Capítulo 6 de 15

El nombre del enemigo

La primera vez que Nucano consiguió ponerse de pie, Donají estuvo a punto de dejarlo caer. Él había insistido en que podía hacerlo solo. Esperó a que Yela apartara el recipiente del agua, apoyó la mano sana contra el muro y se incorporó con lentitud. Durante un instante permaneció erguido, sorprendido por el esfuerzo que exigía algo tan sencillo. Después se le doblaron las rodillas. Donají lo sujetó por la cintura. El guardián entró al oír el movimiento y lo sostuvo del otro lado hasta que pudieron sentarlo de nuevo. Nucano tenía el rostro húmedo.

—Podía hacerlo —murmuró.

Yela recogió la manta que había caído.

—Ya vimos cuánto.

Donají bajó la cabeza para ocultar una sonrisa. Él la descubrió.

—Te alegra.

—Me alegra que no te hayas abierto el hombro.

Nucano quiso responder, pero tuvo que esperar a recuperar el aliento. Afuera, el viento levantó un poco de polvo contra el umbral. El joven miró hacia la claridad y Donají siguió sus ojos. Llevaba varias semanas viendo el mundo desde aquel rincón. Cosijoeza permitió que caminara por el pequeño patio contiguo al almacén. La autorización llegó con condiciones: un guardián debía acompañarlo y la puerta hacia el resto del recinto permanecería vigilada. Donají recibió la noticia de Yela mientras separaban telas limpias.

—La curandera dice que necesita moverse —explicó la mujer.

La princesa dobló una pieza por la mitad.

—¿Mi padre sigue viniendo a hablar con él?

—A veces.

—Nunca me dice qué conversan.

Yela se detuvo.

—Hay cosas que tampoco te corresponden a ti.

Donají asintió, aunque le molestó la facilidad con que aquellas palabras la devolvían al lugar de una niña. La mujer lo advirtió.

—Él es un prisionero, Donají. Que puedas entrar a curarlo no cambia eso.

Ella terminó de doblar la tela.

—No lo he olvidado.

Yela la miró unos instantes antes de continuar. Nucano salió al patio al día siguiente. Se detuvo apenas cruzó la puerta y cerró los ojos bajo el sol de la mañana. El aire le movió el cabello sobre la frente. Donají se quedó junto al umbral. No quiso apresurarlo. El joven avanzó hasta el muro y apoyó allí la mano sana. Había perdido fuerza y todavía mantenía el brazo herido contra el cuerpo, pero su manera de mirar había cambiado. Observó la altura de las paredes, el paso hacia el corredor, la posición del guardián.

Donají sintió una incomodidad inesperada. Él la vio.

—Estoy mirando.

—Ya lo sé.

Nucano apartó los ojos de la entrada. Durante unos momentos caminaron en silencio, separados por la distancia que él podía recorrer sin ayuda. En una esquina había un pequeño montón de hojas secas. Un pájaro descendió junto a ellas, picoteó algo y alzó el vuelo cuando el guardián se movió. Nucano siguió su trayectoria hasta perderlo sobre el muro.

—¿Qué significa tu nombre? —preguntó Donají.

Él volvió el rostro.

—¿Nucano?

Ella asintió.

—Fuego Grande.

Donají lo repitió despacio. Nucano corrigió suavemente la forma en que había pronunciado una sílaba. Ella volvió a intentarlo. Esta vez él sonrió. La expresión le cambió el rostro de una manera que Donají no había visto antes.

—¿Y el tuyo? —preguntó.

—Alma Grande.

Nucano la contempló un instante. Ella sintió calor en las mejillas y miró hacia las hojas.

—Mi madre lo eligió.

—Eligió bien. El guardián carraspeó desde la puerta.

Donají retrocedió un paso. Nucano volvió a caminar. Con el paso de los días, las conversaciones se hicieron más largas. De las preguntas sobre el dolor pasaron a los lugares que cada uno conocía. Nucano le habló de los caminos de su infancia y de una pendiente por la que había bajado corriendo cuando era niño, convencido de que llegaría antes que la lluvia.

—¿Lo conseguiste?

—Me encontraron cubierto de lodo.

Donají soltó una carcajada. Él sonrió al oírla. Yela, sentada cerca con su labor, levantó brevemente la mirada. También se equivocaban al hablar. Había palabras que él conocía por haberlas oído entre viajeros y otras que Donají aprendía con ayuda de Yela. Cuando algo no se entendía, recurrían a las manos, a dibujos sobre el polvo, a explicaciones cada vez más absurdas. Una tarde, Nucano intentó describir un ave. Donají creyó que hablaba de un pez. Él la miró desconcertado.

Cuando comprendieron el error, se rieron hasta que a Nucano le dolió el hombro y tuvo que pedirle que dejara de imitarlo. Aquella noche, Donají recordó su risa mientras se deshacía las trenzas. La recordó otra vez cuando apagaron la lámpara. La discusión llegó una mañana de viento. Donají había encontrado al cargador de la pierna herida cerca de los almacenes. Su hermano continuaba desaparecido. No traía noticias. Solo había ido a preguntar si alguien sabía algo. Cuando entró a ver a Nucano, llevaba aquella espera dentro del pecho. Él lo advirtió.

—¿Qué ocurre?

Donají dejó el cuenco sobre el suelo.

—Hay un hombre que busca a su hermano. Se lo llevaron de un camino antes de que te trajeran aquí.

Nucano escuchó la descripción. No fingió reconocerla.

—No sé dónde está.

Ella asintió, pero permaneció de pie.

—Tú dirigías hombres.

—Sí.

—Alguno podría saberlo.

Nucano se pasó la mano por la nuca.

—Podría.

Donají lo miró con esperanza. Él sostuvo sus ojos.

—Aquí no puedo averiguarlo.

La respuesta le produjo una irritación que no esperaba.

—Pero si pudieras…

—Lo preguntaría.

—¿Y me dirías la verdad?

Nucano se quedó inmóvil. Yela dejó la labor sobre sus rodillas. Donají comprendió cómo había sonado, pero ya no podía recoger las palabras. El príncipe miró hacia la puerta antes de responder.

—No sé qué piensas que soy. —No sé qué has hecho.

El silencio volvió más pequeño el almacén. Él bajó los ojos hacia el brazo que todavía llevaba sujeto.

—He combatido. He dado órdenes. Hay hombres que no regresaron después de obedecerme.

Donají sintió que algo se cerraba dentro de ella. Nucano levantó el rostro.

—También hay familias nuestras esperando a quienes tomaron los tuyos.

Ella quiso hablar de su padre, de lo que intentaba proteger, pero recordó al cargador diciendo que los atacantes se habían presentado como mixtecos. Recordó que no había sabido sus nombres. Se sentó despacio.

—No sé cómo escucharte sin pensar en ellos —admitió.

Nucano tardó en contestar.

—A mí me pasa cuando entra tu capitán.

Donají miró la puerta. Por primera vez imaginó aquel recinto desde el sitio donde él dormía. Aquella tarde no volvió. Ayudó a su madre a revisar los tejidos destinados a varias familias y escuchó las noticias que llegaban de los caminos. Coyolicaltzin la observó deshacer dos veces el mismo nudo.

—Te preocupa algo.

Donají dejó el hilo. Había pensado en contarle. Al encontrarse ante la oportunidad, sintió miedo.

—Nucano conoce cosas que yo no conozco —dijo finalmente.

Su madre permaneció quieta.

—Ha vivido de otra manera. —A veces hablamos y se me olvida…

No terminó. Coyolicaltzin colocó la labor a un lado.

—¿Qué se te olvida?

Donají sostuvo su mirada.

—Que está preso.

La reina respiró despacio. Después tomó las manos de su hija.

—Él no puede olvidarlo.

Aquellas palabras la acompañaron hasta la noche. Al día siguiente, Donají pidió a Yela que se adelantara. Esperó junto a la entrada mientras la mujer hablaba con Nucano. Solo entró cuando él accedió a recibirla. El príncipe estaba sentado en el patio. Donají se detuvo frente a él.

—No tienes que hablar conmigo cada vez que vengo.

Nucano frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué?

—Ni agradecerme todo. Si quieres estar solo, puedes decírselo a Yela. Seguirán trayéndote agua y alimento. La curandera vendrá igual.

Él la observó durante tanto tiempo que Donají comenzó a sentirse torpe.

—No te agradezco por miedo —dijo finalmente.

Ella bajó la mirada.

—Quería que lo supieras.

Nucano apoyó la mano sobre el banco, a cierta distancia de la suya.

—Cuando llego a oír tus pasos, los reconozco. Donají levantó el rostro.

El viento movía la tela colgada junto a la puerta.

—A veces no eres tú —añadió él.

Ella sintió una emoción tan intensa que tuvo que sentarse. Nucano no acercó la mano. Permanecieron mirando el pequeño espacio que las separaba. Días después, él consiguió dar una vuelta completa al patio sin detenerse. Donají lo esperaba junto al muro con agua. Nucano recibió el cuenco y bebió antes de devolvérselo. Sus dedos se rozaron. Ninguno apartó la mano enseguida. Yela estaba de espaldas, recogiendo unas telas. El guardián miraba hacia el corredor. Donají alzó los ojos.

Nucano la contemplaba con la misma incertidumbre que ella sentía. Ya no podía atribuir aquella inquietud al cuidado de la herida ni al temor por su fiebre. Él pronunció su nombre. Esta vez ella lo oyó de otra manera. Antes de que pudiera responder, sonaron pasos en la entrada. Cosijoeza se detuvo bajo el dintel. Donají retiró la mano del cuenco, pero la mirada de su padre ya había descendido hasta sus dedos. Después pasó de uno a otro.

—Nucano —dijo—. Tenemos que hablar de tu partida.

El príncipe se enderezó. Donají sintió que el agua fría le resbalaba por la muñeca. Había esperado durante semanas que él recuperara la fuerza suficiente para volver a su pueblo. Ahora no consiguió alegrarse.