Capítulo 16 de 20
Lo que costaba seguir
El médico dejó los resultados sobre el escritorio y preguntó si había ido acompañada.
Scarlett miró la silla vacía.
—No.
Él asintió, pero no empezó a hablar enseguida.
Aquella pausa fue lo primero que le dio miedo.
Durante los días siguientes hubo otros consultorios, un ingreso al hospital y preguntas que tuvo que contestar más de una vez. Cuándo empezó el cansancio. Desde cuándo le dolía. Qué medicamentos tomaba. Si había antecedentes en su familia.
Scarlett descubrió que podía recordar el vestido de una cena celebrada dos años atrás y no saber desde qué semana necesitaba descansar después de subir una escalera.
Su madre llegó con una bolsa de ropa limpia.
—Me hubieras llamado antes.
—Todavía no sabían qué era.
La mujer dejó la bolsa junto a la cama.
—Para acompañarte no necesitaba saberlo.
Scarlett volvió la cara hacia la ventana.
No quiso que la viera llorar antes de que hubiera algo concreto que decir.
⁂
El diagnóstico llegó después de varios estudios.
El especialista escribió síndrome de depósito lisosomal de Varela y rodeó el nombre con un círculo. Era una alteración hereditaria poco frecuente, de aparición adulta. Una proteína defectuosa impedía eliminar ciertos residuos celulares; la acumulación había dañado el corazón, el hígado y los riñones.
Scarlett se quedó con la palabra hereditario.
—Mi madre no está enferma.
—Puede haber portadores sin síntomas. El estudio confirmó dos variantes que, juntas, producen esta forma de la enfermedad.
Él volvió a las imágenes. Había señales de un proceso de años, aunque el cansancio solo se hubiera vuelto insoportable en los últimos meses. La pérdida reciente de ingresos había retrasado las consultas, pero no había creado la enfermedad.
Scarlett recordó las escaleras de la galería y una comida durante la que tuvo que aflojarse el vestido. De pronto se enfadó con cada explicación pequeña que había aceptado.
Recordó otras palabras.
Avanzado.
Progresión.
Tratamiento.
El médico habló de opciones para intentar frenar el daño y de aquello que ya no esperaban revertir.
El tratamiento disponible podía reducir nuevas acumulaciones en algunos pacientes. En su caso lo intentarían, junto con medidas para sostener la función de los órganos afectados. Sin embargo, no esperaban que reparara las lesiones avanzadas del corazón.
—Podemos ganar tiempo y tratar las complicaciones —explicó—. No puedo decirle cuánto. Necesita controles frecuentes y debe avisarnos si cambia su respiración o pierde el conocimiento.
Scarlett pidió el informe. Esta vez quería llevarse las palabras completas, no depender de lo que pudiera recordar al salir.
Su madre hizo preguntas.
Scarlett observaba el bolígrafo entre los dedos del especialista.
—¿Me voy a morir? —preguntó.
El hombre dejó de escribir.
No respondió con una promesa.
Le explicó qué podían intentar y por qué necesitaban actuar pronto.
Scarlett escuchó hasta el final.
Después pidió que le repitiera los costos.
⁂
Salió del hospital con indicaciones, fechas y una carpeta que no cabía bien en su bolso.
Teresa había pasado por el departamento para abrir las ventanas y guardar la comida que quedó fuera del refrigerador. Había una nota sobre la mesa.
No te preocupes por el martes. Lo vemos después.
El martes era la renta.
Scarlett dobló la nota.
Su madre comenzó a colocar medicamentos sobre una repisa.
—Te vienes conmigo.
—No hoy.
—Scarlett.
—Déjame dormir aquí.
La mujer la miró desde la cocina.
Scarlett seguía junto a la puerta, agotada por el trayecto.
Su madre fue a buscar una silla y la acercó.
No volvió a discutir aquella tarde.
⁂
La galería no podía conservarle el puesto indefinidamente.
La dueña se lo dijo con una voz amable, mucho más amable que la que usó para cobrarle el cristal.
—Cuando te recuperes, hablamos.
Scarlett sostuvo el teléfono contra la oreja.
—¿Me vas a pagar lo que falta?
Hubo una pausa.
Acordaron que su madre pasaría a recogerlo.
Después de colgar, Scarlett abrió la libreta de gastos.
Las cantidades de antes parecían pertenecer a otra persona.
Había vendido un bolso, dos pares de zapatos y unos pendientes que nadie quiso pagar por lo que ella recordaba que habían costado.
El dinero alcanzó para algunos estudios.
Un tratamiento más prolongado exigía gestiones, autorizaciones y recursos que todavía no estaban disponibles.
Cada puerta que se abría daba a otra sala de espera.
⁂
Scarlett pensó en Helix la primera noche que despertó sin poder encontrar una postura que no le doliera.
No pensó en la inmortalidad.
Pensó en ir al baño sin apoyarse en la pared.
A la mañana siguiente buscó el correo que recibió meses atrás.
El precio seguía allí.
Leyó los ceros.
Luego miró el saldo de su cuenta.
Había devuelto una fortuna para dejar de ser la mujer que Octavio había comprado.
Ahora aquella misma fortuna tampoco habría bastado.
Cerró la computadora.
La abrió otra vez una hora después.
Solicitó una evaluación.
⁂
Vera se enteró por Amalia.
Scarlett había faltado a una cita para revisar su declaración y pidió aplazarla sin ofrecer demasiados detalles. Dos días después, su madre llamó para preguntar si podía entregar unos documentos en su nombre.
La abogada oyó lo suficiente.
Vera telefoneó antes de presentarse.
—No necesito que vengas —dijo Scarlett.
—No te he preguntado eso.
Llegó con las manos vacías.
Scarlett lo agradeció. Ya no soportaba que todos entraran llevando algo como si la enfermedad hubiera convertido su casa en una colecta.
La doctora se sentó frente a ella.
—¿Puedo ver tus estudios?
Scarlett señaló la carpeta.
Vera leyó sin interrumpir.
Al terminar, dejó las hojas alineadas.
—¿Quién está coordinando el tratamiento?
Scarlett le dio un nombre.
Hablaron de citas y de lo que faltaba conseguir.
Después Vera preguntó:
—¿Julián lo sabe?
Scarlett miró hacia la ventana.
—No.
—Deberías decírselo.
—No quiero que piense que esto también forma parte de algo.
Vera permaneció callada.
Scarlett se apretó las mangas sobre las muñecas.
—Ya fui a buscarlo cuando todavía podía ir al despacho de Amalia. Ya le dije que lo amaba.
La doctora bajó la vista.
—Estar enferma no cambia lo que hiciste.
—Lo sé.
—Tampoco te obliga a atravesarlo sola.
Scarlett tardó en responder.
—Déjame elegir una cosa, Vera.
⁂
Julián supo la verdad tres días después.
Vera volvió a hablar con Scarlett antes de contarle nada. Le explicó que Julián seguía preguntando por la declaración pendiente. Esta vez Scarlett autorizó que le dijera que estaba enferma y que podía ir a verla. Los estudios seguirían siendo suyos hasta que decidiera enseñárselos.
—Está enferma —dijo.
Él levantó la cara.
La doctora explicó lo que sabía, sin entregarle detalles que no le correspondían.
Julián escuchó inmóvil.
—¿Desde cuándo?
—El diagnóstico es reciente.
Él se puso de pie.
Buscó el teléfono, lo dejó y volvió a tomarlo.
—¿Dónde vive?
Vera escribió la dirección.
Julián miró el papel.
No reconocía la calle.
—¿Ahí sigue?
Ella asintió.
—Dejó a Octavio hace meses, Julián.
Él se sentó otra vez.
Lo sabía.
Había recibido documentos que lo demostraban. Había visto a Scarlett trabajando detrás de un mostrador.
Y, aun así, una parte de él había seguido esperando descubrir el siguiente engaño.
Vera lo observó guardar la dirección.
—Si vas, no vayas a pedirle que te tranquilice.
Scarlett abrió la puerta después del segundo llamado.
Julián la vio apoyada en el marco, con una blusa demasiado amplia y el cabello recogido en una trenza floja.
Ninguno habló.
Él miró sus labios secos, las sombras bajo los ojos y la mano con la que sostenía la puerta.
Scarlett soltó una risa breve.
—Vera.
Julián asintió.
—¿Puedo entrar?
Ella se apartó.
El departamento era más pequeño de lo que había imaginado. Sobre una mesa estaban los estudios y una taza con una cucharilla dentro. Había ropa tendida junto a la ventana.
Scarlett intentó recoger una silla.
Él se adelantó.
—Déjala.
Ella se sentó.
Julián permaneció frente a ella sin saber dónde poner las manos.
Había imaginado muchas veces volver a verla. En algunas versiones la escuchaba disculparse. En otras le decía cosas que luego le avergonzaba haber pensado.
No había imaginado buscar señales de su respiración.
—No vine a pedirte explicaciones —dijo él.
Scarlett levantó los ojos.
Julián tragó saliva.
—No hoy.
Ella bajó la cabeza.
El llanto le llegó sin ruido.
Él se arrodilló junto a la silla y la abrazó con cuidado.
Scarlett le sujetó la camisa.
No le pidió nada.
⁂
Hablaron hasta que oscureció.
Julián revisó los estudios con su permiso. Hizo preguntas, tomó notas y llamó a Vera para confirmar un dato.
Scarlett lo observó.
Durante unos minutos volvió a ser el hombre capaz de encontrar una solución.
Después vio cómo se detenía.
Él también había llegado a Helix.
—Mi ajuste podría corregir la alteración en un cuerpo receptor —dijo finalmente.
—Antes de que lo preguntes: no puedo hacerlo aquí. El ajuste es una parte. Preparar un organismo y transferir los registros requiere equipos que yo no tengo.
Scarlett asintió. Quería que siguiera hablando sin prometerle que su conocimiento bastaría.
Scarlett sostuvo su mirada.
—Ya lo pensé.
Julián miró la carpeta.
—Tendrían que evaluarte. Necesitamos saber si…
—Les escribí.
Ella sacó el correo impreso.
Él leyó el precio.
Scarlett vio cómo apretaba el borde de la hoja.
—Voy a buscar otra manera —dijo.
Ella no quiso preguntarle cuál.
⁂
Durante una semana, Julián llamó a antiguos colegas.
Algunos respondieron enseguida. Otros prometieron revisar posibilidades y no volvieron a llamar.
Había laboratorios con una parte del equipo. Especialistas dispuestos a ayudar. Instituciones interesadas en escuchar una propuesta.
Nadie podía reunir a tiempo todo lo necesario.
Su conocimiento no sustituía las instalaciones, el personal ni los sistemas que había contribuido a desarrollar.
Julián comenzó a hablar de vender el departamento.
Scarlett lo escuchó desde la cama.
—¿Alcanza?
Él no respondió.
Ella cerró los ojos.
—Entonces no lo vendas todavía.
Julián se sentó a su lado.
Scarlett le acarició la cara. Él tenía la barba crecida y olía al jabón de siempre.
—No quiero que vuelvas a perder tu casa por mí.
Julián le tomó la mano.
—No digas eso.
Ella lo miró largamente.
Por fin lo tenía allí.
No sabía cuánto tiempo podría conservarlo.
⁂
La primera respuesta de Octavio llegó a través de una asistente.
Scarlett había solicitado que revisaran su caso.
La mujer leyó una frase cuidadosamente preparada: no cumplía con las condiciones económicas de admisión al programa.
—Quiero hablar con él —dijo Scarlett.
—El señor Valcárcel está informado.
Ella miró hacia el dormitorio. Julián se había quedado dormido en una silla, con una carpeta sobre las piernas.
Scarlett bajó la voz.
—Dígale que lo llamé yo.
La asistente repitió que estaba informado.
Después terminó la llamada.
⁂
Octavio respondió esa noche.
Elegiste que ya no me ocupara de ti.
Scarlett leyó el mensaje mientras Julián preparaba algo de cenar.
Desde la cocina él preguntó si quería sopa.
Ella dijo que sí.
Volvió a mirar la pantalla.
En aquel mensaje no había una negativa médica.
No había un problema técnico.
Había un hombre recordándole que podía dejarla fuera.
Scarlett escribió una respuesta y la borró.
Después preguntó:
¿Podemos vernos?
Octavio contestó cinco minutos más tarde.
¿Para qué?
Scarlett escuchó a Julián abrir un cajón.
Pensó en sus llamadas, en el precio impreso y en la silla donde llevaba varias noches durmiendo.
Luego escribió:
Porque quizá me equivoqué al irme.
Dejó el teléfono boca abajo cuando Julián entró con el plato.
Él la ayudó a incorporarse y le acomodó una almohada detrás de la espalda.
Scarlett recibió la sopa con ambas manos.
No pensaba volver con Octavio.
Pero acababa de encontrar algo que todavía podía ofrecerle.