Capítulo 2 de 15

La hija de Zaachila

A los dieciocho años, Donají podía reconocer el estado de ánimo de su padre por la manera en que los hombres salían de sus reuniones. Cuando las conversaciones habían sido favorables, cruzaban el patio hablando entre ellos. Si había dificultades, caminaban deprisa y evitaban mirar hacia las habitaciones de la familia. Aquella mañana salieron en silencio. Donají los observó desde el corredor donde ayudaba a su madre a separar unas madejas. Uno de los consejeros llevaba el rostro enrojecido; otro sostenía con tanta fuerza el borde de su manto que los nudillos le habían palidecido.

El último fue un capitán. Tenía polvo en las piernas y una venda oscura alrededor del antebrazo.

—Otra vez el camino del norte —murmuró Coyolicaltzin.

Donají dejó el hilo sobre sus rodillas.

—¿Qué ocurrió?

Su madre siguió desenredando una madeja.

—Han llegado noticias de un enfrentamiento.

—¿Con los mixtecos?

Coyolicaltzin asintió. Desde hacía meses, aquellas noticias entraban al recinto antes que los cargadores y permanecían mucho después de que los visitantes se marcharan. Una disputa por un camino. Mercancías retenidas. Un hombre que había desaparecido. Dos familias que reclamaban la misma tierra. Donají había crecido escuchando que los acuerdos podían sostener el valle. Últimamente oía hablar más de armas.

—Quiero acompañarte al mercado —dijo.

Su madre levantó la mirada. —Hoy no pensaba ir.

—Entonces déjame llevar las mantas.

A un lado del corredor había varias piezas destinadas a familias que habían perdido sus reservas en un incendio. Donají había ayudado a revisarlas y doblarlas la tarde anterior. Coyolicaltzin siguió la dirección de sus ojos.

—Puedes enviarlas con los servidores.

—Prometí llevarlas.

Su madre la estudió un momento.

—Tu padre querrá que vayan guardianes.

—Que vayan.

Donají había aprendido que algunas discusiones se ganaban aceptando primero la parte menos importante. El sol ya calentaba el suelo cuando salieron. La acompañaban dos mujeres del recinto y dos guardianes. Una de aquellas mujeres, que la había cuidado desde niña, llevaba una cesta contra la cadera. Se llamaba Yela y poseía una extraordinaria facilidad para advertir lo que Donají intentaba hacer antes de que lo dijera.

—Primero las mantas —le recordó.

—Primero las mantas.

—Después regresar.

Donají sonrió.

—Eso no lo he prometido.

Yela suspiró, aunque no consiguió ocultar su afecto. El mercado estaba lleno de voces. Sobre los petates se acomodaban vasijas, calabazas, chile, sal y tejidos. Olía a maíz caliente y a hierbas recién cortadas. Una mujer discutía por el tamaño de una medida mientras un niño, sentado junto a ella, intentaba mantener a un perro lejos de los alimentos. Al reconocer a Donají, algunas personas se inclinaron. Ella saludó y continuó caminando, incómoda cuando el movimiento de los guardianes obligaba a los demás a apartarse.

Encontraron a las familias cerca de la casa de un pariente que les había dado alojamiento. Una de las mujeres recibió la manta sin hablar. La sostuvo entre las manos y después se la llevó al rostro. Donají recordó las explicaciones de los encargados: el fuego había consumido el techo mientras dormían; habían logrado sacar a los niños, pero casi nada más.

—También trajimos grano —dijo Yela.

Aquello hizo reaccionar a la mujer. Llamó a su hermana. Entre ambas comenzaron a distribuir las cosas con un cuidado que impresionó a Donají. Cada objeto tenía ya un destino: aquella manta para los pequeños, esa vasija para guardar agua, el grano separado en partes. Cuando terminaron, un hombre se acercó apoyándose en un bastón. Donají reconoció sus ojos antes que su rostro.

—Tú cargabas leña —dijo.

Él sonrió.

—Todavía la cargo, princesa. Cuando la pierna me deja.

Era Beni, el muchacho al que había ayudado años atrás, el del pie lastimado. Ahora tenía hombros anchos y una cicatriz que le cruzaba la pantorrilla. Donají recordó también a Lachi, su hermano menor, que entonces corría detrás de las cargas sin alcanzar a levantarlas. Donají miró el bastón.

—¿Qué te ocurrió?

La sonrisa se desvaneció.

—En el camino. Hace dos lunas.

Uno de los guardianes se movió detrás de ella. El hombre lo vio y bajó la voz.

—Nos quitaron la carga. A mi hermano se lo llevaron.

—¿Quiénes?

—Hombres armados.

—¿De dónde? Él vaciló.

—Dijeron que eran mixtecos.

Donají guardó silencio. Hasta entonces había imaginado los enfrentamientos como algo que sucedía lejos, entre hombres preparados para combatir. Miró las manos del cargador: tenían pequeñas heridas, uñas quebradas, marcas de trabajo.

—¿Han sabido de tu hermano?

El hombre negó. Donají quiso ofrecerle una respuesta. Se descubrió buscando una promesa que no podía cumplir.

—Le preguntaré a mi padre —dijo finalmente.

Él inclinó la cabeza. Yela esperó a que se alejaran para tocarle el brazo.

—Recuerda su rostro cuando preguntes. Entre tantos asuntos, los nombres se pierden.

Al atravesar nuevamente el mercado, encontraron una discusión. Un vendedor sujetaba del brazo a un muchacho junto a un puesto de sal. En el suelo había una bolsa abierta y varios pequeños envoltorios dispersos.

—¡Que se vaya! —gritó alguien—. ¡Que venda entre los suyos!

El muchacho intentó liberar el brazo. Donají se detuvo. Tenía una edad cercana a la suya. Vestía ropa de viaje y llevaba una cuerda enrollada sobre el hombro. A su lado, una mujer mayor recogía los paquetes con manos temblorosas.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Donají.

El vendedor soltó al joven al reconocerla.

—Vienen de tierra mixteca.

La mujer dejó de recoger las cosas. Donají miró al hombre que había hablado.

—He preguntado qué ocurrió. —Traen sal. Quieren comerciar aquí como si no supiéramos lo que hacen los suyos en los caminos.

Varias personas murmuraron su acuerdo. El joven tenía la mandíbula apretada. La mujer le dijo algo en voz baja y él retrocedió un paso.

—¿Ellos atacaron a alguien? —preguntó Donají.

—No necesitamos esperar a que lo hagan.

Uno de los guardianes se acercó.

—Princesa, debemos continuar.

Donají sintió las miradas sobre ella. Pensó en el cargador, en su hermano desaparecido. Aún conservaba la tristeza de aquella conversación, y durante un instante le resultó difícil mirar al joven sin asociarlo con los hombres que lo habían herido. Entonces la mujer mayor se arrodilló para alcanzar un paquete que había caído bajo una mesa. Donají se inclinó y lo recogió antes. Se lo entregó.

—¿Han pagado su lugar? —preguntó al vendedor.

Él desvió los ojos.

—Sí.

—Entonces deben poder vender.

—Tu padre debería saber…

—Se lo contaré yo.

El silencio que siguió fue incómodo. Donají ayudó a reunir los últimos envoltorios. Cuando se incorporó, el muchacho la miró con una mezcla de gratitud y desconfianza.

—Venimos cada temporada —dijo en un habla que ella comprendía, aunque con dificultad—. Mi madre conoce este camino desde antes de que yo naciera.

Donají asintió. No encontró nada que pudiera decirle sin que sonara demasiado pequeño. Cosijoeza la recibió antes de la comida. Ya sabía lo ocurrido. Donají lo comprendió al ver a uno de los guardianes junto a la entrada.

—Déjanos —ordenó el rey.

Cuando estuvieron solos, señaló un asiento. Ella permaneció de pie.

—No hubo violencia.

—Pudo haberla.

—Estaban acosando a una mujer y a su hijo.

—Y tú te pusiste en medio de un grupo enfurecido.

Donají bajó los ojos un instante. Había imaginado aquella conversación durante todo el regreso, pero ahora le costaba ordenar las palabras.

—Si los guardianes podían protegerme a mí, también podían protegerlos a ellos.

Cosijoeza apoyó ambas manos sobre las rodillas.

—No conoces todo lo que está ocurriendo.

—Entonces cuéntamelo.

Él la miró largamente. Desde el patio llegaba el ruido de una vasija arrastrada sobre la piedra.

—Tres hombres nuestros han muerto esta semana —dijo—. Hay familias que no pueden llegar a sus cultivos. Ayer devolvieron a un mensajero golpeado.

Donají sintió un peso en el estómago.

—¿Quién dio esas órdenes?

—Eso intentamos averiguar.

—El muchacho de la sal tampoco lo sabe.

Cosijoeza apartó la mirada. Ella aprovechó el silencio para hablarle del cargador y de su hermano. Dio los detalles que recordaba, describió el bastón, la herida, el lugar donde lo había encontrado. Su padre llamó a un servidor y pidió que buscaran al hombre. Cuando volvieron a quedar solos, parecía más cansado.

—No podré responder a todas las personas que te pidan ayuda.

—Lo sé.

—A veces tampoco podré darles lo que necesitan.

Donají se sentó por fin.

—Pero puedes escucharlas.

Cosijoeza la contempló con una expresión que ella no supo interpretar. Esa tarde, Coyolicaltzin la encontró junto a una ventana. Donají tenía entre las manos una pieza de barro sin terminar. Había empezado a alisar el borde por la mañana y lo había dejado deformarse entre los dedos. Su madre se sentó cerca.

—Tu padre está preocupado.

—Siempre lo está cuando salgo.

—Hoy tuvo motivos.

Donají depositó la pieza sobre una tabla.

—¿Crees que hice mal?

Coyolicaltzin tardó en responder.

—Creo que debes aprender a mirar también a quienes quedan detrás de ti. Los guardianes, Yela, las personas que se acercan porque confían en tu presencia. Tus decisiones pueden ponerlos en peligro.

Donají volvió el rostro hacia ella. No lo había pensado.

—No quería que lastimaran a esa mujer.

—Lo sé. Su madre le limpió una mancha de barro de la muñeca.

—Conserva eso. Y aprende a hacerte acompañar por algo más que tu impulso.

Permanecieron juntas mientras la luz abandonaba lentamente el corredor. Después Donají preguntó:

—¿Por qué mi padre me mira a veces como si estuviera a punto de perderme?

La mano de Coyolicaltzin se detuvo.

—Porque eres su hija.

Donají esperó, pero su madre no añadió nada. Aquella noche, Cosijoeza encontró a la reina guardando las madejas que habían quedado sobre el corredor.

—Hoy hizo callar a un mercado —dijo él.

Coyolicaltzin continuó su trabajo.

—Hoy ayudó a recoger sal.

Él se acercó a la ventana. Desde allí se veía a Donají en el patio, escuchando a Yela mientras ambas acomodaban unas vasijas.

—Está creciendo —murmuró.

—Hace tiempo.

Cosijoeza recordó la habitación del nacimiento, la lámpara, el rostro del sacerdote. Coyolicaltzin lo observó.

—No vuelvas a encerrarla dentro de aquellas palabras.

Él no respondió. Abajo, Donají levantó una vasija y descubrió una grieta. Se la mostró a Yela. Las dos inclinaron la cabeza para examinarla, absortas en aquel pequeño daño que todavía podía repararse. Entonces sonaron pasos en la entrada. Un mensajero esperaba bajo el dintel, cubierto de polvo. Cosijoeza reconoció en su rostro la gravedad de las noticias antes de oírlas. En el patio, Donají también se había vuelto hacia él.