Capítulo 8 de 13

El precio de una mentira

Mateo extendió la citación sobre la mesa.

La última frase seguía allí, escrita con una inclinación distinta de la del resto:

Trae también lo que sacaste de Montenegro.

Inés colocó a su lado la hoja encontrada en la hacienda. El sello del reverso tenía el mismo borde irregular que el estampado junto a la firma de Laureano.

—No vamos a llevarle los originales —dijo.

Mateo asintió.

Habían dejado de preguntarse si el prestamista sabía algo. Ahora debían averiguar cuánto sabía y qué estaba dispuesto a hacer para conservarlo.

Clara dormía en el cuarto. La lámpara de la cocina iluminaba apenas la puerta entreabierta.

Inés sacó una hoja limpia.

—Voy a copiar los nombres y las cantidades. Esto se queda con el padre Anselmo.

Mateo miró el cuaderno de Julián.

—También el de mi padre.

Ella levantó los ojos, sorprendida.

Él pasó una mano sobre la cubierta.

Durante los últimos días lo había llevado consigo como si apartarse de aquellas páginas significara perder nuevamente a Julián. Pero su padre había conseguido esconderlo precisamente para que alguien pudiera leerlo después.

No tenía sentido ponerlo en manos de Laureano.

—Haremos una copia de lo que necesito —añadió.

Inés acercó el tintero.

Trabajaron hasta que el aceite de la lámpara empezó a agotarse.

Por la mañana, Petra recibió a Clara con una cesta de ropa por remendar.

La niña llevaba el caballo de madera envuelto en un trapo.

Mateo le acomodó el cuello del vestido.

—Voy al despacho de Laureano. Después vendré por ti.

Clara frunció el ceño.

—¿Le vas a pagar?

—Voy a revisar lo que dice que debemos.

Petra abrió más la puerta.

Había escuchado la conversación sin fingir que no lo hacía.

—Se queda conmigo —dijo—. Aunque mandes a alguien, esperaré a que vengas tú.

Mateo agradeció aquella precisión.

—Yo vendré.

Clara lo sujetó de la mano antes de entrar.

—¿También irá Inés?

—Sí.

La niña lo soltó.

Petra cerró la puerta cuando la tuvo dentro.

Mateo permaneció unos segundos frente a la casa. Le resultó extraño sentir alivio por algo tan sencillo como una vecina que había decidido no dejarse convencer.

El despacho de Laureano ocupaba la planta baja de una casa frente a la plaza.

Un corredor estrecho llevaba desde la entrada hasta el patio. A un lado había una sala donde esperaban quienes iban a pedir dinero; al otro, la oficina privada.

Mateo había estado allí una vez de niño.

Recordaba las sillas demasiado altas y una caja con dulces sobre el escritorio. Laureano le permitió tomar uno mientras Julián firmaba un papel.

Aquella mañana no había dulces.

Un escribiente joven los recibió detrás de una mesa pequeña. Tenía las mangas arremangadas y una mancha azul junto al pulgar.

—Don Laureano está ocupado.

Mateo puso la citación frente a él.

El muchacho leyó la firma.

—Espere aquí.

Inés observó los estantes que había detrás de la mesa.

Había carpetas ordenadas por apellido y libros con etiquetas en el lomo. Todo parecía cuidadoso, limpio y corriente.

Mateo pensó en la mesa detrás del espejo.

También allí había una apariencia de orden.

El escribiente regresó.

—Puede pasar el señor Salazar.

Inés se levantó con él.

—Vengo a revisar un asunto de mi familia.

El joven miró hacia la oficina.

—Me dijo que entrara él.

Mateo sostuvo la puerta antes de que se cerrara.

—Entramos los dos o volvemos después.

El escribiente vaciló.

Desde el interior llegó la voz de Laureano.

—Déjala entrar.

El prestamista estaba sentado junto a una ventana.

Vestía una chaqueta oscura y sostenía una pluma entre los dedos. Sobre el escritorio había tres documentos, un libro abierto y una lámpara apagada.

El hombre que lo había acompañado a casa de Mateo permanecía junto al armario.

Laureano señaló las sillas.

—Me alegra que hayas entendido la seriedad del asunto.

Mateo se sentó.

Inés dejó su morral sobre las rodillas.

—Quiero ver los préstamos de mi padre —dijo él.

Laureano acercó uno de los documentos.

Mateo lo tomó esta vez antes de que pudiera retirarlo.

La firma de Julián aparecía al pie.

Reconoció también una fecha anotada en el cuaderno del taller.

Inés se inclinó para leer.

El documento correspondía a un préstamo para comprar madera. La cantidad era pequeña comparada con lo que Laureano exigía.

—¿Y los pagos? —preguntó ella.

El prestamista apoyó la pluma.

—Están asentados.

—Quisiera verlos.

Laureano volvió una página del libro.

Mateo miró los números.

Había pagos que sí recordaba del cuaderno. Otros no aparecían.

—Mi padre anotó una entrega en agosto —dijo—. Aquí no está.

—Los deudores suelen recordar mejor lo que pagan que lo que deben.

Inés sacó la copia que habían preparado.

—Veinticuatro pesos. Por una cómoda vendida a la señora Leoncia.

Laureano miró el papel.

Después miró el morral.

—¿Qué más traes?

Mateo no respondió.

El prestamista deslizó el segundo documento sobre el escritorio.

—Este es el que importa.

Era un reconocimiento de deuda.

La cantidad coincidía con la que les mostró frente a la casa.

Mateo recorrió las líneas hasta la firma.

Había algo distinto en la inicial.

La J de Julián solía descender con un trazo curvo y largo. Aquella terminaba recta, casi cortada.

Podía haber firmado con cansancio.

Podía haber tenido la mano temblorosa.

Mateo no estaba dispuesto a concluir nada solo porque quisiera encontrar un engaño.

—Necesito comparar esto con los recibos originales.

Laureano apoyó dos dedos sobre el documento.

—Necesitas decidir cómo vas a pagar.

Inés señaló una fecha.

—Aquí se incluyen intereses de un préstamo anterior. En el primer papel dice que ese préstamo quedó liquidado.

Laureano retiró ambos.

Lo hizo sin prisa, pero ya no sonreía.

Mateo dejó sobre la mesa una copia de la hoja de Montenegro.

No la extendió por completo.

Bastó con mostrar el sello.

Laureano se quedó quieto.

El hombre junto al armario enderezó la espalda.

—Entonces sí estuvieron allí —dijo el prestamista.

—Había papeles suyos —respondió Mateo.

—Entraron en una propiedad que no les pertenece.

—La llave era de mi padre.

—Tu padre tenía costumbres que no deberías imitar.

Inés abrió su copia.

—Tomás Valdés.

Laureano la miró.

—¿Otra vez?

—Quiero ver el documento que firmó.

—Ya hablamos de tu hermano.

—Usted dijo que se había marchado.

—Eso hizo.

Inés sostuvo el papel con tanta fuerza que se arrugó en los bordes.

—La cifra de esta hoja está corregida. Necesito saber por qué.

Laureano se recostó en la silla.

—No entiendes las cuentas.

—Entonces explíquelas.

El prestamista miró a Mateo.

—¿Ella te está llenando la cabeza con lo mismo que le decía a Julián?

Mateo no apartó los ojos del escritorio.

—Mi padre llegó bastante lejos sin que nadie tuviera que llenarle la cabeza.

Laureano dejó de mover la pluma.

El escribiente llamó desde la puerta.

—Don Laureano, vino el señor Robles con los papeles de la venta.

El prestamista cerró el libro.

Se levantó y señaló a Mateo.

—No hemos terminado.

El hombre junto al armario salió primero. Laureano lo siguió hasta la sala de espera.

Antes de cruzar la puerta se volvió hacia Inés.

—Deja esa copia sobre la mesa.

Ella no lo hizo.

Laureano cerró.

Mateo escuchó voces al otro lado.

Inés miró el armario.

Las puertas estaban abiertas.

Dentro había carpetas atadas con cintas y varios libros. Uno llevaba escrito en el lomo:

Tratos y liquidaciones.

Mateo se levantó.

—Puede volver en cualquier momento —murmuró Inés.

Él ya había visto, entre las carpetas, el apellido Valdés.

La retiró.

Dentro encontró un documento breve y dos recibos.

Inés se acercó de inmediato.

La firma de Tomás estaba al final.

Ella la reconoció.

—Es suya.

El texto hablaba de dinero para adquirir una parcela y de un plazo de cumplimiento.

Debajo había una línea añadida entre el cuerpo del documento y la firma.

La tinta era más oscura.

La letra también distinta.

Inés comenzó a leerla.

Mateo oyó que las voces de la sala se acercaban.

Tomó el libro del armario y lo abrió sobre el escritorio.

Las últimas páginas tenían los mismos nombres de la hoja encontrada en Montenegro.

Julián Salazar.

Tomás Valdés.

Rafael Cárdenas.

Junto a cada nombre había una propiedad, una fecha y una cantidad.

En una columna aparecía una palabra repetida:

Entregado.

En otra:

Participación.

Mateo pasó una hoja.

El número de participaciones era menor que el de monedas ofrecidas, pero suficiente para explicar una fortuna.

No eran solo deudas.

Laureano cobraba por llevar personas al camino.

—Apártate de ahí.

La voz llegó desde la puerta.

Mateo levantó la cabeza.

Laureano estaba en el umbral.

Detrás esperaba su acompañante.

Inés cerró la carpeta de Tomás, pero no alcanzó a guardarla.

El prestamista entró.

—Dámela.

Ella retrocedió.

—¿Cuándo añadió esta línea?

Laureano extendió la mano.

—No tienes derecho a tocar mis documentos.

—Es la firma de mi hermano.

—Y él entendió lo que firmó.

Inés abrió otra vez la carpeta.

—No pudo entender una frase que alguien escribió después.

Mateo miró a Laureano.

El hombre no negó que hubiera sido añadida.

Se acercó a Inés.

Mateo se interpuso.

—No la toque.

El prestamista giró hacia él con una rapidez inesperada.

—Estás en mi casa.

—Y usted estuvo en la nuestra amenazando a una niña.

Laureano se detuvo.

Su acompañante avanzó.

Mateo sujetó el libro contra el pecho.

—Ahora entiendo para qué quería que volviéramos a Montenegro.

Laureano miró el volumen.

Por primera vez pareció perder el control de su respiración.

—Deja eso.

Mateo vio entre las páginas una hoja doblada, de papel grueso, marcada con los mismos signos que rodeaban la moneda.

Laureano la había escondido dentro del libro.

El prestamista volvió a extender la mano.

—Te estás metiendo en algo que tu padre no pudo arreglar.

Mateo se hizo hacia la ventana.

—Él encontró sus cuentas.

—Él dejó de ir adonde se le dijo.

La frase quedó entre ellos.

Inés miró a Laureano.

—¿Qué le dijo que hiciera?

El prestamista no respondió.

El hombre de hombros anchos sujetó a Mateo por la chaqueta.

El forcejeo fue breve y torpe.

Mateo intentó zafarse sin soltar el libro. El otro lo empujó contra el escritorio y varios papeles cayeron al suelo.

Inés gritó su nombre.

Laureano trató de arrancarle el volumen.

Mateo levantó el brazo para apartarlo.

La lámpara cayó.

El depósito se quebró contra el borde del escritorio y el aceite se extendió sobre los documentos.

Laureano retrocedió con una exclamación.

El vidrio le había abierto un corte en la mano.

El escribiente apareció en la puerta con una vela encendida. Venía del cuarto interior, donde la luz del patio no alcanzaba.

—¿Qué pasó?

El hombre que sujetaba a Mateo se volvió.

Su codo golpeó la vela.

La llama tocó el borde de un papel empapado.

El fuego corrió con una rapidez que los dejó inmóviles durante un instante.

Después todos se movieron a la vez.

Inés apartó la silla.

El escribiente buscó una manta.

Laureano empezó a retirar papeles del escritorio, golpeándolos con las manos para apagar las llamas.

Mateo aprovechó que lo habían soltado y se apartó hacia el patio.

Llevaba el libro bajo el brazo.

Inés tenía la carpeta de Tomás.

—¡Devuélvelo! —gritó Laureano.

Un humo espeso llenó el despacho.

El prestamista miró su mano ensangrentada.

Después gritó hacia la sala de espera:

—¡Me atacó! ¡Salazar me ha atacado!

Mateo se detuvo.

Durante una fracción de segundo pensó en regresar y explicarlo.

El hombre de hombros anchos tomó una vara apoyada junto al armario.

Inés tiró de él.

—Por aquí.

Salieron al patio.

Había una puerta pequeña junto al lavadero.

Mateo la empujó.

Estaba cerrada con una tranca.

La levantó mientras detrás de ellos se oían gritos y golpes.

Inés atravesó primero.

Al otro lado había un callejón de servicio donde se apilaban cajones y sacos vacíos.

Corrieron.

Mateo tenía el corazón golpeándole las costillas. El libro pesaba bajo el brazo y la correa del morral se le clavaba en el cuello.

Al llegar a la esquina, Inés se detuvo.

—Por la plaza no.

Desde allí podían oír el alboroto frente al despacho.

Una voz gritaba que buscaran al carpintero.

Mateo se apoyó contra un muro.

Su primera idea fue ir a casa.

La segunda, buscar a Clara.

Inés miró la carpeta.

—Tenemos que dejar esto a salvo.

Él asintió.

Tomaron la calle que llevaba a la parte trasera de la iglesia.

Anselmo los recibió junto al huerto.

Al ver el rostro de Mateo, dejó la cubeta que llevaba en la mano.

—¿Qué hicieron?

Inés le entregó la carpeta.

—Encontramos los papeles de Tomás.

Mateo puso el libro sobre una mesa del cuarto de servicio.

Tenía una mancha de aceite en la cubierta y una esquina chamuscada.

El sacerdote lo miró.

—¿Hubo un incendio?

Mateo le explicó el forcejeo, la lámpara y la vela. Hablaba demasiado deprisa. Tuvo que empezar de nuevo cuando Anselmo le pidió que bajara la voz.

Desde la calle llegó el ruido de varias personas corriendo.

El sacerdote cerró la puerta del huerto.

Inés abrió el libro.

Los nombres seguían allí.

Las participaciones.

Las propiedades.

La hoja de papel grueso.

Anselmo se sentó.

Leyó una entrada y luego otra.

—Estas personas no pidieron préstamos a Laureano —dijo Mateo—. Él las enviaba al jinete y después recibía dinero.

El sacerdote señaló una fecha.

—Esta casa la compró a la viuda de Cárdenas.

Inés asintió.

—Por menos de lo que valía. Está anotado aquí.

Mateo abrió la copia de las cuentas de Julián.

Los pagos ausentes del libro ordinario aparecían en otra sección.

Habían sido recibidos.

No se habían descontado.

Se quedó mirando los números.

Durante años su padre había trabajado para pagar una deuda que Laureano seguía haciendo crecer.

No todo lo que lo agotó venía del caballo.

También hubo un hombre de carne y hueso sentado detrás de un escritorio.

Sonaron golpes en la puerta principal de la parroquia.

Anselmo levantó la cabeza.

Una voz llamó desde afuera.

Pedían que abriera.

El sacerdote cerró el libro.

—Quédense aquí.

Mateo dio un paso hacia él.

—Necesito ir por Clara.

—Voy a averiguar qué ocurre.

Anselmo salió.

A través del muro escucharon una conversación entrecortada. Alguien dijo el apellido Salazar y habló de un robo, de una herida y de fuego.

Inés mantuvo las manos sobre la carpeta de Tomás.

Mateo empezó a caminar por el cuarto.

Cada vuelta terminaba junto a la puerta del huerto.

Había decidido dejar a Clara donde nadie la entregaría a un desconocido.

Pero ahora él era el hombre al que estaban buscando.

No sabía qué clase de miedo podían utilizar contra Petra.

Anselmo regresó.

—Laureano dice que intentaste matarlo y que te llevaste sus documentos.

Mateo apretó los dientes.

—Usted tiene los documentos.

—Y los voy a conservar.

El sacerdote guardó el libro en una caja.

Separó la hoja de papel grueso y la dejó dentro de la carpeta de Tomás.

—También iré a hablar con quienes estuvieron allí.

Inés se levantó.

—El escribiente vio cómo empezó el fuego.

Anselmo asintió.

Mateo ya tenía la mano en la puerta.

—Voy por mi hermana.

El sacerdote lo observó.

—No cruces la plaza.

Petra estaba de pie frente a su casa.

Eso fue lo primero que vio Mateo al doblar la esquina.

La anciana miraba hacia ambos lados de la calle. Tenía el cabello suelto en la nuca y el delantal torcido.

Al verlo, se llevó una mano a la boca.

Mateo se detuvo.

—¿Dónde está Clara?

Petra comenzó a hablar antes de que él llegara.

—No la dejé ir. Le dije que esperara. Te lo prometí, Mateo, no la dejé ir.

Él la sujetó suavemente por los hombros.

—Dígame qué pasó.

Inés llegó detrás.

La anciana respiró con dificultad.

—Vino uno de los hombres de Laureano. Dijo que te habían detenido. Que la niña tenía que ir a declarar quién eras y dónde vivías.

Mateo sintió que la calle se inclinaba.

—¿Se la llevó?

—Le dije que no. Que primero viniera el padre Anselmo. Se marchó enfadado.

Petra miró hacia el interior de la casa.

—Clara estaba conmigo. Fue a buscar el juguete que había dejado en el patio. Después empezó el alboroto en la plaza y salí a preguntar qué ocurría…

Su voz se quebró.

Mateo la soltó y entró.

Revisó la cocina.

El dormitorio.

El patio.

Junto al lavadero había un trapo doblado.

El caballo de madera no estaba.

La puerta trasera tenía el pasador levantado.

Al otro lado, en la tierra del callejón, había huellas pequeñas junto a las marcas de unas botas.

Mateo sintió que el aire se le cerraba en el pecho.

Inés se agachó.

Cerca del muro había un hilo oscuro.

Lo levantó entre dos dedos.

Era del vestido de Clara.

La buscaron primero por las calles próximas.

Mateo preguntó a una vendedora, a dos niños que jugaban junto al pozo y a un hombre que descargaba leña. Nadie la había visto.

Inés corrió hasta la escuela.

Petra llamó a sus vecinos.

En la plaza seguían hablando del incendio.

Mateo oyó su apellido y tuvo que apartarse detrás de una carreta para evitar a dos hombres que caminaban hacia el despacho.

Laureano había conseguido que el pueblo mirara hacia un sitio mientras alguien se llevaba a Clara por otro.

Al comprenderlo, sintió una rabia tan limpia que durante unos segundos el miedo desapareció.

Volvió a su casa.

Quizá su hermana había logrado soltarse.

Quizá, asustada, había ido al único lugar donde esperaba encontrarlo.

La puerta estaba cerrada.

Mateo abrió.

—Clara.

Su voz atravesó el pasillo.

No hubo respuesta.

Entró en el cuarto.

La cama estaba tendida.

Sobre la almohada descansaba el caballo de madera.

Una de las patas nuevas tenía barro.

Mateo lo tomó.

Debajo había una moneda.

No era de oro.

Era negra.

Inés apareció en la puerta justo cuando él retiraba el trapo para levantarla.

La superficie parecía haber sido quemada, pero las letras se veían con claridad.

CLARA SALAZAR.

Mateo dejó de oír la calle.

La moneda era pesada.

Fría.

Completamente distinta de la que conservaba en el taller.

La volvió.

En la otra cara habían grabado una frase:

AHORA SÍ TIENES UNA NECESIDAD VERDADERA.

Inés le sujetó la muñeca.

—Mateo, escúchame.

Él no levantó la mirada.

—No sabemos quién dejó esto. Sabemos que vino un hombre de Laureano.

Mateo apretó el caballo contra el pecho.

La pata que había reparado la mañana anterior dejó una mancha de barro sobre su camisa.

Inés siguió hablando.

Le dijo que buscarían a Petra.

Que preguntarían por las carretas.

Que debían avisar a Anselmo.

Mateo oyó las palabras como si llegaran desde el fondo de una habitación.

En su mente solo había una imagen: una niña mirando hacia el camino, convencida de que su hermano estaba en peligro.

Después, una bolsa abierta.

Y una mano esperando que él cerrara los dedos.

Desde algún lugar al final de la calle llegó el primer golpe de una herradura.

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