Capítulo 11 de 20
Lo que entregó
El viernes, Scarlett llegó con una bolsa de viaje.
Dentro había ropa para dos días, un cepillo de dientes y la carpeta azul.
Julián abrió la puerta mientras hablaba por teléfono. Al verla, sonrió y le quitó la bolsa de la mano.
—Sí, Amalia. Lo tengo delante. Te aviso cuando esté entregado.
Scarlett cerró.
Él dejó la bolsa junto al dormitorio y terminó la llamada.
—Creí que vendrías más tarde.
—Quería ayudarte.
Julián le dio un beso largo, sin mirar hacia el escritorio ni hacia el reloj.
—Ya terminamos casi todo.
Casi.
Scarlett miró por encima de su hombro.
En la mesa había un sobre abierto, el soporte de almacenamiento y varias hojas alineadas. También una lista escrita a mano con pequeños recuadros marcados.
Había imaginado encontrarlo cansado, distraído, deseoso de acabar.
Lo encontró feliz de verla.
Aquello le dificultaba el trabajo.
⁂
Julián le enseñó un recipiente dentro del refrigerador.
—Está marinado desde ayer.
Scarlett observó la carne con hierbas.
—Te lo estás tomando muy en serio.
—Después del último intento, tengo una reputación que reparar.
Ella sonrió.
En una repisa del baño descubrió un vaso nuevo. Dentro había espacio suficiente para su cepillo.
Permaneció unos segundos en la puerta.
Julián se acercó por detrás.
—Si prefieres otro sitio…
—Está bien aquí.
Él le rozó la cintura y volvió a la cocina.
Scarlett dejó el cepillo dentro del vaso.
Después fue a buscar la carpeta azul.
⁂
—Falta esto —dijo.
Julián levantó la vista desde la mesa.
Scarlett puso el documento junto al inventario.
—Me lo dio Octavio. Dijo que debía acompañar la entrega.
Él no lo tocó.
—¿Cuándo te lo dio?
—Hace unos días.
La respuesta quedó entre ambos.
Scarlett abrió la carpeta por la primera página.
—No quería discutir otra vez por trabajo.
Julián la miró.
—Entonces debiste enviárselo a Amalia.
Ella bajó los ojos al papel.
Había ensayado varias respuestas. Ninguna parecía suficiente ahora que él estaba sentado frente a ella, con la camisa arremangada y una mancha de harina en el puño.
—Me dijo que era la formalización de lo que ya habían acordado.
Julián tomó las hojas.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Scarlett siguió la lectura de Julián sin atreverse a interrumpirlo.
Él buscó su teléfono.
—Voy a preguntarle.
Ella apoyó una mano sobre el aparato.
Julián se quedó inmóvil.
Scarlett retiró los dedos inmediatamente.
—Perdón.
Él no dijo nada.
Ella se sentó frente a él.
—Me pidió que te convenciera de leerlo sin pensar que todo lo que viene de él es una trampa.
Julián dejó el documento sobre la mesa.
—¿Y tú qué piensas?
Scarlett lo miró.
Podía detenerse.
Dejar la carpeta allí. Decir que Octavio había vuelto a mentir. Irse, si era necesario, con el departamento y el anticipo.
Todavía podía conservar una parte de aquella vida: las cenas, las llamadas, la forma en que Julián se volvía al oírla entrar.
Pero los dos millones seguían pendientes.
Y Octavio no aceptaría que ella se quedara a medio camino.
—Pienso que quiero terminar con esto —respondió.
Julián confundió el cansancio con sinceridad.
O quizá había sinceridad suficiente para que quisiera creerle.
—Yo también —dijo.
Volvió a leer.
⁂
No firmó aquel documento.
Llegó hasta una cláusula, se levantó y buscó el acuerdo revisado por Amalia.
Puso ambos sobre la mesa.
Scarlett observó cómo comparaba dos párrafos.
—No es lo mismo.
Ella se inclinó.
—¿Qué cambia?
Julián señaló una referencia.
—Aquí se amplían las facultades sobre el material. Y esto remite a un anexo que no está.
Scarlett reconoció la expresión. La había oído en la notaría, en el despacho de su abogada, en las conversaciones con Octavio.
Documentos que parecían completos hasta que alguien sabía dónde mirar.
—Entonces no lo firmes —dijo.
Julián levantó la cara.
Ella empujó la carpeta azul hacia un lado.
—No voy a pedirte que lo hagas.
Su decisión le produjo alivio.
Un alivio breve, porque aún tenía que llevarse la copia.
Julián tomó el teléfono y escribió a Amalia. Después guardó el documento de Octavio separado de los demás.
—Entregaré únicamente lo que autorizamos —dijo.
Scarlett asintió.
Él le tomó la mano.
—Gracias por no insistir.
Ella sintió que los dedos se le enfriaban.
⁂
El mensajero de Helix estaba previsto para las dos.
A la una y veinte, Vera llamó a Julián.
Había surgido un problema en el laboratorio y necesitaban que revisara un registro antes de continuar. Él miró el reloj y después la mesa.
—Puedo conectarme desde aquí.
Escuchó.
—Está bien. Voy.
Scarlett se quedó junto al fregadero mientras él guardaba unas cosas en el bolso.
—Tardaré una hora —dijo—. Quizá menos.
Señaló el paquete.
—El mensajero de Helix firma la recepción y se lleva el sobre blanco. El sobre crema, con la tarjeta de apertura, no sale de aquí: lo recogerá el custodio después de que Amalia confirme el acta de recepción. La copia del acuerdo también se queda conmigo.
Scarlett miró los papeles.
—Yo me encargo.
Julián dudó.
No por ella, sino por el cuidado con el que llevaba días tratando cada parte de la entrega.
Le mostró el sobre, el número que lo identificaba y el recibo.
Scarlett escuchó sin interrumpirlo.
Julián escribió BLANCO en el recibo y, en otra hoja, dejó el teléfono del custodio. Guardó el sobre crema en el cajón superior sin cerrarlo con llave. Había preparado dos paquetes pequeños, de distinto color, para que nadie pudiera confundirlos.
Scarlett vio dónde quedaba cada uno.
—Y esto no se entrega —añadió él, poniendo aparte la carpeta azul.
Ella sostuvo su mirada.
—Entendido.
Julián la besó junto a la puerta.
—Cuando vuelva, apagamos los teléfonos.
Scarlett le acomodó el cuello de la camisa.
—Ve tranquilo.
⁂
El automóvil de Octavio se detuvo frente al edificio a la una y cuarenta.
Scarlett lo vio desde la ventana.
No esperaba que fuera él.
Lo llamó antes de abrir.
—No subas.
—Entonces baja.
—Hay un mensajero en camino.
—Lo sé. Lo cancelaron.
Scarlett miró el paquete sobre la mesa.
—Julián no autorizó el otro documento.
—Tráeme lo que tengas.
Ella cerró los ojos.
—No es suficiente para ti.
Octavio tardó un segundo en responder.
—Eso lo decidiré cuando lo vea.
Scarlett recogió el sobre blanco. Luego abrió el cajón y sacó el sobre crema.
Debajo estaba el recibo preparado por Julián. Lo dejó en la mesa.
No había una firma de recepción.
No había nadie que pudiera decir que ella lo había entregado conforme a lo acordado.
Podía llevar únicamente el soporte cifrado. Octavio tendría el mismo material que estaba previsto y seguiría necesitando la autorización de apertura. Scarlett apretó el sobre crema contra el blanco. Aquella segunda entrega era la diferencia por la que estaba cobrando.
Tomó también la carpeta azul.
La metió en su bolsa de viaje y salió.
⁂
Octavio abrió la puerta trasera del automóvil.
Scarlett entró con el paquete contra el pecho.
Él extendió la mano.
Ella no lo soltó.
—Falta el pago.
Octavio la miró sin sorpresa.
Sacó el teléfono.
Mientras esperaba, Scarlett observó la entrada del edificio. El portero hablaba con un repartidor. Una mujer empujaba un cochecito. Alguien sacudía una alfombra en un balcón.
Su vida acababa de cambiar y afuera seguían ocurriendo cosas pequeñas.
El teléfono vibró.
La transferencia estaba ordenada.
Scarlett revisó el importe: completaba los dos millones prometidos, descontando el anticipo.
Luego entregó ambos sobres.
Octavio abrió los sobres, comparó sus números con una imagen y revisó el contenido.
No comprendía aquello mejor que ella, pero tenía a quién preguntar.
—¿La firma?
Scarlett sacó la carpeta azul.
—No la tienes.
Él dejó de revisar.
—¿Qué?
—Lo leyó. Encontró lo que cambiaste.
Octavio la miró con dureza.
Scarlett sostuvo la mirada.
—Te entregué el archivo y la tarjeta para abrirlo. Los documentos que ya firmó están dentro. No tienes permiso para usarlo fuera del acuerdo. Lo demás lo resolverás tú.
Él tomó la carpeta azul.
Durante unos segundos pareció considerar si debía discutir.
Después llamó a alguien.
Scarlett oyó fragmentos: recepción del material, revisión inmediata, alcance del acuerdo existente.
Después pidió que comprobaran la tarjeta sin esperar al custodio. Scarlett lo oyó ordenar que dejaran por escrito que los dos sobres habían llegado juntos, como una entrega voluntaria de Julián.
Ella volvió la cabeza hacia la ventanilla. Ya no podía fingir que solo había cambiado el nombre de quien recogía un paquete.
No mencionó a Julián por su nombre.
Tampoco le dio las gracias a ella.
Cuando colgó, le puso una mano sobre la rodilla.
—Ven conmigo.
Scarlett miró el edificio.
—Tengo que volver.
Octavio retiró la mano.
—¿Para qué?
Ella abrió la puerta.
⁂
Julián llegó a las tres y diez.
Scarlett estaba sentada en el sofá.
La bolsa de viaje seguía junto al dormitorio.
Él dejó las llaves en el cuenco de la entrada.
—¿Vino?
Ella asintió.
Julián miró la mesa.
El paquete ya no estaba.
Se acercó y buscó entre los papeles.
—¿El recibo?
Scarlett no respondió.
Él encontró la hoja sin firmar.
Abrió el cajón superior. El sobre crema tampoco estaba.
Scarlett vio que buscaba la segunda hoja, la que llevaba el teléfono del custodio. Julián la dejó junto al recibo y comprobó el sello que había anotado en ella.
Sostuvo la hoja del recibo un momento.
Después se volvió hacia ella.
—¿Quién lo recogió?
Scarlett apretó las manos.
—Octavio.
Julián permaneció quieto.
La expresión de su cara cambió lentamente, como si cada segundo le quitara una explicación posible.
—Él no tenía que venir.
Ella se levantó.
—Dijo que habían cancelado al mensajero.
—¿Y el recibo?
Scarlett bajó la vista.
Julián dejó el papel sobre la mesa.
Buscó su teléfono. Había varios mensajes que no había leído mientras conducía.
Abrió uno.
Después otro.
Scarlett vio cómo se le tensaba la mandíbula.
—Amalia llamó a Helix —dijo él—. Le han dicho que ya recibieron una entrega directa de mi parte.
Ella dio un paso.
—Julián…
—¿Qué les dijiste?
Scarlett se detuvo.
Él la miró por fin.
—¿Qué les dijiste para que pudieran decir eso?
—Que tú habías preparado la copia.
—Eso no te autorizaba a entregar la tarjeta. Tenían que esperar el acta. Sin ella podían conservar el archivo; no debían poder abrirlo.
Scarlett sintió una irritación defensiva.
—Pero al final iban a tenerlo de todas formas.
En cuanto lo dijo, supo lo que acababa de hacer.
Julián dejó el teléfono.
La observó con una atención que ella conocía del laboratorio.
—¿Desde cuándo?
Scarlett abrió la boca.
Él no esperó.
Miró el estudio, la bolsa de viaje, el vaso nuevo visible a través de la puerta del baño.
Volvió a ella.
—No te estoy preguntando desde cuándo hablas con él de mi trabajo. Te pregunto desde cuándo haces esto.
Scarlett sintió que ya no tenía una frase capaz de acomodar las cosas.
—Desde el principio —dijo.
Julián bajó la cabeza.
No gritó.
Aquello fue peor.
⁂
—Me pidió que me acercara a ti.
Scarlett oyó su propia voz como si estuviera explicando algo sucedido en otra casa.
Julián seguía junto a la mesa.
—Quería el procedimiento —continuó—. Los registros. Pensó que conmigo…
No terminó.
Él la miró.
—Sí. Ya entendí lo que pensó.
Scarlett se abrazó a sí misma.
—No todo fue mentira.
Julián soltó una risa seca y breve.
Después se llevó una mano a la boca.
Ella recordó aquella misma mano sosteniéndole la cara.
—Le mandaste fotografías —dijo él.
Scarlett asintió.
—¿De aquí?
Volvió a asentir.
Julián cerró los ojos.
La carpeta gris. Los abogados citando fechas. La cita aplazada para acompañarla a casa de su madre.
Scarlett vio que lo comprendía.
Una cosa detrás de otra.
—¿Cuánto? —preguntó.
Ella no respondió.
Julián abrió los ojos.
—El departamento.
Scarlett miró hacia su bolso.
No hizo falta nada más.
Él se apartó de la mesa.
—Llévate tus cosas.
Ella dio otro paso.
—Déjame explicarte lo que pasó después.
Julián retrocedió antes de que pudiera tocarlo.
Scarlett se quedó inmóvil.
—Tus cosas —repitió.
⁂
Recogió la ropa sin doblarla.
En el baño sacó el cepillo del vaso.
Julián esperaba junto a la puerta abierta.
Scarlett dejó la llave y la tarjeta sobre el pequeño mueble de la entrada.
Él no las miró.
—Cuando te dije que quería quedarme, era verdad —murmuró.
Julián sostuvo la puerta.
—Querías quedarte con muchas cosas.
Scarlett salió.
Mientras esperaba el ascensor, oyó que él cerraba.
No con violencia.
Con llave.
Su teléfono vibró dentro del bolso.
Era Octavio.
Te espero en casa.
Scarlett miró el mensaje.
Luego abrió la aplicación del banco.
El dinero seguía allí.