Capítulo 10 de 15
Los caminos de la lealtad
La mañana en que no llegó el alimento a la hora acostumbrada, Donají salió al patio para preguntar. El guardián que solía hablar con Yela había sido reemplazado. El nuevo permanecía junto a la entrada con los pies separados y una expresión que no cambió cuando ella se acercó.
—¿Ha ocurrido algo?
Él respondió en su propia lengua. Donají comprendió que debía regresar a sus habitaciones.
—Solo quiero saber…
El hombre repitió la indicación. Yela apareció detrás de ella y escuchó lo que decía. Después puso una mano sobre el brazo de la princesa.
—Esperemos dentro.
Donají miró hacia el corredor. Dos hombres transportaban una carga cubierta. Más allá, alguien daba órdenes con impaciencia. Regresó sin discutir. El alimento llegó cuando el sol ya había alcanzado la mitad del patio. Nima, que lo llevaba, tenía los ojos hinchados. Nucano apareció después del mediodía. Traía polvo en las sandalias y una mancha oscura cerca del borde del manto. Donají se levantó al verlo. Él pidió agua antes de sentarse. Aquello le recordó la llegada del mensajero a Zaachila y sintió que se le cerraba el estómago.
—¿Qué pasó?
Nucano bebió.
—Atacaron a un grupo que llevaba provisiones por el camino oriental.
—¿Quiénes?
—Todavía estamos averiguándolo. Donají miró la mancha de su ropa.
Él siguió sus ojos.
—Ayudé a bajar a uno de los heridos.
La princesa se acercó.
—¿Cuántos?
Nucano dejó el recipiente en el suelo.
—Dos muertos. Tres hombres no han regresado.
Desde la habitación llegó el ruido de Yela acomodando unas pertenencias. Donají sintió la necesidad de hacer algo con las manos.
—¿Y el tratado?
—Sigue vigente.
Él pronunció las palabras con firmeza, como si ya las hubiera repetido muchas veces aquella mañana.
—Hay quienes dicen que tu padre lo ha roto.
Donají levantó la cabeza.
—Mi padre prometió cumplirlo.
—Lo sé.
Ella lo miró con atención.
—¿Lo sabes?
Nucano tardó en responder.
—Sé lo que prometió. Necesito averiguar quién dio la orden antes de acusarlo.
Donají se apartó un paso. Le dolió escuchar aquella cautela, aunque no pudo reprochársela. El jefe de rostro severo llegó poco después. Donají se enteró de que se llamaba Yahui cuando Nucano lo recibió junto a la entrada. No era el único al que obedecían los guerreros, pero quienes vigilaban el recinto parecían buscar sus indicaciones antes de moverse. Habló sin bajar la voz. Donají entendió algunas frases: los muertos, el camino abierto, la princesa zapoteca. Nucano contestó con dureza. Yahui volvió los ojos hacia ella.
—Tu padre recibirá una exigencia de explicación —dijo en un habla que Donají podía comprender—. Hasta entonces no saldrás de este patio.
Ella sostuvo su mirada.
—Yo no estaba en ese camino.
—Eres la garantía que entregó.
Nucano dio un paso entre ambos.
—Las condiciones de su estancia se hablarán conmigo.
Yahui lo contempló unos instantes. Después inclinó la cabeza con una lentitud que a Donají le pareció más desafiante que respetuosa. Cuando se marchó, Nucano permaneció junto a la puerta. Ella fue hacia él.
—¿Puede ordenar sobre mí?
Él apoyó una mano en el muro.
—Sus hombres comparten la custodia. Fue parte del acuerdo entre los jefes.
Nucano se volvió para comprobar que Yahui se había alejado.
—Yo mando a quienes vinieron conmigo. Él responde ante los señores que le confiaron sus guerreros. Para cambiar esa custodia necesito que los demás acepten.
Donají miró los relevos de la entrada. La autoridad de Nucano tenía límites que ninguna de sus conversaciones a solas podía borrar. Donají miró al nuevo guardián. Hasta entonces había pensado en su cautiverio como una decisión que Nucano podía suavizar. Ahora veía cuántas voluntades se interponían entre ellos. Antes del anochecer, Donají oyó discutir a los dos jefes al otro lado del patio.
—Mi hermano también salió por un camino que debía estar protegido —dijo Yahui—. Lo trajeron envuelto en su propio manto.
—Los hombres de hoy no morirán menos porque hagamos pagar a quien no los atacó —respondió Nucano.
—Tú puedes sentarte con la hija de Cosijoeza. Yo tengo que mirar a los hijos de mi hermano.
Donají dejó de trabajar. Nunca había oído a Yahui hablar de su familia.
—Entonces averigüemos quién dio la orden —dijo Nucano.
—Mientras tú averiguas, los otros señores empiezan a preguntarse a quién defiendes.
Las voces se alejaron. Donají comprendió que Yahui temía perder algo más que otro hombre: veía en la paz una obediencia que ya no conseguiría exigir por las armas. Nima regresó con el alimento al anochecer. Dejó los recipientes sin mirar a la princesa. Al levantar la cesta vacía, una de las asas se le escapó y el borde golpeó el suelo. Donají se inclinó para ayudarla. La joven retrocedió. Ambas quedaron inmóviles. Yela habló con suavidad. La muchacha respondió apenas, tomó la cesta y salió. Donají permaneció agachada.
—¿Qué dijo?
Yela tardó en contestar.
—Uno de los muertos era su tío.
La princesa bajó los ojos hacia el recipiente. Recordó el dedo vendado de la joven, la gratitud con que había permitido que la atendiera. Aquella noche comió poco. Los emisarios partieron al amanecer. Donají pidió enviar unas palabras para sus padres. El hombre encargado de recibirlas escuchó hasta que ella terminó.
—Diles que estoy bien. Que necesito saber qué ha ocurrido en el camino.
El emisario asintió.
—¿Puedo pedir también noticias de mi madre?
—Lo transmitiré.
Donají lo vio alejarse. Después contó los días. Al tercero llegaron dos heridos del grupo atacado. Nucano pasó la tarde escuchándolos y no pudo visitarla. Al cuarto se permitió de nuevo que los cargadores entraran, aunque debían permanecer bajo vigilancia. Al quinto, Yela regresó de buscar agua con una expresión extraña. Esperó hasta que estuvieron solas.
—He visto a un hombre de Zaachila.
Donají dejó la labor.
—¿Un mensajero? —Vino entre quienes trajeron grano.
—¿Lo conoces?
Yela asintió.
—Servía en los almacenes de tu padre.
Donají se puso de pie. La mujer levantó una mano para detenerla.
—No vino a hablar del grano.
Lo encontraron al día siguiente en un espacio próximo a los depósitos. Donají había obtenido permiso para caminar acompañada hasta allí. Los guardianes permanecieron a la vista mientras Yela comprobaba unas telas que necesitaban para sus habitaciones. El hombre se acercó con un recipiente sobre el hombro. Tenía el cabello más corto de lo que Donají recordaba. No habría reparado en él si Yela no la hubiera prevenido. Se inclinó para dejar la carga.
—Princesa.
Ella mantuvo los ojos sobre las telas.
—¿Mis padres están bien?
—Sí.
El alivio casi la hizo volverse. El hombre continuó en voz baja:
—Hay quienes no soportan que sigas aquí.
Donají sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—Mi padre sabe por qué vine.
—Quiere verte de regreso.
—Todos lo queremos.
El hombre acomodó el recipiente para ocultar el movimiento de sus labios. —Están buscando una manera de sacarte. Donají dejó de tocar la tela. Al fondo, uno de los guardianes cambió de posición.
—¿Quiénes?
—No puedo quedarme.
El hombre se incorporó. Yela intervino, preguntándole por una carga que supuestamente faltaba. Él respondió con naturalidad y se alejó. Donají permaneció donde estaba. Había soñado con volver a casa tantas noches que le avergonzó sentir miedo ante la posibilidad. Nucano llegó antes de que ella decidiera qué contarle. Llevaba un pequeño envoltorio de semillas que una familia había enviado en agradecimiento por la reapertura de un paso. Lo dejó junto a su labor. Donají lo miró sin comprender.
—Dicen que son buenas para el huerto de tu madre —explicó.
Ella tocó la hoja que las contenía. Pensó en Coyolicaltzin inclinada sobre las plantas, en el corredor de Zaachila, en la puerta que podía cruzar sin pedir permiso.
—Nucano…
Él se sentó frente a ella. Donají buscó las palabras. Si contaba lo que había oído, interrogarían al cargador. Quizá lo retendrían. Quizá aquello solo era una esperanza repetida entre hombres que nada habían decidido todavía.
—¿Qué ocurriría si mi padre pidiera que regresara ahora?
Nucano bajó los ojos.
—Los otros jefes exigirían otra garantía.
—¿Y si no la hubiera? Él levantó el rostro.
—Temerían que preparara un ataque.
Donají sintió que la garganta se le secaba. Nucano se inclinó hacia ella.
—¿Has recibido noticias?
Ella miró las semillas.
—Todavía no la respuesta de mis padres.
La frase era cierta. También era insuficiente. La respuesta llegó dos días después. Cosijoeza negaba haber ordenado el ataque contra las provisiones. Ofrecía enviar hombres para escuchar los testimonios y reconocer a los responsables si alguno de sus capitanes había actuado sin autorización. Pedía, además, que se respetaran las condiciones de su hija. Coyolicaltzin enviaba un saludo breve y preguntaba por la mujer que había viajado con ellas.
El emisario había dejado a Cosijoeza pidiendo una fecha para revisar la entrega de su hija. Los jefes mixtecos no se la concedieron. Alegaron que el ataque obligaba a esperar.
—Mi padre preguntará de nuevo —dijo Donají.
—Pidió que volviéramos con una respuesta —contestó el hombre—. Dijo que no aceptaría que cada disputa prolongara tu encierro.
Yela miró a la princesa. Ambas conocían aquella firmeza y lo difícil que resultaba detenerla cuando se convertía en miedo. Donají hizo repetir cada palabra. No había ninguna mención a un rescate. Durante unas horas creyó que el cargador había hablado de rumores. Después Yela encontró una tira de tela doblada entre las piezas que habían traído de los depósitos. Reconocieron el tejido. Procedía de Zaachila.
Dentro había un nudo pequeño, dispuesto de una manera que la princesa recordaba de los preparativos de viaje: la señal con que un servidor marcaba una carga lista para partir. Yela cerró la mano sobre él.
—Alguien quiere que estés preparada.
Donají miró hacia la puerta. Los pasos del guardián sonaron sobre la piedra. Esa noche Nucano no llegó. Un recadero informó que al amanecer debía bajar a reunirse con quienes custodiaban el paso oriental. Los hombres seguían discutiendo por el ataque y su presencia podía evitar otro enfrentamiento. Donají escuchó el mensaje. Pidió verlo antes de que partiera. Él apareció cuando ya habían apagado algunas lámparas. La encontró de pie, con la manta de su madre sobre los hombros.
—Estás temblando —dijo.
Donají tomó sus manos. Quiso contarle lo del cargador, el nudo, la posibilidad de que hubiera hombres esperando en la ladera. Pero junto a la entrada estaba el guardián de Yahui. Y Nucano ya la observaba con preocupación.
—No quiero que vuelva la guerra —susurró.
Él le acarició los dedos.
—Por eso voy.
Donají apoyó la frente contra su pecho. Se quedó así hasta que vino alguien a buscarlo. Cuando Nucano se marchó, ella regresó junto a Yela y abrió la mano. La tira de tela tenía el nudo apretado contra su palma.
—Mañana buscaré al cargador —dijo—. Tiene que avisarles que no suban.
Afuera, el viento comenzó a golpear la tela de la entrada.