Capítulo 7 de 13
El hombre debajo del sombrero
El Charro no respondió al oír su nombre.
Permaneció ante la puerta, con las riendas colgando de una mano. El caballo adelantó una pata y raspó la tierra. Bajo el hierro apareció una línea oscura.
Mateo sintió el impulso de retroceder.
La presencia del jinete resultaba distinta allí, desmontado, tan cerca que podía ver una costura junto al cuello de la chaqueta. En el camino, la altura del caballo lo había convertido en algo lejano e inalcanzable. Frente a la casa de Rosario parecía un hombre.
Un hombre cuyo rostro llevaba más de sesenta años sin envejecer.
—Esteban Montenegro —repitió Mateo.
El jinete volvió lentamente la cabeza.
—Ese nombre ya no te sirve.
—A usted parece servirle.
Inés mantuvo el morral contra el cuerpo.
El Charro la miró.
—Dejen lo que encontraron y márchense.
Mateo pensó en las cartas, en la nota de Julián y en el nombre de Tomás sobre el papel.
—Mi padre vino aquí.
—Lo sé.
—También sé lo que usted hizo.
El jinete levantó ligeramente la barbilla.
—Has leído unas hojas.
—Las escribió su esposa.
Durante unos segundos solo se oyó el viento moviendo una rama sobre el tejado.
Esteban miró hacia el corredor, por encima del hombro de Mateo. Sus ojos se detuvieron en algún punto que él no pudo identificar.
Quizá el comedor.
Quizá una puerta.
Después volvió a esconder parte del rostro bajo el ala del sombrero.
—Rosario no debió guardar esas cosas.
Inés dio un paso.
—Las guardó para que su hijo supiera quién era usted.
El caballo resopló.
El Charro cerró los dedos alrededor de las riendas.
—Nicolás lo supo.
Mateo no esperaba aquella respuesta.
Había empezado a creer que el jinete solo hablaría de cobros y condiciones, que todo lo anterior a su muerte había quedado fuera de su alcance.
—¿Qué le pasó? —preguntó.
Esteban no contestó.
Miró otra vez hacia el interior de la casa.
Inés fue la primera en cruzar el umbral.
Lo hizo despacio, pasando junto al jinete sin tocarlo. Mateo se apartó de la puerta para acompañarla.
El Charro no los detuvo.
En el patio, el caballo giró la cabeza hacia Inés. Ella evitó sus ojos y continuó hasta quedar cerca de uno de los pilares.
Mateo se colocó a su lado.
Ahora tenían el arco de salida a pocos pasos.
Podrían intentar correr.
Pero la expresión de Inés le dijo que no se marcharía todavía.
—Vimos a Tomás —dijo.
El jinete permaneció de espaldas a ellos.
—No debieron descubrir el espejo.
—Es mi hermano.
Esteban se volvió.
—Lo sé.
Inés dejó de sujetar la correa y bajó las manos.
—¿Está vivo?
El jinete observó su rostro con una atención incómoda.
—No está donde lo buscas.
—Lo vi. Me reconoció. Me habló.
—Entonces ya sabes que conserva lo que fue.
Mateo sintió que Inés temblaba a su lado.
—¿Qué significa eso? —preguntó ella.
—Que recuerda.
—Le pregunté si está vivo.
Esteban apartó los ojos.
Inés avanzó otro paso.
—No voy a dejar que me responda como si estuviéramos hablando de una cuenta.
El Charro la miró de nuevo.
Bajo el sombrero, su rostro parecía cansado.
—Hay quienes mueren antes de llegar. Hay quienes llegan respirando. La espera acaba pareciéndose para todos.
Inés abrió la boca, pero tardó en encontrar palabras.
Mateo pensó en Tomás sentado sobre el banco. En su barba crecida, en la mano apretada contra el pecho.
—Entonces puede salir —dijo.
El jinete sostuvo su mirada.
—Todo lo que entra tiene una condición para salir.
Mateo recordó la última hoja del cuaderno.
Escuchar cada palabra.
No elegir únicamente las que quería.
—¿Cuál es la de Tomás?
El caballo sacudió la crin.
Los adornos de la montura tintinearon.
Esteban miró al animal antes de responder.
—La que aceptó.
Inés sacó del morral la nota de Julián.
El papel se agitó entre sus dedos.
—Mi hermano habló de un documento.
El jinete volvió la vista hacia la hoja.
—No son asuntos tuyos.
—Era su vida.
Mateo observó la mano de Esteban. Hasta entonces había permanecido quieta sobre las riendas. Ahora el pulgar se movía, frotando una pequeña zona del cuero.
—Laureano conserva un pagaré —dijo Mateo—. Mi padre quería saber por qué.
La expresión del Charro se cerró.
—Habla con Laureano.
—Voy a hacerlo.
—Entonces no necesitas preguntarme.
Inés dobló la nota.
—Usted lo recogió. Usted lo tiene ahí.
El jinete bajó la mirada hacia sus botas.
Una hoja seca cruzó el patio y quedó atrapada junto a su tacón.
—Yo cobro.
Inés lo contempló durante un largo momento.
Luego preguntó:
—¿Y nunca mira lo que está cobrando?
Esteban levantó los ojos.
Mateo advirtió algo en aquel gesto: una rapidez excesiva, el sobresalto de alguien que había oído antes esas mismas palabras.
—Tu padre también tenía muchas preguntas —dijo.
—Mi padre está muerto.
—Sí.
Mateo apretó los puños.
El jinete lo vio.
—Eso no cambia porque levantes la voz.
—Tampoco cambia porque usted hable bajito.
El silencio que siguió fue distinto.
Inés miró a Mateo de reojo.
El caballo dejó de moverse.
Esteban soltó las riendas.
El animal permaneció junto a él sin necesidad de estar sujeto.
El jinete caminó hacia uno de los pilares y apoyó los dedos sobre una grieta. Mateo reconoció el gesto: un hombre tocando un sitio conocido para comprobar cuánto quedaba de él.
—Aquí colgaba una lámpara —dijo.
Ninguno respondió.
Esteban miró hacia el centro del patio.
—Rosario la encendía antes de cenar. No confiaba en que los criados recordaran hacerlo.
Su voz había perdido la suavidad calculada del camino.
Mateo se quedó escuchando.
—Nicolás corría por ese corredor —continuó—. Se resbaló una vez y abrió la cabeza contra la base de una columna. Mi esposa quiso que quitáramos las losas.
Esteban tocó la piedra.
Mateo vio una muesca cerca del suelo.
Aquella historia no estaba en las páginas que habían leído.
—¿Volvió a verlo después? —preguntó.
El Charro retiró la mano.
Durante un instante pareció dispuesto a contestar.
El caballo golpeó una herradura.
Esteban se endureció.
—¿Qué quieren de mí?
Inés respondió de inmediato:
—A Tomás.
Mateo pensó en Julián. En lo que le había pedido desde el espejo.
—La verdad.
El jinete soltó una risa breve, sin alegría.
—Cada uno cree que la verdad será algo que pueda soportar.
—Usted lleva años decidiendo por los demás cuánto deben saber —dijo Mateo.
Esteban lo miró.
—Si hubiera explicado todo en Las Cruces, ¿habrías tomado el oro?
—No.
—Ahí tienes tu respuesta.
Inés retrocedió un paso.
Mateo sintió que la frase dejaba al descubierto todo lo que el traje elegante, los saludos y la paciencia habían cubierto.
—Quiere que alguien ocupe su lugar —dijo.
Esteban no lo negó.
—No vine a ti por casualidad.
Mateo recordó la primera noche frente a su casa.
—Porque mi padre le debía.
—Porque estabas regresando a una casa que no podías mantener.
El rostro de Inés cambió.
Mateo sintió un calor seco bajo la camisa.
—Sabía lo de Laureano.
—Sé reconocer a un hombre que empieza a contar lo que puede vender.
—Por eso se presentó en el camino.
—Por eso te ofrecí lo que necesitabas.
Mateo dio un paso hacia él.
—Me ofreció su condena.
—Las dos cosas iban juntas.
Esteban pronunció la frase con una calma que hizo más difícil escucharlo.
Mateo recordó al administrador de Santa Aurelia, los tres pesos en su bolsillo y las botas gastadas de Clara.
Había estado a un movimiento de cerrar los dedos.
El jinete lo había visto.
Lo había esperado.
—¿Cuántos? —preguntó.
Esteban guardó silencio.
—¿A cuántos les ha ofrecido ocupar su lugar sin decirles lo que estaba haciendo?
El Charro miró el arco de entrada.
—Llevo mucho tiempo en los caminos.
—No le pregunté cuánto tiempo.
Inés levantó la nota de Julián.
—¿Tomás también iba a ocuparlo?
—Su trato fue otro.
—¿Y eso lo hace más fácil?
Esteban volvió hacia ella.
Sus ojos ya no parecían hundidos en sombra. Eran oscuros, humanos y difíciles de sostener.
—No hay nada fácil en lo que hago.
Inés se secó una lágrima con la base de la mano.
—Pero lo sigue haciendo.
El caballo comenzó a caminar.
Dio un paso hacia el jinete, después otro.
Mateo oyó el roce de los cascos sobre las losas del patio. La piedra se ennegrecía allí donde apoyaba el hierro.
Esteban levantó una mano.
El animal se detuvo.
Por primera vez, Mateo tuvo la impresión de que el gesto no era una orden.
Era una petición.
—¿Qué ocurre si se niega a cobrar? —preguntó.
El Charro no lo miró.
—No entiendes a quién le debo.
—¿El hombre de la barranca?
Esteban cerró los ojos un instante.
El caballo ladeó la cabeza.
Una gota espesa cayó de su boca sobre el suelo. La piedra soltó un hilo de humo.
Inés se acercó a Mateo.
—Tenemos que irnos —murmuró.
Él asintió, pero todavía miraba al jinete.
—Rosario sabía que usted podía haber elegido otra cosa.
Esteban abrió los ojos.
—Rosario no estaba allí cuando Nicolás dejó de respirar.
Mateo sostuvo su mirada.
—Estuvo después. Cuando usted empezó a hacer con otros lo que le habían hecho a usted.
El jinete dio un paso hacia él.
Inés sujetó a Mateo del brazo.
Por un momento, el patio pareció encogerse.
Esteban estaba lo bastante cerca para que Mateo distinguiera una cicatriz pequeña en su mentón. Tenía la mandíbula apretada y una vena marcada junto a la sien.
—No hables de mi hijo.
Mateo sintió miedo.
También comprendió que por fin estaba mirando al hombre debajo del sombrero.
No a una historia.
No a un cobrador sin rostro.
A alguien que había conservado su dolor y aprendido a utilizar el de los demás.
—Entonces deje de usar a mi hermana para acercarse a mí —dijo.
Esteban se quedó inmóvil.
La voz salió del caballo.
No comenzó con un relincho ni con un ruido que pudiera confundirse con otra cosa.
Pronunció una palabra.
—Esteban.
Inés apretó con fuerza el brazo de Mateo.
El animal no había abierto del todo la boca. Sus labios se movieron apenas, dejando ver los dientes.
La voz era grave, áspera y demasiado clara.
El Charro volvió lentamente la cabeza.
—Ya voy.
Mateo sintió que le faltaba aire.
Había visto ojos de fuego, nombres apareciendo en el oro y muertos detrás de un espejo. Nada de aquello lo había preparado para escuchar a Esteban responder al caballo con la obediencia de un empleado llamado por su patrón.
El animal adelantó el cuello.
—No has venido a recordar.
El jinete bajó la mirada.
Los bordados de su chaqueta parecieron perder brillo.
Mateo vio que los dedos de su mano derecha comenzaban a contraerse.
Esteban escondió la mano detrás de la espalda.
El caballo volvió a hablar.
—Tu oficio.
Las dos palabras hicieron vibrar las riendas contra la montura.
Esteban respiró por la boca.
Después miró a Mateo e Inés.
—Márchense.
Ninguno se movió.
La voz del animal llegó otra vez.
—Lo que llevas.
Mateo pensó en los papeles del morral.
Inés también. Cubrió la abertura con el antebrazo.
El Charro extendió una mano hacia ella.
Se detuvo antes de alcanzarla.
Su rostro se había vuelto gris.
—No son suyos —dijo.
El caballo mostró los dientes.
Por un instante, Mateo creyó ver una segunda hilera detrás de la primera.
Esteban apretó la mandíbula.
—Las cartas eran de Rosario.
El silencio se volvió pesado.
Mateo sintió que cada segundo les costaba algo.
El jinete se apartó del paso.
—Ahora.
Esta vez obedecieron.
Cruzaron el patio sin correr.
Mateo mantenía la vista en el arco. Inés caminaba junto a él con el morral abrazado contra el cuerpo.
Detrás, el caballo dejó escapar una respiración honda.
Esteban murmuró algo que no alcanzaron a entender.
Cuando llegaron a la entrada, Mateo miró hacia atrás.
El Charro seguía junto al pilar.
Tenía una mano apoyada en la piedra y la otra oculta bajo la chaqueta. El caballo se había colocado tan cerca que su cabeza quedaba a la altura del rostro del jinete.
La escena duró apenas un momento.
Después Esteban levantó los ojos.
—Salazar.
Mateo se detuvo.
Inés tiró suavemente de su manga.
El jinete habló sin acercarse.
—El nombre del oro no es una firma.
Mateo sintió el golpe de aquellas palabras.
Su padre había dicho algo parecido.
La tuya todavía no está escrita.
—¿Entonces por qué lo puso?
Esteban lo observó desde el patio.
El caballo golpeó la piedra.
El jinete respondió antes de que el sonido terminara:
—Porque sabías leerlo.
Mateo entendió.
Había sido una amenaza elegida para él.
Una manera de hacerle creer que la deuda ya lo incluía, que resistirse podía ser inútil.
Quiso preguntar algo más, pero Esteban se había cubierto el rostro con el sombrero.
Inés volvió a tirar de su brazo.
Salieron.
No hablaron hasta llegar a la loma.
Allí, lejos del muro, Inés se sentó sobre una piedra. Tenía las manos tan tensas que le costó abrir la cantimplora.
Mateo se la tomó y aflojó el tapón.
Ella bebió.
Después se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas.
—Está ahí —dijo.
Mateo supo que hablaba de Tomás.
—Lo vimos.
—Yo había pensado tantas veces en encontrarlo… —Se interrumpió—. No así.
Él permaneció a su lado.
Desde la loma, la hacienda parecía otra vez una construcción abandonada. No se veía al caballo ni al hombre del traje.
Inés se limpió la cara.
—Dijo que su trato era otro.
Mateo asintió.
—Y no quiso explicar cuál.
Ella abrió el morral.
Sacó la hoja de cuentas que habían recogido del escritorio y la extendió sobre las rodillas.
Los nombres se sucedían en una columna. En otra aparecían cantidades. Había anotaciones escritas con manos distintas y tintas de edades diferentes.
Mateo se agachó.
—Esto no estaba guardado con las cartas.
—No.
—Alguien lo usa todavía.
Inés recorrió la página hasta una línea casi al final.
Su dedo se detuvo.
Tomás Valdés.
La cantidad tenía un número tachado y otro escrito encima.
Junto al nombre figuraba una fecha.
Inés la leyó.
—Ese día salió con Laureano.
Mateo examinó la corrección.
No sabía todavía si probaba algo. Podía tratarse de un error, de una suma añadida o de una condición que ignoraban.
Pero Julián había estado comparando cantidades.
Y Tomás había intentado hablar de un papel.
Inés giró la hoja.
En el reverso encontraron un sello de tinta.
Mateo lo reconoció.
Lo había visto en el documento que Laureano mostró frente a su puerta.
Regresaron por el camino del molino.
Cuando alcanzaron el pueblo, el sol apenas tocaba la torre.
Clara salió de la casa de Petra antes de que Mateo llegara al portón. Corrió hasta él y se detuvo para mirar sus manos.
—¿Estás bien?
Mateo se agachó.
—Sí.
La niña observó también a Inés.
—¿Encontraron algo?
Él pensó en Julián levantando la cabeza detrás del cristal.
Todavía no sabía cómo contárselo.
—Encontramos unas cartas —respondió—. Y sabemos un poco más.
Clara le tomó la mano.
No lo soltó durante el resto del camino.
En casa, Mateo dejó el morral sobre la mesa. Inés acomodó los documentos y copió la cifra tachada antes de que se perdiera entre sus otros apuntes.
—Tenemos que revisar el pagaré de Tomás —dijo.
Mateo miró la nota de su padre.
Después la llave de la hacienda.
Habían conseguido entrar en un lugar que Julián dejó señalado. Habían encontrado a Esteban y lo habían escuchado responder a una voz que lo dominaba.
Nada de eso hacía menos peligroso al jinete.
Podía estar condenado y seguir eligiendo a quién engañar.
Podía recordar a su familia y utilizar a Clara para tentar a Mateo.
Pero había dejado que conservaran las cartas.
Y les había dicho que un nombre grabado no era una firma.
Mateo no sabía si aquello era ayuda, debilidad o una nueva forma de acercarse.
Tendría que comprobarlo.
Inés estaba guardando sus apuntes cuando alguien llamó a la puerta.
Tres golpes rápidos.
Mateo se levantó.
Por debajo del umbral deslizaron un papel doblado.
Escuchó pasos alejándose.
Abrió.
La calle estaba vacía.
Recogió el papel y volvió a la mesa.
Era una citación de Laureano.
Exigía que se presentara en su despacho a primera hora de la mañana para tratar la deuda y los bienes dejados por Julián.
Mateo leyó la última línea.
No estaba impresa ni escrita con la misma letra del resto.
La tinta parecía reciente.
Trae también lo que sacaste de Montenegro.
Inés se acercó para leerla.
Ninguno habló.
Clara, desde la cocina, preguntó quién había venido.
Mateo dobló el papel.
—Un recado.
Miró hacia la ventana cubierta.
Habían dejado al caballo en la hacienda.
Alguien más había sabido seguirlos hasta casa.