Capítulo 10 de 13
La cláusula olvidada
El segundo golpe hizo saltar una esquirla de la puerta.
Mateo la sintió rozarle la mejilla, pero no se apartó.
—¡Clara, ve al fondo!
El herrero levantó otra vez el martillo. El arco del candado se había torcido; ahora cada impacto hacía vibrar la cadena contra la madera.
Dentro, las monedas seguían cayendo.
El sonido era pausado. Una pieza, una breve espera, otra pieza.
Como si alguien las contara sobre una mesa.
Inés rodeó la bodega buscando una ventana más baja. Hilario fue tras ella, apartando las ramas de un matorral.
Mateo apoyó el hombro contra la puerta.
—Estoy aquí. ¿Me escuchas?
La respuesta de Clara llegó entre sollozos.
—Sí.
—No te acerques a la ventana.
El herrero descargó un tercer golpe.
El candado se abrió.
Mateo tiró de la cadena y empujó.
La puerta chocó contra algo en el interior.
Una silla.
El suelo.
Después quedó abierta.
La bodega estaba casi vacía.
Había costales viejos junto a una pared, una mesa estrecha y un cajón de madera colocado bajo la ventana.
Clara se encontraba en el rincón opuesto.
Tenía el vestido rasgado cerca del hombro y los brazos recogidos contra el pecho.
Mateo fue hacia ella.
La niña lo miró, pero no se movió.
—Clara.
Al oírlo tan cerca, extendió las manos.
Mateo se arrodilló y la abrazó.
Sintió sus dedos cerrándose sobre la camisa, la respiración rápida junto al cuello y el temblor de sus piernas.
—Ya estoy aquí.
Ella intentó contestar. Solo consiguió llorar.
El herrero permaneció en la entrada.
—Salgan.
Mateo levantó a Clara.
Entonces oyó una moneda caer.
El sonido vino de la mesa.
Miró.
Sobre el tablero había un puñado de oro.
Detrás, apoyado contra la pared, descansaba un espejo pequeño.
La superficie estaba negra.
En ella se distinguía el borde de un sombrero.
—Tu hermano todavía puede arreglarlo —dijo la voz.
Clara ocultó el rostro contra el hombro de Mateo.
Él retrocedió hacia la puerta.
El espejo no mostraba la bodega. Mostraba una parte de un corredor que ya conocía.
Al fondo había una claridad rojiza.
—No la escuches —murmuró a su hermana.
El herrero vio el cristal.
Se quedó inmóvil.
Mateo quiso decirle que lo cubriera, pero el hombre ya había levantado el martillo.
—¡No! —gritó Inés desde la puerta.
Llegó demasiado tarde.
El golpe quebró el espejo.
El vidrio cayó sobre la mesa y el suelo.
El sonido de las monedas cesó.
Durante un instante, Mateo creyó que aquello había terminado.
Después cada fragmento empezó a oscurecerse.
En los más grandes aparecieron partes distintas del mismo rostro.
Un ojo.
La comisura de una boca.
El ala del sombrero.
El herrero retrocedió hasta chocar contra la jamba.
Inés tomó un costal de la pared y lo extendió sobre la mesa.
Los cristales quedaron cubiertos.
Hilario echó otro saco sobre los fragmentos del suelo.
—Fuera —dijo Inés.
Mateo salió con Clara entre los brazos.
Nadie tocó el oro.
Se alejaron de la bodega hasta llegar a la primera curva.
Allí Mateo dejó a su hermana sentada sobre una piedra. Se arrodilló frente a ella y le apartó el cabello de la cara.
Tenía un rasguño cerca de la oreja.
Las marcas de dedos sobre un brazo.
Nada que explicara cuánto le temblaba el cuerpo.
—¿Te duele algo?
Clara negó con la cabeza.
Después señaló las muñecas.
Inés le acomodó las mangas. La piel estaba enrojecida.
—Te llevaremos con alguien que pueda revisarte —dijo.
La niña miró hacia el camino.
—Van a volver.
Mateo sostuvo sus manos.
—Ahora estamos contigo.
—Dijeron que si me iba te iban a llevar.
Él tragó saliva.
El herrero se colocó junto a la curva, vigilando la pendiente.
Hilario miró hacia el pueblo.
—Voy a buscar al padre Anselmo.
Mateo quiso detenerlo, pedirle que permanecieran juntos, pero Inés asintió.
Necesitaban más ojos, más voces y alguien que pudiera contar lo ocurrido antes de que Laureano inventara otra versión.
Hilario se marchó.
Mateo ayudó a Clara a ponerse de pie.
Ella no le soltó la mano.
A mitad del camino encontraron a Anselmo.
Venía con Petra y dos vecinos. Hilario caminaba a su lado, hablando mientras señalaba hacia las bodegas.
Petra vio a Clara y comenzó a correr.
La abrazó con una torpeza desesperada.
—Yo no te dejé ir —decía—. Yo no sabía…
Clara se aferró a su delantal.
Mateo apoyó una mano en el hombro de la anciana.
—La encontramos.
Petra levantó el rostro.
Él repitió la frase.
Esta vez ella logró respirar.
Anselmo escuchó al herrero, miró las muñecas de la niña y pidió a uno de los vecinos que fuera a buscar al boticario.
El otro llevaba una carreta pequeña.
Acomodaron a Clara sobre unas mantas.
Mateo subió junto a ella.
Inés se sentó del otro lado.
Durante el resto del trayecto, Clara mantuvo un pie apoyado contra la pierna de su hermano, como si necesitara comprobar que seguía allí.
No regresaron a la casa.
Anselmo los llevó a una habitación junto al patio parroquial. Tenía una cama, una mesa y una ventana que daba al huerto.
Petra cerró los postigos.
Inés cubrió con una toalla el pequeño espejo que colgaba sobre el lavamanos.
Clara observó el gesto.
—Él salía por ahí.
Mateo se sentó junto a la cama.
—¿Por el espejo de la bodega?
La niña asintió.
El boticario llegó poco después. Le examinó las muñecas, limpió el rasguño y preguntó si la habían golpeado en la cabeza.
Clara negó.
Cuando terminó, Anselmo pidió a todos que la dejaran descansar.
Pero ella sujetó a Mateo antes de que se levantara.
—Tengo que decirte.
Él volvió a sentarse.
Inés se quedó junto a la mesa.
El hombre de Laureano había hablado con Clara desde el callejón.
Le dijo que Mateo estaba herido y que necesitaba verla.
La niña no le creyó al principio.
Petra ya había rechazado su petición.
Entonces el hombre mostró un trapo ensangrentado.
Dijo que su hermano se había cortado con un vidrio y que lo habían llevado a una casa cercana.
Clara salió por la puerta del patio para preguntarle más.
El hombre la sujetó antes de que pudiera regresar.
Mateo sintió que las manos se le cerraban sobre las rodillas.
—¿Era el que vino a casa?
Ella asintió.
El mismo que había estado junto al armario en el despacho.
El mismo que pasó después en la carreta con una venda.
Clara contó que le quitaron el caballo de madera durante el trayecto. Uno de los hombres se rio al verlo.
En la bodega le dieron agua.
La encerraron.
Al rato oyó una carreta alejarse.
—Después empezó a hablar el señor del sombrero.
Inés se acercó un poco.
—¿Estaba dentro?
—En el vidrio.
Clara miró el espejo cubierto del cuarto.
—Me dijo que tú ya habías dicho que sí.
Mateo negó lentamente.
—No dije que sí.
—Quería que recogiera una moneda. Dijo que era tuya.
Clara apretó la manta.
—Yo no la toqué.
Mateo le acarició el cabello.
—Hiciste bien.
La niña comenzó a llorar de nuevo.
—Se enojó.
Él se inclinó y la abrazó.
No intentó pedirle nada más.
Clara se durmió con Petra sentada junto a la cama.
Mateo permaneció en el umbral hasta que Inés lo llamó.
En el cuarto de servicio, Anselmo había colocado los documentos sobre la mesa.
El libro de Laureano.
La carpeta de Tomás.
La hoja de papel grueso.
Había también una copia del testimonio que el herrero acababa de dictar.
Mateo se detuvo al ver las páginas.
Horas antes, todos aquellos papeles parecían urgentes.
Ahora tuvo el impulso de apartarlos y quedarse junto a su hermana.
Inés lo observó.
—Petra no va a dejarla sola.
Él miró hacia el patio.
—Lo sé.
—Tenemos que entender por qué podía hablarle, pero necesitaba que ella recogiera el oro.
Mateo se sentó.
Esa pregunta también lo había seguido desde la bodega.
La puerta se abrió con un martillo.
Ningún pacto fue necesario para sacar a Clara.
El jinete había intentado hacerles creer otra cosa.
Anselmo extendió el papel grueso.
Los signos del borde eran los mismos que Mateo había visto alrededor de la moneda.
En el centro figuraba el nombre completo de Laureano.
No era un recibo ordinario.
No tenía el sello del despacho.
El texto estaba escrito con una letra tan regular que cada línea parecía medir exactamente lo mismo.
—Lo he leído dos veces —dijo el sacerdote—. Hay partes que no comprendo.
Inés acercó la lámpara.
Mateo vio una firma al pie.
Laureano había estampado su nombre con el mismo trazo que utilizaba en las citaciones.
El acuerdo le permitía recibir una participación por llevar a otras personas al cobrador.
Cada entrega aceptada prolongaba su plazo.
Las monedas recibidas no podían perderse mientras aquel plazo siguiera vigente.
Anselmo señaló una condición escrita debajo: las extensiones cesarían en cuanto un cobro obtenido mediante una obligación añadida quedara acreditado por las dos versiones del acuerdo y la declaración de quien lo hubiera alterado o presenciado.
Esa regla no dependía de que Esteban quisiera reconocer su parte. Inés miró la carpeta de Tomás. Tenían las dos versiones; todavía necesitaban que alguien confirmara cuándo cambió el documento.
Mateo recordó las cuentas.
Las propiedades compradas.
Los nombres seguidos por la palabra entregado.
—Así reunió su dinero —murmuró.
Anselmo señaló una línea.
—Y así aplazó lo que debía él.
Inés recorrió el texto con el dedo.
—Hasta ahora.
Había una condición sobre el papel que cada persona podía firmar.
El intermediario debía registrar lo recibido, lo prometido y el momento en que podría exigirse el cumplimiento.
No podía añadir obligaciones después de la aceptación.
Tampoco disponer de otra persona como pago.
Inés encontró una precisión sobre el relevo del cobrador: quien lo aceptara debía conocer el oficio y el momento en que lo asumiría. Recibir el oro solo sellaba el acuerdo después de expresar esa voluntad. El plazo podía comenzar al morir o en el mismo instante de la entrega, según lo convenido.
Mateo recordó la mano de Esteban junto al arroyo. Le había ofrecido un relevo inmediato, distinto de la compañía que Julián prometió al final de su vida.
Mateo inclinó la cabeza.
Anselmo leyó en voz alta:
—«Ningún nombre escrito sin voluntad constituirá deuda».
Durante un momento, Mateo solo vio la moneda negra sobre la cama de Clara.
Después la de su padre, cambiando hasta mostrar su propio nombre.
Esteban había utilizado el miedo.
La escritura era parte de la amenaza.
No la prueba de que alguien ya estuviera condenado.
Inés continuó leyendo.
Encontró otra cláusula.
Los pactos no pasaban a los hijos, a los hermanos ni a quienes recibieran bienes de un deudor.
Mateo levantó la vista.
—Mi padre podía deberle. Yo no.
Anselmo asintió.
—Según esto.
La claridad de aquella frase lo dejó sin palabras.
Había llegado al pueblo, levantado un ataúd y encontrado una moneda. Desde entonces todo parecía dispuesto para arrastrarlo detrás de Julián.
Pero el acuerdo de su padre terminaba en su padre.
Clara tampoco formaba parte de él.
Mateo se cubrió la boca con una mano.
La certeza no borraba el peligro.
Le quitaba una mentira.
Inés abrió la carpeta de Tomás.
El documento indicaba dinero para comprar una parcela.
El cumplimiento debía exigirse al final de su vida.
La línea añadida decía algo distinto:
El plazo podrá cerrarse con el primer requerimiento del cobrador.
La frase estaba comprimida sobre la firma.
Había letras más pequeñas para hacerla caber.
Anselmo comparó ambas tintas.
—No puedo decir cuándo fue escrita solo con verla.
Inés retiró un recibo de la carpeta.
En el reverso había una copia del acuerdo inicial, hecha por el escribiente y firmada también por Laureano.
La línea no aparecía.
Mateo puso las hojas una junto a otra.
Mismo nombre.
Misma cantidad.
Misma fecha.
Una condición diferente.
—Aquí está —dijo Inés.
Su voz se quebró, pero no apartó el dedo.
Tomás había aceptado un pacto terrible.
Aquella aceptación no autorizaba a nadie a cambiar sus condiciones.
Pero lo habían cobrado antes del momento acordado.
Mateo recordó la advertencia que llegaba desde el espejo.
El papel…
Su padre había encontrado la diferencia sin conseguir el original.
Ellos tenían ambas versiones.
Anselmo volvió a la hoja gruesa.
Una parte del texto se refería al cobrador.
Inés leyó despacio.
El cobro solo podía corresponder a la voluntad expresada por quien aceptara.
Un error reconocido debía repararse.
Mateo siguió las líneas.
—¿Repararse cómo?
Inés continuó.
Alguien retenido sin que se hubiera cumplido su plazo debía ser devuelto.
La devolución no borraba por sí sola el pacto original.
Pero quien había cometido el cobro quedaba obligado a presentarse a juicio si lo reconocía y renunciaba a conservar su oficio como amparo.
Había una disposición más: al renunciar, el cobrador podía asumir en su propia cuenta la obligación que aún pesara sobre una persona retenida antes de tiempo. No recibiría riqueza ni una extensión por hacerlo. Tendría que responder por esa deuda junto con sus propios actos.
—Puede devolver a Tomás y dejar vigente el acuerdo —dijo Mateo—. O cargar con lo que falta y soltarlo por completo.
Inés volvió a leer la línea.
—Si lo hace, no podrá seguir protegido por su oficio.
Mateo levantó la cabeza.
—Esteban puede soltarlo.
Anselmo no contestó enseguida.
—Este documento dice que debe hacerlo.
—Entonces ¿por qué sigue allí?
Inés sostuvo la hoja contra la mesa.
—Porque tendría que admitir que lo cobró mal.
Mateo recordó el patio de Montenegro.
La pregunta de Inés.
La manera en que el jinete evitó mirarla.
¿Y nunca mira lo que está cobrando?
Ya sabía qué había detrás de aquella evasión.
Leían la cláusula una vez más cuando la puerta del cuarto se abrió.
El escribiente de Laureano apareció en el umbral.
Tenía hollín en el cuello y una quemadura pequeña en la mano.
Anselmo se levantó.
El joven miró primero a Mateo.
—No quiero que me pegue.
Mateo permaneció sentado.
—No voy a pegarte.
El muchacho tragó saliva.
—Me llamo Eusebio.
Inés señaló una silla.
Eusebio no se sentó.
Dijo que Laureano le había ordenado declarar que Mateo prendió fuego al escritorio.
También que ocultara los registros de pagos de Julián.
Mientras hablaba, no dejaba de mirar hacia el patio.
—¿Por qué has venido? —preguntó Anselmo.
Eusebio mostró la mano quemada.
—Porque me dijo que el incendio era culpa mía. Que si no hacía lo que pedía, me iba a cobrar todo lo que había perdido.
Inés acercó las dos versiones del documento de Tomás.
—¿Copiaste esto?
El joven las miró.
Asintió.
—El recibo.
—¿Y esta línea?
Eusebio apretó los labios.
Mateo esperó.
El escribiente bajó la cabeza.
—La añadió don Laureano.
Eusebio lo había visto escribirla después de que Tomás saliera del despacho.
Laureano dijo que era una precisión y que el muchacho ya la había aceptado de palabra.
El escribiente no preguntó nada.
Más adelante, Esteban llegó para recoger el documento.
No entró por la puerta de la calle.
Eusebio escuchó cascos en el patio, aunque allí no cabía un caballo sin atravesar la casa.
Vio al jinete desde el corredor.
Laureano le entregó la hoja.
Hablaron de la parcela.
Después de la fecha.
El Charro señaló la línea añadida.
Eusebio recordó que el prestamista respondió:
—Es la misma mano que recibió el dinero. Bastará.
Mateo sintió un frío lento en el cuerpo.
Esteban había advertido el cambio.
Había preguntado por él.
Y aun así se llevó el papel.
Inés se apartó de la mesa.
Fue hasta la ventana y permaneció allí, con las manos apoyadas en el marco.
Nadie intentó consolarla.
Durante tres años había buscado a un hermano al que otros habían convertido en una cifra conveniente.
Ahora conocía el engaño.
También a quienes habían decidido no detenerlo.
Eusebio entregó algo más.
Sacó del bolsillo un fragmento doblado de papel.
Era una orden para trasladar a Clara desde la bodega después del anochecer.
Laureano había preparado otra carreta.
El destino era Montenegro.
Mateo se puso de pie.
—¿Para qué?
Eusebio negó.
—No me lo dijo.
En la parte inferior figuraba una instrucción:
La niña se conserva hasta recuperar el libro y las condiciones.
Mateo miró los documentos sobre la mesa.
Laureano sabía exactamente qué habían sacado.
No quería solo ocultar las cuentas.
Quería recuperar la hoja donde estaba escrito lo que no podía hacer.
Anselmo tomó una página limpia.
Pidió a Eusebio que relatara todo desde el principio.
Esta vez lo escribirían ante testigos.
Ya de noche, Mateo volvió al cuarto de Clara.
La encontró despierta.
Petra había salido a buscar agua y permanecía a pocos pasos, en el patio.
Su hermana levantó la mano sobre la manta.
Mateo se sentó y la tomó.
—¿Te quedas?
—Sí.
Clara miró el espejo cubierto.
—¿Puede volver?
Él no quiso prometer algo que todavía no sabía.
—Si vuelve, no vas a estar sola.
La niña asintió despacio.
Mateo sacó del bolsillo el caballo de madera.
Lo había recogido de la cama antes de salir de casa.
Limpió el barro con un paño y lo dejó sobre la mesa.
Clara lo observó.
—Pensé que lo había perdido.
—Aquí está.
Su hermana cerró los ojos.
No se durmió de inmediato.
Durante un buen rato apretó los dedos cada vez que escuchó un ruido.
Mateo permaneció junto a ella.
Inés llegó cuando Clara por fin dormía.
Traía una copia de la cláusula y la carpeta de Tomás.
—Laureano está preparando la salida —murmuró—. Eusebio dice que mandó ensillar dos caballos.
Mateo miró la puerta del patio.
—¿Va a huir?
—Puede llevarse lo que no encontramos. Y a quienes puedan hablar.
Anselmo apareció detrás de ella.
Habían conseguido que el herrero y dos vecinos permanecieran en la parroquia. Hilario vigilaba el camino del molino.
No bastaba para controlar el pueblo.
Sí bastaba para no actuar solos.
Mateo tomó la copia.
La frase sobre el cobro indebido había quedado subrayada.
—Tenemos que poner a Laureano frente a Esteban —dijo Inés.
Anselmo la observó.
—¿Qué esperas que ocurra?
Ella sostuvo la carpeta.
—Que no puedan seguir contándonos versiones distintas.
Mateo pensó en el espejo.
En su padre.
En el jinete diciendo que no había nada fácil en lo que hacía.
Ahora sabían que existía una obligación que Esteban llevaba años evitando.
No necesitaban comprar su libertad.
Necesitaban que respondiera por Tomás.
En el patio, una moneda cayó sobre las losas.
Los tres se volvieron.
No había nadie junto al pozo.
Mateo se acercó sin salir del umbral.
La pieza descansaba cerca de la cubeta de Petra.
En una cara figuraba un nombre.
LAUREANO.
Al otro lado había una palabra.
VENCIDO.
Inés levantó la vista hacia la oscuridad.
Desde la calle llegó el resoplido de un caballo.
Las dos versiones del acuerdo y la declaración de Eusebio habían acreditado el cobro indebido. Laureano acababa de perder las extensiones que lo protegían. Su plazo había terminado.
Y el cobrador ya estaba en el pueblo.
