Capítulo 14 de 20

La puerta de servicio

Octavio miró la mano que Scarlett acababa de apartar de su cabello.

Después se acomodó en el sofá.

—¿Qué quieres que haga?

Ella permaneció de pie.

Conocía aquella pregunta. Generalmente venía acompañada de una transferencia, una reserva o la promesa de pasar juntos una noche que después se reducía a dos horas.

—Quiero que te vayas.

Octavio volvió la cabeza hacia la ventana.

—Estoy intentando que estemos bien.

—Yo no estoy bien contigo.

Él se levantó despacio.

Scarlett sintió el impulso de corregirse. Bastaba decir que necesitaba descansar, que estaba confundida, que hablarían cuando todo se calmara.

Lo había hecho muchas veces.

Aquella noche dejó que el silencio permaneciera.

—¿Por Ferrer? —preguntó Octavio.

Ella lo miró.

—Sí.

El magnate bajó la vista hacia la copa.

Durante un instante pareció dolerle.

Scarlett esperó, sorprendida de descubrir que todavía podía importarle aquel dolor.

Luego él preguntó:

—¿Te ha pedido que me dejes?

—No.

—¿Han vuelto a verse?

—No quiere verme.

Octavio soltó aire y se pasó una mano por la mandíbula.

—Entonces estás tomando una decisión por alguien que ya te dijo que no.

Scarlett apoyó los dedos en el respaldo de una silla.

Era una frase exacta.

También era la última cosa que necesitaba escuchar de él.

—Puede ser.

Octavio recogió el saco.

—No voy a perseguirte por esto.

Ella asintió.

Él caminó hacia la puerta y se detuvo junto a la bolsa del regalo.

—Cuando cambies de opinión, llámame antes de hacer más tonterías.

Scarlett tomó la bolsa y se la entregó.

Octavio la sostuvo unos segundos.

Después salió con ella.

⁂

A la mañana siguiente, Scarlett canceló la reforma del vestidor.

Perdió el anticipo.

La diseñadora quiso ofrecerle otra fecha, una alternativa más económica, la posibilidad de guardar los materiales.

—No voy a hacerlo —repitió Scarlett.

Al terminar la llamada sintió una pequeña satisfacción.

Duró hasta que miró alrededor.

El departamento entero parecía exigirle una explicación.

No podía decir que había dejado a Octavio y seguir esperando que la escritura, el dinero y los objetos cambiaran de origen porque ella ya no quisiera recordarlo.

Pero devolverlo todo tampoco devolvería a Julián lo que había perdido.

Pasó dos días entre aquellas dos ideas.

Al tercero pidió una cita con su abogada.

⁂

—No tiene que renunciar a sus bienes para terminar una relación —dijo la mujer.

Scarlett estaba sentada con las manos sobre el bolso.

—No quiero que él pueda decir que sigue pagando por mí.

—La transmisión ya se hizo. No está pagando por usted ahora.

Ella miró el documento.

Su nombre seguía allí, sólido, indiferente.

—Fue parte del encargo.

La abogada levantó los ojos.

Scarlett se lo contó.

Sin escoger palabras más suaves.

La mujer escuchó hasta el final.

Después dejó el bolígrafo.

—Esto cambia la consulta.

Aquella vez hablaron durante casi dos horas.

La abogada le explicó que una devolución podía documentar el origen del pago, pero también que debía hacerse sin aceptar versiones falsas ni firmar renuncias que no comprendiera. Scarlett no podía deshacer sus actos con una transferencia.

Podía, al menos, dejar de negociar con lo recibido.

—Quiero devolverle lo que me pagó —dijo.

—¿Todo?

Scarlett pensó en el anticipo del techo de su madre, en sus compras y en los gastos que ya había hecho.

—Lo que queda. Y reconocer la diferencia.

La abogada la observó.

—¿Es una decisión o una forma de conseguir que alguien la perdone?

Scarlett tardó en responder.

—Ahora mismo no sé separarlo.

—Entonces no firme hoy.

⁂

Esperó una semana.

Durante esos días fue a ver departamentos que antes no habría mirado desde la ventanilla del automóvil.

En uno, la ventana del dormitorio daba al cubo de un elevador. En otro, el dueño preguntó si recibía visitas de hombres y ella se marchó sin terminar el recorrido.

El que eligió tenía dos habitaciones pequeñas, una cocina estrecha y una puerta que rozaba el suelo.

Estaba en un barrio al otro lado de la avenida donde vivía su madre.

La propietaria, una mujer llamada Teresa, le mostró una mancha seca bajo la ventana.

—Ya está arreglada —dijo—. Pero prefiero que la vea.

Scarlett se agachó.

Tocó la pared.

Después abrió el grifo, comprobó los enchufes y preguntó cuánto costaba el agua.

Teresa respondió sin impacientarse.

—¿Vas a vivir sola?

Scarlett miró las dos habitaciones.

Una serviría para trabajar.

Todavía no sabía en qué.

—Sí.

⁂

Julián aceptó verla después de que Amalia se lo pidiera.

La reunión sería en el despacho, con la abogada presente.

Scarlett llegó diez minutos antes.

Él entró a la hora exacta.

Estaba más delgado. Llevaba una camisa que ella conocía y un bolso de tela colgado del hombro.

No la saludó con un beso.

Se sentó al otro lado de la mesa.

Amalia repasó los mensajes entregados por Scarlett y le hizo preguntas sobre fechas, conversaciones y documentos. Julián intervino cuando necesitaba precisar algo.

Hablaron del procedimiento durante cuarenta minutos.

Scarlett respondió sin defenderse.

Fue más difícil cuando Amalia cerró la carpeta.

—Prepararé la declaración para que la revisemos —dijo.

Julián empezó a recoger sus cosas.

Scarlett lo miró.

—Dejé a Octavio.

Él dejó de mover la mano.

Amalia permaneció en silencio.

—No te lo digo para que vuelvas conmigo —añadió Scarlett.

Julián alzó los ojos.

Ella supo que acababa de decir una mentira.

Respiró.

—Sí. También te lo digo por eso.

Él se recostó en la silla.

Scarlett sintió que debía aprovechar aquellos segundos antes de que volviera a cerrarse.

—Voy a devolverle el dinero. El departamento también.

Julián la miró con una expresión que no consiguió interpretar.

—Haz lo que consideres necesario.

—No me da igual lo que pienses.

—Ese es el problema.

Ella bajó la vista.

Él sostuvo el bolso entre las rodillas.

—Sigo intentando saber cuándo estabas conmigo y cuándo estabas trabajando para él. No puedo volver a hacerlo cada vez que me dices algo.

Scarlett dejó de buscar una explicación que pudiera defender.

—Cuando fui a casa de mi madre, quería que conocieras a mi madre.

Julián tardó en responder.

—Y querías que aplazara una cita.

Ella asintió.

Ambas cosas habían sido verdad.

No encontraba una forma de decirlo que no sonara a excusa.

—Te amo —murmuró.

Julián cerró los ojos.

Scarlett vio que le dolía escucharlo.

Él se levantó.

—No puedo creer lo que necesito comprobar.

Recogió el bolso y miró a Amalia.

—Me llamas cuando esté listo.

Después salió.

Scarlett permaneció sentada hasta que la abogada le ofreció un vaso de agua.

⁂

La devolución se formalizó varias semanas después.

Octavio quiso verla antes.

Scarlett se negó.

Él envió propuestas a través de sus representantes: conservar el departamento, devolver solo una parte, posponer la operación. Después pidió que la restitución incluyera una declaración en la que ella afirmara haber actuado por iniciativa propia.

La abogada de Scarlett rechazó aquella condición.

Las conversaciones se volvieron lentas y desagradables.

Finalmente acordaron documentar únicamente lo que se devolvía, sin dar por terminadas las controversias relacionadas con Helix.

El dinero que Scarlett ya había gastado quedó reconocido como una cantidad pendiente.

Se fijaron cuotas que su abogada consideró posibles con un sueldo ordinario. La deuda no autorizaba a Octavio a intervenir en su vivienda, su trabajo o su declaración. Beatriz hizo repetir ese punto hasta que desapareció la última referencia ambigua.

La entrega del departamento también quedó asentada por separado. Scarlett no vendió ningún bien de la sociedad para pagar lo gastado: devolvió lo que había recibido y dejó constancia de lo que todavía debía.

Firmó después de leer.

Cuando salió de la oficina, su cuenta contenía lo poco que conservaba de antes del encargo y el dinero obtenido por vender algunas pertenencias personales.

No había conseguido sentirse limpia.

Había conseguido estar asustada.

Se mudó un martes.

La empresa de mudanzas llegó a las siete.

Scarlett llevaba una lista de lo que podía sacar: su ropa, libros, objetos anteriores a Octavio, algunas cosas compradas con ingresos propios.

El resto quedó donde estaba.

Cuando los hombres preguntaron por el sofá, negó con la cabeza.

—Eso se queda.

Por el ventanal entraba la misma luz que había visto durante años.

Scarlett abrió por última vez el cajón donde guardaba joyas.

El collar de esmeraldas estaba dentro de su caja.

Lo dejó allí.

Abajo esperaba una camioneta pequeña.

La administración del edificio indicó que los muebles debían salir por el acceso de carga.

Scarlett había pasado muchas veces junto a aquella puerta sin utilizarla.

Ahora la sostuvo mientras dos hombres sacaban sus cajas.

El portero quiso ayudarla con la última.

—¿Se lleva esto, señorita?

Era una bolsa que ella había dejado aparte.

Dentro estaban el libro de anotaciones y la nota manchada.

—Sí —respondió—. Eso viene conmigo.

⁂

Su madre llegó al departamento nuevo con una escoba y una olla.

No hizo preguntas sobre Julián.

Entre las dos limpiaron el polvo que habían dejado los muebles. Después extendieron una sábana sobre el colchón y comieron sentadas en dos sillas distintas.

Desde el patio subía el sonido de una radio.

Scarlett calculó el dinero del mes en una hoja.

Renta.

Transporte.

Comida.

El pago pendiente.

Su madre la vio borrar una cifra.

—Puedes venir conmigo si no te alcanza.

Scarlett siguió mirando el papel.

—Quiero intentar aquí.

La mujer asintió.

Al despedirse, la abrazó más tiempo de lo habitual.

⁂

Esa primera noche, Scarlett recibió un mensaje de Octavio.

Todavía puedo evitarte todo esto.

Estaba sentada en el colchón, con los zapatos puestos porque el suelo seguía húmedo.

Miró la puerta que rozaba al abrir.

Después la pequeña cocina.

No había ninguna belleza especial en empezar de nuevo allí.

Hacía calor, el refrigerador vibraba y alguien discutía al otro lado de la pared.

Scarlett abrió la conversación de Julián.

Escribió su dirección.

Permaneció con el pulgar sobre la pantalla.

Él no se la había pedido.

Borró el mensaje.

Luego volvió al de Octavio.

No vengas, respondió.

Dejó el teléfono sobre una caja y apagó la lámpara.

Durante mucho tiempo no consiguió dormir.

No sabía si Julián volvería a creerle alguna vez.

Por primera vez desde que había empezado a seducirlo, no tenía nada preparado para conseguirlo.