Capítulo 15 de 20
Una cantidad insuficiente
El primer pago completo de Scarlett en la galería llegó con un descuento.
Había roto el cristal de una fotografía al mover una caja, y la dueña de la galería decidió cobrárselo aunque el marco ya estuviera flojo.
Scarlett sostuvo el sobre abierto.
—No fue por descuido.
La mujer siguió revisando una factura.
—De todas formas hay que reponerlo.
Scarlett miró el billete que faltaba antes de guardar el dinero.
Llevaba seis semanas trabajando allí.
No era la galería de antes. Aquella vendía cuadros caros, recibía a coleccionistas y servía vino durante las inauguraciones. Esta enmarcaba diplomas, restauraba fotografías familiares y mantenía algunas pinturas en la pared para justificar el nombre.
Scarlett atendía, llevaba cuentas y limpiaba el vidrio de los mostradores.
A veces vendía una obra.
Aquella tarde envolvió un retrato de boda mientras calculaba cuánto le quedaría después de pagar la renta.
El cliente le pidió una bolsa más grande.
Ella se la dio.
No añadió nada sobre el precio.
Habían pasado cuatro meses desde que dejó el departamento.
Algunas mañanas todavía buscaba con el pie las zapatillas que solía dejar junto a la cama. Después reconocía el suelo áspero, la cómoda usada y el cable del ventilador cruzando la habitación.
La vida se había vuelto una sucesión de cantidades pequeñas.
Cuánto faltaba para el gas.
Cuánto costaba aceptar una invitación.
Cuánto podía mandar a cuenta de la deuda sin quedarse corta para comer.
Scarlett conservaba una libreta junto al refrigerador. Anotaba todo.
Una noche encontró una suma equivocada y tuvo que rehacer dos páginas.
Se enfadó tanto que rompió la punta del lápiz.
Después se quedó mirando aquel pedazo de madera como si también fuera algo que debía justificar.
No estaba orgullosa de la pobreza.
Tampoco había empezado a encontrar belleza en ella.
Extrañaba los taxis, el agua caliente sin interrupciones y comprar fruta sin revisar cuál se echaría a perder primero.
Lo que había dejado de extrañar era la espera de Octavio.
⁂
Julián consiguió algunas horas de docencia.
El trabajo no alcanzaba para sostener el litigio, pero le permitía pagar parte de sus gastos sin seguir agotando los ahorros.
Daba clase en un instituto pequeño, a estudiantes que todavía levantaban la mano para preguntar si algo vendría en el examen.
Una tarde, un alumno se quedó después de clase.
—Profesor, ¿usted trabajó en Helix?
Julián guardó lentamente sus apuntes.
—Sí.
El joven le mostró una noticia en el teléfono.
Había una fotografía de Octavio frente a una instalación nueva.
El titular hablaba de continuidad humana.
Julián leyó el primer párrafo.
Su nombre no aparecía.
Más abajo había una referencia a la financiación del centro. El fondo Nadir aportaría recursos si el grupo cumplía determinadas condiciones de gobierno y resolvía los riesgos de su investigación. Julián guardó el nombre para preguntárselo a Amalia. Él seguía pagando para demostrar que el trabajo era suyo; Octavio ya lo ofrecía como garantía de nuevos ingresos.
—¿Era su proyecto? —preguntó el alumno.
Desde el pasillo llegaban voces y pasos.
Julián devolvió el teléfono.
—Fue trabajo de muchas personas.
El muchacho pareció esperar una explicación.
Él no tenía fuerzas para dársela.
⁂
Scarlett vio el mismo anuncio en el autobús.
La pantalla de una pasajera estaba tan cerca que no pudo evitar leerlo.
HELIX PRESENTA SU PRIMER CENTRO DE CONTINUIDAD PERSONAL.
Debajo, Octavio sonreía junto a dos hombres que ella conocía de las comidas privadas.
La pasajera deslizó el dedo.
Apareció un video.
—Ahora hasta morirse va a ser cosa de pobres —comentó a la mujer sentada a su lado.
Ambas se rieron.
Scarlett apretó la barra.
Al llegar a casa buscó la noticia.
No era todavía un servicio abierto al público. Había evaluaciones, cupos limitados y un programa de acceso inicial reservado a pacientes seleccionados.
Solicitó información con una dirección de correo que Octavio no conocía.
La respuesta automática llegó al día siguiente.
Le pedían datos, antecedentes y una acreditación económica.
El precio estimado figuraba al final.
Scarlett lo leyó dos veces.
Durante años había creído que dos millones de dólares significaban no volver a tener miedo.
Helix pedía varias veces esa cantidad por un solo procedimiento.
Se quedó sentada ante la pantalla apagada.
⁂
Amalia confirmó que la empresa había solicitado protección sobre desarrollos que incluían elementos impugnados por Julián.
La declaración de Scarlett ayudaba a explicar cómo había llegado el material a manos de Octavio. No resolvía, por sí sola, todos los contratos ni todas las aportaciones posteriores.
Helix había aprovechado el tiempo.
Había puesto otros equipos a trabajar, modificado partes del sistema y contratado especialistas capaces de presentar cada cambio como una nueva etapa.
—No significa que lo hayan vuelto legítimo —dijo Amalia—. Significa que tendremos que discutir más cosas.
Julián miró la cuenta pendiente sobre el escritorio.
—¿Cuánto más?
La abogada no fingió entender otra pregunta.
Le dio una cifra.
Él apoyó los codos en las rodillas.
Todavía podía explicar el ajuste de memoria, corregir un error en una validación y señalar dónde un procedimiento fallaría.
No podía pagar con ninguna de esas cosas.
⁂
Scarlett encontró a Vera una tarde en el mercado.
La doctora estaba comprando tomates.
Ambas se vieron antes de poder fingir que no.
—Hola —dijo Scarlett.
Vera asintió.
Llevaba una bolsa de tela al hombro y parecía cansada.
Scarlett miró el puesto.
—¿Ya no estás en Helix?
—No.
—Me alegro.
Vera no respondió.
Scarlett comprendió que había elegido mal las palabras.
—Quiero decir…
—Lo sé.
La vendedora entregó una bolsa y anunció el total.
Vera pagó.
Scarlett podría haberse despedido.
En cambio, preguntó:
—¿Él está bien?
La doctora recogió el cambio.
—Está trabajando.
Scarlett asintió.
Vera la observó por primera vez con detenimiento.
La blusa desteñida, las bolsas de compra, el mechón rojo que ella había sujetado con una pinza barata.
—¿Sigues aquí? —preguntó.
Scarlett entendió.
En el barrio.
Sola.
Sin haber regresado con Octavio.
—Sí.
Vera bajó la mirada hacia sus manos.
—Amalia me contó lo de la devolución.
Scarlett estuvo a punto de preguntar qué había dicho Julián. Se contuvo.
—No se lo digas como si tuviera que hacer algo con eso.
La doctora sostuvo sus ojos.
—No lo haré.
Se despidieron.
Scarlett siguió comprando.
Al elegir las manzanas se descubrió temblando.
⁂
Una semana después, Julián pasó por la galería.
Scarlett estaba limpiando un marco.
Al verlo a través del cristal dejó el paño sobre el mostrador.
Él entró sin sonreír.
Llevaba un sobre.
—Amalia necesita que confirmes estas fechas.
Scarlett miró el papel.
—Podría haberme llamado.
—Estaba cerca.
Ella no preguntó cuánto.
Julián recorrió el local con la mirada. Los retratos de graduación, los marcos apilados y una pequeña pintura del mar que nadie compraba.
—¿Trabajas aquí?
—Sí.
Él asintió.
Scarlett abrió el sobre.
Confirmó dos fechas, corrigió una tercera y firmó la hoja que correspondía.
Sus dedos se rozaron al devolverle el bolígrafo.
Julián retiró la mano.
No bruscamente.
Lo suficiente.
—Gracias —dijo.
Ella quiso preguntarle si había visto la noticia, si comía bien, si todavía caminaba una parte del trayecto al trabajo.
—Me alegra verte —dijo en cambio.
Julián miró el sobre.
—Cuídate, Scarlett.
Cuando salió, ella permaneció detrás del mostrador.
La dueña apareció desde el taller.
—¿Un cliente?
Scarlett recogió el paño.
—No.
⁂
Esa noche no escribió a nadie.
Preparó arroz, dejó enfriar una parte para el día siguiente y se sentó junto a la ventana.
Julián había estado allí.
No la había perdonado.
Tampoco había huido al verla.
Scarlett intentó no convertir aquello en una promesa.
A las nueve, Teresa llamó para avisar que cortarían el agua durante la mañana.
Ella llenó dos recipientes.
Al levantar el segundo tuvo que dejarlo en el suelo.
Le faltaba el aire.
Se quedó inclinada sobre el fregadero hasta que pasó.
Había cargado cajas durante todo el día. Había comido tarde.
Encontró suficientes explicaciones para no buscar otra.
⁂
Las semanas siguientes fueron más difíciles.
Scarlett llegaba al trabajo cansada incluso después de dormir. Una tarde confundió el precio de dos marcos. Otra dejó las llaves dentro del refrigerador y tardó diez minutos en encontrarlas.
Su madre le dijo que estaba demasiado pálida.
Ella respondió que necesitaba vacaciones.
Ambas se rieron, pero Scarlett dejó de hacerlo cuando le empezó a doler debajo de las costillas.
El dolor cedió.
Luego regresó.
Faltó una mañana al trabajo para ir a consulta.
En la sala de espera había un televisor con el volumen demasiado alto y una niña dormida sobre las piernas de su padre.
Scarlett llenó un formulario.
En el apartado de contacto de emergencia escribió el número de su madre.
Miró el siguiente renglón vacío.
Después entregó la hoja.
El médico hizo preguntas, la examinó y pidió estudios.
Scarlett miró la orden.
—¿Todos?
Él levantó la vista.
—Necesito ver qué está pasando.
Ella dobló el papel.
Al salir llamó a dos laboratorios y preguntó precios.
Eligió el que podía pagar.
Los resultados tardaron tres días.
Scarlett los recogió antes de entrar al trabajo.
No entendía las cifras marcadas ni las observaciones, pero le molestó la cantidad de señales junto a algunos valores.
La recepcionista le indicó que debía llevarlos pronto a revisión.
—¿Hoy?
—En cuanto pueda.
Scarlett miró la hora.
Faltaban veinticinco minutos para abrir la galería.
Pensó en el descuento del cristal.
Después llamó a su jefa.
—No voy a llegar a tiempo.
La mujer protestó.
Scarlett la escuchó hasta el final.
No explicó lo que no sabía explicar.
Volvió a la clínica con el sobre contra el pecho.
Esta vez, cuando se sentó, no sacó la libreta para hacer cuentas.
Se quedó mirando la puerta del consultorio.
Por primera vez en meses deseó estar equivocada acerca de su propio cuerpo.