Capítulo 15 de 15
Donde descansan los amantes
Coyolicaltzin terminó el tejido de su hija tres días después de la despedida. Se sentó junto a la ventana, en el lugar donde Donají acostumbraba trabajar, y extendió la pieza sobre sus rodillas. Había puntadas deshechas, hilo enredado y un borde que necesitaba corregirse. Yela permaneció cerca. La reina sostuvo la aguja durante mucho tiempo antes de comenzar.
—Aquí apretaba demasiado —murmuró.
Yela se inclinó. —Aquella noche estaba inquieta. Coyolicaltzin pasó los dedos sobre la tela. No preguntó cuál noche. Había escuchado ya cada detalle que la mujer podía recordar: las visitas de Nucano, el alimento compartido, la llegada del hilo, los preparativos del rescate. Comenzó a trabajar. Cuando terminó, alzó la pieza hacia la luz. Era pequeña. Donají nunca había dicho para quién la hacía. La reina la dobló con cuidado.
—Llévasela a Nucano.
Él la recibió de pie, junto al patio donde había amado a la princesa. Yela le entregó también el cuenco que Donají había llevado desde Zaachila. Nucano lo sostuvo entre las manos. Tenía una pequeña irregularidad en el borde. Recordó que ella solía pasar el pulgar por aquel punto mientras escuchaba.
—Su madre terminó la labor —dijo Yela.
Él dejó el cuenco sobre el banco y abrió el tejido. Reconoció los colores. Se sentó lentamente. Yela esperó. Nucano pasó una mano sobre las puntadas finales, distintas apenas de las primeras.
—¿Cómo está?
La mujer miró hacia la entrada.
—Hoy ha podido terminar esto.
Él asintió. Después dobló la pieza con la misma delicadeza con que la había recibido. La sepultura de Donají se convirtió en un lugar al que llegaban personas de ambos pueblos. Algunas llevaban flores. Otras permanecían un momento con las manos vacías y se marchaban sin hablar. Nucano acudía cuando sus obligaciones se lo permitían. Al principio necesitaba quedarse hasta que caía la noche. Más adelante aprendió a despedirse antes, aunque siempre regresaba la mirada al alejarse.
El lirio fue conservado con los cuidados que permitía su fragilidad. Su perfume disminuyó y los pétalos acabaron cediendo al tiempo, pero quienes lo habían visto hablaron de él mucho después. Nucano no discutía con los que intentaban explicar el prodigio. Él había reconocido su rostro. Le bastaba con eso. Los responsables de la muerte de Donají fueron escuchados ante representantes de ambos pueblos.
Yela declaró sobre la salida de la princesa. Sahu contó lo que había visto al regresar a la orilla. Los hombres que permanecieron con Yahui tuvieron que responder por sus propios actos. Yahui intentó invocar a los muertos de su pueblo. Nucano lo escuchó hasta que terminó. Después puso sobre el suelo la sandalia rota de Donají. El jefe apartó la mirada. Ninguna pérdida le había dado derecho a decidir la muerte de aquella joven bajo su custodia.
Los señores mixtecos que habían confiado la custodia a Yahui pronunciaron la sentencia en presencia de los enviados de Cosijoeza. Lo despojaron del mando y ordenaron su muerte y la de los tres hombres que habían participado en el asesinato y en la ocultación de los restos. Sahu fue escuchado por separado. Había intentado que esperaran a Nucano y se había apartado por orden de Yahui; no había intervenido en la muerte ni en los entierros. Lo relevaron de aquella guardia y le permitieron regresar con su familia después de declarar.
Nucano no pidió asistir al cumplimiento de las condenas. Había exigido que los responsables respondieran por sus actos; verlos morir no le devolvería a Donají. Cuando todo concluyó, Nucano salió al patio. Había esperado sentir algo distinto. Se quedó un momento bajo el sol, con la sandalia en la mano, y luego regresó a sus tareas. La paz exigió más tiempo que la guerra. Era fácil ordenar a un grupo que avanzara. Resultaba más difícil conseguir que una familia volviera a sembrar junto al camino donde había perdido a uno de los suyos.
Nucano escuchó reclamaciones sobre tierras, agua y cargas retenidas. Se impacientó muchas veces. Hubo tardes en que quiso levantarse antes de que un hombre terminara de repetir una historia ya conocida. Entonces recordaba a Donají hablando del cargador y de su hermano. Se quedaba sentado. La averiguación sobre el ataque a las provisiones terminó antes de la siguiente siembra. Dos supervivientes reconocieron a un capitán zapoteca entre los asaltantes. Cosijoeza lo hizo comparecer ante los emisarios de ambos pueblos.
El capitán admitió que había querido recuperar una carga retenida meses atrás y que convirtió aquella reclamación en una emboscada. No presentó una orden del rey. Dos de sus propios hombres confirmaron que les había prohibido avisar a Zaachila antes de partir. Cosijoeza lo apartó del mando y entregó grano de sus reservas para compensar a las familias de los muertos. Aceptó también que sus capitanes no volvieran a reclamar bienes por las armas mientras hubiera emisarios encargados de escucharlos.
La noticia no alivió a Nima de la muerte de su tío. Cuando volvió a ver a Yela, le preguntó por la princesa sin apartar la mirada. Después ayudó a llevar alimento a quienes reparaban el camino. Los acuerdos comenzaron a sostenerse en cosas pequeñas: una carga que llegaba completa, un mensajero que regresaba, dos hombres que aceptaban revisar juntos una acequia. Los mercados recuperaron sus voces. Una mañana, Nucano vio a una mujer zapoteca discutir el precio de una vasija con un vendedor mixteco. Ninguno llamó a los guardianes.
Él continuó caminando con una emoción que no supo explicar a quienes lo acompañaban. Cosijoeza volvió a verlo tiempo después. Caminaron juntos por un tramo del río, acompañados a distancia. El rey se detenía con más frecuencia que antes. Al llegar a una piedra ancha, se sentó. Nucano permaneció a su lado.
—Cuando era niña, preguntaba por todo —dijo Cosijoeza—. Creía que yo conocía las respuestas.
El príncipe miró el agua.
—También me preguntaba a mí.
El rey sonrió apenas. Después guardaron silencio. Cosijoeza tomó un puñado de tierra y lo dejó deshacerse entre los dedos. Había hablado con Coyolicaltzin de la profecía, de la noche del nacimiento y del temor que había acompañado cada año de la vida de su hija. Había llegado a comprender cuánto había usado aquellas palabras para anticipar una pérdida, y cuántas decisiones suyas habían contribuido a acercarla.
—Debí escucharla más —murmuró.
Nucano se sentó junto a él. No intentó aliviarlo con una respuesta sencilla. Permanecieron allí hasta que el sol empezó a bajar. Yela envejeció contando a Donají. Al principio solo hablaba de ella cuando alguien preguntaba. Después comenzó a reunir a los niños mientras trabajaba. Les contó que había curado a un enemigo herido, pero también que de niña se distraía al separar las madejas. Que había tenido valor junto al río y miedo al dejar su casa. Que se reía cuando Nucano pronunciaba mal una palabra.
Una niña quiso saber si la princesa había sido hermosa. Yela levantó la cabeza. Recordó su rostro cubierto de polvo, el cabello suelto durante la noche del ataque, las manos que buscaban sostener una lámpara.
—Sí —respondió—. Y era una persona. Recuérdenlo cuando escuchen lo demás.
Los niños continuaron preguntando. Ella siguió contando. Los años cambiaron el valle. Llegaron hombres de otras tierras, lenguas nuevas y formas de poder que alteraron la vida de los pueblos. Se levantaron edificios sobre espacios antiguos y aparecieron campanas donde antes se escuchaban otras llamadas. Los acuerdos que Nucano había ayudado a sostener tuvieron que enfrentar dificultades que ninguno de sus antiguos adversarios había imaginado. Él continuó protegiendo, en cuanto pudo, a las familias de ambos pueblos.
No siempre consiguió evitar las pérdidas. Pero los que acudían a él sabían que serían escuchados, y quienes habían conocido a Donají reconocían en aquella paciencia algo de ella. El nombre de Donají empezó a pronunciarse junto al de Nucano en las conversaciones del mercado, en los caminos y alrededor de los fogones. Algunos recordaban la guerra. Otros empezaban por la flor. Nucano conservó el cuenco y el tejido durante toda su vida. Con el tiempo necesitó ambas manos para levantar una vasija llena. El hombro herido volvía a dolerle durante las noches frías.
Una tarde dejó caer un poco de agua sobre la pieza que Coyolicaltzin había terminado. La secó de inmediato con una tela. Después se rio suavemente. Había recordado a Donají intentando ayudarlo a ponerse de pie y la expresión de Yela cuando los encontró a punto de caer. Se quedó sentado, sorprendido por la claridad de aquel recuerdo. Ya no podía recuperar su voz todos los días. A veces le angustiaba buscarla y encontrar solo palabras, sin el sonido que las había acompañado. Aquella tarde la oyó reír. Cerró los ojos para escucharla mejor.
Cuando sintió que su vida se acercaba al final, pidió que lo reunieran con ella. No hizo una ceremonia de la petición. Llamó a quienes se ocuparían de sus últimas disposiciones y señaló los objetos que debían conservar.
—El cuenco puede quedarse —dijo—. Y la tela.
Uno de los presentes preguntó por la sepultura. Nucano tardó en responder. Tenía la mirada puesta en la claridad de la entrada. —Junto a Donají. Lo repitió para que no hubiera dudas. Después pidió descansar. Esa noche alguien acercó una lámpara. La llama iluminó el borde irregular del cuenco y dejó el resto de la habitación en penumbra. Nucano volvió el rostro hacia la puerta. Durante un instante pareció esperar unos pasos conocidos. Murió antes del amanecer.
Y así continuó la memoria de los amantes: en la palabra de quienes los habían conocido y en la de quienes escucharon después. El tiempo transformó los lugares y los nombres. La historia atravesó generaciones, pasó de una lengua a otra y llegó hasta Cuilápam, donde la tradición sitúa el descanso compartido de Donají y Nucano.
Quienes habían cuidado la primera sepultura confiaron a sus hijos el sitio donde descansaban. Después fueron los hijos quienes llevaron la historia a Cuilápam. La tradición enlaza aquel recuerdo con el templo y con una sepultura compartida, aunque no conserva una sola explicación del traslado. En el relato que siguió pasando de una familia a otra, los amantes acabaron reunidos bajo una misma piedra. Los nombres sobrevivieron a quienes recordaban el primer entierro. Quienes acudían llevaban consigo distintas versiones de la leyenda.
Coincidían en el amor, en la muerte de la princesa y en una flor que había permitido encontrarla. Mucho después, una mujer llevó a su hija hasta aquel lugar. La niña se detuvo frente a la sepultura y miró el lirio que su madre sostenía.
—¿Por qué le traes esa flor?
La mujer se arrodilló para dejarla. Le contó que Donají había amado a un hombre al que su pueblo consideraba enemigo. Que había deseado volver a casa. Que había intentado salvar a los suyos y que, cuando quisieron ocultar sus restos, un lirio reveló dónde estaba. La niña escuchó sin interrumpir. Después miró los dos nombres.
—¿Él la encontró? Su madre asintió.
—Y cuando murió, pidió descansar con ella.
La niña se acercó un poco más.
—¿Cómo se llamaba?
—Nucano.
—No. Ella.
La mujer sonrió con tristeza.
—Donají.
La pequeña repitió el nombre, aprendiendo el sonido. Su madre le acomodó el cabello detrás de la oreja.
—Quiere decir Alma Grande.
Afuera había comenzado a soplar el viento. Por la entrada llegaban voces, pasos y el ruido de la vida que continuaba. La niña tomó la mano de su madre. Antes de marcharse, volvió el rostro hacia la flor. El lirio permanecía entre los dos nombres.
Fin.