Capítulo 13 de 15
El silencio de Alma Grande
Donají levantó las manos cuando los hombres se acercaron. Uno la sujetó por la muñeca. El otro evitó mirarla.
—Esperen a Nucano. Su voz salió más débil de lo que deseaba. Tragó saliva e intentó afirmarse sobre los pies, pero llevaba horas caminando y una de sus sandalias se había roto durante el descenso.
Yahui permanecía frente a ella.
—Nucano permitió que los tuyos se acercaran demasiado.
—Él no sabía que vendrían.
—Tú sí.
Donají sintió la corteza del árbol contra la espalda. Había escuchado aquella acusación varias veces desde que la sacaron de Monte Albán. Cada vez había querido explicar el cargador, el mensaje que no pudo enviar, la luz levantada para evitar una matanza. Ahora comprendió que Yahui no buscaba una explicación. Lo miró a los ojos.
—Quise que se retiraran.
Él hizo un movimiento impaciente. El hombre que sostenía su muñeca apretó los dedos. Donají volvió el rostro hacia él. Era joven. Tenía una pequeña herida bajo la oreja y tierra adherida al cabello. Lo había visto recibir agua en el patio, inclinarse para escuchar una orden, reír alguna vez con sus compañeros.
—Tú sabes quién soy —le dijo.
El muchacho miró el suelo. El guerrero enviado a revisar el sendero se detuvo antes de llegar a la primera elevación. Había escuchado voces detrás de él. No distinguió las palabras, pero reconoció la de la princesa. Miró hacia el lugar donde la había dejado. Entre los árboles solo alcanzaba a ver una parte de la orilla. Durante un instante permaneció indeciso. Yahui le había ordenado comprobar si venía alguien. Si regresaba demasiado pronto, tendría que explicar por qué. Dio otros dos pasos. Entonces oyó a Donají pedir que esperaran. Se volvió.
La princesa intentó liberar el brazo cuando la apartaron del tronco. El movimiento fue breve, desesperado. Le permitió avanzar un paso hacia el río antes de que los hombres la sujetaran de nuevo. El agua estaba cerca. Podía verla entre los cuerpos, oscura bajo la sombra de las ramas.
—No —dijo.
El hombre que había evitado sus ojos retrocedió.
—Debemos llevarla con Nucano.
Yahui se volvió hacia él. Hablaron en su lengua. Donají comprendió el nombre del príncipe y una palabra que había escuchado durante los interrogatorios: traición. Después el guerrero guardó silencio. Ella buscó su mirada. No la encontró. El miedo ya no era una idea. Le temblaban las piernas, le dolía el pecho y tenía una necesidad absurda de estar en su habitación de Zaachila, oyendo a su madre separar las madejas junto a la ventana. Quiso llamarla. Apretó los labios para contener el llanto, pero las lágrimas descendieron de todos modos.
—Díganle que no dejé de quererlo —murmuró.
Yahui no preguntó a quién. La mataron antes de que el explorador pudiera alcanzarlos. Fue un acto apresurado, decidido entre pocos hombres y oculto bajo los árboles. La decapitaron y después intentaron borrar las huellas de lo ocurrido. El guerrero que regresaba se detuvo al verlos. No dijo nada. Uno de sus compañeros estaba de rodillas. Otro tenía la vista fija en el agua. Yahui fue hacia él.
—Nadie debe saber dónde quedó.
El hombre miró más allá de su hombro. En el suelo había una sandalia desprendida. Recordó a Donají arrodillada junto al herido, doblando la manta para sostenerle la pierna. Retrocedió.
—Nucano…
Yahui lo sujetó del brazo.
—Nucano no estaba aquí.
El guerrero logró soltarse. Durante un momento pareció que ambos iban a enfrentarse. Después llegaron voces desde el sendero lejano y todos volvieron la cabeza. Yahui dio nuevas órdenes. Sahu aprovechó aquel instante para internarse entre los árboles. No volvió a mirar atrás. Nucano encontró a Yela junto a la entrada del patio. La mujer se levantó demasiado deprisa y tuvo que apoyar una mano en el muro. Él vio la herida de su palma, el hombro rígido, el tejido que sostenía contra el cuerpo.
—¿Dónde está?
Yela intentó hablar. El príncipe la tomó de los brazos. —¿Por dónde se la llevaron? Ella señaló el corredor lateral. Le contó lo que sabía, sin ordenar los acontecimientos: la lámpara, los gritos, los hombres zapotecas que buscaban a Donají, la salida de Yahui. Nucano la soltó lentamente. Miró la habitación. El cuenco pequeño permanecía junto al petate. En una esquina había hilo extendido, como si alguien hubiera dejado la labor para regresar enseguida. Entró solo. Sobre el banco encontró la marca circular de un recipiente. Allí habían cenado.
La última vez que estuvo con ella le había prometido enviar noticias. Se volvió hacia la puerta.
—Busquen en los caminos del río.
El guerrero que había ayudado al herido regresaba de la casa donde lo habían refugiado cuando encontró a uno de los hombres de Nucano. Llevaba la manta de Coyolicaltzin sobre el hombro. Al principio creyó que iban a detenerlo. Levantó las manos y explicó que había salido de Monte Albán con Yahui. Lo condujeron hasta el príncipe. Nucano reconoció la manta antes de escuchar la primera palabra. La tomó. El hombre le contó dónde se habían detenido y cómo habían dividido el grupo.
—La princesa seguía con él cuando me marché.
—¿Estaba herida?
—Tenía los pies lastimados. Había caminado toda la noche.
Nucano bajó los ojos hacia la tela. En uno de los bordes había una mancha oscura. El guerrero siguió su mirada.
—Eso es del hombre al que ayudó. Ella nos dio la manta.
Nucano cerró los dedos sobre el tejido.
—Llévame.
Buscaron durante el resto del día. Llegaron a la hondonada, encontraron las marcas de quienes habían descansado allí y siguieron hasta el agua. Las huellas se confundían sobre la tierra húmeda. Unos hombres caminaron río arriba. Otros revisaron los árboles y los pequeños senderos que se apartaban de la orilla. Nucano llamó a Donají. Lo hizo una vez con fuerza. Después volvió a pronunciar su nombre como si ella pudiera estar escondida muy cerca, esperando reconocer su voz antes de salir. Nadie respondió. Encontraron una sandalia entre las raíces.
Un hombre se agachó para recogerla, pero Nucano llegó antes. La sostuvo sobre la palma. La correa estaba rota. Recordó las sandalias de Donají junto al banco del patio, sus pies recogidos bajo la manta cuando refrescaba.
—Sigan buscando —ordenó.
Sahu apareció al atardecer. Había permanecido oculto, temiendo a los hombres de Yahui y también a quienes lo encontraran solo. Cuando supo que Nucano estaba junto al río, dejó que lo condujeran hasta él. El príncipe lo escuchó de pie. El hombre hablaba con dificultad. Se detenía, repetía una frase, miraba el suelo. Al principio Nucano creyó que no lo estaba comprendiendo. Le pidió que hablara más despacio. Sahu obedeció.
Dijo que había regresado al escuchar las voces. Dijo lo que había visto entre los árboles. Repitió la orden de Yahui sobre el lugar donde la ocultarían. No conocía ese lugar. Había huido antes. Nucano lo miró durante tanto tiempo que el hombre terminó arrodillándose. La sandalia cayó de sus dedos. Uno de sus compañeros avanzó para sostenerlo, pero él levantó la mano. Se apartó unos pasos. Nadie lo siguió. Yela recibió la noticia cuando las primeras lámparas comenzaban a encenderse. Vio a Nucano regresar con la manta doblada sobre los brazos. La reconoció.
Después vio su rostro. No necesitó preguntar. Se llevó ambas manos a la boca y retrocedió hasta encontrar el muro. El tejido inconcluso cayó de su regazo. Nucano se sentó frente a ella. Intentó decir el nombre de Donají. La voz se le quebró. Yela se inclinó para recoger la labor. La sostuvo como si todavía hubiera unas manos jóvenes al otro extremo, esperando que ella encontrara el hilo enredado. Lloraron sin consolarse. El mensaje llegó a Zaachila al día siguiente.
Coyolicaltzin escuchó primero que el intento de rescate había fracasado. Después, que Donají había sido llevada al río. Cuando el mensajero se quedó callado, la reina le pidió que continuara. Cosijoeza estaba a su lado. El hombre terminó. La reina permaneció inmóvil. Miró hacia el corredor donde su hija solía sentarse y luego volvió los ojos al mensajero.
—¿La han encontrado?
Él negó. Coyolicaltzin se levantó. Caminó hasta la habitación de Donají y entró sin llamar. Cosijoeza no la siguió. Se quedó frente al hombre, con las manos abiertas sobre las rodillas. Había autorizado que sus capitanes prepararan el rescate después de recibir otra negativa a fijar el regreso de su hija. Le habían hablado de relevos previsibles y de una entrada por la que podrían sacarla sin combatir. Él había preguntado dos veces por los guardianes. Las dos veces le aseguraron que llegarían antes de que pudieran dar la alarma.
Aceptó esperar una noche favorable. No envió a Donají las condiciones del plan porque temió que descubrieran el mensaje. Ahora veía el espacio que había dejado entre su decisión y lo que ella podía saber. Ahora escuchaba que su hija había intentado advertirles. La puerta de la habitación se cerró lentamente. Nucano reunió a los jefes antes de que terminara el día. Tenía los ojos enrojecidos y la voz áspera.
Ordenó buscar a Yahui y a los hombres que habían permanecido con él. Exigió que nadie atacara poblados ni persiguiera familias en respuesta a lo ocurrido. Dos jefes veteranos habían pedido escuchar a Yela antes de acudir al consejo. Ella les mostró la herida de la mano y describió cómo Yahui se había llevado a la princesa pese a las condiciones de custodia. Sahu esperaba fuera para declarar lo ocurrido en el río.
—Nuestros hombres buscarán con los tuyos —dijo uno de aquellos jefes a Nucano—. Yahui tendrá que responder ante quienes le dimos esa autoridad.
El otro puso a sus mensajeros al servicio de la búsqueda. Con aquel respaldo, la exigencia de Nucano dejaba de depender únicamente de sus propios guerreros. Uno de los presentes comenzó a hablar del asalto zapoteca. Nucano lo interrumpió.
—Responderán quienes lo ordenaron. Y responderán quienes mataron a la mujer que estaba bajo nuestra protección. El hombre calló.
El príncipe apoyó ambas manos sobre el banco.
—Envíen a Cosijoeza mi palabra. No habrá ataque mientras recuperamos a Donají y recogemos a los muertos.
Nadie celebró aquella decisión. Los hombres salieron para cumplirla. Esa noche Nucano volvió al patio donde ella lo había esperado. Se sentó en el mismo lugar. No había alimento entre ambos, ni hilo sobre sus rodillas, ni preguntas sobre su hombro. Puso la sandalia junto a él. Después extendió la manta de Coyolicaltzin sobre el banco y alisó los pliegues con la mano. Permaneció allí hasta que se apagó la última lámpara. El recuerdo del agua del Atoyac lo acompañó hasta el amanecer. Donají seguía sin volver a casa.