Capítulo 3 de 15
El valle dividido
El mensajero pidió agua antes de hablar. La bebió con ambas manos alrededor de la vasija. Tenía una raspadura en la mejilla y una sandalia sujeta con un nudo improvisado. Donají observó cómo le temblaban los dedos mientras su padre bajaba al patio.
—¿De dónde vienes? —preguntó Cosijoeza.
El hombre tragó con dificultad.
—Del paso del río, señor. Atacaron a quienes vigilaban el camino.
Un guardián se acercó para ayudarlo a sentarse.
—¿Cuántos?
—No pude contarlos.
—¿Cuántos de los nuestros?
El mensajero miró el agua que quedaba en la vasija.
—Salimos doce al amanecer. Vi caer a cuatro. Los demás se dispersaron cuando entraron por la ladera.
Cosijoeza pidió que llamaran a sus capitanes. Donají seguía junto a las vasijas que había estado acomodando con Yela. Su padre la vio, pero esta vez no le ordenó retirarse.
—Traerán heridos —dijo él—. Que preparen sitio.
Ella dejó en el suelo lo que sostenía.
—¿Aquí?
—En el patio de los almacenes. Necesitarán sombra.
Donají buscó a su madre con la mirada. Coyolicaltzin ya había comenzado a dar instrucciones desde el corredor. El mensajero quiso incorporarse.
—Debo volver. Hay hombres que…
Al apoyar el pie, la pierna le falló. Donají alcanzó a sujetar la vasija antes de que se estrellara contra el suelo. El agua le mojó las manos.
—Primero deja que te miren eso —le dijo.
El hombre bajó los ojos hacia su tobillo, como si acabara de recordar que también estaba herido. Durante la noche llegaron seis hombres. Dos podían caminar apoyándose el uno en el otro. A los demás los transportaban sobre mantas sujetas a palos. Con ellos venían familiares que habían salido a buscarlos y un muchacho que no dejaba de preguntar por su padre. Los braseros alumbraban apenas los rostros. Donají ayudó a extender petates bajo el corredor. Yela distribuyó telas limpias mientras Coyolicaltzin se ocupaba de que hubiera agua suficiente.
Una mujer mayor, acostumbrada a atender heridas, apartó a quienes se agolpaban alrededor del primer hombre.
—Necesito espacio.
Donají retrocedió. Quería ayudar y descubrió que su presencia podía estorbar tanto como la de los demás.
—Dime qué hago —pidió.
La mujer la señaló sin detenerse.
—Sostén esa luz. Más cerca.
Donají tomó la lámpara. El herido tenía los ojos abiertos y una respiración rápida. Cuando la mujer retiró la tela que le cubría el costado, él apretó los dientes. La mano de Donají tembló. Una sombra cruzó la herida.
—Quieta —ordenó la mujer.
Ella sostuvo la lámpara con ambas manos. El hombre la miró. —Princesa…
—Estoy aquí.
Él pareció intentar una sonrisa, pero el dolor se la deshizo. Donají permaneció inmóvil hasta que terminaron de atenderlo. Después salió al patio y respiró profundamente. Sentía el olor de la sangre adherido a la garganta. Yela se acercó con un recipiente de agua.
—Lávate.
Donají hundió las manos. No estaban manchadas. Aun así, las frotó despacio. Al amanecer, una mujer llegó preguntando por su esposo. Llevaba a una niña dormida contra el hombro. Había caminado desde una casa al otro lado de los cultivos y tenía los pies cubiertos de barro. Donají conocía el nombre que buscaba. Lo había oído durante la noche. Se volvió hacia la mujer que atendía a los heridos, esperando equivocarse. La anciana dejó de doblar una tela. Aquello bastó. La recién llegada sostuvo con mayor fuerza a su hija.
—Quiero verlo.
Nadie intentó impedírselo. Donají la acompañó hasta el extremo del corredor, donde habían tendido el cuerpo bajo una manta. Después retrocedió y dejó que se arrodillara. La niña despertó cuando su madre comenzó a llorar. Miró alrededor, confusa, y extendió una mano hacia el hombre cubierto. Donají salió antes de que la vieran llevarse los dedos a la boca. Encontró a su padre junto a la entrada. Cosijoeza tenía el rostro demacrado. Había pasado la noche reunido con los capitanes.
—Murió antes de que pudieran traerlo —dijo él.
Donají asintió. Quería preguntarle por qué. Necesitaba una explicación capaz de alcanzar a aquella niña, al mensajero, al hombre que gemía mientras cambiaban su vendaje. Pero su padre estaba mirando el corredor. Por un momento pareció tan incapaz de responder como ella. Los días siguientes cambiaron el ritmo de Zaachila. El mercado se hizo más pequeño. Algunas familias dejaron de viajar y otras llegaron llevando lo que habían podido cargar. Se revisaron las reservas de grano. Los guardianes permanecían más tiempo en las entradas y los mensajes se entregaban directamente a Cosijoeza.
Donají comenzó a pasar las mañanas en el patio de los heridos. Al principio le daban tareas sencillas. Cambiar el agua. Acercar una manta. Ayudar a un hombre a sentarse. Aprendió a esperar antes de levantar un brazo lastimado y a escuchar cuando alguien decía que una venda apretaba demasiado. Aprendió también que había hombres que pedían agua cuando en realidad necesitaban que alguien permaneciera a su lado. Uno de ellos preguntaba constantemente si volvería a trabajar. Otro no soportaba que le tocaran el hombro sin avisarle.
Una tarde, la mujer que los atendía encontró a Donají intentando acomodar una tela.
—Así se deslizará —le dijo.
Deshizo el doblez y se lo mostró de nuevo. Donají repitió el movimiento.
—¿Ahora?
La mujer tiró suavemente del borde.
—Ahora.
A la princesa le produjo una satisfacción inesperada haber hecho algo útil con sus propias manos. La disputa en el consejo comenzó al caer el sol. Donají iba a llevar un mensaje de su madre cuando escuchó una voz desde la entrada.
—Si seguimos esperando, perderemos el camino entero.
Se detuvo. Un capitán estaba inclinado sobre un dibujo extendido en el suelo. Otros hombres lo rodeaban.
—Y si avanzamos sin saber cuántos son —respondió otro—, les entregaremos a quienes todavía pueden defendernos.
Cosijoeza escuchaba sentado. Donají reconoció entre los presentes al hombre que había visto salir vendado días atrás.
—Hay un grupo nuevo entre ellos —dijo el capitán—. Se mueve más deprisa. Ayer retiraron a sus heridos antes de que pudiéramos acercarnos.
—¿Quién lo dirige? —preguntó el rey.
—Un príncipe joven. Lo llaman Nucano.
Donají repitió el nombre para sí. No lo había escuchado antes.
—¿Estaba en el ataque del río? —preguntó Cosijoeza.
—No lo sabemos.
—Entonces averígüenlo.
El capitán señaló el dibujo.
—También debemos decidir qué hacer aquí.
Cosijoeza levantó la mirada y vio a su hija. Los hombres callaron. Donají entró lo suficiente para entregar el mensaje de Coyolicaltzin. Después miró los trazos del suelo: líneas que eran caminos, pequeñas marcas donde había casas, una curva que representaba el río. Había pasado por algunos de aquellos lugares. En el dibujo parecían muy fáciles de rodear. Esa noche encontró a su madre despierta. Coyolicaltzin remendaba el borde de una prenda bajo la luz de una lámpara.
—Han hablado de atacar —dijo Donají.
La reina dejó la labor sobre sus rodillas.
—Tu padre intenta evitar que lleguen hasta aquí.
Donají se sentó frente a ella.
—Cada vez que llegan heridos, todos dicen que es necesario responder. Después responden los otros.
Coyolicaltzin observó el hilo suelto entre sus dedos.
—Hay ofensas antiguas. Tierras que unos consideran suyas y otros también. Acuerdos que cada parte recuerda de manera distinta.
—¿Y alguien recuerda cómo terminarlos?
Su madre levantó los ojos. La pregunta había salido con más dureza de la que Donají pretendía.
—Perdóname.
Coyolicaltzin negó suavemente.
—También yo me lo pregunto.
Durante un rato escucharon los movimientos del patio.
—Hoy uno de los hombres me contó que dejó caer su escudo para ayudar a su hermano —dijo Donají—. Pensé que sentiría vergüenza al decirlo, pero solo quería saber si habían encontrado al muchacho.
La reina extendió una mano y cubrió la suya. Donají la apretó. Desde la llegada del mensajero dormía mal. Cerraba los ojos y veía el rostro de la niña junto al cuerpo de su padre.
—Tengo miedo —admitió.
Coyolicaltzin se acercó para abrazarla.
—Yo también. La partida salió antes del amanecer, varios días después.
Donají despertó con el sonido de pasos y salió al corredor. En el patio se reunían hombres que ajustaban sus cargas y comprobaban sus armas. Cosijoeza hablaba con el capitán. Ella esperó a que terminaran.
—¿Van al río?
Su padre asintió.
—A recuperar el paso.
Donají miró a los guerreros. Uno tenía una cuerda mal sujeta y otro ayudaba a corregirla. Cerca de la entrada, una mujer tocaba el rostro de su hijo sin decir nada.
—Si traen prisioneros —dijo ella—, ¿los atenderán también?
Cosijoeza frunció ligeramente el ceño.
—No sabemos qué ocurrirá.
—Lo sé.
Él siguió su mirada hacia el patio de los heridos. Por un instante Donají creyó que se enfadaría. En cambio, le puso una mano en el hombro.
—Ocúpate de quienes están aquí.
Ella quiso insistir, pero el capitán esperaba. Vio salir a los hombres hasta que el último desapareció por el camino. Regresaron al atardecer del día siguiente. Primero llegaron dos corredores. Después, los guerreros, más despacio de lo que habían partido. Habían recuperado el paso. La noticia recorrió el recinto entre exclamaciones de alivio, pero Donají ya buscaba las mantas de los heridos. Traían a varios. Uno caminaba con el brazo sujeto contra el pecho. Otro avanzaba entre dos compañeros, dejando un rastro oscuro sobre el polvo. Al final venían cuatro hombres transportando una camilla.
—Ese, al almacén interior —ordenó el capitán.
Donají levantó el rostro. El hombre tendido llevaba una venda empapada cerca del hombro. Su cabello oscuro estaba pegado a las sienes y tenía una mano cerrada sobre el borde de la manta. Un guardián abrió la puerta del almacén.
—¿Por qué allí? —preguntó ella.
El capitán se volvió.
—Es un prisionero.
La camilla se inclinó al cruzar el umbral. El herido dejó escapar un sonido apenas audible. Donají dio un paso hacia él. Al moverse, la manta descubrió una ligadura alrededor de su muñeca.
—Está sangrando —dijo.
Nadie respondió. Los hombres entraron y la puerta comenzó a cerrarse. Antes de que lo hiciera, Donají alcanzó a ver que el prisionero abría los ojos. Miraba alrededor sin comprender dónde estaba, tratando de incorporarse pese al dolor. Ella puso una mano contra la madera.
—Esperen.