.
—Papá decía que le gustaba oír llover.
Él la miró.
—Sí.
—Yo no me acuerdo de su voz.
Mateo dejó una mano sobre el libro.
Había pasado tanto tiempo defendiendo sus propios recuerdos que nunca pensó en lo poco que Clara podía conservar.
—Cantaba bajito cuando trabajaba —dijo—. Y cuando se enojaba contigo usaba tu nombre completo.
Clara sonrió.
—¿También contigo?
—Más conmigo.
La niña apoyó la barbilla sobre las rodillas.
Mateo sintió el deseo de contarle algo más, pero las palabras tardaban en llegar. Su madre había quedado guardada en un cuarto enfermo durante demasiados años. Tendría que empezar a recordarla fuera de allí.
—Mañana te cuento cómo conoció a papá.
Clara levantó la cabeza.
—¿Lo sabes?
—Lo contaba cada vez que podía.
La niña se quedó un rato con ellos antes de volver a la cocina.
Mateo continuó leyendo.
Después del entierro, Julián intentó devolver el dinero.
Reunió las monedas que todavía conservaba y vendió una cómoda recién terminada. Llevó el pago al camino.
El Charro no lo aceptó.
Julián anotó sus palabras:
«El dinero ya hizo aquello para lo que lo pediste. Gastarlo fue parte del acuerdo. Devolver una cantidad no devuelve los días».
Durante meses buscó otra manera.
Preguntó a viajeros, a curas, a hombres que afirmaban conocer historias antiguas. Anotó respuestas contradictorias.
Uno le dijo que enterrara el oro bajo una cruz.
Otro, que lo arrojara al agua corriente.
Un tercero quiso cobrarle por una oración.
Julián hizo varias pruebas.
La moneda que había reservado siempre regresó.
A veces aparecía sobre el banco.
Una noche la encontró en el bolsillo de su camisa.
La conservo porque ya no quiero hallarla cerca de Clara.
Mateo volvió la vista hacia el taller.
El cofre escondido le pareció de pronto menos un tesoro maldito que una tarea agotadora repetida durante años: comprobar dónde estaba, asegurarse de que la niña no lo tocara, intentar dormir.
Había más anotaciones sobre el taller.
Julián dejó de trabajar algunas mañanas porque había pasado la noche caminando. Rechazó encargos cuando no pudo calcular si tendría fuerzas para terminarlos. Pidió nuevos préstamos a Laureano para comida, madera y pagos atrasados.
La deuda de los papeles creció alrededor de la otra.
Mateo vio cómo se habían confundido en su memoria.
Un padre que no trabajaba.
Un padre que salía.
Un padre que ocultaba dinero.
Era posible haber visto todo eso y aun así no haber visto a Julián.
Encontró su propia partida varias hojas después.
La fecha le hizo recordar el calor de aquel día y el olor a pegamento en el taller.
Habían discutido porque su padre no quería que saliera de noche a encontrarse con unos amigos. Mateo tenía diecinueve años y estaba cansado de obedecer órdenes sin explicación.
La discusión cambió de tema.
Él habló de dinero.
Después de su madre.
Finalmente dijo que se marcharía.
Julián le ordenó quedarse.
Mateo sacó su ropa del armario y la metió en un costal.
En el cuaderno, su padre había escrito:
Lo sujeté del brazo. Se apartó como si yo quisiera pegarle.
Mateo recordó el movimiento.
La mano de Julián cerrándose.
Su propio cuerpo dispuesto a responder.
Quise decirle que tenía miedo de encontrarlo un día en el camino.
Le dije que era un desagradecido.
Mateo leyó aquella línea una vez más antes de continuar.
Inés no lo tocó.
Esperó a que fuera él quien volviera la página.
Había copias de cartas.
La primera estaba escrita pocas semanas después de que Mateo se marchara.
Julián hablaba de un encargo, de la escuela de Clara, de una cosecha buena en los terrenos del molino.
No mencionaba la discusión.
Mateo no recordaba haberla recibido.
En la segunda preguntaba si tenía trabajo y si comía bien.
En otra contaba que Clara había aprendido a escribir su nombre sin equivocarse y quería mandarle una hoja.
Mateo sí recordaba aquella.
La había leído deprisa, de pie en el patio de una pensión. Pensó que Julián utilizaba a la niña para hacerlo regresar.
Nunca contestó.
Las siguientes copias conservaban el mismo cuidado torpe. Su padre pedía noticias sin admitir del todo cuánto las necesitaba.
Mateo cerró el cuaderno.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
La vergüenza le llegó antes que el llanto.
No podía corregir sus siete años de ausencia con una noche de lectura. Tampoco podía convertir a Julián en un hombre sin errores solo porque ahora conociera su miedo.
Lo que más dolía era algo más pequeño.
Su padre había querido saber si comía bien.
Él ni siquiera le había respondido eso.
Cuando volvió a abrir el cuaderno, la luz del patio ya no alcanzaba.
Entraron a la cocina.
Inés colocó la lámpara lejos de las hojas y Clara se acostó después de pedirle a Mateo que dejara abierta la puerta del cuarto.
Las últimas páginas estaban dedicadas a otras personas.
Julián había anotado nombres, caminos y fechas.
Mateo encontró a Rafael Cárdenas, el hombre del registro parroquial.
Después a Tomás.
Inés se inclinó de inmediato.
La letra cambiaba a mitad de una página, como si Julián hubiera regresado para añadir algo.
Tomás llevaba dinero cuando salió con Laureano.
La parcela se vendió después a otro comprador.
Debajo había una pregunta:
¿Por qué conservar un pagaré si el dinero no lo puso él?
Inés leyó despacio.
—¿Qué pagaré?
Mateo siguió buscando.
En las hojas siguientes Julián relataba una conversación con un hombre que había transportado mercancías para Laureano. El prestamista, según aquel testigo, conservaba documentos de personas que nunca le pidieron dinero.
También compraba propiedades de desaparecidos.
Julián había intentado comparar cantidades.
En un caso encontró una diferencia entre lo que la familia recordaba haber recibido y lo que Laureano decía que se debía.
No alcanzó a revisar el original.
La entrada terminaba así:
El jinete habla de condiciones. Laureano cambia números. Todavía no sé dónde se encuentran las dos cosas.
Mateo sintió que la investigación de su padre seguía moviéndose debajo de aquellas páginas.
—Estaba buscando una falla —dijo.
Inés asintió.
—Y no me lo contó.
—Quizá no estaba seguro.
Ella apoyó un dedo junto al nombre de Tomás.
—O quería estarlo antes de darme esperanza.
La última hoja tenía escritura por ambos lados.
Julián había fechado el comienzo dos días antes de morir.
Volveré a hablar con él.
Laureano añadió a mi último reconocimiento una obligación que nunca acepté: entregar otro nombre si no podía cubrir lo que él decía que faltaba. Esteban mencionó esa línea en el camino. Le dije que la deuda del dinero no le daba derecho sobre otra persona. No sé si mi muerte llegará por sí sola o si intentarán usar también esa falsedad para cerrar mi plazo. Mi primer acuerdo fue ir con el jinete al terminar mi vida; no le prometí la vida de nadie más.
Mateo sujetó el papel por el borde.
Sé que Laureano conserva algo que no quiere mostrar.
También sé que el jinete recuerda quién era. No quiso escucharme cuando le pregunté por la casa vieja, pero se detuvo al oír el nombre de Rosario.
Inés levantó la vista.
Mateo continuó.
No creo que sea un hombre libre. Tampoco creo que eso lo haga inocente.
La frase ocupaba una línea aparte.
Debajo, la letra comenzaba a temblar.
Si no regreso, busca en la hacienda Montenegro. Hay un cuarto con los espejos cubiertos. La llave está cosida dentro de este cuaderno.
Mateo tocó la cubierta.
La recorrió con los dedos hasta encontrar una pequeña dureza junto al lomo.
Inés acercó la lámpara.
El forro interior tenía una costura reciente, hecha con hilo grueso.
Mateo buscó su navaja.
Cortó dos puntadas y retiró una llave estrecha, ennegrecida por el tiempo.
La dejó sobre la mesa.
El metal produjo un sonido breve que los hizo mirar hacia el cuarto de Clara.
La niña seguía dormida.
Mateo volvió la última hoja.
Había un mensaje para él.
Esta vez su padre no había comenzado con una explicación.
Mateo:
No aceptes nada para sacarme de donde esté.
Si te dice que puedes pagar por mí, pídele que explique qué estás aceptando. Escucha cada palabra. Yo escuché solo las que quería.
Mateo tragó saliva.
Cuida a Clara. Pero deja que otros te ayuden.
Cuando uno cree que debe resolverlo todo solo, cualquiera que le ofrezca una salida parece un amigo.
La tinta se había corrido cerca del margen.
La última línea era más pequeña.
Me habría gustado volver a trabajar contigo.
Mateo permaneció sentado.
Podía ver a su padre junto al banco, sosteniendo una tabla mientras él tomaba las medidas. No en la cama de un enfermo ni saliendo a escondidas de la casa. Trabajando.
Julián nunca le habría dicho cómo acomodar la herramienta sin corregirlo al menos una vez.
La imagen le arrancó una risa breve.
Después lloró.
Inés dejó que el silencio se extendiera.
Afuera empezaron a sonar grillos.
Más tarde, Mateo fue al taller.
No encendió la lámpara enseguida. Se quedó junto al banco y apoyó la mano sobre el cepillo de su padre.
El taller era pequeño, estaba lleno de trabajos incompletos y tenía un agujero en el techo.
Le quedaba por delante la deuda de Laureano.
Le quedaba Clara.
También un jinete que había decidido esperar.
Pero ya no iba a caminar por los mismos caminos sin preguntar adónde llevaban.
Encendió la lámpara y sacó el cofre.
Necesitaba saber si la moneda había cambiado mientras leían.
Abrió la caja.
El pañuelo estaba doblado.
Lo retiró.
Su nombre seguía allí.
Al volver la moneda, encontró al jinete con la bolsa extendida. La palabra del borde también permanecía.
Mateo sostuvo el metal con la tela.
—No voy a comprar tu salida —dijo en voz baja.
Esperó.
Nada ocurrió.
Se disponía a guardar el oro cuando escuchó una voz detrás de él.
—Julián dijo algo parecido.
Mateo se giró.
El taller estaba vacío.
Miró la puerta, la ventana, el espacio detrás de las tablas.
Entonces vio el vidrio.
La noche lo había convertido en un espejo oscuro.
En el reflejo, junto a su hombro, se distinguía el ala de un sombrero.
Mateo dejó el cofre sobre el banco y se apartó.
El rostro bajo el sombrero seguía oculto.
La voz llegó otra vez, lenta, casi cansada.
—Le faltó tiempo para averiguar si podía cumplirlo.
Mateo buscó la llave de la hacienda dentro de su bolsillo.
La apretó hasta que los dientes se le clavaron en la palma.
Cuando volvió a mirar, el reflejo mostraba únicamente su propia figura.
Desde la cocina, Inés lo llamó.
Mateo cerró el cofre.
Al regresar a la casa llevó consigo la llave y el cuaderno.
Antes de apagar la lámpara, cubrió el vidrio de la ventana con un saco.
A la mañana siguiente irían a la hacienda Montenegro.
Su padre había llegado hasta aquella puerta.
Él iba a abrirla.

Café Blasón Espresso Robusto Tostado Y Molido 1kg
4.9Calificación 4.9 de 5. 2083 opiniones.(2083)