Capítulo 9 de 13
La oferta perfecta
Mateo dejó la moneda negra sobre la cama.
El caballo de madera seguía entre sus dedos. Lo sostenía con demasiada fuerza, hundiendo el pulgar en la crin tallada.
Afuera volvió a sonar una herradura.
Inés se colocó frente a la puerta del cuarto.
—Voy a buscar al padre Anselmo.
Mateo levantó la cabeza.
—No puedo esperar.
—No te estoy pidiendo que esperes. Voy a buscar ayuda.
Él miró la moneda.
Las letras con el nombre de Clara parecían más profundas bajo la luz de la ventana.
Inés siguió la dirección de sus ojos.
—Esteban te dijo que un nombre no era una firma.
Mateo respiró por la boca.
—Mi hermana no está.
—Y Petra vio a un hombre de Laureano.
Otro golpe llegó desde la calle.
Inés le tomó la mano libre.
—No decidas solo antes de saber qué pasó.
Mateo retiró los dedos despacio.
Podía recordar las últimas palabras de Julián en el cuaderno, pero en ese momento le parecían escritas para otro hombre. Para alguien que todavía tuviera tiempo.
—Voy a salir.
Inés miró el pasillo.
Después asintió.
—Ve hacia la iglesia. Yo llegaré por atrás.
Mateo dejó el juguete sobre la almohada, junto a la moneda.
Al hacerlo vio el barro seco adherido a la pata que había reparado.
Clara lo llevaba consigo al salir de casa de Petra.
Alguien había regresado para colocarlo allí.
Alguien había entrado en su cuarto y preparado aquella escena.
El pensamiento le dio algo a lo que aferrarse.
Una acción.
Una persona.
Se volvió hacia Inés.
—Que nadie toque eso.
Inés asintió. Mateo miró otra vez la cama y cambió de idea: envolvió la moneda negra en el pañuelo y la guardó en el bolsillo. Recogió también el caballo de madera y lo acomodó dentro de la chaqueta. No quería dejar aquellas pruebas al alcance de quien había entrado en la casa.
El caballo aguardaba junto al mezquite.
La calle estaba desierta alrededor de él. Una ventana se cerró cuando Mateo salió.
El Charro permanecía montado, con las riendas flojas y el rostro oculto por el sombrero. La luz del día empezaba a debilitarse, pero sus adornos de plata conservaban un brillo preciso.
Mateo avanzó hasta quedar a pocos pasos.
—¿Dónde está Clara?
El jinete inclinó la cabeza.
—Viva.
Mateo sintió que el aire regresaba de golpe a sus pulmones.
Por un instante, esa sola palabra estuvo a punto de bastarle.
—¿Dónde?
—Podemos llegar a ella.
—Dígame el sitio.
El Charro miró hacia la salida del pueblo.
—Aquí hay demasiados oídos.
Mateo observó las puertas cerradas.
Un vecino estaba detrás de una cortina. Al advertir que lo miraban, se apartó.
—No voy a acompañarlo.
Esteban acarició el cuello del caballo.
—Laureano ha dicho que lo atacaste. Hay hombres buscándote. Tu casa ya no es un buen lugar para conversar.
Mateo apretó los dientes.
—¿También lo ayudó a inventar eso?
—Yo no estaba en el despacho.
—Pero sabe lo que pasó.
El jinete no respondió.
En la puerta de la casa apareció Inés.
No se acercó. Miró a Mateo, luego al Charro, y se alejó por la calle lateral que conducía a la iglesia.
Esteban la siguió con los ojos.
—Ella tiene sus propias cuentas pendientes.
Mateo dio un paso.
—No hable de Inés.
El caballo levantó la cabeza.
El Charro volvió a mirarlo.
—Vamos hasta el arroyo. Te quedará cerca el camino del molino si decides volver.
Mateo pensó en Clara encerrada en alguna habitación.
Pensó en la palabra viva.
Finalmente comenzó a caminar.
El caballo avanzó a su lado.
Pasaron junto a la última casa.
Una mujer que recogía ropa del tendedero entró deprisa al verlos. Dejó una sábana prendida de una sola esquina; la tela se agitó contra el muro.
Mateo se detuvo.
—Puede hablar aquí.
Habían llegado a un pequeño claro junto al arroyo. Desde allí todavía se veía la torre de San Jerónimo.
El Charro giró el caballo.
No cerró el camino hacia el pueblo, pero quedó entre Mateo y el sendero que se internaba en los campos.
—Tu hermana está asustada —dijo.
Mateo tragó saliva.
—¿La vio?
—Sé cómo está.
—¿Está herida?
Esteban tardó lo suficiente en contestar para que Mateo sintiera el comienzo de un mareo.
—No.
—¿Por qué no la trae?
El jinete llevó la mano bajo la chaqueta.
Mateo vio aparecer la bolsa.
La misma forma.
El mismo cordón.
El brillo del oro antes incluso de que la abriera.
—Porque todavía tienes que elegir.
Mateo contempló las monedas.
No pensó primero en riqueza.
Pensó en Clara volviendo a casa, en abrirle la puerta, en escucharla quejarse porque la había abrazado demasiado fuerte.
Después vinieron las otras imágenes: Laureano retirando la acusación, la casa libre de amenazas, un médico si su hermana enfermaba, madera para trabajar.
El Charro pareció reconocer el orden de sus pensamientos.
—Puedes resolverlo todo esta noche.
Mateo levantó los ojos.
—Diga lo que quiere.
Esteban sacó una moneda y la sostuvo sobre la palma.
—Que aceptes.
—¿Y después?
El caballo se quedó completamente inmóvil.
El jinete mantuvo la mano extendida.
—Recibirás el dinero que necesites. Clara volverá contigo. Laureano dejará de perseguirte.
Mateo dio un paso hacia el oro.
—¿Qué me está cobrando?
La voz de su padre pareció atravesar el murmullo del arroyo.
Escucha cada palabra.
Esteban bajó apenas la mano.
—Mi oficio.
Mateo miró el traje.
Los bordados.
Las riendas.
El animal cuyos cascos habían marcado el suelo del dormitorio de una casa más de sesenta años atrás.
—¿Cuándo?
El Charro sostuvo su mirada.
—Cuando recibas la moneda por lo que te ofrezco.
Mateo retrocedió.
Había imaginado que el plazo podría ser como el de Julián: algo al final de una vida que todavía parecía larga.
El jinete no le estaba ofreciendo años.
Le estaba ofreciendo una puerta.
—Entonces no volvería con ella.
Esteban guardó silencio.
Mateo sintió rabia, pero también una tentación más amarga.
Podría verla salir.
Podría saber que estaba a salvo.
Quizá eso tendría que bastarle.
El Charro observó su rostro.
—Has leído lo que hizo tu padre.
Mateo miró el arroyo.
—Sí.
—Entendió que algunas personas valen más que lo que uno pueda conservar para sí.
La frase encontró el sitio exacto donde Mateo era más vulnerable.
Durante siete años no había estado allí.
Clara creció sin él.
Julián murió antes de que pudiera contestarle una sola carta.
Ahora su hermana había desaparecido mientras él buscaba respuestas en un despacho.
Podía sentir todos aquellos años concentrados en la palma del jinete.
—No use a mi padre para esto —murmuró.
—Él vino dos veces al camino.
—Porque estaba desesperado.
—Y tú has venido conmigo.
Mateo miró hacia el pueblo.
La torre parecía más distante que antes.
Esteban acercó la moneda.
—Una sola. No necesitas llevarte la bolsa.
Mateo vio que el oro tenía una superficie lisa.
No había nombre.
No había caballo.
Parecía una moneda todavía esperando aquello que se escribiría sobre ella.
Levantó la mano.
El caballo abrió la boca.
Mateo no lo miró de inmediato.
Escuchó una respiración profunda, un sonido satisfecho que le hizo pensar en alguien inclinándose para leer una firma recién puesta.
Los labios del animal se separaron.
Entre los dientes se encendió un resplandor rojizo.
—Que lo diga.
La voz hizo vibrar el cuero de la montura.
Esteban miró a Mateo.
—Di que aceptas.
La mano de Mateo permaneció suspendida entre ambos.
Podía tocar el oro con solo mover los dedos.
—Primero dígame dónde está.
El Charro no retiró la moneda.
—Vendrá.
—Le pregunté dónde.
El caballo movió una oreja.
Esteban apretó los labios.
—Laureano tiene lugares fuera del pueblo.
Mateo sintió que algo cambiaba dentro de él.
—Entonces la tiene Laureano.
—Te he dicho que puedo traerla.
—¿Desde cuándo sabe dónde está?
El jinete miró la moneda.
Mateo bajó la mano.
—¿Desde antes de que desapareciera?
El arroyo siguió corriendo entre las piedras.
Esteban no respondió.
Mateo volvió a mirar hacia San Jerónimo.
La oferta empezaba a perder su forma.
Seguía siendo terrible.
Seguía siendo capaz de arrancarle todo.
Pero ya no era la única salida que el Charro le había permitido imaginar.
Había un lugar.
Una niña encerrada.
Hombres que habían caminado con ella.
Y un jinete que podía decirlo sin necesidad de oro.
—¿Quién dejó la moneda negra en su cama?
Esteban cerró los dedos alrededor de la pieza que ofrecía.
—No importa.
Mateo lo miró.
—A mí sí.
Del camino del molino llegó un grito.
—¡Mateo!
Inés apareció junto a dos hombres.
Uno era el herrero. El otro llevaba un sombrero de palma y las perneras manchadas de harina.
Se detuvieron al ver al caballo.
El herrero levantó la herramienta que traía en la mano, pero no avanzó más.
Inés continuó hasta Mateo.
Respiraba con dificultad.
—Lo vieron.
Él se volvió hacia ella.
—¿A Clara?
Inés asintió.
Señaló al hombre del sombrero.
—Es Hilario. Trabaja en el molino.
Hilario no apartaba los ojos del Charro.
Le costó comenzar a hablar.
—Una carreta pasó por el camino de las bodegas —dijo—. Iban dos hombres de Laureano. La niña iba entre ellos.
Mateo se acercó.
—¿Cuándo?
—Después del alboroto del incendio.
—¿La vio bien?
Hilario asintió.
—Me llamó.
Mateo sintió que el cuerpo se le quedaba rígido.
El molinero bajó la cabeza.
—Me dijo su nombre. Quiso bajarse, pero uno la sujetó del brazo. Dijeron que la llevaban contigo.
Inés sostuvo la mirada de Mateo.
—No se fue con el jinete. Se la llevaron en una carreta.
Mateo respiró hondo.
El Charro seguía junto a ellos.
La moneda brillaba entre sus dedos cerrados.
Hilario indicó la dirección.
La carreta había cruzado el arroyo y tomado el sendero de las bodegas viejas, donde Laureano almacenaba grano en tiempos de cosecha.
Mateo quería correr de inmediato.
Inés le sujetó la manga.
—El padre Anselmo está reuniendo a otros. No sabemos cuántos hombres hay.
Él miró al Charro.
—Lo sabía.
Esteban no contestó.
—La escuchó pedir ayuda y vino a ofrecerme una moneda.
El caballo giró la cabeza hacia los recién llegados.
Hilario retrocedió.
El herrero colocó una mano sobre su hombro para sostenerlo.
Mateo volvió hacia el jinete.
—¿Quién le avisó?
Esteban guardó el oro en la bolsa.
—Hay maneras de saber lo que ocurre.
—Y maneras de quedarse callado.
El Charro levantó el rostro.
Durante unos segundos, Mateo vio la misma expresión que había tenido en la hacienda cuando hablaron de Rosario.
Una incomodidad reconocible.
La diferencia era que ahora había una niña desaparecida y una propuesta preparada para aprovecharlo.
Mateo sacó la moneda negra del bolsillo.
Seguía envuelta en el pañuelo, donde la había guardado antes de salir de casa.
La sostuvo de manera que Esteban pudiera ver el nombre.
—Esto no es un acuerdo.
El jinete la miró.
Mateo recordó sus palabras frente al arco de Montenegro.
Porque sabías leerlo.
Ahora comprendía para qué había servido cada letra.
Para hacer que el miedo pareciera un documento ya firmado.
—Mi hermana no le pertenece.
Esteban guardó silencio.
Mateo dejó caer la moneda sobre una piedra.
El metal golpeó con un sonido opaco.
—Ni yo.
El caballo adelantó una pata.
El herrero hizo retroceder a Hilario.
Inés no se apartó de Mateo.
La voz del animal surgió entre sus dientes.
—La oferta sigue abierta.
Mateo sintió el mismo frío que en el patio de la hacienda.
Pero su mano ya no estaba extendida.
—No acepto.
El Charro bajó la mirada.
El caballo se inclinó hacia la moneda negra.
La piedra sobre la que descansaba comenzó a oscurecerse.
—Todavía no la has encontrado —dijo la voz.
Mateo pensó en Clara.
El miedo regresó con toda su fuerza.
La oferta seguía siendo posible.
No había desaparecido al negarse.
Podía acompañarlo hasta la puerta de una bodega, hasta una búsqueda inútil, hasta cualquier noticia que llegara demasiado tarde.
Inés le apretó el brazo.
Él la miró.
Después al herrero.
A Hilario, que había vuelto para decir lo que vio aunque le temblaban las rodillas.
No estaba solo.
—Voy a buscarla —respondió.
Se volvió hacia el camino del molino.
Nadie intentó detenerlo.
Avanzaron sin correr hasta perder de vista el claro.
Después Mateo aceleró el paso.
Hilario iba delante, mostrando dónde la carreta había dejado marcas profundas en un tramo de barro. Inés las observó con atención.
Una rueda tenía el aro dañado.
La impresión se interrumpía de manera regular.
—La reconoceré —dijo Hilario—. Es la misma que usan para llevar costales al almacén de arriba.
Mateo se agachó junto a una huella pequeña.
Había una marca de zapato entre los surcos de las ruedas.
Clara pudo haber bajado allí.
Quiso llamarla.
Inés levantó una mano.
Desde la siguiente curva llegó el sonido de una carreta.
Se apartaron entre los árboles.
Dos hombres avanzaban hacia ellos con el vehículo vacío.
Mateo reconoció al que había estado en el despacho. Llevaba una venda improvisada alrededor de la mano y hablaba en voz baja con el conductor.
El herrero sujetó a Mateo del hombro cuando quiso salir.
—Primero escucha.
La carreta pasó a poca distancia.
El hombre de la venda miró hacia atrás.
—No debimos dejarla ahí.
El conductor azotó las riendas.
—Don Laureano dijo que esperáramos a que oscurezca. Él decidirá qué hacer.
Mateo apretó los dientes hasta sentir dolor.
Los hombres continuaron hacia el pueblo.
Cuando el ruido de las ruedas se alejó, salió de entre los árboles.
—¿Adónde lleva ese camino?
Hilario miró la pendiente.
—A dos bodegas. Una se usa. La otra lleva años cerrada.
Mateo empezó a subir.
La primera bodega tenía la puerta abierta.
Había costales, una balanza y restos de paja sobre el suelo. La revisaron sin encontrar a Clara.
En el patio descubrieron una taza de agua y una tira de cuerda cortada.
Mateo tocó el borde de la taza.
Todavía estaba húmedo.
Hilario señaló el edificio situado más arriba.
—La otra.
Tenía ventanas pequeñas y un tejado bajo.
La puerta estaba cerrada con un candado.
Mateo se acercó.
—Clara.
Esperó.
Inés se quedó a unos pasos, escuchando.
—Clara, soy yo.
Del interior llegó un roce.
Después un golpe.
Mateo apoyó ambas manos sobre la madera.
—Estoy aquí.
Una voz débil respondió.
—¿Mateo?
Él cerró los ojos.
Durante un instante no pudo hablar.
La voz volvió, más cerca.
—No abras todavía.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Estás sola?
Clara tardó en responder.
Del otro lado se oyó el crujido de una tabla.
—Hay algo junto a la ventana.
Inés se acercó a la pared y miró hacia la abertura más alta.
No vio movimiento.
El herrero examinó el candado.
Mateo mantuvo la mano sobre la puerta.
—Aléjate. Vamos a abrir.
La niña respiró de manera entrecortada.
—Me dijo que tú ya habías pagado.
Mateo sintió que se le helaban los dedos.
—Yo no he pagado nada.
Dentro de la bodega comenzó a sonar un tintineo.
Monedas cayendo una sobre otra.
Hilario retrocedió.
El herrero levantó su herramienta y la apoyó contra el arco del candado.
Inés miró a Mateo.
Él recordó la hoja gruesa guardada en la carpeta de Tomás.
Los signos semejantes a los de su moneda.
Las condiciones que todavía no habían leído.
Desde el interior llegó una voz distinta de la de Clara.
Una voz cortés.
Paciente.
—Entonces habrá que esperar.
La niña gritó.
El herrero descargó el primer golpe.
Y Mateo comprendió que rechazar el oro no había terminado la búsqueda.
Solo había impedido que el Charro decidiera por él cómo debía rescatar a su hermana.
