Capítulo 11 de 13

La noche de las cuentas

Nadie recogió la moneda.

Permaneció junto a la cubeta, brillando bajo la luz que salía del cuarto. El nombre de Laureano ocupaba una cara; la palabra de la otra había bastado para cambiar el sentido de la noche.

Mateo se apartó del umbral.

—Tenemos que encontrarlo antes de que se vaya.

Anselmo miró hacia el cuarto donde dormía Clara.

—Y no dejar esto desprotegido.

El herrero se acercó desde el corredor.

Había oído el golpe del metal y visto la pieza sobre las losas. Ahora llevaba el martillo sujeto junto a la pierna.

—Petra se queda con la niña. Yo también.

Mateo lo observó.

Durante los últimos días habían aparecido puertas cerradas, frases incompletas y vecinos que preferían no mirar. Aquel hombre, en cambio, rompió un candado para sacar a Clara de la bodega y ahora ofrecía quedarse.

—Gracias —dijo.

El herrero asintió.

—Si viene alguien, tendrá que hablar con nosotros.

Inés guardó la carpeta de Tomás dentro del morral.

Anselmo puso el libro de Laureano en la caja y cerró con llave.

Los testimonios, las cuentas de Julián y varias copias permanecerían allí. Solo llevarían los documentos necesarios para impedir que el prestamista negara lo que había hecho.

Eusebio esperaba junto a la mesa.

Mateo se volvió hacia él.

—¿Por dónde piensa salir?

El escribiente miró la puerta.

—El hombre que le preparó los caballos dijo que no debía tomar el camino principal. Hay quienes ya preguntan por la niña.

—¿Entonces?

—La vereda de Montenegro. Desde allí puede rodear hacia la estación.

Inés ajustó el morral sobre el hombro.

Mateo sintió el peso de la llave en su bolsillo.

Volverían a la hacienda.

Esta vez no para buscar a un muerto.

Para impedir que un hombre vivo se llevara consigo la última oportunidad de Tomás.

Clara despertó cuando Mateo entró a recoger su chaqueta.

No abrió los ojos del todo.

Extendió una mano.

Él se sentó junto a la cama.

—Voy a salir un momento.

La niña lo sujetó de la manga.

Mateo no intentó retirarla.

—Petra y el herrero se quedan contigo. También estará aquí el padre Anselmo.

—¿Vas con Inés?

—Sí.

Clara respiró despacio.

—¿Para buscar a su hermano?

Mateo le acarició los dedos.

—Vamos a hablar con quienes se lo llevaron.

La niña abrió los ojos.

Su mirada era demasiado despierta para la hora y el cansancio.

—No creas si dicen que yo acepté.

Mateo sintió que aquella frase le cerraba la garganta.

—Lo sé.

—Ni aunque tengan mi nombre.

Él negó.

—Ni aunque lo tengan.

Clara soltó la manga.

Mateo permaneció a su lado hasta que volvió a cerrar los ojos.

Al levantarse, dejó una mano sobre el caballo de madera que descansaba en la mesa.

No necesitaba llevárselo.

Su hermana estaba allí.

Aquella certeza lo acompañaría durante el camino.

Salieron por el huerto.

Inés iba con Mateo. Hilario los esperaba al otro lado del muro con una mula y una carreta pequeña.

Eusebio decidió acompañarlos.

No parecía valiente. Tenía la boca seca, las manos inquietas y volvía la cabeza cada vez que escuchaba pasos.

Pero se subió a la carreta.

Mateo llevó una lámpara cubierta para que la luz no se viera desde lejos. Hilario conocía el camino lo suficiente para avanzar sin ella.

Las ruedas crujieron sobre la tierra.

San Jerónimo fue quedando atrás.

Durante un rato, nadie habló.

Inés sacó los documentos y comprobó que siguieran dentro del morral. Era la tercera vez que lo hacía desde que dejaron la parroquia.

Mateo la observó.

—No vamos a perderlos.

Ella cerró la abertura.

—Sé que no bastará con mostrárselos.

—No.

—Esteban ya sabía.

Mateo miró hacia los campos.

La confesión de Eusebio había terminado con cualquier esperanza de atribuirlo todo a Laureano. El jinete vio la condición añadida, preguntó por ella y cobró de todos modos.

—Tendrá que decirlo delante de nosotros —respondió.

Inés sostuvo su mirada.

—Y después tendrá que decidir qué hace.

Encontraron a Laureano antes de llegar a la hacienda.

Una carreta grande se había detenido junto a la bifurcación. Una rueda estaba hundida en el barro y dos hombres intentaban moverla mientras el prestamista les daba órdenes.

Había baúles, una caja de hierro y varios sacos amarrados con cuerdas.

Laureano llevaba un abrigo encima de la ropa del día. La venda de su mano se veía manchada bajo la luz de una linterna.

—¡Empujen por ahí! —gritó.

Hilario detuvo la mula detrás de unos árboles.

Mateo bajó.

Inés lo siguió.

Eusebio se quedó junto a la carreta pequeña.

—Ese es —murmuró, señalando al hombre que sujetaba las riendas del primer caballo.

El mismo que se llevó a Clara.

Mateo sintió que el cuerpo se le tensaba.

Inés tocó su brazo.

Él la miró y asintió.

Caminaron hasta quedar a la vista.

Laureano fue el primero en verlos.

Su expresión pasó de la irritación al desconcierto.

Después a la rabia.

—Ahí está —dijo a sus hombres—. Agárrenlo.

El acompañante soltó las riendas.

Mateo levantó una mano.

—El libro quedó en la parroquia.

El hombre se detuvo.

Laureano miró a Inés.

—Entonces vinieron sin nada.

Ella sacó la carpeta.

—Tenemos las dos versiones del acuerdo de Tomás.

El prestamista hizo un movimiento hacia ella.

Mateo se interpuso.

—También la declaración de Eusebio.

Laureano volvió la cabeza.

El escribiente había salido de entre los árboles.

No se acercó.

Solo permaneció allí, visible.

—Muchacho imbécil —murmuró Laureano.

Eusebio bajó la mirada, pero no regresó a la carreta.

Mateo avanzó un paso.

—Hay copias de sus cuentas. Los pagos de mi padre. La orden para llevarse a Clara. Ya no puede resolverlo quemando un escritorio.

Laureano se humedeció los labios.

Detrás de él, uno de los hombres seguía empujando inútilmente la rueda.

—Esto es un robo —dijo.

—Mi hermana estaba encerrada en una bodega suya.

—La llevaron para protegerla del desorden que tú causaste.

Inés se acercó lo suficiente para que él tuviera que mirarla.

—Petra la vio salir con su hombre. Hilario la oyó pedir ayuda. Nosotros rompimos el candado.

Laureano contempló la carpeta.

—No saben qué están haciendo.

—Sí —respondió Inés—. Estamos impidiendo que vuelva a decir que alguien se marchó por voluntad propia.

Una ráfaga movió las ramas.

El caballo de la carreta tiró de las riendas con violencia.

Su conductor lo sujetó.

Mateo oyó el primer golpe de herradura al otro lado de la bifurcación.

Laureano también.

Su rostro perdió color.

El Charro apareció sobre el camino que llevaba a Montenegro.

No avanzaba deprisa.

El caballo negro descendió entre los árboles y se detuvo junto a una piedra.

Sus ojos tenían un resplandor rojo que alcanzaba la parte baja del sombrero del jinete.

Laureano retrocedió hasta la carreta.

—Esto no se trata contigo —dijo.

Esteban lo observó.

—Tu plazo terminó.

Uno de los hombres dejó de empujar la rueda.

El otro se apartó del caballo de tiro.

Ninguno preguntó de qué plazo hablaban.

Mateo vio en sus rostros que habían oído historias semejantes, aunque jamás creyeron que formarían parte de una.

Laureano levantó la mano vendada.

—Te he entregado más que nadie.

—Lo sé.

—Años de trabajo.

El Charro no respondió.

—¿Crees que los habrías encontrado sin mí? —insistió Laureano—. Yo te decía quién necesitaba dinero, quién estaba perdiendo tierras, quién tenía enfermos.

Inés se quedó inmóvil.

Mateo sintió un frío lento.

Era la confesión más clara que habían escuchado.

Laureano señaló la caja de hierro.

—Ahí está tu parte. Podemos ajustar las cuentas.

Esteban bajó los ojos hacia la caja.

—El dinero que recibiste no compra otra extensión.

El prestamista miró entonces a Mateo.

Por primera vez pareció comprender por qué habían venido.

No solo para detenerlo.

Para hablar mientras alguien escuchaba.

Laureano abrió uno de los baúles.

Sacó una bolsa y la agitó.

El sonido del oro llenó la vereda.

—Todavía puedo llevarte a alguien.

El caballo negro alzó la cabeza.

Mateo dio un paso hacia Inés.

Laureano lo vio.

Una posibilidad apareció en su rostro.

—Él quiere sacar a su padre —dijo—. Tú lo sabes. Dale tiempo para entenderlo.

Esteban miró a Mateo.

El carpintero sintió que lo observaba otra vez como en Las Cruces: calculando cuánto dolor podía convertir en aceptación.

Inés se puso a su lado.

Mateo levantó la barbilla.

—No he venido a comprar nada.

Laureano apretó la bolsa.

—Todos dicen eso al principio.

—Mi hermana tampoco le ofreció nada.

El prestamista se volvió hacia el jinete.

—La niña puede responder por la casa. Su padre dejó deudas.

La mirada de Esteban pasó hacia Laureano.

Lentamente.

—La niña no aceptó.

—No tiene edad para entender. Él puede hacerlo por ella.

Mateo iba a avanzar, pero Inés lo detuvo con una mano sobre su brazo.

El Charro habló.

—No te pertenece.

Laureano se quedó mirándolo.

La frase no había sido dicha con cortesía.

Tampoco como una advertencia.

Había sonado como un límite que el jinete conocía y que, por una vez, había decidido pronunciar.

Inés abrió la carpeta.

—Tomás tampoco había terminado su plazo.

El caballo movió las orejas.

Esteban miró los papeles.

Laureano intentó acercarse.

Mateo le cerró el paso.

—Quédese ahí.

El prestamista miró a sus hombres.

Uno estaba ya a varios pasos de la carreta.

El otro evitó sus ojos.

Inés colocó ambas versiones del acuerdo sobre la tapa de un baúl.

La linterna iluminó las firmas.

—Esta es la copia inicial —dijo—. Y aquí está la línea que añadió después.

Esteban permaneció montado.

No necesitó acercarse para ver.

Mateo supo que ya conocía las dos versiones incluso antes de que Inés terminara de explicarlas.

Laureano soltó una risa forzada.

—Una aclaración.

Eusebio avanzó.

Su voz salió débil.

—No estaba cuando firmó.

El prestamista se volvió con violencia.

—¡Cállate!

Eusebio retrocedió un paso.

Luego se quedó.

—Yo hice la copia —continuó—. Usted añadió esa frase después de que Tomás saliera.

Inés levantó el documento alterado.

—Mi hermano entregó su final. Usted convirtió una visita en ese final.

Esteban miró la línea.

Laureano respiraba con dificultad.

—El dinero ya se había entregado —dijo—. La firma era suya. Y tú lo cobraste.

La última frase iba dirigida al Charro.

Mateo vio tensarse la mano que sostenía las riendas.

Inés sacó la copia de la cláusula.

—El cobrador solo puede exigir lo que fue aceptado.

Laureano miró el papel.

Ahora sí pareció reconocer que habían encontrado algo más peligroso que sus cuentas.

—Eso debía quedarse en mi escritorio.

Mateo sostuvo su mirada.

—No llegó a quemarse.

Inés siguió leyendo.

Su voz temblaba, pero cada palabra se entendió.

Un cobro realizado antes del plazo debía ser reparado.

Un nombre escrito sin voluntad no constituía deuda.

Nadie podía disponer de otra persona como pago.

El caballo negro golpeó la tierra.

Uno de los hombres de Laureano se persignó.

Esteban no apartaba los ojos de Inés.

Ella terminó de leer.

—Devuélvalo.

El jinete cerró la mano.

Mateo oyó un tintineo bajo la chaqueta.

Laureano bajó la bolsa lentamente.

Estaba mirando al Charro con una atención nueva.

Si Esteban reconocía el engaño, ya no podría seguir ocultándose detrás de él.

—Yo recibí un documento —dijo el jinete.

Inés lo contempló.

—También recibió una vida.

—Estaba firmado.

Eusebio levantó la cabeza.

—Usted preguntó por la frase añadida.

Esteban lo miró.

El muchacho se quedó pálido.

No huyó.

—Lo oí —añadió—. Estaba en el corredor.

El viento movió el borde de las hojas sobre el baúl.

Mateo apoyó una mano para que no salieran volando.

Laureano soltó una carcajada breve.

Sonó peor que un grito.

—No puedes dejarme todo a mí, Montenegro.

El Charro volvió hacia él.

—Calla.

—Sabías lo que hacía.

Esteban no respondió.

Laureano avanzó un paso.

El miedo lo había vuelto temerario.

—Sabías por qué adelantaba los plazos. Querías que siguiera trayéndote gente. Querías que alguno aceptara tu lugar.

Mateo recordó la bolsa suspendida sobre el arroyo.

El oro.

Su propia mano levantándose.

Inés se acercó al caballo.

—Míreme.

El animal giró la cabeza hacia ella.

Mateo quiso sujetarla.

Ella levantó una mano sin volverse.

—A usted le estoy hablando, Esteban.

El jinete bajó la mirada.

Inés tenía lágrimas en las mejillas.

—Mi hermano me vio desde el espejo. No podía abrir la mano. No podía venir conmigo. Usted lleva tres años escuchando lo que dice ese papel y eligiendo no corregirlo.

Esteban respiró hondo.

Por primera vez, pareció necesitarlo.

El caballo abrió la boca.

—Laureano.

La voz descendió sobre la vereda.

El prestamista retrocedió.

Sus hombres huyeron.

Uno corrió hacia los campos sin quitarse el sombrero. El otro saltó la zanja y desapareció entre los árboles.

Los caballos de tiro tiraron de las riendas. Hilario se acercó para sujetarlos antes de que volcaran la carreta.

Esteban levantó una mano.

El caballo negro permaneció quieto, pero sus ojos ardían con mayor fuerza.

Laureano sacó dinero de otro bolsillo.

Las monedas se le escaparon entre los dedos y cayeron al barro.

Intentó recogerlas.

Se detuvo cuando oyó su nombre otra vez.

—Laureano.

El prestamista miró hacia Mateo.

—Diles que todavía no.

Mateo no respondió.

No podía concederle un plazo.

Tampoco iba a inventar que podía hacerlo.

Laureano se volvió hacia Inés.

—Yo puedo decirte dónde guardaba los otros documentos.

Ella sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Ya tenemos el de Tomás.

—Tengo más.

—Entonces dígalo.

El prestamista miró al caballo.

Después al camino por el que habían huido sus hombres.

La posibilidad de escapar iba desapareciendo de su rostro.

Esteban llevó una mano al interior de la chaqueta.

Sacó una moneda.

Laureano dejó de moverse.

Pero el jinete no lo miraba a él.

Observaba el oro sobre su propia palma.

Mateo se acercó lo suficiente para distinguir las letras.

TOMÁS VALDÉS.

Inés hizo un sonido pequeño, casi una respiración cortada.

El caballo volvió el cuello hacia la mano de Esteban.

La voz salió baja.

—No confundas los cobros.

El jinete cerró los dedos.

Inés dio un paso más.

—No estamos confundiendo nada.

Esteban miró a Laureano.

—Cuando me entregaste su papel, dijiste que él había aceptado la condición.

El prestamista tragó saliva.

—Así fue.

Eusebio negó.

Laureano lo vio.

También vio los documentos sobre el baúl y la moneda en la mano del Charro.

Al final bajó la cabeza.

—No le expliqué esa parte.

Inés cerró los ojos.

Mateo apretó el borde del baúl.

Esteban permaneció inmóvil.

El caballo respiró junto a su hombro.

—Cumple tu oficio —dijo.

Laureano empezó a temblar.

La confesión no liberó a nadie.

No cayó ningún muro.

No desaparecieron los adornos del traje.

Tomás no apareció sobre la vereda.

La moneda seguía dentro del puño de Esteban.

Mateo comprendió que los papeles habían llevado la verdad hasta allí, pero no podían obligar a una mano a abrirse.

El jinete tenía que reconocer su parte.

Podía cobrar a Laureano, marcharse y seguir buscando a otro desesperado.

Podía dejar a Tomás detrás del espejo.

Podía esperar a que Mateo o Inés se cansaran.

Esa era la decisión que había protegido durante años.

Inés lo observó.

—Ahora usted.

Esteban levantó lentamente la cabeza.

El sombrero dejó al descubierto todo su rostro.

Se veía igual que en la fotografía.

Y, sin embargo, había algo gastado alrededor de sus ojos que el retrato no mostraba.

Mateo habló sin acercarse.

—Mi padre encontró esto. No le alcanzó el tiempo para ponerlo delante de usted.

Esteban lo miró.

—Julián insistía demasiado.

—Sí.

Mateo sintió dolor al decirlo.

También un orgullo que no había sabido sentir antes.

—Ahora estamos nosotros.

El caballo adelantó una pata.

Esteban tiró de las riendas.

Fue un movimiento breve.

Suficiente para detenerlo.

El animal volvió la cabeza hacia él.

Durante varios segundos se miraron.

Después el jinete abrió la mano.

La moneda de Tomás quedó expuesta bajo la luz de la linterna.

—Lo cobré antes de tiempo —dijo.

La voz del caballo cesó.

Inés se llevó una mano a la boca.

Mateo no apartó los ojos del oro.

Esteban miró su palma.

Por primera vez desde que lo habían conocido, no parecía estar ofreciendo nada.

Parecía estar sosteniendo aquello que tendría que devolver.

Y detrás de él, en la oscuridad del camino, comenzó a oírse el ruido de una puerta abriéndose.

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