Capítulo 7 de 15

Una promesa antes del alba

Donají dejó el cuenco sobre el banco. Había agua en su muñeca y una gota resbalaba hacia el codo, pero no hizo nada por secarla.

—¿Se marcha? —preguntó.

Cosijoeza mantuvo los ojos en Nucano.

—He venido a hablar con él.

Yela recogió las telas y se acercó a la princesa. Donají comprendió que debía acompañarla, aunque durante un instante quiso quedarse donde estaba. Nucano no intentó retenerla. La vio cruzar el umbral y después se volvió hacia el rey. Donají caminó hasta el corredor sin mirar atrás. Allí apoyó las manos sobre el borde de una vasija vacía. Yela esperó a su lado.

—Era lo que deseabas —dijo al fin—. Que se recuperara.

Donají asintió. La mujer no añadió nada. Desde el patio llegaban voces demasiado bajas para distinguir las palabras. Cosijoeza la llamó al caer la tarde. Sobre el suelo había un dibujo de caminos parecido al que Donají había visto semanas atrás. Unas piedras señalaban los lugares donde permanecían los guerreros. Su padre le indicó que se sentara.

—Nucano será trasladado dentro de tres días.

Donají tardó en comprender la diferencia.

—¿Trasladado adónde?

—A un recinto más seguro, fuera de aquí. —Pensé que lo dejarías volver.

Cosijoeza se frotó la frente.

—Su pueblo sabe que vive. Hemos enviado mensajes. Esperaba una respuesta que permitiera intercambiar prisioneros y detener los ataques en este camino.

Señaló una de las líneas del dibujo.

—Todavía no hay acuerdo.

Donají miró la piedra junto a sus pies.

—¿Y mientras tanto?

—Permanecerá bajo custodia.

—¿Cuánto tiempo?

Su padre guardó silencio. Ella levantó la vista.

—Lo necesitan vivo para hablar de paz.

—Precisamente por eso debo mantenerlo a salvo.

Donají recordó al capitán, sus ojos detenidos sobre Nucano cada vez que cruzaba el patio.

—¿De quién?

Cosijoeza se quedó inmóvil. La pregunta había alcanzado algo que él no deseaba nombrar.

—Hay hombres que han perdido hermanos —respondió—. Y otros que creen que conservarlo aquí nos debilita.

Donají sintió frío en las manos.

—¿Tú qué crees?

El rey la observó largamente.

—Creo que debes apartarte de este asunto antes de que dejes de distinguir lo que deseas de lo que conviene a tu pueblo.

Ella quiso responder. No encontró una frase que pudiera pronunciar sin revelar demasiado. Esa noche, Coyolicaltzin entró en su habitación. Donají estaba sentada frente a una manta extendida. Había intentado trabajar en ella, pero la aguja permanecía donde la había dejado. Su madre se acomodó a su lado.

—Tu padre me ha hablado.

—También habló conmigo.

La reina miró la labor abandonada.

—Lo amas.

Donají cerró los ojos. Hasta entonces había podido sostener aquel sentimiento sin nombrarlo. Oírlo en voz de su madre lo hizo más real y también más peligroso.

—No sé cuándo ocurrió.

Coyolicaltzin esperó.

—Al principio solo quería que no muriera —continuó Donají—. Después quería saber si había dormido, si podía mover el brazo, si iba a reírse de algo que yo dijera.

Se pasó una mano por el rostro.

—Ahora van a llevárselo y no sé si volveré a verlo.

Su madre le acarició el cabello. Donají apoyó la frente contra su hombro, como cuando era niña.

—Podría pedirte que lo olvidaras —murmuró Coyolicaltzin—. No creo que sirviera de mucho.

—¿Qué hago?

La reina tardó en responder.

—Procura que el miedo a perderlo no decida todo por ti.

Donají permaneció abrazada a ella. Aquella noche no consiguió dormir. Encontró a Nucano al día siguiente, sentado junto al muro. Habían retirado la venda más gruesa. La herida seguía tirante y el movimiento del hombro era limitado, pero ya podía caminar sin ayuda. Yela se quedó cerca de la entrada. Donají se sentó frente a él.

—Creí que volverías a tu casa.

Nucano apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Yo también lo esperé.

—¿Qué te dijo mi padre?

—Que sus mensajeros no han recibido una respuesta suficiente.

Donají bajó la mirada.

—Quiere intercambiarte por los hombres que tienen los tuyos.

—Lo sé. Le pedí que me permitiera llevar la propuesta.

—¿Y?

Nucano observó al guardián.

—No confía en que regrese.

El viento movió una hoja seca entre los dos. Donají la detuvo con la punta del pie.

—¿Regresarías?

Él volvió los ojos hacia ella.

—Sí.

La respuesta le hizo doler el pecho.

—No me lo digas solo por mí.

Nucano se inclinó un poco hacia delante.

—Hay hombres de ambos pueblos esperando volver a sus casas. Si consigo que escuchen, tendría que regresar para cumplir lo acordado.

Donají sostuvo su mirada. Por primera vez imaginó un camino que no terminaba en una puerta cerrada. Pidió a su padre que escuchara la propuesta una vez más. Lo encontró junto a dos consejeros y esperó hasta que estuvo solo. Cosijoeza la oyó sin interrumpir, aunque al terminar parecía más cansado.

—Si lo libero sin garantías, mis capitanes creerán que he cedido.

—Podrías dejarlo llevar tu mensaje.

—Ya tengo mensajeros.

—Pero él puede hablar con quienes ellos no consiguen convencer.

Su padre se levantó.

—No sabes si puede hacerlo.

—Tampoco lo sabremos encerrándolo lejos de aquí.

Cosijoeza se volvió bruscamente.

—Basta.

Donají retrocedió un paso. El rey respiró hondo y bajó la voz.

—He permitido que lo atiendas. He escuchado lo que pedías. Ahora debes dejarme gobernar.

Ella permaneció junto a la entrada hasta que comprendió que la conversación había terminado. Después salió. La decisión no llegó de golpe. Tomó forma durante el resto del día, mientras Donají repartía telas, escuchaba noticias y veía cómo preparaban provisiones para el traslado. Al anochecer fue a buscar a Yela. La encontró ordenando los recipientes vacíos.

—Hay una salida detrás de los almacenes.

La mujer dejó de moverse. Donají continuó antes de perder el valor.

—La usan quienes llevan los desechos a los huertos. Antes del amanecer…

—No sigas.

La princesa calló. Yela se volvió hacia ella.

—¿Comprendes lo que estás pidiéndome?

—No quiero que lastimen a nadie.

—Eso no depende solo de ti.

Donají apretó los labios. Había pasado horas imaginando el recorrido. En todas aquellas imágenes, las personas se apartaban y las puertas cedían. Yela acababa de devolverles sus rostros.

—Puedo hacerlo sola —murmuró.

La mujer negó con tristeza.

—No. Puedes intentarlo sola. Es distinto.

Donají miró el suelo. Durante un largo rato solo se oyó el roce de las hojas del patio.

—Conozco al guardián de la última vigilia —dijo Yela finalmente—. Le preguntaré si está dispuesto a permitirte despedirte en el huerto. Le diré que el príncipe volverá conmigo.

Donají levantó la cabeza.

—No puedo pedirte que mientas.

—Ya lo has hecho.

La respuesta la dejó sin palabras. Yela tomó el recipiente que había abandonado.

—Todavía puedes detener esto.

Cuando Donají volvió al almacén, llevaba una pequeña carga de alimento y una manta oscura. Nucano la observó dejar ambas cosas en el suelo. —¿Qué sucede? Yela permanecía junto a la puerta. El guardián había aceptado esperar en el corredor mientras la princesa se despedía.

—Hay un camino hacia los huertos —dijo Donají—. Desde allí puedes alcanzar la vereda antes de que amanezca.

Nucano miró las provisiones. Después se puso de pie.

—¿Tu padre lo permite?

Ella negó. Él cerró los ojos un instante.

—Donají…

—Escúchame. Si te llevan, seguirán esperando una respuesta mientras los hombres continúan muriendo. Tú puedes ir. Puedes intentar que hablen.

Nucano se acercó.

—Y tú te quedarás aquí cuando descubran que me he marchado.

Donají sostuvo su mirada.

—Sí.

Él observó a Yela, la puerta, la manta preparada.

—Si me encuentran saliendo, habrá lucha.

—Entonces no salgas si crees que no puedes evitarla.

Nucano permaneció en silencio. Ella sintió que le temblaban las rodillas, pero continuó:

—No te estoy pidiendo que vuelvas con un ejército. Te pido que busques la paz. Que averigües quién tiene a los prisioneros. Que regresen a sus familias.

El joven bajó la cabeza. Después tomó su mano.

—Lo intentaré ante quienes tenga que hacerlo.

Donají entrelazó los dedos con los suyos. —Necesito creerte.

—Lo sé.

El huerto olía a tierra húmeda. Caminaron despacio, siguiendo a Yela entre sombras. Más atrás quedó el guardián, convencido de que esperaría solo unos momentos. Al llegar a la salida, la mujer se detuvo.

—Hasta aquí.

Nucano se ajustó la carga sobre el hombro sano. Donají miró la vereda que descendía entre los árboles. Había imaginado tanto aquella libertad que le sorprendió verla como una franja oscura, estrecha, casi imposible de distinguir.

—Sigue hasta encontrar el cauce seco —susurró—. Después busca el sendero de la ladera.

Él asintió. Ninguno se movió.

—Quisiera pedirte que vinieras —dijo Nucano.

Donají sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—No puedo.

—Lo sé.

Él le tocó la mejilla. Esperó, dándole tiempo para apartarse. Donají acercó el rostro. El beso fue breve y torpe al principio. Después ella apoyó una mano en su pecho y lo sintió respirar contra sus labios. Cuando se separaron, Nucano mantuvo la frente junto a la suya.

—Te amo —dijo.

Donají cerró los dedos sobre la tela de su manto.

—Entonces vuelve de una manera que pueda recibirte.

Él besó su mano antes de soltarla. Yela regresó primero. Donají permaneció junto a la salida hasta que dejó de oír los pasos de Nucano. Después volvió por el huerto. El guardián se enderezó al verla llegar sola. Miró detrás de ella.

—¿Dónde está?

Donají se detuvo frente a él. Tenía las mejillas húmedas y las manos vacías.

—Llévame con mi padre.

El hombre abrió la boca, comprendiendo. A lo lejos, un ave anunció la proximidad del amanecer. Donají no volvió a mirar hacia la vereda.