Capítulo 10 de 20

Una casa a su nombre

El sábado, Julián compró palomitas aunque Scarlett dijo que no quería.

A mitad de la película, ella llevaba más de la mitad del recipiente.

Él la miró.

—Son para comprobar si están buenas —susurró.

Julián acercó el cartón.

Scarlett siguió comiendo con la mano apoyada en su brazo.

No recordaba cuándo había empezado a tocarlo sin proponérselo. Antes elegía cada roce. Ahora se descubría buscándolo cuando la sala quedaba a oscuras, cuando cruzaban una calle o cuando él tardaba demasiado en volver de la cocina.

Al salir discutieron sobre el final.

Scarlett habría elegido quedarse con el dinero.

Julián pensaba que el personaje había hecho bien en devolverlo.

—Era una fortuna —insistió ella mientras bajaban por las escaleras mecánicas.

—Era dinero robado.

—También era la única oportunidad de su vida.

—Eso no lo volvía suyo.

Scarlett se detuvo al llegar abajo.

Julián tardó un paso en advertirlo.

—¿Qué?

—Nada. Estamos discutiendo por una película.

Él volvió hacia ella.

—Pareces enfadada.

Scarlett le acomodó una arruga en la chaqueta.

—Me molesta que en las películas la gente pobre tenga que demostrar tanto.

Julián la miró con atención.

—El personaje no era pobre.

—Antes lo había sido.

Caminaron hasta la salida sin resolverlo.

Julián le tomó la mano.

Scarlett entrelazó los dedos con los suyos.

⁂

La firma del departamento quedó para el jueves.

Su abogada había revisado la nueva documentación, solicitado comprobantes y hablado con la notaría. Aquella vez no encontró obligaciones pendientes que Scarlett no conociera ni condiciones escondidas en acuerdos futuros.

—Si todo se presenta como está previsto, podrá firmar —le dijo.

Scarlett pidió que la acompañara.

No quería sentarse sola frente a los representantes de Octavio y descubrir demasiado tarde que había algo más por comprender.

La noche anterior casi no durmió.

Se levantó dos veces para mirar el correo de confirmación.

A las ocho abrió el armario.

Eligió un traje claro y unos zapatos que no había estrenado. Se recogió el cabello. Después volvió a soltarlo porque parecía que estuviera disfrazándose de alguien que sabía hacer aquello todos los días.

Octavio llegó tarde a la notaría.

Scarlett ya estaba sentada junto a su abogada.

Él saludó, se disculpó con el notario y le besó la mejilla.

—Estás preciosa.

Scarlett no respondió al cumplido.

El notario comenzó a explicar.

Hubo verificaciones, lecturas, una corrección menor y una pausa para imprimir una página. Scarlett escuchó todo. Preguntó por una referencia que no entendió y esperó la respuesta sin disculparse.

Octavio jugueteaba con el bolígrafo.

Finalmente firmaron.

Scarlett miró su nombre bajo el texto y sintió algo parecido al vértigo.

El departamento ya no dependía de que él quisiera verla.

La idea le produjo tanto alivio que tuvo que apoyar ambas manos sobre las piernas.

⁂

Octavio la invitó a comer.

Ella aceptó.

En el automóvil, él le acarició la rodilla.

—Ahora podrás dejar de pensar que no cumplo.

Scarlett miró la carpeta que llevaba en el regazo.

—Has cumplido esto.

Octavio retiró la mano para contestar una llamada.

Ella observó la ciudad.

Por primera vez desde que lo conocía, podía discutir con él sin imaginar dónde dormiría si la conversación salía mal.

Aquel pensamiento no la hizo sentirse enamorada.

La hizo sentirse segura.

En el restaurante pidieron champaña.

Octavio brindó.

—Por tu casa.

Scarlett chocó su copa con la de él.

—Por mi casa.

Antes del postre, él dejó el teléfono sobre la mesa.

—Los abogados están terminando la respuesta a Ferrer.

Ella bajó la copa.

—Hoy no.

—Solo quería que lo supieras.

—Lo sabré mañana.

Octavio la estudió unos segundos.

Después llamó al mesero.

Scarlett sonrió.

Había conseguido detenerlo.

Julián se enteró esa misma noche.

Ella no había planeado contárselo todavía, pero él vio la carpeta cuando fue a buscar un cargador en su bolso.

—¿Qué firmaste?

Scarlett lo miró desde el sofá.

—El departamento.

Él se quedó quieto.

—¿Lo compraste?

—Octavio lo puso a mi nombre.

Julián volvió a dejar la carpeta en el bolso.

Scarlett se incorporó.

—Puedes decir algo.

Él permaneció de pie junto a la mesa.

—No sé qué quieres que diga.

—Que te alegra que tenga un sitio donde vivir.

Julián pasó una mano por el respaldo de una silla.

—Me alegra que tengas seguridad.

La voz no acompañaba las palabras.

Scarlett sintió que se le endurecía el pecho.

—Pero.

—No he dicho pero.

—No te hizo falta.

Él se sentó frente a ella.

—Me cuesta entender qué lugar tengo en tu vida cuando él sigue construyendo la suya contigo.

Scarlett miró la carpeta dentro del bolso abierto.

Podría haber guardado silencio. Podría haber reconocido que el regalo hacía más evidente lo que Julián llevaba semanas intentando tolerar.

En cambio, utilizó la escritura.

—Precisamente por eso importa —dijo—. Ya no puede echarme.

Julián levantó los ojos.

Ella continuó:

—Antes todo estaba a su nombre. Ahora puedo decidir sin pensar en quedarme en la calle.

Era cierto.

Lo que no dijo fue que todavía no pensaba marcharse.

Julián se inclinó hacia ella.

—¿Quieres dejarlo?

Scarlett sostuvo la mirada.

El silencio empezó a exigir una respuesta.

—Quiero poder elegir mi vida —dijo.

Julián bajó la cabeza.

—No era eso lo que te pregunté.

Ella se acercó y apoyó una mano sobre su rodilla.

—No conviertas algo que hoy me hizo feliz en otra prueba que tengo que pasar.

Él cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a mirarla, estaba cansado.

—Tienes razón en que no debería hacerlo así.

Scarlett le acarició la mano.

Había ganado la discusión y no sintió placer.

⁂

Amalia envió sus observaciones finales el lunes.

El acuerdo corregido reconocía las aportaciones anteriores de Julián y limitaba el uso de la copia que conservaría Helix. El material quedaría bajo condiciones específicas de resguardo y continuidad. Cualquier explotación comercial más amplia requeriría un acuerdo posterior.

Julián aceptó preparar el paquete.

Vera quiso revisarlo con él.

Durante tres noches trabajaron hasta tarde.

Scarlett pasó dos de ellas en su departamento.

Llevó comida, contestó mensajes y esperó mientras ambos comparaban documentos. Apenas podía comprender una parte de las discusiones, pero aprendió a distinguir los elementos importantes: el protocolo general, los archivos de calibración y las validaciones que permitían aplicar el método de forma individual.

La fórmula de la que hablaba Octavio no cabía en una hoja.

Era una suma de trabajo, registros y decisiones que solo funcionaban juntas.

Al tercer día, Vera se marchó después de medianoche.

Julián se quedó frente a la computadora.

Scarlett se acercó por detrás y le apoyó las manos en los hombros.

—¿Ya?

Él se quitó las gafas.

—Ya.

Sobre el escritorio había un soporte de almacenamiento y un sobre con documentación.

Scarlett miró ambos.

—¿Todo lo que necesitas?

—Todo lo que tendrán derecho a conservar.

Julián señaló una tarjeta cerrada dentro de una funda numerada.

—La instrucción de apertura irá al custodio. El mensajero de Helix solo puede retirar el soporte cifrado. Las dos entregas se registran por separado.

Scarlett miró los dos sobres. Había aprendido a reconocer el momento en que una precaución se convertía en un obstáculo para Octavio.

Ella comenzó a masajearle los hombros.

Julián se recostó contra sus manos.

—Tengo miedo de estar equivocándome —admitió.

Llevaba varios minutos frotándose el costado, bajo la blusa. Cuando Julián se lo preguntó, Scarlett dijo que era una mala postura. El dolor había cedido al sentarse y ella dejó de pensar en él.

Scarlett dejó de moverse.

Él giró un poco la cabeza.

—Amalia dice que el acuerdo está limitado. Vera lo revisó. Sé que no lo estoy haciendo a ciegas.

—Entonces…

—Aun así.

Scarlett miró la pantalla.

Podía decirle que retirara todo. Que esperara. Que aquella inquietud tenía una razón.

Julián le tomó una mano y se la llevó a los labios.

—Gracias por quedarte.

Ella apoyó la mejilla sobre su cabello.

—Descansa —murmuró—. Mañana lo verás de otra manera.

⁂

Octavio no quedó satisfecho con las condiciones.

Se lo dijo a Scarlett al día siguiente en su oficina.

Había subrayado varios párrafos del acuerdo.

—Con esto no podemos lanzar nada sin volver a pedir permiso.

En el escritorio había un aviso de vencimiento que Octavio cubrió con la carpeta.

—Los inversionistas quieren una fecha. El crédito de la ampliación no se paga con una discusión sobre principios.

Scarlett alcanzó a leer una referencia a garantías personales antes de que él apartara también aquella hoja.

Scarlett no se sentó.

—Eso fue lo que aceptaron.

—Eso fue lo que los abogados negociaron para que él preparara la copia.

Ella miró la puerta cerrada.

—Entonces negocia lo demás.

Octavio se levantó.

—No voy a pasar años pagándole mientras decide si ganar dinero lo hace mala persona.

Sacó otra carpeta.

Scarlett reconoció algunas páginas. Otras eran nuevas.

—¿Qué es?

—La formalización de sus aportaciones y la cesión de los derechos necesarios para continuar.

Ella no extendió la mano.

Octavio dejó el documento entre ambos.

—Necesito el paquete completo y su firma.

Scarlett tardó en responder.

—Su abogada no aprobará esto.

—Entonces no se lo lleves como una nueva negociación.

Él lo dijo sin adornos.

Scarlett miró el lugar donde debía firmar Julián.

Pensó en el beso sobre su mano, en la computadora todavía encendida y en el miedo que él había confesado solo porque estaba con ella.

—Va a darse cuenta.

—Después discutirá con mis abogados.

—Y conmigo.

Octavio permaneció callado.

Aquella era la parte que había esperado que ella comprendiera sola.

Scarlett tomó la carpeta.

⁂

No se la llevó a Julián esa noche.

La escondió en el departamento que acababa de convertirse en suyo.

Después recorrió las habitaciones.

Abrió armarios, encendió luces y se detuvo junto al ventanal donde tantas veces había esperado a Octavio.

Nada parecía distinto.

Las cortinas seguían abriéndose con el mismo control. El sofá era el mismo. Sobre la chimenea colgaba el cuadro con su certificado de autenticidad.

Sin embargo, podía vender el departamento. Los muebles seguían sujetos al inventario de Octavio; tendría que acordar qué hacer con ellos.

Podía cambiar la cerradura.

Podía pedirle al portero que no dejara subir a un hombre que hubiera olvidado avisar.

Scarlett se sentó y abrió la carpeta de la cesión.

En la primera página se reconocía a Julián como creador del procedimiento.

Más adelante comenzaban las renuncias.

Su teléfono vibró.

Era él.

El viernes termino temprano. Quiero cocinar algo que no se queme.

Scarlett sonrió involuntariamente.

Luego vio otro mensaje.

Podrías quedarte todo el fin de semana.

Miró las hojas extendidas sobre la mesa.

Faltaban pocas semanas para recibir el resto del dinero.

O quizá solo una firma.

Escribió:

Sí. Quiero quedarme.

Antes de acostarse guardó el documento de Octavio dentro de una carpeta azul, sin logotipo.

El paquete que Julián había preparado debía entregarse el viernes.

Scarlett puso una alarma para llegar antes.