Capítulo 11 de 15
La señal en la noche
Nucano partió cuando aún quedaban estrellas sobre las montañas. Donají escuchó los preparativos desde su habitación: pasos en el corredor, una orden breve, el golpe de una carga apoyada en el suelo. Se levantó y llegó al patio antes de que él se marchara. Nucano se volvió al verla.
—Pensé que dormías.
Ella negó. Quería pedirle que permaneciera allí un día más. La petición le llegó a los labios, pero habría tenido que explicar por qué. Él le acomodó el borde de la manta sobre un hombro.
—Intentaré regresar antes de que termine mañana.
Donají tomó su mano.
—Si algo cambia, envía noticias.
—Lo haré.
Lo besó en la mejilla. Había hombres esperando y ninguno de los dos consiguió encontrar otra palabra que pudiera decirse delante de ellos. Cuando Nucano desapareció por el corredor, Donají regresó junto a Yela. La tira de tela seguía doblada junto al petate. Pidieron ir a los depósitos después de la primera comida. El guardián negó con la cabeza. Yela explicó que necesitaban devolver unas piezas y recoger las que habían dejado pendientes. El hombre escuchó sin moverse. Al final señaló las telas y dijo que alguien podía llevarlas. Donají se adelantó.
—Ayer podíamos caminar hasta allí.
—Hoy debes permanecer aquí.
Ella comprendió cada palabra. Miró hacia la entrada exterior, donde otros dos guerreros conversaban.
—¿Quién lo ha ordenado? —Yahui.
Yela le rozó el codo. Donají retrocedió, conteniendo la urgencia. Esperaron hasta que llegó la mujer del agua. Yela le pidió que buscara al cargador de Zaachila que había traído grano. La mujer frunció el ceño. Respondió con unas frases rápidas. Donají miró a su acompañante.
—Se marcharon ayer —tradujo Yela.
La princesa sintió que las piernas perdían fuerza.
—¿Todos?
Yela volvió a preguntar. La mujer asintió. Durante la mañana, el recinto se llenó de movimientos que Donají no reconocía. Llevaron agua a lugares donde antes no había vasijas. Dos hombres retiraron unas cargas del corredor próximo a sus habitaciones. Más tarde pasó un grupo de guerreros hacia el extremo occidental. Ella observó desde la sombra. Intentó convencerse de que nada de aquello se relacionaba con el mensaje. Monte Albán tenía sus propias tareas, sus relevos, sus necesidades. Pero los hombres hablaban poco. Cuando Yahui cruzó el patio, todos se apartaron.
Donají salió a su encuentro.
—Necesito enviar un aviso a Nucano.
Él se detuvo.
—¿Qué aviso?
La princesa sintió la mirada de Yela a su espalda. Podía decirlo entonces. Contarle lo del cargador y pedir que detuvieran cualquier enfrentamiento antes de que comenzara. Miró a los guerreros que esperaban junto a Yahui. Si había hombres zapotecas cerca, bastaría una orden para salir a buscarlos.
—Quiero saber cuándo regresará —respondió.
Yahui la observó con atención.
—Él enviará noticias cuando sea necesario.
Continuó su camino. Donají permaneció inmóvil hasta que Yela la hizo volver. Por la tarde descubrieron que la otra mujer que las acompañaba no podía regresar del lugar donde lavaban las prendas. Un guardián informó que debía permanecer allí hasta nueva orden.
—Vino con nosotras —dijo Donají—. Mi padre pidió que estuviera conmigo.
El hombre no respondió. Yela recogió la poca ropa que había quedado extendida. Cuando estuvieron solas, cerró los ojos un momento.
—Están separándonos.
Donají la miró. La mujer abrió los ojos y señaló el petate.
—Prepara lo que puedas cargar.
—No voy a huir.
—No te he dicho que huyas.
Donají comprendió. Dobló la manta de su madre, guardó el hilo y sostuvo un instante el cuenco pequeño que había traído de Zaachila. Terminó dejándolo junto al muro. La certeza llegó con la muchacha del alimento. Entró al anochecer llevando dos recipientes. Uno temblaba sobre el otro. Yela se adelantó para ayudarla. La joven miró hacia la puerta y habló sin levantar el rostro. Donají reconoció algunas palabras: ladera, hombres, noche. Sintió que el aire se detenía en sus pulmones. Yela le hizo una pregunta. La muchacha respondió y después se apartó de ambas.
—No me hagan decir más —pidió en la lengua que Donají comprendía.
Dejó la comida y salió casi corriendo. La princesa esperó a que sus pasos se alejaran.
—¿Qué dijo?
Yela tenía las manos frías.
—Los vigías han visto hombres subiendo por la ladera occidental. Yahui espera que se acerquen.
Donají miró la entrada. Recordó a los guerreros que habían pasado aquella mañana. Las vasijas de agua. El corredor despejado.
—Les han preparado una emboscada.
Yela asintió. Durante unos instantes ninguna se movió. Después Donají tomó la tira de tela. La apretó hasta sentir el nudo contra la palma. La abertura de su habitación daba hacia una parte de la ladera. De día, Donají había observado desde allí el valle. Nunca había pensado en lo que podía verse desde abajo cuando encendían una lámpara. Se acercó. El cielo aún conservaba claridad, pero las primeras sombras ya cubrían los caminos. No distinguió a nadie. Yela se colocó junto a ella.
—No sabemos dónde están.
Donají apoyó los dedos sobre la piedra.
—Si siguen subiendo, los matarán.
La mujer miró la lámpara que ardía cerca del petate. Comprendió antes de que la princesa hablara.
—También pueden verte los guardianes.
Donají se volvió.
—Necesitan saber que los han descubierto.
No tenían un código acordado. Ningún mensajero había explicado una señal, ningún hombre esperaba instrucciones de ella. Solo podían intentar que una luz inesperada llamara la atención desde la ladera. Yela tomó la manta.
—Entonces tendrá que durar lo suficiente.
Donají acercó la lámpara a la abertura. La levantó con ambas manos, procurando que la llama quedara visible. El viento la hizo inclinarse. Esperó. Luego Yela cubrió la luz con la manta, sin tocar el fuego. La retiró unos instantes después. Luz y oscuridad. Otra vez. Donají miraba hacia abajo con los ojos llenos de lágrimas que el viento le arrancaba. No sabía si alguien podía verla.
—Retrocedan —susurró—. Por favor. Repitieron el movimiento.
La llama comenzó a humear. Desde el patio llegó una voz. Yela bajó la manta. Donají sostuvo la lámpara una vez más. Entonces oyó un silbido breve en la ladera. Después otro, más lejos. No supo si era una respuesta. La puerta se abrió. El guardián entró antes de que pudieran apartarse. Vio la lámpara, la manta extendida, a Donají junto a la abertura. Gritó. Yela dejó caer la tela cuando el hombre se acercó. Donají retrocedió para evitar que la llama alcanzara su ropa. Otro guerrero apareció bajo el dintel.
Le arrancó la lámpara de las manos y la dejó sobre el suelo.
—¿Qué has hecho?
Donají miró hacia la abertura. Afuera sonó una llamada larga. Después llegaron pasos apresurados. El guardián la sujetó del brazo.
—¡Responde!
Antes de que pudiera hablar, un grito cruzó la noche. No provenía del patio. Los hombres se volvieron hacia la puerta. Donají reconoció una voz que daba órdenes en su lengua. Los zapotecas habían llegado. El primer golpe contra la entrada exterior hizo temblar algo en el muro. Yela se acercó a Donají, pero el guardián se interpuso. Otro hombre salió corriendo. Todo ocurrió demasiado deprisa para que la princesa pudiera distinguirlo: voces, un recipiente roto, pasos que retrocedían. Alguien gritó su nombre. Donají se lanzó hacia la puerta.
—¡Aquí!
El guardián la arrastró hacia atrás. Ella intentó soltarse.
—¡No sigan! ¡Los están esperando!
Su voz se perdió bajo un nuevo choque. Por el corredor pasó un guerrero zapoteca con el brazo levantado. Donají alcanzó a ver su rostro antes de que otro hombre lo obligara a retroceder.
—¡Retírense! —gritó.
El guardián le cubrió la boca. Yela se abalanzó sobre él. Durante un instante el hombre perdió el equilibrio y Donají pudo respirar. La mujer recibió un empujón que la hizo caer junto al petate. La princesa quiso alcanzarla. Entró Yahui. Tenía una herida superficial cerca de la sien. La sangre le recorría el rostro sin que pareciera advertirla. Miró la lámpara apagada, la abertura y la manta en el suelo. Después se volvió hacia Donají.
—Les avisaste. Ella respiraba con dificultad.
—Sabían que estaban subiendo. Podían haberlos detenido sin…
Un golpe cercano la hizo callar. Yahui dio una orden. Dos hombres se acercaron a la princesa.
—Tenemos que salir.
Donají miró hacia el patio. Había humo, aunque no sabía qué ardía. Un guerrero se apoyaba contra el muro, presionándose el costado. Desde el exterior seguían oyéndose órdenes zapotecas. Algunas voces se alejaban; otras parecían cada vez más próximas. Donají ignoraba si la luz había conseguido detener a alguien. Los hombres que habían alcanzado el corredor seguían buscando una salida. Yahui señaló una salida lateral.
—Ahora.
Donají se inclinó hacia Yela. La mujer había conseguido incorporarse y sostenía la manta contra el pecho.
—Ven conmigo.
Yela avanzó un paso. Uno de los hombres le cerró el camino. Donají se volvió hacia Yahui.
—Ella viene conmigo. Está acordado.
—Muévanse.
El ruido del combate llegó hasta el corredor. Yela intentó pasar por un lado. El guardián la empujó de nuevo hacia la habitación. Donají gritó su nombre. La mujer extendió la manta. La princesa alcanzó una esquina y la sujetó con ambas manos. Durante un instante quedaron unidas por aquella tela. Después tiraron de Donají hacia la salida. La manta resbaló de los dedos de Yela. Descendieron por un sendero oscuro.
Delante iban hombres con armas; detrás, otros sostenían a un herido. Donají tropezó con una piedra y el guerrero que la sujetaba la obligó a continuar. Arriba, Monte Albán era una confusión de sombras y pequeñas luces. No sabía dónde estaba Yela. No sabía si Nucano había recibido algún aviso. Se volvió una vez más.
—Sigue —ordenó el hombre.
Donají apretó la manta contra el cuerpo. Al frente, Yahui habló con quienes conocían el sendero. Ella alcanzó a comprender el nombre del lugar hacia el que se dirigían. El Atoyac. La hicieron avanzar entre los árboles. A sus espaldas, un último grito descendió desde la altura y se perdió en el valle.