Capítulo 14 de 15
El lirio de la memoria
Durante muchos días buscaron a Donají junto al Atoyac. Los hombres llegaban al amanecer, separaban las ramas, removían la tierra donde parecía más reciente y recorrían las orillas hasta que la oscuridad volvía imposible distinguir una piedra de una raíz. Nucano caminaba con ellos. Escuchaba cada aviso, aunque viniera de lejos y aunque el día anterior alguien hubiera señalado el mismo lugar sin encontrar nada. Se arrodillaba, apartaba las hojas con las manos y esperaba. Al anochecer regresaba con tierra bajo las uñas. Yela lavaba la manta de Coyolicaltzin una y otra vez.
La sangre del herido había dejado una sombra que no consiguió quitar. Encontraron a Yahui en una casa apartada del camino. Estaba con dos de los tres guardianes que habían permanecido junto al río durante el asesinato. El tercero había huido; lo encontraron días después, cuando intentaba llegar a otro poblado. Sahu, el explorador que se había apartado antes del crimen, ya había acudido a declarar ante Nucano. No estaba entre aquellos tres. Los escucharon por separado.
Las declaraciones coincidían en lo esencial: Donají había sido asesinada por orden de Yahui y sus restos habían sido ocultados en lugares distintos, cerca del agua. Pero cuando les exigieron señalar los sitios, comenzaron las contradicciones. Uno habló de un árbol partido. Otro, de una curva del cauce. Yahui aseguró que la oscuridad y la prisa le impedían reconocer el camino.
—Ya amanecía cuando la mataron —respondió Nucano—. Sahu vio la orilla. No vuelvas a esconderte detrás de la noche.
Yahui apretó los labios. Desde entonces alegó que todos los árboles se parecían. Los hombres que lo custodiaban comprendieron que no estaba intentando recordar. Nucano lo miró sin hablar. Había imaginado muchas veces aquel encuentro. En algunas de esas imágenes se arrojaba sobre él antes de que pudiera pronunciar una palabra. Ahora solo necesitaba una respuesta.
—¿Dónde está?
Yahui mantuvo la vista fija en el suelo. Lo llevaron al río bajo vigilancia. Recorrieron los lugares que señaló. Cavaron donde indicó. No encontraron a Donají. Al final del día, Nucano se alejó de él antes de perder el dominio de sus manos. Los responsables quedaron bajo custodia para responder ante los jefes de ambos pueblos. Ninguno volvería a dirigir guerreros. La búsqueda continuó. Un superviviente del rescate llegó desde Zaachila para reconocer uno de los senderos. Era el hombre que había transportado el grano y hablado con Donají cerca de los depósitos.
Contó que su grupo avanzaba detrás de una primera partida cuando vio la luz interrumpirse en la abertura de la habitación. No conocía una señal convenida con la princesa. Le sorprendió verla repetirse junto a un corredor donde, según les habían dicho, no habría vigilancia.
—Nos detuvimos —explicó—. Desde allí vimos moverse a los hombres que esperaban bajo el muro. Silbé para que los nuestros retrocedieran. Los de delante ya habían cruzado.
Yela lo escuchó con las manos apretadas sobre la manta. Donají no había podido advertir a todos, pero algunos seguían vivos porque aquella luz les había hecho mirar de nuevo. Cosijoeza recibió a Nucano en un patio sin consejeros. Coyolicaltzin estaba sentada junto al muro. Tenía sobre las rodillas el tejido que Yela había llevado de regreso. Nucano se detuvo al verlo. Reconoció las últimas puntadas. Yela le había contado que Donají había empezado a deshacerlas la noche en que él fue llamado al consejo. El rey se levantó.
Durante unos instantes, ninguno de los dos hombres supo cómo acercarse. Nucano inclinó la cabeza.
—Estaba bajo nuestra protección.
Cosijoeza cerró los ojos.
—Yo mandé hombres a buscarla.
La reina apretó el tejido entre las manos. Nucano miró al padre de Donají.
—No debieron tocarla.
—No.
La palabra quedó entre ellos. Después Cosijoeza se sentó, como si las piernas ya no pudieran sostenerlo. Nucano permaneció de pie hasta que Coyolicaltzin le indicó un lugar. Fue ella quien habló de los caminos. La tregua se convirtió en un acuerdo más amplio. Se reunieron representantes de ambos pueblos. Escucharon a quienes habían perdido cargas, tierras o familiares. Hubo discusiones que duraron hasta la noche y días en que parecía que todo iba a quebrarse de nuevo. Nucano volvió a sentarse cada mañana.
Cosijoeza envió hombres con autoridad para responder por sus capitanes. Se revisaron las capturas, se devolvieron pertenencias y se establecieron lugares donde los viajeros pudieran presentar sus quejas antes de que otro grupo saliera a vengarlas. No desapareció la desconfianza. Hubo quienes se negaron a estrechar la mano de un antiguo enemigo. Otros aceptaron comerciar, pero no compartir el alimento. Nucano permitió que el acuerdo avanzara con aquella lentitud. Cuando alguien exigía una nueva garantía, miraba el lugar vacío junto a él. Ninguna hija volvería a ser entregada para asegurar una promesa. Pasaron las lluvias.
El río creció, cubrió parte de las orillas y arrancó pequeñas plantas que habían brotado entre las piedras. Después descendió. Los hombres que buscaban a Donají conocían ya cada recodo de aquel tramo. Algunos continuaban por orden de Nucano. Otros iban cuando podían, al terminar sus labores. Yela acompañaba a veces a quienes salían desde Zaachila. Llevaba agua, alimento y una tela limpia doblada dentro de una cesta. Nunca explicó para qué.
Coyolicaltzin comenzó a enviar semillas a las familias que habían vuelto a sus tierras. Al principio lo hacía desde sus habitaciones. Más adelante salió al patio y escuchó a las mujeres que venían a recibirlas. Una niña se acercó un día con un pequeño tejido. La reina le preguntó su nombre. Después tuvo que apartarse un momento antes de continuar. El pastor encontró la flor una mañana clara.
Había llevado sus animales a una franja de hierba cercana al Atoyac. Conocía aquel camino y sabía dónde la tierra permanecía húmeda incluso cuando el sol llevaba muchos días calentándola. Se detuvo por el aroma. Miró alrededor, buscando el origen, hasta que distinguió un lirio entre las hojas bajas. La flor crecía sola. Sus pétalos se abrían sobre un tallo firme y el perfume parecía demasiado intenso para venir de algo tan pequeño. El hombre se agachó.
Pensó en llevarla a casa con suficiente tierra para que no muriera. Su esposa solía cuidar las plantas junto a la entrada y había perdido varias durante las lluvias. Apartó las hojas. Después comenzó a aflojar la tierra con una rama. Las raíces ofrecieron resistencia. El pastor cavó un poco más. Entonces dejó caer la rama. Al principio creyó que había encontrado una piedra clara. Se inclinó, retiró tierra con los dedos y vio una frente. Retrocedió tan bruscamente que cayó sentado. Permaneció allí, respirando con dificultad. La flor se movía apenas.
El hombre miró hacia el río, hacia sus animales, hacia el camino. Quiso llamar, pero no había nadie lo bastante cerca. Volvió a acercarse. No tiró del tallo. Apartó con cuidado un poco más de tierra y reconoció el contorno de un rostro. La cabeza de una joven permanecía intacta bajo las raíces. El lirio nacía de su frente. El pastor se cubrió la boca. Había escuchado la historia de la princesa desaparecida. Todos la habían oído, aunque cada persona la contara de una manera distinta. Se levantó y corrió a buscar ayuda.
Nucano llegó cuando ya se habían reunido varias personas junto a la orilla. Los guardianes habían pedido que nadie tocara la flor. El pastor lo esperaba de pie, con las manos todavía sucias. Intentó explicar lo ocurrido, pero Nucano apenas lo escuchó. Caminó hasta el pequeño círculo de tierra removida. Después se arrodilló. Vio la línea de la frente, los ojos cerrados, la curva de los labios que recordaba. No había en aquel rostro la alteración que el tiempo debía haber dejado. El lirio se alzaba sobre él.
Nucano acercó una mano y se detuvo antes de tocarla.
—Donají.
Pronunció su nombre tan bajo que solo lo oyó el hombre que estaba a su lado. Esperó. Una parte de él, agotada por tantos meses de búsqueda, esperó que ella abriera los ojos. El agua golpeó suavemente una piedra. Nucano bajó la cabeza. Yela llegó antes del mediodía. Al verlo de rodillas, dejó la cesta en el suelo y se acercó despacio. Nucano se apartó para permitirle mirar. La mujer se llevó una mano al pecho. Después sacó la tela limpia que había llevado tantas veces junto al río. La extendió sobre la tierra.
No consiguió alisarla. Los dedos le temblaban demasiado. Nucano la ayudó. Llamaron a quienes podían retirar la tierra sin dañar los restos. Trabajaron lentamente alrededor de las raíces, conservando la flor junto a la frente de Donají. Nadie quiso separarlas. Al levantarla, un murmullo recorrió a los presentes. Yela sostuvo la tela. Esta vez, cuando emprendieron el regreso, llevaba a la princesa consigo. La noticia llegó hasta los hombres retenidos por el crimen. Uno de ellos pidió hablar.
Durante meses había repetido que no recordaba con precisión el lugar donde ocultaron el cuerpo. Ahora escuchaba que el río había devuelto el rostro de Donají. Se arrodilló ante quienes fueron a interrogarlo. Dio una descripción distinta. Mencionó una elevación, un grupo de piedras colocadas para disimular la tierra removida y un árbol cuyas raíces sobresalían hacia el agua. Lo llevaron bajo vigilancia. Caminó mucho tiempo sin hablar. Al llegar, señaló. Esta vez encontraron lo que habían buscado.
Los restos del cuerpo estaban allí, separados del lugar del lirio por una distancia que había confundido a quienes seguían las primeras declaraciones. Los recogieron con cuidado. Donají volvería completa. Coyolicaltzin pidió verla antes de que entraran los demás. Nucano esperó fuera con Cosijoeza. Ninguno habló. Desde el interior llegó el sonido de una mujer que lloraba sin intentar contenerse. El rey apoyó la espalda contra el muro. Nucano permaneció mirando sus manos. Cuando Coyolicaltzin los llamó, entraron juntos.
La cabeza de Donají descansaba sobre la tela limpia. A su lado habían dispuesto los restos recuperados, cubiertos con respeto. El lirio conservaba abiertos los pétalos. Cosijoeza se acercó a su hija. Le temblaba la boca. —Ya estás aquí —murmuró. Coyolicaltzin le acarició el cabello con la misma lentitud con que lo había trenzado la mañana de la partida. Nucano se quedó a los pies. La reina lo miró. Después extendió una mano hacia él. Nucano se acercó y se arrodilló junto a ambos. Afuera se reunieron personas de los dos pueblos.
Algunos habían ido por respeto. Otros necesitaban comprobar lo que se contaba del lirio. Había hombres que la habían conocido de niña y mujeres que solo recordaban haberla visto pasar hacia Monte Albán. Beni llegó con Lachi, apoyándose en el bastón. Nima acudió con su familia. Nadie les pidió que se colocaran en lados distintos. Cuando Yela abrió la entrada para permitir que comenzara la despedida, el aroma de la flor alcanzó el patio. Las primeras personas avanzaron en silencio. Nucano permaneció junto a Donají.
Por primera vez desde la noche del ataque, no necesitaba preguntar dónde estaba.