Capítulo 6 de 13
La casa de los espejos cubiertos
Antes de salir, Mateo reparó el caballo de madera.
Encontró una pieza de cedro entre los recortes del taller, talló una pata nueva y la ajustó con una espiga diminuta. Trabajó en silencio, sentado junto a la puerta abierta, mientras el amanecer iba descubriendo las herramientas.
La reparación no le tomó mucho tiempo.
Esperó a que secara el pegamento y dejó el juguete sobre la mesa de la cocina.
Clara lo encontró al levantarse.
—Ya puede pararse.
Mateo asintió.
Su hermana lo colocó entre los platos y lo empujó con un dedo, probando su equilibrio.
Por un momento, él quiso quedarse allí todo el día.
Reparar la silla. Revisar el tejado. Conseguir un cliente. Hacer algo cuya dificultad pudiera entender y resolver con las manos.
Pero la llave de la hacienda estaba en su bolsillo.
—Voy a salir con Inés —dijo.
Clara dejó de mover el caballo.
—¿Adónde?
Mateo acomodó una taza junto al fogón.
—A una casa donde estuvo papá.
—¿La casa del hombre?
Él levantó la mirada.
Clara lo observaba con una seriedad que no correspondía a su rostro recién despierto.
—¿Qué hombre?
—El que vino.
Mateo se sentó frente a ella.
Había intentado apartarla del miedo guardando cosas, bajando la voz y respondiendo a medias. Julián había hecho lo mismo. Clara, sin embargo, había aprendido a reconocer los silencios.
—Sí —respondió—. Necesitamos saber qué le pasó a papá.
La niña miró el juguete.
—¿Van a volver antes de que oscurezca?
—Eso queremos.
Clara no pareció satisfecha.
Mateo sostuvo sus manos.
—Te quedarás con Petra. El padre Anselmo sabe adónde vamos. No voy a ir solo.
Su hermana apretó los dedos.
—No le des nada.
Mateo sintió que aquella frase, pronunciada por una niña que todavía tenía sueño, pesaba más que todas sus propias promesas.
—No le daré nada.
Inés lo esperaba frente a la iglesia.
Llevaba un morral, una cantimplora y una linterna de aceite envuelta en tela. Había recogido el cabello con firmeza, aunque varios mechones escapaban cerca de sus orejas.
Mateo llegó con el cuaderno de Julián.
El de Rosario había quedado bajo llave en el archivo; Inés llevaba unas hojas donde copió los pasajes relacionados con la hacienda.
El padre Anselmo salió hasta la verja.
—Petra traerá a Clara después de comer —dijo—. Estarán aquí si tardan.
Mateo agradeció que no intentara detenerlos.
El sacerdote miró la llave.
—Si encuentran papeles, conserven el orden en que estaban. Puede importar.
Inés asintió.
Anselmo se quedó observándolos unos segundos.
Después añadió:
—Y si algo les responde, no tengan prisa por creerlo.
Mateo recordó el reflejo del sombrero en la ventana.
No se lo había contado.
Ajustó el morral y comenzó a caminar.
La hacienda Montenegro estaba al otro lado de una loma, lejos de los campos que todavía se cultivaban.
Tomaron un sendero estrecho entre cercas derrumbadas. El sol iba calentando la tierra y los insectos comenzaron a moverse entre las hierbas.
Durante la primera parte del trayecto, Inés habló de los nombres que habían encontrado en los cuadernos. Mateo respondía poco. Le costaba dejar de escuchar, detrás de cada paso, un posible golpe de herradura.
Al llegar a una subida se detuvieron.
Desde allí podían ver San Jerónimo: la torre, los tejados y el hilo claro del camino principal.
Mateo buscó su calle aunque era imposible distinguirla.
Inés bebió agua.
—Podemos volver —dijo.
Él se giró.
—¿Quieres hacerlo?
—Quiero que Tomás vuelva. Eso no significa que todo lo que haga para encontrarlo vaya a servir.
Mateo contempló las plantas secas junto al sendero.
Había confundido durante mucho tiempo la determinación con avanzar sin detenerse. Inés podía decir que tenía miedo sin parecer dispuesta a rendirse.
—Lleguemos a la casa —respondió—. Si no podemos entrar, regresamos.
Ella cerró la cantimplora.
Continuaron.
La hacienda apareció detrás de un grupo de árboles.
Primero vieron el muro. Después el arco de entrada y una parte del tejado hundido.
La construcción ocupaba más terreno del que Mateo había imaginado al mirar la fotografía. Tenía un patio grande, corredores sostenidos por pilares y una capilla pequeña en un extremo.
Las puertas de las caballerizas estaban abiertas.
No había ganado.
En el arco todavía se distinguía el apellido Montenegro, tallado sobre una piedra y cubierto de polvo.
Inés sacó la fotografía del morral.
Comparó el corredor retratado con el que tenían delante.
—Fue aquí.
Mateo miró el sitio donde Esteban había posado junto al caballo.
Una planta crecía entre las losas.
El portón principal estaba entreabierto.
Al empujarlo, la madera rozó el suelo con un ruido áspero.
Mateo esperó.
Un pájaro salió del interior de una viga y cruzó el patio.
Entraron.
La casa olía a humedad, yeso desprendido y muebles cerrados durante demasiado tiempo.
La primera habitación había sido una sala.
Había sillones cubiertos por sábanas pardas de polvo. Un piano descansaba contra la pared, con varias teclas hundidas. Sobre la chimenea se veía un rectángulo más claro donde antes había colgado un cuadro.
Mateo examinó el marco de una puerta.
La madera estaba hinchada, pero las uniones seguían firmes.
Su padre habría pasado la mano por ellas antes de entrar.
Inés lo llamó desde el otro extremo.
—Aquí hay uno.
Junto a un aparador se alzaba un espejo grande.
Lo cubría una tela negra, sujeta en la parte superior con cordones.
Mateo se acercó.
La tela tenía agujeros pequeños en el borde, pero no se había caído.
—¿Cuánto tiempo puede durar así? —preguntó.
Inés miró las sábanas sobre los muebles.
—Alguien pudo cambiarlas después.
Mateo tocó uno de los cordones.
No era nuevo.
Pasaron a la siguiente habitación.
Encontraron otro espejo cubierto.
Y uno más en el comedor.
Las telas parecían elegidas para impedir que quedara visible incluso una franja de cristal.
En el corredor del fondo había tres puertas.
Dos estaban abiertas. La tercera conservaba una cerradura de hierro y una mancha oscura alrededor del picaporte.
Mateo sacó la llave.
Entró sin dificultad.
Al girarla, sintió una resistencia que cedió con un pequeño golpe.
La puerta se abrió hacia dentro.
El cuarto tenía una cama de madera, un escritorio y un ropero alto. Las cortinas estaban cerradas. Un espejo de pie ocupaba el rincón junto a la ventana.
También estaba cubierto.
Mateo abrió los postigos.
La luz entró de golpe, levantando un brillo sobre las motas de polvo.
Inés se detuvo junto a la cama.
Sobre el suelo había cuatro marcas.
Mateo se arrodilló.
No parecían manchas de humedad. La madera estaba hundida y ennegrecida, como si hubieran apoyado sobre ella piezas de hierro al rojo vivo.
Separó los dedos junto a una.
Era mayor que la palma de su mano.
—Aquí —dijo.
Inés miró hacia la puerta.
Dos hombres habían tenido que forzarla para entrar, según la carta de Rosario.
Mateo examinó la cerradura. En el marco todavía quedaban grietas reparadas con clavos.
Todo encajaba con lo que habían leído.
Aquella precisión lo inquietó más que un ruido inesperado.
Sobre el escritorio había una caja baja y varios papeles enrollados.
Inés se acercó primero.
—No los muevas todavía.
Anotó la posición de la caja, después retiró los papeles uno a uno.
Encontró cuentas de la hacienda, cartas de proveedores y una lista de nombres acompañados por cantidades.
Mateo vio una línea tachada con fuerza.
Debajo alguien había escrito:
No recibido.
Otra tenía una anotación diferente:
Devuelto por mano propia.
Inés pasó la hoja con cuidado.
—Esto puede ser de después de Esteban.
La letra no coincidía con la firma que habían visto en el archivo.
Mateo examinó la caja.
Estaba cerrada por un broche, sin candado.
Dentro había un paquete de cartas atado con cinta y un papel doblado en cuatro.
En el exterior del paquete figuraba el nombre de Rosario.
Mateo dejó que Inés lo abriera.
La primera carta estaba dirigida a Nicolás.
No era la misma clase de relato que el cuaderno. Tenía frases cortas, como si Rosario hubiera querido explicar algo y no supiera cuánto podía soportar su hijo.
Tu padre no murió de la manera en que mueren otros hombres.
No vayas a buscarlo.
Inés levantó los ojos hacia Mateo.
Continuó leyendo.
Rosario describía visitas posteriores a la desaparición de Esteban. Al principio, el jinete se quedaba fuera de la casa. Ella escuchaba al caballo en el patio y encontraba monedas junto a la puerta.
Una noche lo vio en el espejo de su dormitorio.
No estaba detrás de ella.
Estaba dentro del reflejo de un corredor que no pertenecía a la casa.
Desde entonces cubrí todos los cristales.
Mateo volvió la vista hacia el rincón.
La tela negra permanecía inmóvil.
El papel doblado contenía una nota escrita por Julián.
Mateo la reconoció de inmediato.
—Estuvo aquí.
Inés le cedió el lugar.
La nota no tenía fecha.
Dejé esto porque no sé si podré volver con alguien que vea lo mismo.
El espejo grande muestra un cuarto donde no hay ventanas.
Mateo sintió que los dedos se le enfriaban.
Vi personas sentadas. Algunas parecían dormidas.
Una levantó la cabeza cuando dije un nombre.
Debajo, Julián había trazado una palabra.
Tomás.
Inés llevó una mano hacia el papel, pero se detuvo antes de tocarlo.
Durante unos segundos no respiró con normalidad.
Mateo la miró.
—Inés…
Ella tomó la nota.
La leyó desde el principio y volvió a hacerlo.
—¿Cuándo vino? —preguntó—. Necesito saber cuándo lo vio.
Mateo revisó el reverso.
No había nada más.
Inés se acercó al espejo.
Él dio un paso para detenerla.
—Espera.
Ella sujetó la tela.
—Mi hermano está ahí.
—Mi padre escribió que parecía dormido. No sabemos qué vio.
Inés se giró.
Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero la voz le salió firme.
—Llevo tres años sin saber si seguía vivo.
Mateo miró la nota.
Julián había llegado a aquella casa por una razón semejante.
Se colocó junto a Inés.
—Lo abrimos juntos.
Desataron los cordones.
La tela bajó despacio y quedó amontonada sobre el suelo.
El espejo estaba limpio.
Eso fue lo primero que notaron.
Los muebles tenían polvo, las paredes estaban manchadas y las cortinas desprendían un olor rancio. El cristal, en cambio, parecía recién lavado.
Reflejó el dormitorio.
La cama.
El escritorio.
A Mateo e Inés, uno junto al otro.
Nada más.
Inés avanzó hasta quedar a unos centímetros.
—Tomás.
Su voz sonó pequeña en el cuarto.
Mateo observó el reflejo de la ventana.
Una rama se movió afuera.
En el espejo, la rama permaneció quieta.
Sintió un vuelco en el estómago.
—Inés.
La imagen de la ventana empezó a oscurecerse.
No fue como apagar una luz. Las partes del dormitorio fueron desapareciendo una detrás de otra, sustituidas por una pared gris, un piso desnudo y una mesa larga.
Mateo miró por encima del hombro.
La habitación seguía intacta.
Volvió al cristal.
Había gente al otro lado.
Estaban sentados sobre bancos.
Algunos inclinaban la cabeza. Otros miraban hacia un punto que Mateo no alcanzaba a ver.
Todos tenían una mano cerrada.
Una mujer mayor movía los labios sin levantar los ojos. Cerca de ella, un hombre con camisa de trabajo tenía la frente apoyada sobre la mesa.
Mateo reconoció esa camisa.
También el cabello escaso en la nuca.
Se acercó hasta tocar el marco.
—Papá.
Inés volvió la cara hacia él.
En el espejo, Julián no se movió.
Mateo golpeó el vidrio con la palma.
El sonido fue seco, ordinario.
—Papá.
Su padre levantó la cabeza.
Lo hizo lentamente, como si el gesto le costara.
Mateo sintió que las rodillas iban a ceder.
El rostro de Julián no tenía la palidez de un cadáver. Tenía la fatiga del hombre que había encontrado tantas mañanas en el taller, dormido junto a un trabajo incompleto.
Su boca se movió.
No se oyó nada.
Mateo apoyó ambas manos sobre el cristal.
—No te escucho.
Julián volvió a intentarlo.
El vidrio se enfrió bajo sus dedos.
Después llegó un susurro, tan débil que podría haber sido aire pasando por una rendija.
—No… abras…
Mateo miró el borde del espejo.
Era de madera tallada. No había bisagras ni cerradura.
—¿Cómo te saco?
Julián negó con la cabeza.
Levantó la mano cerrada.
Entre sus dedos apareció un brillo de oro.
Mateo pensó en la bolsa del camino.
No aceptes nada para sacarme de donde esté.
Apartó una mano del cristal.
—No voy a tomar su dinero.
Julián lo miró con una atención repentina.
Sus labios temblaron.
—La tuya…
El resto se perdió.
Mateo volvió a acercarse.
—¿Qué?
Esta vez las palabras llegaron completas.
—La tuya todavía no está escrita.
Mateo recordó su nombre grabado en la moneda.
No comprendía.
Julián parecía estar diciendo que aquello que los aterraba en su casa aún no era un acuerdo.
Quiso preguntarlo.
Pero Inés dejó escapar un sonido a su lado.
Tomás estaba en el extremo del banco.
Mateo tardó en reconocerlo.
La última vez que lo había visto era un muchacho delgado que siempre parecía dispuesto a correr. El hombre del espejo tenía los hombros encorvados y una barba descuidada.
Inés apoyó dos dedos sobre el vidrio.
—Tomás.
Él levantó la mirada.
Su expresión cambió despacio.
Primero hubo desconcierto.
Después reconocimiento.
Finalmente, miedo.
Movió la mano libre hacia su hermana, como si quisiera apartarla.
Inés empezó a llorar.
—Soy yo.
Tomás abrió la boca.
Su voz llegó entrecortada.
—No… lo… guardes…
Mateo buscó la nota sobre el escritorio.
Tal vez se refería a algún papel.
Inés sacudió la cabeza.
—¿Qué no guardo?
Tomás miró su puño cerrado.
Después la miró a ella.
—El papel…
Detrás de los bancos se extendía un corredor oscuro.
Algo se movió allí.
Julián bajó la cabeza de inmediato.
La mujer que murmuraba dejó de hacerlo.
Tomás apretó la mano contra su pecho.
Mateo oyó un tintineo.
No venía del cuarto.
Venía del espejo.
El corredor del reflejo empezó a llenarse de una claridad rojiza.
Una sombra alta apareció al fondo.
Inés retrocedió.
Mateo buscó la tela con el pie, pero no quiso apartar los ojos del cristal.
Julián alzó la cabeza una última vez.
Esta vez sus palabras llegaron con mayor fuerza.
—Cúbrelo.
Mateo recogió la tela.
En el espejo, la figura del corredor se acercaba.
Distinguió el ala del sombrero.
Inés le ayudó a levantar la tela, pero el borde se enganchó en una esquina del marco.
Mateo tiró.
El tejido se rasgó.
Una franja de cristal quedó expuesta.
En ella apareció su propio rostro.
No el que tenía en aquel momento.
Su reflejo llevaba un sombrero negro.
Mateo soltó la tela.
La figura lo miraba con sus mismos ojos, pero tenía el traje del jinete. Sobre su hombro brillaba un bordado de oro.
La mano reflejada comenzó a levantarse.
Entre los dedos sostenía una bolsa.
Inés tomó la tela y cubrió de golpe la franja.
El cuarto quedó en silencio.
Mateo permaneció con la espalda pegada a la pared.
No recordaba haber retrocedido.
Ataron los cordones sin hablar.
Inés hizo un nudo y después otro.
Mateo se obligó a mirar alrededor.
La cama seguía vacía.
El escritorio conservaba los documentos.
La ventana estaba abierta y entraba aire del patio.
Todo parecía haber estado allí mientras ellos miraban un lugar imposible.
Inés se apoyó contra la pared.
Tenía los ojos enrojecidos.
—Lo viste.
Mateo asintió.
—Está allí.
La certeza no la tranquilizó. La hizo doblarse un poco, como si después de años de búsqueda hubiera encontrado algo demasiado pesado para sostener.
Mateo le ofreció agua.
Ella bebió sin apartar la vista del espejo cubierto.
—Dijo un papel.
—Sí.
—Laureano tiene uno suyo.
Mateo recordó la pregunta de Julián.
¿Por qué conservar un pagaré si el dinero no lo puso él?
Inés se enderezó.
—Tenemos que verlo.
Él miró las cuatro marcas del suelo.
Había llegado a la hacienda buscando una explicación sobre su padre. Ahora tenía una voz, una advertencia y el rostro de alguien que todavía parecía sufrir.
—Primero salimos —dijo.
Inés recogió las cartas de Rosario y la nota de Julián. Las acomodó en el morral, separadas por una hoja limpia.
Mateo tomó el papel de las cuentas que habían encontrado sobre el escritorio.
Antes de dejar el cuarto, se volvió.
La tela negra había quedado tirante sobre el espejo.
Algo hizo presión desde el otro lado.
Fue apenas una forma redondeada, a la altura donde podría apoyarse una frente.
Mateo cerró la puerta.
El patio tenía otra luz.
Las sombras de los pilares se extendían hasta el centro y el aire había comenzado a enfriarse.
Mateo miró hacia el arco.
Calculó el tiempo que llevaban dentro y sintió un estremecimiento.
No parecía posible que hubieran pasado tantas horas.
—Tenemos que irnos ya.
Inés se ajustó el morral.
Cruzaron el corredor.
Al llegar a la sala, oyeron un pequeño golpe detrás de la tela que cubría el espejo del aparador.
Ninguno se detuvo.
Mateo empujó la puerta principal.
La madera se movió unos centímetros y quedó trabada.
Volvió a intentarlo.
Desde afuera llegaba una sombra larga.
Algo ocupaba el umbral.
Mateo levantó los ojos.
Vio primero las botas.
Después los adornos de plata, la chaqueta negra y las riendas sostenidas por una mano inmóvil.
El Charro Negro estaba de pie al otro lado de la puerta.
Su caballo aguardaba en el patio de entrada.
Los ojos del animal brillaban aun bajo la luz de la tarde.
Mateo mantuvo una mano sobre la madera.
Inés se acercó a su lado.
El jinete miró el morral donde habían guardado los papeles.
Luego levantó lentamente la cabeza.
Por primera vez, la sombra del sombrero permitió ver parte de su rostro.
La marca sobre la ceja.
El bigote.
Los mismos rasgos de la fotografía.
—La llave —dijo— era de Rosario.
Mateo sintió su peso dentro del bolsillo.
El Charro extendió la mano.
Mateo no se movió.
Inés lo observaba con los dedos cerrados sobre la correa del morral.
El jinete dejó caer la mano despacio.
—Julián no debió traerlos hasta aquí.
Mateo respiró hondo.
Recordó a su padre junto a la mesa del espejo.
Recordó a Rosario escribiendo para que su hijo supiera quién había sido aquel hombre.
Entonces pronunció el nombre.
—Esteban Montenegro.
El caballo golpeó el suelo.
La tierra quedó oscura bajo la herradura.
El Charro volvió el rostro hacia el animal con una rapidez que Mateo no le había visto antes.
Cuando miró de nuevo hacia la puerta, su expresión había cambiado.
Ya no parecía estar esperando que alguien aceptara una bolsa.
Parecía un hombre sorprendido al oír que lo llamaban desde una casa que creía vacía.

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