Capítulo 9 de 15

El amor entre los muros

La primera noche en Monte Albán, Donají durmió con la manta de su madre entre los brazos. Yela había extendido el petate cerca de la entrada. La otra mujer que las acompañaba descansaba junto a las pertenencias, agotada por el ascenso. Afuera se escuchaban pasos que iban y venían a intervalos regulares. Donají comenzó a contarlos. Cuando llegaban al extremo del corredor, uno de los guardianes arrastraba ligeramente el pie. Después venía una pausa, una voz baja, el regreso.

En Zaachila también había hombres vigilando durante la noche. Nunca había prestado tanta atención a su presencia. Se volvió hacia el muro. La habitación era amplia. Habían dejado agua, alimento y telas limpias. Una abertura permitía ver un trozo de cielo. Todo estaba dispuesto para que nada le faltara. Donají se cubrió la boca con la manta y lloró en silencio. Al amanecer, una mujer llegó para preguntar qué necesitaban.

Yela habló con ella. Donají comprendió algunas palabras y otras se le escaparon. La mujer esperaba con las manos juntas, mirándola con una curiosidad que trataba de disimular.

—Quiere saber si descansaste —explicó Yela.

Donají buscó una respuesta.

—Dale las gracias por el agua.

La mujer recibió la respuesta, inclinó la cabeza y salió. Poco después, la princesa se levantó para conocer el patio contiguo. El guardián se apartó. Pudo recorrerlo sin que nadie la detuviera. Había una franja de sombra junto al muro y un recipiente grande donde se recogía agua. Desde un extremo se divisaban las montañas. Donají caminó hasta la siguiente entrada. El hombre adelantó el brazo. No llegó a tocarla. Ella se detuvo.

—¿No puedo pasar?

El guardián habló despacio. Donají entendió lo suficiente: debía esperar a que la acompañaran. Regresó al patio. Yela la observaba desde la puerta. Ninguna dijo nada. Nucano pidió permiso para visitarla antes del mediodía. El recado sorprendió a Donají. Había esperado que entrara cuando quisiera, como hacían los hombres importantes en los recintos de su padre.

—Dice que puede volver más tarde —añadió Yela.

La princesa se acomodó el cabello.

—Que venga.

Él apareció sin escolta dentro del patio, aunque dos hombres permanecieron al otro lado de la entrada. Llevaba el rostro cansado y una pequeña marca roja donde el manto le rozaba el cuello. Se detuvo a unos pasos.

—¿Has comido?

Donají negó. Nucano miró el recipiente intacto junto a la puerta.

—Puedo pedir otra cosa.

—No es la comida.

Él bajó los ojos. Durante unos momentos se oyeron voces en el corredor. Donají se sentó en el banco de piedra. Nucano esperó hasta que ella le indicó el lugar a su lado. No se tocaron.

—He pedido que puedas recorrer los patios acompañada —dijo él—. Y que los mensajes a tus padres salgan con cada grupo de emisarios.

—¿Puedo marcharme contigo si decides llevarme?

Nucano sostuvo su mirada.

—No puedo sacarte de aquí sin quebrar lo acordado.

Donají volvió el rostro hacia las montañas. Había necesitado escucharlo de su boca. Él apoyó las manos sobre las rodillas.

—Puedo exigir que se cumplan las condiciones de tu padre. Puedo discutir con quienes quieran cambiarlas. Eso haré.

Ella asintió lentamente. Después preguntó:

—¿Has vuelto a sentir dolor en el hombro?

Nucano la miró, sorprendido.

—Cuando cambia el frío.

Donají dejó escapar una pequeña sonrisa triste. Era una pregunta antigua. Por un instante les permitió reconocerse. El primer mensaje a Zaachila salió dos días después. Donají habló delante del emisario para que no hubiera dudas sobre sus palabras. Dijo que había llegado bien, que Yela permanecía con ella y que tenía alimento y abrigo. Después pidió que informaran a su madre que había llevado su manta. El hombre repitió el mensaje. Donají lo escuchó con cuidado. —Y que deseo volver a verla pronto. El emisario asintió.

Cuando se marchó, la princesa permaneció junto a la entrada hasta que dejó de verlo. Nucano la encontró allí.

—La respuesta tardará —dijo.

—Lo sé.

Él se quedó a su lado. No intentó consolarla con una fecha que no podía prometer. Con el paso de los días, Donají empezó a distinguir los rostros de quienes la rodeaban. La mujer que llevaba el alimento tenía una pequeña cicatriz en la barbilla. Uno de los guardianes hablaba poco y el otro preguntaba a Yela por los caminos de Zaachila. Entre quienes se ocupaban del agua había una muchacha joven que evitaba mirar directamente a la princesa. Se llamaba Nima y ayudaba también a repartir el alimento cuando faltaban manos en las cocinas.

Una mañana dejó caer un recipiente. El golpe la hizo retroceder, asustada. Donají se agachó para recogerlo. No se había roto, pero el borde áspero le raspó un dedo a la muchacha. La sangre apareció enseguida.

—Espera.

Donají buscó una tela. La joven retiró la mano. Yela se acercó y le explicó lo que la princesa quería hacer. Solo entonces permitió que le limpiaran el dedo. Mientras Donají lo envolvía, la muchacha observó sus manos. Dijo algo en voz baja. Yela tardó en traducir.

—Pregunta si es verdad que cuidaste a Nucano cuando estaba herido. Donají levantó la vista.

—Sí.

La muchacha miró hacia la entrada antes de continuar.

—Su hermano volvió con los hombres que él ayudó a recuperar —explicó Yela.

Donají dejó de ajustar la tela. Había pensado muchas veces en el cargador y en su hermano abrazándose en Zaachila. Hasta aquel momento no había imaginado otra casa, del otro lado del valle, donde hubiera ocurrido algo semejante. Terminó el pequeño vendaje. La joven le dio las gracias. Esta vez la miró a los ojos. Nucano comenzó a visitarla al terminar sus reuniones. Algunas tardes llegaba cuando todavía había sol. Otras enviaba un recado porque las conversaciones se prolongaban. Donají aprendió a reconocer sus preocupaciones.

A veces Nucano necesitaba recorrer el patio antes de contar lo sucedido. Otras llegaba deseando compartir una buena noticia. Una tarde apareció con las manos vacías y una expresión de alivio.

—Mañana abrirán el paso para los cargadores de grano.

Donají se levantó.

—¿Los dos lados?

Él asintió. Ella sonrió y, antes de pensarlo, lo abrazó. Nucano permaneció inmóvil un instante. Después la rodeó con los brazos, cuidando de no apretarla demasiado. Donají sintió su respiración junto al cabello. Cerró los ojos. Yela recogió su labor y se alejó hacia la habitación. Cuando la princesa se separó, tenía el rostro encendido.

—Perdóname.

Nucano acarició apenas sus dedos.

—No me pidas perdón por eso.

Aquella noche cenaron juntos en el patio. Donají le contó que, de niña, había intentado esconder una vasija rota para evitar una reprimenda. Su madre la había encontrado siguiendo las pequeñas huellas de agua. Nucano se rio. Después habló de un hermano de crianza que le enseñaba a lanzar piedras y siempre fingía perder cuando había adultos cerca.

—Un día comprendí que me dejaba ganar —dijo.

—¿Qué hiciste?

—Le exigí que lo intentara de verdad.

—¿Y ganó?

—Me hizo perseguir todas las piedras cuesta abajo.

Donají se rio hasta tener que cubrirse la boca. Nucano dejó de hablar para mirarla. Ella lo advirtió. La risa se deshizo lentamente. Él extendió la mano sobre el banco, con la palma hacia arriba. Donají la tomó. Permanecieron así mientras el patio se oscurecía. La respuesta de Coyolicaltzin llegó una semana después. Su madre decía que todos estaban bien. Habían regresado algunas familias a sus tierras y la casa parecía demasiado silenciosa sin ella.

También enviaba hilo para terminar el tejido que había dejado a medias. Donají recibió el pequeño envoltorio y lo sostuvo contra el pecho. Pidió al mensajero que repitiera todo una vez más. Después se encerró en su habitación. Nucano llegó al anochecer, pero ella pidió que esperara. Cuando salió, tenía los ojos enrojecidos. Él no preguntó si estaba bien. Se levantó y abrió los brazos. Donají fue hacia él. Lloró contra su pecho con una tristeza que había contenido durante días. Nucano la sostuvo, apoyando la mejilla sobre su cabeza.

—Extraño mi casa —dijo ella.

—Lo sé.

—Y quiero estar contigo.

Él cerró los ojos. Donají se apartó lo suficiente para mirarlo.

—Las dos cosas son verdad.

Nucano le secó una lágrima con el pulgar.

—No voy a pedirte que elijas entre ellas.

Ella levantó una mano hacia su rostro. Se besaron despacio, sin la urgencia de aquella despedida en el huerto. Cuando él se apartó un poco, Donají lo acercó de nuevo. Por unos momentos solo sintió el calor de sus labios y la mano que la sostenía por la espalda. Luego sonaron pasos junto a la entrada. Ambos se volvieron. Un hombre de rostro severo esperaba bajo el dintel. Donají lo reconoció entre los jefes que habían asistido a su llegada.

Su mirada descendió hasta las manos enlazadas. —Te esperan en el consejo —le dijo a Nucano. El príncipe no soltó a Donají de inmediato.

—Iré enseguida.

El hombre permaneció allí. Donají sintió que volvía a estar bajo examen. Al fin Nucano le besó los dedos y se apartó. Yela se sentó con ella cuando los hombres se hubieron marchado. El hilo enviado por Coyolicaltzin descansaba sobre la labor inconclusa. Donají lo tomó y buscó el extremo.

—No le agrada verme con él —murmuró.

Yela siguió la dirección de su mirada hacia la entrada.

—Hay quienes creen que Nucano te escucha demasiado.

La princesa pasó el hilo entre los dedos.

—No le pido que perjudique a los suyos.

—Ellos no oyen lo que hablan aquí.

Donají apoyó la labor sobre las rodillas. Más allá del patio, las voces del consejo llegaban confusas. Distinguió la de Nucano y luego otra que se elevaba sobre ella. Esperó hasta que volvió el silencio. Esa noche terminó una pequeña parte del tejido de su madre. Al levantarlo hacia la lámpara, descubrió que había apretado demasiado las últimas puntadas. La tela se recogía en el borde. Buscó la aguja para deshacerlas. Afuera, los guardianes cambiaron de turno.