Capítulo 8 de 15

La prenda de paz

Cosijoeza escuchó la confesión sin sentarse. Donají estaba frente a él, con el manto húmedo por el rocío. El guardián permanecía junto a la entrada y Yela esperaba unos pasos detrás.

—Yo lo ayudé a salir —repitió la princesa—. Le dije qué camino seguir.

Su padre miró al guardián.

—¿Y tú?

—Creí que regresarían del huerto, señor.

—Así se lo hicimos creer —intervino Donají.

Cosijoeza volvió los ojos hacia ella.

—Ahora hablará él.

La princesa cerró la boca. El hombre explicó la despedida, la espera, el momento en que Donají había regresado sola. Mientras hablaba, miraba un punto en el suelo. Ella no recordó haberlo visto nunca sin la seguridad que le daba su puesto. Cuando terminó, Cosijoeza ordenó que lo relevaran de la vigilancia hasta decidir qué hacer con él. Donají dio un paso.

—Padre…

—Te quedarás en tus habitaciones.

La voz del rey la detuvo. Después llamó al capitán. Desde el corredor, Donají vio salir a los hombres que buscarían a Nucano. No sabía cuánto había avanzado. Quizá seguía cerca del cauce seco, obligado a detenerse por el dolor del hombro. Quizá ya había encontrado a los suyos. Yela se sentó junto a la entrada de su habitación. La habían apartado temporalmente de sus tareas, aunque le permitían acompañar a la princesa. Donají miró sus manos quietas.

—No debí pedirte ayuda.

Yela levantó los ojos.

—Yo pude negarme.

—Pero el guardián…

—Él no pudo decidir conociendo la verdad.

Donají bajó la cabeza. Hasta aquella noche había imaginado que aceptar el castigo bastaría para hacerse responsable. Ahora comprendía que había decisiones cuyas consecuencias no permanecían junto a quien las tomaba.

—Hablaré otra vez con mi padre.

—Hazlo cuando esté dispuesto a escucharte. Yela se acomodó contra el muro.

Afuera comenzaban las labores de la mañana. La primera noticia de Nucano llegó ocho días después. Un mensajero se presentó acompañado por dos hombres que habían sido retenidos en territorio mixteco. Uno necesitaba apoyo para caminar. El otro llevaba una manta doblada contra el pecho. Entre quienes acudieron a recibirlos estaba el cargador del bastón. Donají lo vio desde el corredor. El hombre se abrió paso con dificultad. Se detuvo frente al recién llegado, como si necesitara comprobar su rostro antes de tocarlo. Después dejó caer el bastón y abrazó a su hermano.

Donají apoyó una mano en el muro. No oyó lo que se dijeron. Vio las espaldas dobladas, los brazos que no terminaban de soltarse, la manta caída sobre el polvo. Coyolicaltzin apareció a su lado.

—Nucano los encontró en un puesto alejado del camino —dijo—. Envía una propuesta para hablar.

Donají cerró los ojos un instante. Su madre no confundió aquel alivio con una absolución.

—Tu padre sigue enojado.

—Lo sé.

—Y esos dos hombres siguen vivos. También eso es verdad.

La reina le rozó el hombro y bajó al patio. Las conversaciones se prolongaron durante varias lunas. Hubo intercambio de prisioneros y días en que nadie llegó herido. El mercado recuperó algunos puestos. Los comerciantes comenzaron a preguntar si podían cruzar nuevamente los caminos. Pero las treguas eran frágiles. Un grupo avanzaba donde se había prometido retirar guardias. Una carga desaparecía. Llegaba una denuncia que la otra parte rechazaba.

Donají volvió a sus tareas, acompañada siempre. Yela regresó a las suyas. El guardián engañado fue destinado a los almacenes, después de que Cosijoeza escuchara por segunda vez a su hija. Nucano enviaba noticias a través de los mensajeros del acuerdo. Nunca eran cartas íntimas ni palabras que Donají pudiera guardar a solas. Eran nombres de hombres devueltos, lugares de reunión, días propuestos. Ella aprendió a encontrarlo allí. En una ocasión, el mensajero dijo que el príncipe aún no podía levantar completamente el brazo. Donají preguntó si había vuelto a abrirse la herida.

El hombre negó. Durante el resto de la tarde le costó concentrarse en cualquier otra cosa. La guerra volvió a acercarse antes de que llegara el acuerdo definitivo. Durante tres días entraron familias de los poblados vecinos. Traían niños dormidos, recipientes, semillas envueltas. Algunos habían abandonado sus casas por temor; otros habían visto pasar guerreros entre los cultivos. Cosijoeza reunió a sus capitanes. Esta vez Donají no se acercó a escuchar. Permaneció con su madre, organizando espacio para los recién llegados. Al cuarto día aparecieron los emisarios mixtecos.

Venían con una propuesta aceptada por varios jefes. Nucano, que había asumido el gobierno entre los suyos, respaldaba el cese de las hostilidades y la apertura de los caminos. También traían una condición. Donají supo que algo ocurría cuando su madre dejó de hablar con una de las mujeres y miró hacia la sala del consejo. La habían mandado llamar. El emisario principal no evitó los ojos de la princesa.

—Piden que permanezcas en Monte Albán mientras se cumple el acuerdo.

Donají se quedó junto a la entrada. Su padre estaba sentado, con ambas manos apoyadas sobre las rodillas. Coyolicaltzin permanecía a su lado.

—¿Como huésped? —preguntó ella.

El silencio le dio la respuesta antes que el hombre.

—Como garantía de paz.

Donají miró a Cosijoeza. Él no levantó la cabeza. El emisario continuó: retirarían grupos de los caminos, devolverían a los cautivos identificados y permitirían el regreso de las familias a sus tierras. A cambio, el rey zapoteca debía cumplir los compromisos pactados y entregar a su hija como prenda.

—No —dijo Coyolicaltzin.

La palabra sonó clara en la habitación. El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—He venido a transmitir lo acordado entre quienes represento.

—¿Nucano lo pidió? —preguntó Donají.

El emisario tardó apenas.

—No fue una petición suya. Se opuso a que tu presencia fuera condición. Los otros jefes no aceptaron su sola palabra.

Donají sintió que el suelo se alejaba un poco. Había esperado volver a verlo. Había imaginado a Nucano entrando por aquel mismo umbral, libre, recibido sin armas.

—¿Podré regresar?

El emisario miró al rey.

—Cuando ambas partes consideren cumplido el tratado.

Nadie pudo decirle cuándo sería eso. Cosijoeza pidió que los dejaran solos. Durante un rato se oyeron los pasos de los emisarios alejándose. Donají se sentó frente a sus padres.

—¿Has aceptado?

Su padre levantó por fin el rostro.

—Todavía no.

Coyolicaltzin tomó aire.

—Podemos seguir negociando.

Cosijoeza miró hacia el patio lleno de familias. La reina siguió su mirada y apretó los labios. Donají sintió rabia. La condición le pareció cruel, y más cruel aún que el hambre, los caminos cerrados y los muertos le dieran fuerza.

—¿Y si cumplen? —preguntó.

Su madre se volvió hacia ella.

—No tienes que resolverlo ahora.

—Pero mañana seguirán esperando.

Cosijoeza se inclinó hacia delante.

—Si acepto, habrá condiciones sobre tu alojamiento, tus acompañantes y tu seguridad. Exigiré que puedas enviarnos noticias.

Donají lo escuchó hablar y comprendió que llevaba horas imaginando cómo entregarla sin perderla. Aquello le hizo más daño que su silencio.

—Mírame —pidió.

Él obedeció.

—Si voy, necesito saber que vas a cumplir tu parte.

Cosijoeza cerró los ojos brevemente.

—La cumpliré. Donají sostuvo la mirada de su madre.

—Quiero que se detenga.

Coyolicaltzin se acercó y la abrazó con tanta fuerza que a la princesa le costó respirar. Partió seis días después. Yela iría con ella. También una mujer encargada de sus pertenencias y una pequeña escolta que la acompañaría hasta el lugar convenido. Donají preparó poco: ropa, una manta tejida por su madre, un cuenco pequeño y el tejido que no había logrado terminar. Coyolicaltzin le arregló el cabello aquella mañana. Sus dedos se detenían a veces, como si hubiera olvidado el movimiento.

—Cuando llegues, envía noticias —dijo.

—Lo haré.

—Aunque estés cansada.

Donají asintió. Su madre terminó la última trenza y apoyó ambas manos sobre sus hombros. Durante unos instantes se miraron en el reflejo del agua de una vasija. Después Coyolicaltzin la volvió hacia sí y le besó la frente. Cosijoeza la esperaba junto a la salida. No llevaba el gesto del consejo. Parecía haber envejecido durante la noche. Donají se acercó. Él la abrazó sin hablar. La princesa apoyó la mejilla contra su pecho. Reconoció el olor de su manto y recordó, de pronto, las veces que había corrido hacia él de niña.

—Volveré —murmuró.

Cosijoeza le acarició la cabeza. No respondió con una promesa. Cuando la soltó, Donají vio que tenía los ojos húmedos. Yela le ofreció el brazo. La princesa comenzó a caminar. A un lado del camino, entre las personas reunidas, estaba el cargador del bastón con su hermano. Ambos inclinaron la cabeza al verla pasar. Donají quiso saludarlos, pero tuvo que apretar los labios para no llorar. Nucano la esperaba al término del ascenso hacia Monte Albán.

Donají lo reconoció antes de distinguir su rostro. Estaba erguido entre los hombres de la recepción, con el brazo ya libre y una expresión que no tenía cuando conversaban en el pequeño patio de Zaachila. Dio un paso hacia ella. Se detuvo al ver a los emisarios. La princesa comprendió que también allí los observaban. Nucano inclinó la cabeza.

—Donají.

Ella pronunció su nombre. Durante un instante volvieron a estar junto a la salida del huerto, respirando el aire frío antes del amanecer. Después uno de los jefes indicó el camino hacia sus habitaciones. Nucano se acercó lo suficiente para hablar sin que todos lo oyeran.

—No quería que llegaras así.

Donají lo miró. Tenía delante al hombre que amaba y, detrás, a quienes decidirían si podía marcharse.

—Entonces ayúdame a que esto termine —dijo.

Nucano sostuvo sus ojos. Luego se apartó para dejarla pasar. Donají cruzó la entrada acompañada por Yela. A su espalda se acomodaron dos guardianes. Esta vez, el prisionero no era él.