Capítulo 12 de 20

El inventario de una ausencia

Octavio había pedido comida para dos.

Scarlett lo encontró frente al ventanal, hablando por teléfono, con el saco sobre el respaldo de una silla. En la mesa estaban los platos cubiertos y una botella abierta.

Él levantó un dedo para pedirle que esperara.

Scarlett dejó la bolsa de viaje junto a la puerta.

Todavía llevaba dentro el cepillo de dientes húmedo.

—Que revisen primero las validaciones —dijo Octavio—. No quiero una opinión preliminar. Quiero saber si está completo.

Escuchó.

Después miró a Scarlett.

Sonrió.

Ella se volvió para dejar la bolsa.

Cuando terminó la llamada, él se acercó y le puso una mano en la cintura.

—Ven a cenar.

Scarlett no se movió.

—Ya lo sabe.

Octavio dejó de sonreír, aunque solo un poco.

—Era inevitable.

Ella lo miró.

Había pasado el trayecto imaginando una respuesta de Julián que permitiera regresar: una llamada furiosa, una exigencia, incluso un insulto. Algo que todavía la mantuviera dentro de su vida.

Octavio, en cambio, parecía haber concluido una operación.

—Le dije todo.

Él retiró la mano.

—¿Qué significa todo?

—Que me mandaste. Que fotografié sus documentos. Que me pagaste.

Octavio miró hacia su teléfono.

Por primera vez aquella noche, algo lo inquietó.

—No vuelvas a escribirle.

Scarlett soltó una risa breve.

—Eso es lo que te preocupa.

—Me preocupa que sigas hablando cuando estás alterada.

Ella se quitó los zapatos.

Uno cayó de lado.

Lo dejó así.

⁂

La comida se enfrió sin que Scarlett la probara.

Octavio comió mientras respondía mensajes. De vez en cuando levantaba la vista hacia ella, sentado al otro extremo de una mesa que nunca les había parecido tan larga.

—Tienes que descansar —dijo.

Scarlett miró su plato intacto.

—Creyó que iba a quedarme todo el fin de semana.

Octavio dejó los cubiertos.

—No me cuentes esas cosas.

Ella alzó la cara.

Durante semanas él había querido horarios, conversaciones, fotografías. Ahora había una parte del encargo que le resultaba de mal gusto.

—Era el plan, ¿no? —preguntó Scarlett.

Octavio dobló la servilleta.

—El plan era conseguir el procedimiento.

—Para eso tenía que quererme.

—Scarlett…

—¿Qué?

Él esperó a que bajara la voz.

—No confundas su reacción con lo que sentía. Está enfadado. Le quitamos algo importante.

Ella apartó la silla.

—Voy a dormir.

Octavio consultó el reloj.

No intentó seguirla.

Cuando Scarlett salió del dormitorio media hora después, él ya se había marchado.

Sobre la mesa permanecían su plato, la botella y una copa con una marca de sus labios.

⁂

Julián llamó a Amalia desde el suelo del estudio.

Se había sentado allí para recoger unas hojas que tiró al abrir un cajón. Después no encontró motivo para levantarse.

La abogada lo escuchó sin interrumpir.

—Necesito que me lo cuentes desde el principio —dijo al final.

Julián apoyó la cabeza contra el archivador.

No sabía dónde estaba el principio.

Podía empezar por la terraza de Helix. Por el correo sobre una chaqueta. Por la tarde en que Scarlett le dijo que quería tomar café sin mirar la puerta.

Eligió algo que pudiera explicar sin que se le rompiera la voz.

—La entrega no se hizo según el acuerdo.

Amalia le pidió fechas y documentos.

Él respondió.

Cuando ella preguntó quién había retirado el paquete, Julián cerró los ojos.

—Scarlett.

Hubo una pausa breve.

—¿Con autorización tuya?

—No de esa manera.

La abogada no aprovechó la imprecisión para tranquilizarlo.

—Entonces vamos a dejar constancia de eso.

Amalia le pidió que separara dos hechos: Helix podía recibir una copia cifrada; la tarjeta se había entregado sin la verificación previa. La empresa no adquiría nuevos derechos por haberla obtenido, pero ahora podía reproducir el método mientras ellos discutían el incumplimiento.

—Voy a pedir que preserven los registros de apertura —dijo—. También los mensajes del mensajero y del custodio. La falta del recibo no lo explica todo; los números de los sobres y las horas sí pueden demostrar qué ocurrió.

Le indicó qué debía conservar y le pidió que no enviara mensajes impulsivos a Helix.

Julián miró su conversación con Scarlett.

La última fotografía era la de las entradas del cine.

—No pienso escribirle.

⁂

Vera llegó a las nueve.

Traía las llaves que Julián le había dado años atrás, pero llamó al timbre antes de entrar.

Él tardó en abrir.

Al verlo, no preguntó si estaba bien.

Fue hasta la cocina y apagó el horno.

La comida que había preparado para Scarlett seguía dentro.

—Me llamó Amalia —dijo.

Julián se sentó a la mesa.

Vera dejó un vaso de agua delante de él.

Durante un rato no hablaron.

—Lo sabía —murmuró Julián.

Ella se quedó de pie junto al fregadero.

—No sabías esto.

Él negó con la cabeza.

—Sabía que seguía con Octavio. Sabía quién era. Cada vez que algo no tenía sentido, encontraba una forma de no preguntarlo.

Vera se sentó.

—Que estuviera con él no te obligaba a imaginar que venía a robarte.

Julián miró el vaso.

Tenía la boca seca, pero no bebió.

—Me pidió que la acompañara a casa de su madre para que no entregara los originales.

Vera bajó los ojos.

—Eso te lo dijo ella.

—No hizo falta.

Recordó la mesa que movió, la bolsa de pan, la mujer despidiéndolo en la escalera.

Todo empezaba a adquirir un segundo significado.

El nuevo era más fácil de creer.

⁂

Scarlett no lo buscó durante los primeros cuatro días.

Se dijo que necesitaba darle tiempo.

También se dijo que no tenía nada de qué disculparse todavía: él conservaba sus conocimientos, sus registros, su nombre en el trabajo. Octavio no podía quitarle lo que llevaba dentro de la cabeza.

Aquella explicación le servía hasta que recordaba el vaso del baño.

Entonces tenía que levantarse y hacer algo.

Compró sábanas.

Contrató a una persona para cambiar unas lámparas.

Pidió tres presupuestos para reformar el vestidor.

El departamento era suyo y había muchas cosas que podían mejorarse.

El jueves, la empleada de una tienda le preguntó qué iniciales quería bordadas en unas toallas.

Scarlett dijo la suya.

La mujer esperó.

—¿Solo una?

—Solo una.

⁂

Octavio volvió el viernes con flores.

Scarlett estaba revisando unas muestras de tela.

Él besó su cabello y dejó el ramo sobre la mesa.

—Tenemos buenas noticias.

Ella sostuvo una muestra gris entre los dedos.

—¿Quiénes?

Octavio ignoró la pregunta.

Los especialistas habían confirmado que el paquete contenía los elementos necesarios para reproducir el procedimiento bajo las condiciones previstas. Helix había abierto el archivo con la tarjeta y comprobado que podía reproducir el método sin volver a pedir a Julián cada parte decisiva.

—Eso no te da permiso para venderlo —dijo Scarlett.

Él se quitó el saco.

—Ese es otro asunto.

—Abriste el archivo antes de que autorizaran la apertura.

—El archivo estaba completo y llegó acompañado de su tarjeta.

—Porque yo la saqué de un cajón.

Octavio dejó la copa.

—No estás hablando con nadie más de esto.

Scarlett dejó las muestras.

—Lo leíste. Lo que firmó está limitado.

—Y mis abogados están revisando el alcance.

Ella lo observó.

—¿Vas a falsificar su firma?

Octavio se volvió despacio.

—No vuelvas a decir algo así.

Scarlett sintió que se le enfriaban las manos.

Él se acercó a la mesa.

—Tenemos una investigación financiada por la empresa, un material entregado para continuar el proyecto y diferencias sobre quién puede autorizar qué. No necesito que tú me expliques lo que hay.

Ella pensó en la carpeta azul.

En Julián buscando su teléfono para llamar a Amalia.

En su propia mano deteniéndolo.

Octavio le tocó el hombro.

—Tu parte terminó.

Scarlett bajó la vista hacia sus dedos.

No se apartó.

⁂

La notificación llegó a Helix el lunes.

Amalia exigía conservar íntegramente los registros, detener cualquier uso que excediera lo pactado y reconocer las circunstancias de la entrega.

La respuesta no tardó.

La empresa negaba haber recibido material fuera del acuerdo y solicitaba a Julián devolver accesos, equipos y documentación institucional mientras se revisaba su situación.

En la recepción, su credencial dejó de funcionar antes de que pudiera leer el último correo.

Julián volvió a pasarla.

La luz permaneció roja.

El guardia miró la pantalla.

Después lo miró a él.

—Me piden que espere aquí, doctor.

Julián sostuvo la credencial entre dos dedos.

Detrás del torno, un técnico al que había formado bajó los ojos y siguió caminando.

Vera llegó desde el ascensor.

No discutió con el guardia.

Se colocó al lado de Julián.

—Yo saco tus cosas —dijo.

Él miró el laboratorio a través del cristal.

Había dejado una planta en la ventana de su oficina. Una taza. Un suéter para las noches largas.

Pensó en pedirlos.

No pudo.

Le entregó la credencial al guardia y salió.

⁂

Scarlett se enteró por Octavio.

Él lo mencionó mientras se abrochaba el reloj.

—Ferrer decidió complicarlo.

Ella, sentada en la cama, levantó la cabeza.

—¿Lo despediste?

—Está suspendido mientras se revisan sus obligaciones.

—¿Con sueldo?

Octavio terminó de ajustar la correa.

—No te metas.

Scarlett se levantó.

—Ya me metiste tú.

Él la miró por el espejo.

—Tú aceptaste.

La frase la detuvo.

Octavio recogió el teléfono y se marchó.

Scarlett permaneció junto al armario.

Había elegido la ropa que llevaba él aquella mañana. Le había pasado la camisa, había encontrado el reloj sobre la cómoda, había permitido que la besara antes de salir.

Después fue a buscar su propio teléfono.

Escribió a Julián.

No sabía que iba a hacerte esto.

Esperó.

La pantalla no cambió.

Añadió:

Puedo ayudarte.

Julián respondió casi una hora después.

No vuelvas a intervenir en mi vida.

Scarlett leyó la frase de pie.

No intentó llamarlo.

⁂

Esa noche abrió por fin la bolsa de viaje.

La había dejado junto a una butaca desde el viernes.

Sacó una blusa arrugada, la ropa interior y un libro que no era suyo.

Julián se lo había prestado una noche, cuando ella volvió a hablar de la exposición.

Entre las páginas encontró las entradas del cine.

No eran las únicas.

Había también un papel doblado que reconoció por la letra.

Lo abrió.

Me gustó quedarme.

La nota que escribió la mañana en que fotografió la carpeta gris.

Scarlett se sentó en el suelo.

Intentó recordar qué había sentido al escribirla.

No dinero.

No miedo a Octavio.

Había querido regresar a la cocina, sentarse frente a Julián y acabar el café.

Se quedó mirando las palabras hasta que empezaron a borrarse bajo una gota.

Limpió el papel con la mano, demasiado tarde.

Después recogió el teléfono.

La conversación con Octavio estaba arriba. La de Julián, debajo.

Scarlett abrió la primera.

Escribió:

¿Vienes hoy?

Él respondió que sí.

Ella dejó el aparato a un lado y fue a lavarse la cara.

Todavía no estaba dispuesta a quedarse sola con lo que había hecho.