Capítulo 4 de 15
El prisionero herido
El guardián dejó de empujar la puerta cuando sintió la mano de Donají contra la madera.
—El capitán ha ordenado que permanezca aquí.
—Lo he oído.
Desde el interior llegó el ruido de un movimiento brusco y después un gemido. Donají miró por el espacio abierto. Habían dejado la camilla sobre el suelo, entre dos grandes vasijas vacías. El prisionero intentaba levantar la cabeza, pero apenas conseguía separarla de la manta.
—También ha ordenado que lo vigilen —dijo ella—. Puedes hacerlo mientras lo atienden.
El hombre vaciló. Donají llamó a Yela, que cruzaba el patio con un recipiente de agua.
—Busca a la mujer que cura a los heridos.
Yela se acercó, miró por encima de su hombro y comprendió.
—Todavía están llegando los nuestros.
Donají volvió los ojos hacia el corredor. Había hombres esperando ayuda, familiares que sostenían lámparas, telas extendidas sobre las que comenzaban a aparecer manchas oscuras. No podía exigir que los abandonaran.
—Entonces tráeme agua limpia y unas mantas. Le preguntaré qué podemos hacer mientras llega.
El guardián se apartó lo suficiente para dejarla entrar. Dentro olía a polvo y a grano almacenado. La última luz entraba por una abertura alta. Donají tuvo que esperar un momento para distinguir el rostro del prisionero. Era joven, quizá algunos años mayor que ella. Tenía una cortadura cerca de la ceja y los labios resecos. La venda del hombro se había desplazado durante el traslado y dejaba escapar un hilo de sangre hacia el pecho. Él la vio acercarse. Su mano libre se cerró de inmediato. Buscaba un arma que ya no tenía.
Donají se detuvo fuera de su alcance.
—Voy a pedir que te atiendan.
El joven miró al guardián. Después volvió los ojos hacia ella.
—Agua. Pronunció la palabra con dificultad, pero Donají la entendió.
Se arrodilló cuando llegó Yela con una vasija pequeña. Antes de acercarla a su boca, el muchacho intentó incorporarse. El dolor lo dobló.
—Espera.
Donají le sostuvo la nuca mientras Yela lo ayudaba a levantarse apenas. Bebió un poco y comenzó a toser. Tuvieron que esperar hasta que recuperó el aliento. Al dejarlo de nuevo sobre la manta, Donají vio que la cuerda de su muñeca estaba tirante.
—Afloja eso —le pidió al guardián.
—Puede intentar escapar.
Ella miró la camilla.
—No puede ponerse de pie.
El hombre no se movió. Yela dejó la vasija.
—Si se agita, perderá más sangre. Afloja la cuerda y quédate cerca.
El guardián terminó obedeciendo. El prisionero cerró los ojos mientras recuperaba la libertad de mover el brazo unos dedos. No dio las gracias. Donají tampoco las esperaba. La curandera llegó cuando ya habían encendido una lámpara. Traía las manos recién lavadas y el cansancio marcado alrededor de la boca. Se agachó junto a la camilla, apartó con cuidado la tela del hombro y observó la herida.
—¿Hace cuánto lo hirieron?
El guardián negó.
—Lo trajeron con los otros.
La mujer se volvió hacia el prisionero y repitió la pregunta más despacio. Él respondió con unas pocas palabras que Donají no comprendió. Yela intervino. Había aprendido expresiones durante sus años de trato con comerciantes mixtecos. Tuvo que preguntarle dos veces antes de estar segura.
—Cuando el sol estaba alto.
La curandera pidió más luz. Donají tomó la lámpara. Trabajaron en silencio durante un rato. El joven apretaba la mandíbula cada vez que la mujer limpiaba alrededor de la lesión. Una vez levantó la mano hacia ella y el guardián dio un paso adelante. Donají alzó la vista. El prisionero dejó caer el brazo antes de que nadie lo sujetara.
—No se mueve bien —dijo la curandera, examinándole los dedos—. Necesita que mantengamos quieto ese hombro.
Al terminar, acomodaron una tela doblada bajo su brazo. La mujer revisó también la cortadura de la ceja y las raspaduras de las piernas.
—Esta noche habrá que vigilarlo.
Se incorporó con una mano apoyada en la rodilla. Donají dejó la lámpara sobre una vasija.
—¿Vivirá?
La curandera miró al muchacho.
—Ha llegado vivo. Ahora veremos cómo pasa la noche.
Cosijoeza apareció poco después. El capitán venía con él. Donají se levantó al verlos en la entrada. Su padre observó primero las telas manchadas, luego el agua y finalmente al prisionero.
—Te dije que te ocuparas de quienes estaban aquí.
—Lo estoy haciendo.
El capitán frunció el ceño, pero Cosijoeza levantó una mano para impedir que hablara.
—Ven conmigo. Donají siguió a su padre hasta el patio.
Había anochecido. Al otro lado del corredor, una mujer ayudaba a un herido a beber. Cosijoeza se detuvo junto al muro.
—No entrarás de nuevo sin que yo lo sepa.
—Se estaba desangrando.
—Ya lo están atendiendo.
Donají bajó la voz.
—Porque detuve la puerta.
Él la miró con severidad. Durante un instante ella creyó que había ido demasiado lejos.
—Hay hombres nuestros que murieron hoy —dijo Cosijoeza.
Donají sintió el golpe de aquellas palabras. Pensó en los cuerpos que aún no habían devuelto a sus familias. Pensó también en la mano del prisionero buscando un arma inexistente.
—Lo sé.
—No puedes acercarte a cualquiera y esperar que tu intención te proteja.
Donají miró hacia el almacén. Desde allí no se veía al joven, solo la sombra del guardián junto a la puerta.
—Puedo venir con Yela. Él seguirá vigilando.
Cosijoeza buscó una respuesta. Al fin volvió el rostro hacia el capitán.
—Mañana sabremos qué puede decirnos.
Después se dirigió a su hija:
—Esta noche te quedarás fuera. Que Yela ayude a la curandera si hace falta.
Donají abrió la boca, pero su padre ya había tomado la decisión. Asintió. No regresó al almacén mientras él estuvo allí. Llevó agua a los hombres del corredor, recogió telas y acompañó a una anciana hasta el sitio donde habían acostado a su hijo. Hizo cuanto le pidieron. Sin embargo, cada vez que Yela cruzaba el patio, levantaba la mirada. Cerca de la medianoche, la mujer se sentó a su lado.
—Duerme a ratos.
—¿Ha vuelto a sangrar?
—Muy poco.
Donají dejó salir el aire. Yela le ofreció una tortilla que había guardado envuelta.
—Tú también tienes que comer.
Ella la tomó. Durante un rato masticó sin hambre.
—¿Dijo su nombre?
—No.
—Quizá no entiende lo que le preguntamos.
Yela la miró de reojo.
—Entiende más de lo que quiere mostrar.
En el corredor, uno de los heridos llamó pidiendo ayuda. Donají dejó la comida y se levantó. A la mañana siguiente, el capitán interrogó al prisionero. Donají no estuvo presente. Supo que habían entrado porque vio al guardián enderezarse y abrir la puerta. La conversación duró poco. Cuando el capitán salió, llevaba la misma expresión con la que había entrado. Ella esperó hasta encontrar a su padre.
—¿Puedo ir ahora? Cosijoeza parecía no haber dormido.
La observó durante unos momentos.
—Con Yela. Y escucharás al guardián.
Donají aceptó antes de que añadiera otra condición. El joven estaba despierto. La claridad revelaba mejor su palidez. Habían cambiado la manta bajo su espalda y colocado cerca una vasija con agua. Donají llevó alimento, aunque no sabía si podría tomarlo. Yela se arrodilló primero y le preguntó cómo se sentía. Él respondió sin apartar los ojos de la princesa.
—Dice que le duele —tradujo la mujer.
Donají dejó el recipiente.
—Voy a revisar si la tela sigue bien puesta.
Yela repitió la explicación. El prisionero miró hacia la puerta, calculó la distancia y después permitió que Donají se acercara. Ella se movió despacio. El hombro estaba caliente bajo la tela, pero no encontró sangre fresca. Comprobó el apoyo del brazo tal como había visto hacerlo a la curandera. Al rozarle la muñeca, advirtió la marca que había dejado la cuerda. Retiró la mano. El joven había seguido cada uno de sus movimientos.
—¿Por qué? —preguntó.
Donají levantó los ojos.
—¿Por qué qué?
Él buscó las palabras.
—Haces esto.
Yela permaneció callada. Donají miró la venda. Había imaginado muchas respuestas mientras esperaba permiso para volver. Ahora ninguna le parecía adecuada.
—Porque estás herido.
El muchacho la contempló con desconfianza. Después volvió el rostro hacia la pared. La fiebre comenzó por la tarde. La curandera ordenó que lo dejaran descansar. El guardián continuó junto a la puerta y Yela se encargó de llevar agua cuando el joven la pedía. Donají permaneció en el patio de los heridos hasta que todos estuvieron acomodados para la noche. Entonces oyó un golpe dentro del almacén. Entró detrás de Yela. El prisionero había intentado sentarse. Una vasija rota estaba a su lado. Sus ojos recorrían la habitación sin detenerse en nada.
Habló deprisa, con una angustia que no necesitaba traducción. Extendió la mano hacia alguien que solo él podía ver. Donají se arrodilló y evitó que cayera sobre el hombro lastimado.
—Aquí. Acuéstate.
Él se resistió apenas. Luego su mano se cerró sobre la de ella. Tenía la piel ardiendo. Yela le habló suavemente hasta que dejó de forcejear. Entre ambas consiguieron acomodarlo otra vez. Durante unos instantes pareció volver a reconocer el lugar. Miró sus dedos aferrados a los de Donají y aflojó la presión. Ella quiso apartarse. El joven movió los labios. Esta vez pronunció una sola palabra, con una claridad inesperada.
—Nucano.
Donají se quedó inmóvil. Recordó el consejo, el dibujo de los caminos sobre el suelo, la voz del capitán al hablar de un príncipe que dirigía a los guerreros enemigos. Volvió los ojos hacia Yela. La mujer también había escuchado. Junto a la puerta, el guardián preguntó qué ocurría. Donají bajó la mirada hacia el herido. Había cerrado los ojos y su mano descansaba abierta sobre la manta.
—La fiebre —respondió.
Después tomó la vasija de agua que Yela le acercaba, cuidando de que no se notara cuánto le temblaban los dedos.