Capítulo 5 de 15

Las manos que curan

Donají sostuvo la vasija hasta que el agua dejó de temblar. Nucano. Había escuchado aquel nombre en el consejo, pronunciado sobre un dibujo de caminos y posiciones de guerreros. Ahora pertenecía al hombre que respiraba con dificultad frente a ella. Yela le tocó el brazo.

—Acerca la luz.

Donají obedeció. El joven tenía los párpados cerrados y una línea de sudor le descendía por la sien. La mujer acomodó la tela bajo su hombro, comprobó que la venda no se hubiera desplazado y después lo llamó en voz baja. No respondió. Junto a la puerta, el guardián cambió el peso de una pierna a otra.

—¿Necesitan algo más?

Yela miró los fragmentos de la vasija rota. —Que retiren eso antes de que alguien se corte. Cuando el hombre salió a buscar con qué recogerlos, Donají levantó los ojos hacia ella.

—Lo has oído.

—Sí.

—Es el príncipe.

Yela tomó la vasija de sus manos y la dejó en el suelo.

—Puede serlo.

—Mi padre habló de él.

La mujer observó al herido.

—Entonces tendremos que pensar bien qué hacemos.

Donají miró la entrada. El guardián ya regresaba. No volvieron a hablar del nombre aquella noche. La fiebre cedió después del amanecer. Donají se había quedado dormida sentada junto a Yela, con la espalda contra el muro. Despertó cuando la curandera entró y puso una mano sobre la frente del joven. Esperó, inmóvil, hasta que la mujer se apartó.

—Está menos caliente.

Donají se incorporó. Tenía el cuello rígido y una pierna entumecida.

—¿Eso significa que estará bien?

—Significa que esta mañana está mejor.

La curandera examinó la venda. El muchacho abrió los ojos al sentirla. Tardó en reconocer el techo y después buscó la puerta. Donají vio cómo cambiaba su respiración cuando encontró al guardián.

—No intentes levantarte —le dijo.

Él volvió el rostro hacia ella. La miró largamente, como si tratara de separar un recuerdo de lo que había soñado. Yela le ofreció agua. Esta vez pudo beber sin ayuda, aunque el esfuerzo lo dejó agotado. Al devolver el recipiente, vio la marca de la cuerda alrededor de su muñeca y la cubrió con la otra mano. La curandera indicó a Donají que sostuviera la tela mientras revisaba el hombro. El joven se tensó.

—Voy a tocarte aquí —le explicó ella, señalando el brazo.

Esperó a que él asintiera. Después levantó con cuidado el borde del vendaje. Yela la detuvo cuando salieron. El patio comenzaba a llenarse de voces. Dos mujeres llevaban alimento hacia el corredor y un herido discutía con su hermano porque quería ponerse de pie.

—No puedes guardar esto indefinidamente —dijo Yela.

Donají sabía a qué se refería.

—Si lo digo, lo interrogarán otra vez.

—Probablemente.

—Apenas ha pasado la noche.

Yela la condujo hacia un rincón donde nadie pudiera oírlas.

—Escúchame. Tu padre permitió que entraras porque confía en ti. Si descubre por otro que lo sabías, dejará de hacerlo.

Donají bajó la mirada hacia sus manos. Tenía una pequeña mancha seca junto a la uña del pulgar.

—Hoy no —murmuró—. Déjame esperar a que pueda mantenerse despierto.

Yela tardó en responder.

—Hasta entonces. Después tendrás que hablar.

Donají asintió. Al hacerlo sintió alivio, seguido de una vergüenza que le resultó más difícil soportar. Durante los días siguientes, el almacén adquirió otro aspecto. Retiraron las vasijas vacías para dejar espacio alrededor del petate. Colgaron una tela cerca de la abertura alta, de modo que la luz no cayera directamente sobre el rostro del prisionero. Yela consiguió una manta más suave y Donají llevó un cuenco sin grietas. Nada de aquello alteraba la presencia del guardián. El joven lo miraba cada vez que se abría la puerta.

Al principio hablaba poco. Respondía cuando Yela le preguntaba por el dolor, aceptaba el alimento y soportaba en silencio las curaciones. Donají empezó a reconocer los momentos en que estaba cansado por la forma en que dejaba de seguirla con los ojos. También advirtió que fingía dormir cuando se acercaban los hombres del capitán. Una mañana, mientras ella acomodaba el apoyo de su brazo, él habló:

—Tú no eres quien cura.

Donají levantó la cabeza. Había pronunciado la frase despacio, buscando algunas palabras, pero ella lo comprendió sin ayuda de Yela.

—Estoy aprendiendo.

Él miró la tela que sostenía.

—Lo sé.

Donají frunció el ceño. Por primera vez creyó descubrir un gesto de humor en su rostro.

—Puedes decírmelo si te lastimo.

—Ya lo hago.

Ella recordó la manera en que apretaba los dientes y volvió a colocar el apoyo con más cuidado. Esta vez él no se quejó. El cuarto día murió uno de los heridos del corredor. Era el hombre que preguntaba si podría volver a trabajar. Donají había pasado la mañana ayudándolo a beber. Por la tarde, cuando regresó, encontró el petate vacío y a su hermano sentado junto al muro. No necesitó preguntar. Permaneció con él hasta que llegaron sus familiares. Después recogió el recipiente que había dejado cerca y lo llevó a lavar.

Entró al almacén más tarde de lo habitual. El prisionero la observó mientras dejaba el alimento.

—¿Qué pasó?

—Murió un hombre.

Él bajó los ojos. Donají acomodó el cuenco con demasiada fuerza. Parte del contenido se derramó. Pensó en los días que llevaba cuidando a aquel guerrero, en la posibilidad de que hubiera dado las órdenes que habían llevado a otros hasta el patio.

—¿Estuviste en el ataque del río? —preguntó.

El joven levantó la mirada. Su expresión se cerró. Donají esperó.

—¿Qué río?

Ella describió el paso, la ladera, los hombres sorprendidos durante la vigilancia. Él tardó en contestar.

—No estaba allí.

Donají quiso sentirse aliviada. No pudo.

—Pero has combatido contra los nuestros.

El joven miró el vendaje de su hombro.

—Sí.

La respuesta la obligó a dejar de buscar una inocencia sencilla. Se sentó cerca de la puerta. Durante un rato ninguno habló. Después él dijo:

—También he esperado a que trajeran a alguien.

Donají volvió el rostro.

—¿A quién?

El muchacho pasó el pulgar por el borde de la manta.

—A un amigo. Lo encontramos al día siguiente.

Ella miró sus manos. No preguntó cómo. Cuando pudo permanecer despierto durante más tiempo, Donají supo que había terminado el plazo que le había pedido a Yela. Lo encontró sentado con ayuda de unas mantas, observando el rectángulo de claridad en el suelo. El guardián estaba al otro lado del umbral. Donají dejó el agua y se arrodilló junto al petate.

—La noche de la fiebre dijiste un nombre.

El joven dejó de mirar la luz. Durante unos instantes no se movió.

—¿Qué nombre?

Donají sintió el impulso de fingir que no estaba segura.

—Nucano.

Él miró hacia la puerta. Su mano se cerró lentamente sobre la manta. Yela, que separaba unas telas, dejó de hacerlo.

—¿Es tu nombre? —preguntó Donají.

El muchacho guardó silencio. Ella esperó lo suficiente para que comprendiera que no iba a retirar la pregunta. Al fin, él asintió. Donají respiró hondo.

—Tendré que decírselo a mi padre.

Nucano la miró con una atención nueva.

—¿Tu padre?

Ella advirtió entonces que nunca le había explicado quién era. Los guardianes la llamaban princesa en su propia lengua; él había podido escuchar el trato sin comprenderlo del todo.

—Cosijoeza.

El joven apartó ligeramente el cuerpo. El movimiento le produjo dolor y tuvo que detenerse. Donají no intentó sujetarlo.

—Soy Donají.

Él repitió el nombre en voz baja. Después miró sus manos, todavía cerca del cuenco.

—¿Él te envió?

—Vine porque estabas herido.

Nucano tardó en volver a mirarla. En el patio alguien llamó a Yela. La mujer salió tras advertir al guardián que permaneciera cerca. Donají y el príncipe quedaron separados por el pequeño espacio entre el petate y la vasija.

—No les diré dónde están mis hombres —dijo él.

—No te lo he preguntado.

—Lo preguntarán.

Donají no podía negarlo. Bajó los ojos y acomodó una esquina de la manta que se había doblado bajo su mano.

—Hablaré con mi padre hoy. Cosijoeza la escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, se levantó y caminó hasta la entrada. Donají no sabía si buscaba al capitán o si necesitaba apartarse de ella.

—¿Desde cuándo?

Ella sintió que le ardía el rostro.

—Desde la noche de la fiebre. No lo confirmó hasta hoy.

Él volvió la cabeza.

—Debiste decírmelo entonces.

—Lo sé.

La respuesta pareció desarmar parte de su enojo, aunque no su preocupación.

—No volverás a verlo hasta que yo haya hablado con él.

Donají apretó las manos.

—Que termine de recuperarse antes de llevarlo a otro sitio.

Cosijoeza la observó.

—Ahora retírate.

Ella inclinó la cabeza y obedeció. No supo qué hablaron. Al anochecer vio salir a su padre del almacén. El capitán esperaba afuera, pero Cosijoeza pasó de largo y le indicó que lo siguiera. Poco después, Yela fue a buscarla.

—Puedes entrar mañana. Con las mismas condiciones.

Donají cerró los ojos un instante.

—¿Y él?

—Sigue allí.

Aquella noche durmió en su habitación por primera vez desde la llegada del prisionero. Al amanecer llevó agua limpia. Nucano estaba despierto. La vio entrar, miró el cuenco y después apartó la manta para que pudiera revisar el apoyo del brazo. Donají se arrodilló. Cuando terminó, él dejó la mano abierta sobre el petate.

—Donají —dijo.

Ella levantó el rostro.

—Gracias.

La palabra llegó sin esfuerzo, en la lengua de ella. Donají sostuvo su mirada y descubrió que, por primera vez desde que lo habían traído, Nucano no estaba pendiente de la puerta.