Capítulo 13 de 20
Las cosas que no pudo devolver
El libro permaneció tres semanas en la mesa de entrada.
Scarlett lo había metido en un sobre y escrito el nombre de Julián al frente. No añadió una nota. Cada mañana, al salir, lo veía junto a las llaves y pensaba que lo enviaría ese día.
Después encontraba una razón para dejarlo.
Una tarde llamó a un servicio de mensajería.
Cuando el repartidor llegó, estuvo a punto de decirle que había cambiado de opinión.
—¿Hay algún documento dentro? —preguntó el hombre.
—No. Solo un libro.
Lo vio guardarlo en la bolsa.
En cuanto se cerró la puerta, Scarlett tuvo la impresión de haber entregado algo que necesitaba conservar.
Buscó una excusa para llamar a Julián.
Quería advertirle que llegaría un paquete.
No lo hizo.
⁂
Octavio había empezado a quedarse más tiempo.
A veces llegaba temprano, pedía comida y trabajaba desde el comedor. Scarlett lo escuchaba hablar durante horas sobre plazos, negociaciones y personas a las que había que convencer antes de que cambiaran de opinión.
En otro momento habría confundido aquella presencia con una elección.
Ahora sabía que la oficina de Helix estaba llena de conversaciones que él no quería mantener allí.
—¿No tienes que ir a tu casa? —preguntó una noche.
Octavio levantó la vista de la computadora.
—¿Quieres que me vaya?
Scarlett estaba doblando una manta.
—Te estoy preguntando si te esperan.
—Puedo quedarme un rato más.
Ella siguió doblando, aunque ya había terminado.
Octavio volvió a la pantalla.
Minutos después, su teléfono sonó.
En la fotografía de contacto aparecía uno de sus hijos junto a un caballo.
El rostro del magnate cambió al contestar.
Scarlett lo oyó reír. Le preguntó por una competencia, corrigió un dato y prometió acudir el domingo.
Después colgó.
Ella dejó la manta sobre el sofá.
—¿Qué? —preguntó él.
—Nada.
Octavio había aprendido a no insistir cuando ella respondía así.
Scarlett empezaba a detestar que lo hubiera aprendido.
⁂
Julián devolvió el libro a su estante sin abrirlo.
Lo hizo delante de Vera, que había ido a dejarle una caja con objetos de su oficina.
La planta había sobrevivido.
La taza, no.
Venía partida en dos dentro de una bolsa.
—Se cayó cuando estaban embalando —explicó ella.
Julián juntó las mitades.
Una línea irregular atravesaba el logotipo de un congreso antiguo.
—Nunca me gustó demasiado.
Vera lo dejó decirlo.
Sobre la mesa estaban las cuentas del mes, una carta de Helix y dos presupuestos que Amalia le había pedido revisar. Defender el trabajo exigía horas de especialistas, informes y dinero que él había previsto utilizar para otras cosas.
—Puedo prestarte una parte —dijo Vera.
Julián negó con la cabeza.
—Todavía puedo cubrirlo.
—No te pregunté si ya llegaste al fondo.
Él dejó la taza.
En la caja había también un cuaderno de apuntes, el suéter que usaba por las noches y una fotografía del equipo antes de que Helix tuviera un departamento de relaciones públicas.
Julián la puso boca abajo.
—¿Sigues pensando en irte? —preguntó.
Vera se quitó el abrigo.
—Estoy buscando otro lugar.
—No tienes que perder tu trabajo por mí.
Ella miró la carta de la empresa.
—No estoy haciendo todo por ti.
Aquello lo ayudó más que cualquier promesa.
⁂
Scarlett empezó a escribir recuerdos.
No pretendía hacer un diario.
Una noche encontró un recibo del restaurante donde había comido con Julián después de la galería. Lo sostuvo entre dos dedos antes de tirarlo.
Terminó guardándolo dentro de una libreta.
Debajo escribió:
Dijo que alguien podía estar reparando las otras sillas.
Al día siguiente añadió otra frase.
No preguntó cuánto costaba el vino. Le preocupaban las copas.
Después vinieron cosas que no parecían importantes: cómo doblaba las mangas, la forma de leer los ingredientes de una lata, su costumbre de dejar un vaso de agua junto a la cama.
Scarlett reconocía los detalles de Octavio desde hacía años.
Los de Julián había comenzado a conservarlos sin darse cuenta.
Una noche buscó en el teléfono el intercambio sobre la pintura.
Se rio.
Luego volvió al último mensaje que él le había enviado.
No vuelvas a intervenir en mi vida.
Dejó el aparato sobre la almohada.
Comprendió que lo extrañaba de una manera para la que no tenía una compra preparada.
⁂
Fue a ver a Amalia un martes.
La recepcionista le pidió el nombre y anunció su llegada.
Scarlett esperaba que la hicieran volver otro día.
La abogada salió cinco minutos después.
—No tengo una cita con usted.
—Lo sé. Necesito hablarle.
Amalia miró hacia la sala.
—Diez minutos.
Dentro del despacho, Scarlett dejó el bolso sobre sus rodillas.
No empezó por el arrepentimiento.
Contó lo que había hecho.
Las fotografías. La carpeta gris. El inventario. La entrega directa a Octavio.
Amalia tomó notas sin cambiar de expresión.
Cuando Scarlett mencionó el pago, levantó los ojos.
—¿Puede documentarlo?
Ella asintió.
—Tengo mensajes.
—No los borre.
Scarlett colocó el bolso a un lado.
—Quiero ayudarlo.
Amalia dejó de escribir.
—Eso puede requerir una declaración formal. También puede tener consecuencias para usted.
—Lo entiendo.
La abogada la observó.
—No estoy segura de que lo entienda todavía.
Scarlett sintió ganas de marcharse.
Había imaginado una recepción distinta: desconfianza al principio, luego alivio por disponer de pruebas, quizá una llamada inmediata a Julián.
Amalia no parecía agradecida.
Parecía estar calculando cuántos problemas podía introducir aquella visita.
—¿Él sabe que vine?
—No.
—Le informaré. No puedo prometerle que quiera participar en una conversación con usted.
Scarlett miró el borde del escritorio.
—No vine a pedirle eso.
La abogada esperó.
Scarlett soportó la pausa.
—¿Está bien? —preguntó al fin.
Amalia cerró la libreta.
—Esa pregunta debe hacérsela a otra persona.
⁂
Aquella noche, Octavio le pidió el teléfono.
Scarlett lo tenía en la mano.
—¿Para qué?
—Quiero ver una cosa.
Él estaba junto al comedor, con el saco todavía puesto.
Ella no se movió.
—¿Qué cosa?
Octavio la miró con una calma que conocía demasiado bien.
—Estuviste en el despacho de Ríos.
Scarlett sintió un golpe de miedo.
Después vino el enfado.
—¿Me sigues?
—No seas absurda.
—Entonces dime cómo lo sabes.
Él se quitó el saco y lo dejó sobre una silla.
—Mi equipo está preparando la respuesta a Ríos. Un empleado te vio entrar al despacho y me lo comunicó.
Scarlett guardó el teléfono en el bolsillo.
—Es mi teléfono.
Octavio pasó la lengua por el interior de la mejilla.
—También eran tus decisiones cuando aceptaste el dinero.
Ella sostuvo su mirada.
—No voy a negar lo que hice.
Scarlett recordó las fotografías de Julián que le habían entregado al principio. La respuesta de Octavio no le permitía saber si la estaban siguiendo; bastaba para comprender que todavía consideraba sus movimientos parte de un informe.
—Pues deja de comportarte como si pudieras entregármelo a mí y quedarte tú fuera.
Scarlett volvió a sentir la alfombra bajo los pies, la amplitud del departamento, el aire perfectamente regulado.
Había querido seguridad.
Octavio había conseguido que la seguridad también pudiera usarse para recordarle algo.
—No me he quedado fuera de nada —dijo.
Él se acercó un paso.
—No voy a tolerar que pongas en peligro todo esto porque Ferrer ya no quiere acostarse contigo.
Scarlett lo abofeteó.
El sonido los dejó inmóviles.
Ella no retrocedió, aunque le temblaba la mano.
Octavio giró lentamente la cara hacia ella.
Por un instante, Scarlett creyó que iba a devolverle el golpe.
Él miró alrededor.
Después tomó su saco.
—Cuando quieras hablar como una persona razonable, me llamas.
La puerta se cerró.
Scarlett permaneció en el mismo sitio hasta que dejó de temblar.
⁂
No lo llamó.
Al día siguiente autorizó a Amalia a conservar copias de los mensajes relacionados con el encargo.
Pasó varias horas preparando la información.
Tuvo que volver a leer sus propias respuestas.
Haz que no sea solo un café.
¿Empieza a confiar?
Tengo delante lo que iba a entregar.
Había ocasiones en que Octavio ordenaba.
En otras, era ella quien ofrecía.
Scarlett dejó de buscar una versión de aquellos hechos que la hiciera parecer menos responsable.
Cuando terminó, guardó una copia para sí.
Luego recibió una llamada de un número desconocido.
Era Julián.
Se levantó tan rápido que la silla golpeó la pared.
—Hola.
Él no respondió al saludo.
—Amalia me contó que fuiste.
Scarlett cerró los ojos.
Había imaginado su voz durante semanas. La real era más áspera.
—Sí.
—¿Qué quieres?
Ella miró el teléfono como si pudiera modificar la pregunta.
—Que recuperes lo tuyo.
Julián guardó silencio.
Scarlett apoyó una mano en la mesa.
—No espero que esto arregle lo que hice.
—Bien.
La palabra le dolió.
Se obligó a seguir.
—Voy a declarar si hace falta.
—Hazlo con Amalia.
Scarlett oyó una puerta al otro lado de la línea.
Él iba a terminar.
—Julián.
La pausa volvió.
—Te extraño.
No hubo respuesta inmediata.
Ella se sentó despacio.
—Sé que no tengo derecho a…
—No hagas eso —la interrumpió.
Scarlett se quedó callada.
—No conviertas una declaración en una forma de llegar a mí.
Él colgó.
Ella mantuvo el teléfono junto a la cara unos segundos.
⁂
Octavio regresó cuatro días después.
Llevaba una bolsa de una tienda que Scarlett conocía.
Ella abrió la puerta y miró primero el regalo.
—No quiero eso.
Él bajó la vista hacia la bolsa.
—Podemos cenar.
Scarlett se apartó para dejarlo entrar.
Todavía no había decidido terminar.
Aquello fue lo que más vergüenza le dio después: verlo sentarse, aceptar el vino que le ofrecía y escucharlo hablar del viaje que podían hacer cuando se calmara todo.
Podía conservar aquella vida.
No necesitaba amar a Octavio como antes para seguir recibiendo lo que él sabía darle.
Él le acarició el cabello.
—Se te va a pasar.
Scarlett lo miró.
No había preguntado qué sentía.
Ni siquiera a quién.
Puso la copa sobre la mesa.
—No.
Octavio frunció el ceño.
—¿No qué?
Ella tardó en responder.
Hasta aquella noche había pensado en Julián como alguien a quien necesitaba recuperar.
Ahora comprendió que el problema existía aunque él no la recibiera nunca más.
Scarlett miró la mano de Octavio sobre su cabello.
La apartó.
—No se me va a pasar.
Él la observó en silencio.
Ella sintió miedo de lo que tendría que hacer después.
Por primera vez, no buscó una mentira para aplazarlo.