Capítulo 12 de 15

Hacia las aguas del Atoyac

El sendero terminaba en una pendiente de tierra suelta. Donají lo descubrió cuando el pie se le hundió hasta el tobillo y el hombre que la sujetaba tiró de ella para impedir que cayera. Una rama le arañó la mejilla. Detrás, dos guerreros maldijeron al perder el paso mientras sostenían al herido.

—Más despacio —pidió ella.

Nadie respondió. El aire comenzaba a cambiar. Ya no tenía el frío seco de la altura; olía a hojas húmedas y a agua cercana. Donají apretó la manta contra el pecho. Se había desprendido una de sus trenzas. El cabello se le enredaba en los labios y no podía apartarlo sin que el guardián creyera que intentaba soltarse. Delante, Yahui levantó una mano. El grupo se detuvo. Todos escucharon. A lo lejos sonó una voz. Después otra, demasiado distante para comprenderla. Yahui señaló hacia los árboles. Abandonaron el sendero.

Caminaron agachándose entre ramas bajas hasta alcanzar una hondonada. Allí dejaron al herido. El hombre soltó un grito cuando lo apoyaron en el suelo y uno de sus compañeros le cubrió la boca.

—Nos oirán.

Donají se volvió hacia él. Tenía el rostro casi blanco. La mano con que se apretaba el muslo estaba oscura y húmeda. Ella lo había visto alguna vez junto a los depósitos. Recordaba que una mañana había ayudado a levantar una carga que otro hombre no podía sostener. Ahora temblaba.

—Necesita que le sujeten la herida —dijo.

El guardián la obligó a sentarse contra un tronco. Yahui hablaba con dos exploradores. Al escucharla, miró al hombre tendido.

—Ya lo están haciendo.

Donají observó la tela empapada.

—Se mueve cada vez que lo levantan.

Uno de los guerreros bajó los ojos hacia el vendaje improvisado. La princesa se quitó lentamente la manta de los hombros. El guardián se tensó.

—Puedo doblar una parte para que no se deslice —explicó.

Yahui la contempló unos instantes. Después hizo un gesto.

—Que lo haga.

Donají se arrodilló junto al herido. Le temblaban las manos de frío y cansancio. Buscó el borde de la manta que su madre había tejido y lo dobló varias veces. El hombre la miraba con los ojos muy abiertos.

—Voy a tocarte —le advirtió.

No sabía si la había comprendido. Uno de sus compañeros sostuvo la pierna mientras ella ayudaba a colocar el apoyo sobre la tela que ya cubría la lesión. Ajustaron juntos una tira para mantenerlo firme. El herido respiró con fuerza. Donají esperó hasta que dejara de agitarse.

—Así podrán moverlo mejor.

Al incorporarse, sintió un mareo. Tuvo que apoyar una mano en el suelo. El guardián la tomó del brazo y la llevó de nuevo hasta el tronco. La manta quedó con el herido. Donají la miró una última vez antes de que los hombres se reunieran alrededor de Yahui. Discutieron en voz baja. Ella no comprendía todo. Había aprendido palabras durante su estancia, pero el miedo y la rapidez con que hablaban las volvían extrañas. Reconoció el nombre de Nucano. Después, el de su padre. Yahui la señaló.

Uno de los guerreros negó con la cabeza y habló más deprisa. Otro lo interrumpió. Donají sintió que el estómago se le contraía.

—¿Han enviado aviso? —preguntó.

Los hombres callaron. Ella miró a Yahui.

—Nucano debe saber dónde estamos.

Él se acercó. La herida de su sien había dejado de sangrar. En la poca claridad, la mancha parecía una sombra.

—Nucano debía haber sabido a quién permitía acercarse.

Donají apretó los dedos contra la tierra.

—Intenté detenerlos antes de que subieran.

Yahui se inclinó hacia ella.

—Y cuando no pudiste, les avisaste dónde estábamos.

—Les avisé que los estaban esperando.

Él sostuvo su mirada.

—Por eso algunos escaparon.

Donají no respondió. Pensó en las voces de la ladera, en el silbido que había escuchado después de levantar la lámpara. Quiso creer que entre quienes habían logrado retirarse estaba el hombre que había ido a buscarla. Yahui vio algo en su rostro. Se enderezó.

—Seguimos.

El río apareció entre los árboles cuando la noche comenzaba a perder oscuridad. Donají oyó primero el agua. No era un estruendo. Corría con un sonido continuo, interrumpido por pequeños golpes contra las piedras de la orilla. Se detuvieron antes de llegar al cauce. Dos hombres avanzaron para revisar el paso. Los demás permanecieron bajo los árboles. El guardián aflojó por fin la presión sobre su brazo. Donají se miró la piel. La marca de sus dedos seguía allí.

—Necesito agua —dijo.

El hombre miró hacia Yahui. Esperó una indicación y después la condujo hasta la orilla. Donají se arrodilló. El primer contacto le produjo un dolor frío en las manos. Bebió despacio, sin conseguir saciarse del todo. Luego se mojó el rostro y apartó el cabello de la mejilla arañada. En el reflejo oscuro apenas distinguió sus ojos. Detrás de ella crujió una rama. Se volvió de inmediato. El guardián seguía allí. Nucano recibió la noticia cuando se preparaba para emprender el regreso.

El hombre que llegó desde Monte Albán apenas podía hablar. Había corrido parte del camino y traía el polvo pegado al sudor.

—Entraron por la ladera occidental.

Nucano dejó en el suelo la carga que acababa de recoger.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—¿Donají?

El mensajero miró a los hombres que se habían acercado.

—Yahui la sacó del recinto.

Nucano le sujetó los hombros. —¿Adónde?

—No lo sé.

Lo soltó lentamente. Durante un instante nadie habló. Después Nucano comenzó a dar órdenes. Un grupo volvería con él. Otro tomaría un camino distinto para buscar a quienes hubieran descendido hacia el valle.

—Si encuentran a Yahui, que espere —dijo—. Nadie tocará a la princesa.

El mensajero asintió. Nucano lo hizo repetir la orden. Solo entonces se puso en marcha. Yela seguía en la habitación cuando amaneció. Tenía un hombro dolorido por la caída y una pequeña herida en la palma. Había llamado hasta quedarse ronca, pero nadie quiso decirle hacia dónde se habían llevado a Donají. Al terminar el combate, hombres de uno y otro lado ocuparon los corredores por momentos. Un grupo zapoteca llegó hasta el patio buscando a la princesa, pero tuvo que retirarse ante nuevos defensores. Yela había gritado que se la habían llevado.

No supo quién consiguió escucharla. Ahora permanecía junto a la abertura por donde Donají había levantado la lámpara. Sobre el suelo estaban el cuenco pequeño y el tejido inconcluso. La mujer los recogió. Cuando un hombre entró a preguntar por la princesa, Yela lo reconoció entre quienes habían acompañado a Nucano en su recepción.

—Llévame con él —pidió.

El hombre miró el cuarto vacío.

—Ya viene de regreso.

Yela cerró los ojos. Después le mostró el corredor por donde habían arrastrado a Donají. Junto al Atoyac, los exploradores regresaron sin cruzar el agua. Habían visto movimiento más adelante. Yahui escuchó el informe con los brazos tensos. Miró hacia la claridad que comenzaba a extenderse sobre los árboles y luego al herido. No podían avanzar deprisa con él. Tampoco querían permanecer donde pudieran encontrarlos. Ordenó dividir el grupo. Donají levantó la cabeza. Dos hombres ayudarían al herido a buscar refugio en una casa apartada del camino. Otros irían a comprobar si los perseguían.

Ella permanecería con Yahui y cuatro guerreros. Uno era Sahu, el explorador que había revisado el paso; los otros tres eran los hombres encargados de sujetarla y cerrar la marcha. Uno de los hombres se opuso. Donají lo reconoció: había sostenido la pierna mientras ella acomodaba la manta. Habló señalando el sendero de regreso. Yahui lo interrumpió. El hombre apretó la mandíbula, pero terminó inclinándose para levantar al herido. Antes de marcharse, miró a Donají. Ella quiso pedirle que llevara un mensaje. No encontró una oportunidad.

Lo vio alejarse con la manta de su madre entre los brazos. Cuando quedaron solos, el silencio cambió. Ya no había quejas del herido ni hombres preguntando qué camino tomar. Solo se escuchaba el río y el roce de las hojas. Donají se puso de pie. El guardián dio un paso hacia ella.

—Esperaré a Nucano —dijo. Yahui la observó.

—Aquí no das órdenes.

—Entonces envía a alguien. Dile dónde estamos.

Él se volvió hacia los otros. Hablaron lo bastante bajo para que el agua cubriera casi todas las palabras. Donají miró la distancia hasta la orilla. Podía intentar correr. La idea le atravesó el cuerpo con una fuerza dolorosa. Dio un pequeño paso y el guardián se movió con ella. No habría alcanzado el agua. Se quedó quieta. Yahui terminó de hablar y se acercó.

—¿Cuándo supiste que vendrían?

Donají sintió que la boca se le secaba.

—No sabía cuándo.

—Pero lo sabías.

Ella pensó en el cargador, en Yela, en las manos de su padre sobre las rodillas.

—Quise mandarles aviso para que no subieran.

Yahui miró la luz que crecía sobre el río.

—No contestas lo que pregunto.

Donají enderezó la espalda.

—No te daré nombres.

Él volvió lentamente el rostro. Uno de los guerreros se acercó a Yahui y habló con urgencia. Esta vez Donají comprendió. Le decía que debían llevarla ante Nucano. Yahui escuchó sin mirarlo. Después señaló hacia el sendero y le ordenó comprobar otra vez si alguien se acercaba. El hombre vaciló. Finalmente se marchó. Donají lo siguió con los ojos hasta que los árboles lo ocultaron. Quedaban tres guardianes y Yahui. Sahu había tomado el sendero de vigilancia. La princesa se abrazó los brazos desnudos.

Tenía frío. Le dolían los pies y una parte de ella seguía esperando escuchar su nombre en la voz de Nucano. Yahui habló con los hombres restantes. Uno apartó la mirada. Otro bajó la cabeza. Donají reconoció entonces un silencio parecido al de la mujer que había recibido la noticia de su esposo muerto en Zaachila. Sintió que el miedo le subía por la garganta.

—No tienes derecho —dijo.

Yahui se volvió. Ella retrocedió hasta sentir un tronco contra la espalda.

—Mi padre me entregó bajo tu custodia. Nucano exigirá que responda quien me haga daño.

Durante un momento, nadie se movió. El río siguió corriendo detrás de los árboles. Yahui hizo una señal. Dos hombres avanzaron hacia ella.