Capítulo 1 de 15

La niña bajo las estrellas

La noche en que nació Donají, Cosijoeza descubrió que había temores contra los cuales ningún ejército podía defenderlo. Había recorrido tres veces el patio cuando escuchó un grito al otro lado del muro. Se detuvo. Dentro de la habitación, las mujeres continuaron hablando en voz baja; luego llegó el sonido del agua vertida en una vasija. Quiso entrar. Una anciana le cerró el paso con una firmeza que ninguno de sus guerreros habría empleado.

—Todavía no.

Cosijoeza miró por encima de su hombro, buscando a Coyolicaltzin entre las sombras. Apenas distinguió una tela extendida y el movimiento de unas manos.

—¿Está bien?

—Está dando a luz.

La respuesta lo dejó inmóvil. En el patio ardían pequeños braseros. El olor del copal se mezclaba con el de la tierra húmeda, aunque no había llovido. Más allá del recinto, Zaachila dormía bajo un cielo despejado. Algún perro ladró a lo lejos y otro le respondió desde las casas cercanas. El gobernante apoyó una mano en la piedra del muro. Había esperado aquella criatura durante meses, imaginado su rostro, elegido ofrendas, escuchado consejos. Hasta esa noche, la espera había estado llena de palabras. Ahora todo dependía de una respiración que no alcanzaba a oír.

Entonces lloró un recién nacido. Cosijoeza levantó la cabeza. La anciana volvió a aparecer. Tenía los brazos húmedos y una sonrisa cansada.

—Una niña.

Él tardó un instante en comprender que podía moverse. Entró despacio. Coyolicaltzin estaba recostada, con el cabello pegado a las sienes. Parecía exhausta, pero sostenía a la pequeña contra el pecho con una seguridad que lo conmovió. Al verlo, apartó apenas el borde de la manta.

—Ven a conocerla.

Cosijoeza se arrodilló junto a ellas. La niña tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos y una diminuta arruga sobre la nariz. Su mano salió de la tela y se cerró alrededor del dedo que él le ofreció. El rey sonrió.

—Tiene fuerza.

—Lleva un buen rato haciéndomelo saber.

La voz de Coyolicaltzin era débil, aunque conservaba aquella ironía suave con la que conseguía desarmarlo. Él le besó la frente. Durante unos momentos permanecieron en silencio, mirando a su hija. Fuera de la habitación alguien comenzó a dar instrucciones para anunciar el nacimiento. La noticia cruzaría los patios, llegaría a los guardianes y descendería hasta las casas antes del amanecer. Pero allí dentro todavía les pertenecía.

—Donají —murmuró Coyolicaltzin.

Cosijoeza alzó los ojos. Habían hablado de varios nombres. Ella había escuchado cada propuesta sin comprometerse con ninguna.

—¿Lo habías decidido?

—Quería verle el rostro.

La reina rozó la mejilla de la niña.

—Donají. Alma Grande.

Cosijoeza repitió el nombre en voz baja. La pequeña abrió la boca, soltó su dedo y buscó acomodo contra el pecho de su madre.

—Que tenga una vida larga —dijo él.

Coyolicaltzin lo miró.

—Y que pueda vivirla.

El sacerdote había llegado de Mitla antes de la puesta del sol. Traía polvo en el borde de la ropa y una rigidez en las rodillas que hacía penoso cada escalón. Había pedido agua, un sitio donde descansar y que lo llamaran cuando naciera la criatura. Ahora esperaba en el patio, junto a un brasero. Cosijoeza salió para recibirlo mientras las mujeres ayudaban a Coyolicaltzin a acomodarse. El sacerdote se inclinó ante él y preguntó por la madre.

—Está cansada. Ambas están bien.

El anciano cerró los ojos un instante, como si aquella respuesta le permitiera dejar una carga en el suelo. Después miró hacia el cielo. Cosijoeza siguió su mirada. Conocía algunas estrellas por sus nombres y por las épocas en que aparecían. Para él servían a los viajeros, anunciaban estaciones, acompañaban las guardias. En los ojos del sacerdote parecían contener otra cosa.

—¿Qué ves? —preguntó.

El hombre no respondió enseguida. Se alejó unos pasos del fuego. Desde el centro del patio observó la extensión oscura sobre las montañas, volvió el rostro hacia otro punto y permaneció allí tanto tiempo que Cosijoeza comenzó a impacientarse.

—Has venido para hablar.

—He venido para escuchar primero.

El gobernante apretó la mandíbula. Desde la habitación llegó un llanto breve. El sacerdote bajó la mirada hacia la puerta.

—La madre debe oírlo también.

Coyolicaltzin rechazó la ayuda para incorporarse. Se acomodó con cuidado, sosteniendo a Donají. Cosijoeza se sentó a su lado y el sacerdote permaneció de pie frente a ellos. Las otras mujeres salieron después de recibir una indicación de la reina. La lámpara alumbraba una parte del rostro del anciano.

—Nuestra hija acaba de nacer —dijo Coyolicaltzin—. Habla de manera que podamos entenderte.

El sacerdote inclinó la cabeza.

—Le han dado un nombre generoso.

—Donají —confirmó ella.

Él miró a la niña. Su expresión cambió apenas, pero Cosijoeza lo advirtió.

—¿Hay algo adverso?

El silencio se prolongó.

—Su camino estará unido al sufrimiento de este valle —respondió finalmente el sacerdote—. Conocerá el amor donde los suyos le hayan enseñado a ver a un enemigo.

Cosijoeza retiró la mano del lecho.

—Eso no puede saberse.

El anciano recibió la interrupción sin levantar la voz.

—He sido llamado para decir lo que veo. —Entonces dilo completo.

Coyolicaltzin sostuvo con mayor firmeza a su hija. El sacerdote respiró despacio.

—Habrá una guerra. La princesa tendrá que elegir entre conservar su vida y permanecer leal a su pueblo. Veo una pérdida que alcanzará a esta casa. Veo poder quebrado, hombres dispersos y un dolor que no terminará con ella.

Afuera crujió la leña de un brasero. Cosijoeza se puso de pie.

—¿Anuncias la ruina de mi pueblo sobre una niña que aún no ha visto el amanecer?

Donají se removió, inquieta por la voz de su padre. Coyolicaltzin le acarició la espalda.

—Baja la voz.

Él la miró. La reina no había apartado los ojos del sacerdote.

—¿Nuestra hija provocará esa desgracia? —preguntó ella.

El anciano tardó en contestar.

—Los pueblos llegan a la guerra por decisiones de muchos hombres. Ninguna criatura nace siendo culpable de ellas.

—Pero has puesto su nombre junto a la ruina.

—Porque sufrirá dentro de ella.

Coyolicaltzin bajó el rostro hacia su hija. Donají buscaba alimento con una impaciencia pequeña, ajena a cuanto se decía sobre su vida. La reina apartó un poco la manta.

—¿Y el amor? —preguntó—. Has hablado de amor.

Por primera vez el sacerdote pareció vacilar.

—Será correspondida.

Cosijoeza caminó hasta la puerta y regresó.

—Mi hija no será entregada a ningún enemigo.

El anciano lo observó con tristeza. —Todavía no hay nadie pidiéndotela, señor. Aquellas palabras hicieron que el gobernante se detuviera. Durante un momento solo se escuchó la respiración de Coyolicaltzin y el leve sonido de la niña alimentándose. La reina habló sin alzar la cabeza:

—Has cumplido con decirlo. Ahora déjanos con ella.

El sacerdote se inclinó. Antes de salir volvió la mirada hacia Donají, como si quisiera guardar el rostro de la criatura para reconocerlo algún día entre las imágenes que lo habían perturbado. Cosijoeza esperó a que sus pasos se alejaran.

—Nadie repetirá esto.

Coyolicaltzin levantó los ojos.

—Las mujeres estaban en el patio.

—Hablaré con ellas.

—Y los guardianes vieron llegar al sacerdote. Mañana todos preguntarán qué dijo.

—Les dirán que nació una princesa sana.

La reina lo contempló un momento.

—No permitas que ese miedo decida cómo vamos a quererla.

Cosijoeza se sentó a su lado. Miró los pies de su hija, ocultos bajo la tela. Le resultaba insoportable que alguien hubiera podido imaginar su muerte antes de verla caminar.

—La protegeré.

Coyolicaltzin apoyó la cabeza contra su hombro.

—Esta noche, ayúdame a sostenerla.

Él extendió los brazos. Al amanecer repartieron alimentos. Las mujeres llegaron con vasijas; los niños se acercaron buscando ver a la recién nacida. Los guardianes tuvieron que pedir espacio alrededor del patio, pero Cosijoeza ordenó que dejaran entrar a las familias por turnos. Coyolicaltzin había insistido.

—Si van a celebrar su nacimiento, que puedan conocerla.

Donají durmió durante casi todas las visitas. Una mujer le dejó un pequeño tejido. Un anciano llevó semillas envueltas en una hoja. Una niña, demasiado tímida para acercarse, sostuvo una flor hasta que una de las cuidadoras la tomó y prometió ponerla cerca de la princesa. Cosijoeza observaba desde la entrada. Cada persona que se inclinaba sobre su hija le devolvía algo de la alegría que había perdido durante la noche. Sin embargo, cuando vio al sacerdote cruzar el patio para marcharse, salió tras él. Lo alcanzó antes de los escalones.

—Lo que dijiste quedará entre nosotros.

El anciano apoyó una mano en el muro.

—Yo guardaré silencio.

—También olvidarás sus palabras cuando vuelvas a Mitla.

El sacerdote lo miró de frente.

—Puedo callar, señor.

Cosijoeza comprendió la diferencia y no insistió. Lo vio alejarse lentamente entre la gente que comenzaba sus labores. Después regresó con su familia. Durante años, Donají solo supo que había nacido mientras todos dormían. Le gustaba pedir a su madre que le contara la historia. Coyolicaltzin le hablaba de sus pequeños puños cerrados, del primer llanto y de cómo su padre había tenido miedo de sostenerla.

—¿Mi padre tuvo miedo? —Mucho.

Donají soltaba una carcajada. Para ella, Cosijoeza era el hombre cuya llegada hacía enderezarse a los guardianes. Le costaba imaginarlo vencido por algo tan pequeño como una niña. A los siete años conocía los patios donde daba el sol por la mañana y los rincones frescos donde las mujeres trabajaban. Escuchaba historias mientras veía pasar los hilos entre sus dedos. Preguntaba por los viajeros, por las lluvias, por los nombres de los cerros. Una tarde encontró a un muchacho sentado junto a una carga de leña. Tenía un pie lastimado.

Donají se agachó para verlo, pero él trató de esconderlo.

—Me caí.

Había sangre seca en el talón. La princesa llamó a una cuidadora y pidió agua. Cuando la mujer llegó, Donají todavía estaba arrodillada en el suelo, sujetando la carga para que el muchacho pudiera liberar el pie. Cosijoeza los vio desde el corredor. Estuvo a punto de llamarla. Entonces su hija levantó el rostro y le pidió ayuda con tanta naturalidad que él bajó los escalones. Sostuvo la leña mientras atendían al niño. Esa noche, al pasar junto al lecho de Donají, la encontró despierta.

—¿Por qué algunos tienen que cargar tanto? —preguntó ella.

Cosijoeza se sentó en el borde. Buscó una respuesta que pudiera servirle y descubrió que ninguna de las que empleaba ante sus consejeros era suficiente.

—Mañana hablaré con quien organiza el trabajo.

La niña asintió, satisfecha por el momento. Después tomó su mano.

—Cuando yo sea grande, también voy a ayudarte. Cosijoeza le acomodó la manta.

Esperó hasta que se durmiera y permaneció allí un largo rato, con la mano pequeña descansando dentro de la suya.