Capítulo 1 de 13
La mujer que todavía no lloraba
Antes de que su nombre desapareciera de las conversaciones y las madres lo sustituyeran por una advertencia, María de la Luz tenía una risa que podía escucharse desde la calle.
Reía cuando se le quemaban las tortillas, cuando una gallina entraba a la cocina y cuando su madre confundía los lentes con el rosario. Reía con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, sin cubrirse la boca, como si todavía no hubiera aprendido a avergonzarse de la felicidad.
En San Jerónimo del Río, un pueblo de casas de adobe y tejados oscuros entre las montañas de Michoacán, aquella risa era casi una insolencia.
—Una muchacha decente no necesita anunciar que está contenta —decía doña Jacinta.
María fingía obedecer. Esperaba a que la vecina doblara la esquina y soltaba otra carcajada.
Tenía veinticuatro años, las manos ásperas de lavar ropa ajena y una pequeña cicatriz bajo la barbilla. Se la había hecho de niña al caer de un árbol de guayabas. Su padre la encontró sentada entre las raíces, sangrando y furiosa porque había perdido la fruta.
—Por lo menos aprendiste algo —le dijo.
—Sí. Que la rama de arriba no aguanta.
Él se rio antes de cargarla.
María empezaba a olvidar el modo de caminar de su padre y la canción que silbaba mientras arreglaba una silla. Aquella risa seguía intacta.
Había muerto seis años atrás, durante una creciente.
Salió a ayudar a un vecino cuyo ganado había quedado atrapado cerca del puente. Encontraron al vecino al amanecer, aferrado a un tronco. A su padre lo devolvió el río dos días después.
Desde entonces, su madre evitaba acercarse al agua.
María, en cambio, iba casi todas las mañanas. No por valentía. Porque las familias del pueblo pagaban mejor por las sábanas lavadas en la corriente que por las restregadas en una tina.
⁂
El río atravesaba San Jerónimo como una calle que nadie había conseguido empedrar. En verano dejaba al descubierto piedras lisas; durante las lluvias se ensanchaba hasta rozar los sauces y obligaba a los habitantes de las casas bajas a dormir con sus pertenencias preparadas.
Aquella mañana de junio de 1890 corría tranquilo.
María había colocado una canasta sobre una roca y extendía una sábana cuando escuchó pasos detrás de ella.
—Busco el camino a la hacienda de los Salcedo.
El hombre llevaba botas limpias, camisa clara y una maleta de cuero. Tendría unos treinta años. Había bajado hasta la orilla sin advertir que el sendero terminaba en una franja de lodo.
María miró sus zapatos.
—Pues por aquí va a llegar bastante distinto de como salió.
Él bajó la vista. Una bota comenzaba a hundirse.
—Eso parece.
Intentó retroceder y estuvo a punto de perder el equilibrio. María dejó la sábana, tomó una vara y se la tendió.
—Agárrese. Pero no me jale, que tengo trabajo.
El hombre obedeció. Cuando alcanzó terreno firme, contempló el barro con expresión resignada.
—¿Siempre recibe así a los visitantes?
—Solo a los que confunden un lavadero con un camino.
Él se rio.
No era una carcajada ruidosa. Fue una risa breve, sorprendida, que le cambió la cara.
—Esteban Salcedo —se presentó.
María lo miró de nuevo.
Conocía el apellido. Todo el pueblo lo conocía. Los Salcedo eran propietarios de la hacienda al otro lado de los campos, de varios potreros y del molino donde los campesinos llevaban su maíz. Don Anselmo, el dueño, aparecía en las fiestas patronales bajo una sombrilla que cargaba otro hombre. Su esposa nunca compraba personalmente en el mercado.
—Entonces sabe dónde queda su casa —dijo María.
—Sé dónde queda la entrada principal. El cochero me dejó junto al puente porque una rueda se rompió. Me dijeron que había un atajo.
—Lo hay. Arriba.
Señaló la pendiente.
Esteban siguió la dirección de su mano y después volvió a mirarla.
—¿Y usted cómo se llama?
—La persona que le salvó las botas.
—Creo que llegué tarde para salvarlas.
María sonrió a pesar de sí misma.
—María.
—¿María qué?
—María de la Luz.
Él repitió el nombre sin apresurarse.
Desde el campanario llegaron las primeras llamadas a misa. María regresó a la piedra y recogió la sábana.
—Suba por donde vino. Cuando encuentre una cerca caída, siga a la derecha. Va a ver el camino.
Esteban agradeció la ayuda. Antes de marcharse, sacó una moneda.
María dejó de sonreír.
—No le cobré.
—Por la molestia.
—Tampoco me molestó.
Él guardó la moneda.
—Perdone. La disculpa la sorprendió más que el dinero.
Lo observó subir, resbalando una vez entre las hierbas. Cuando desapareció, volvió a su trabajo. Sin embargo, al enjuagar la sábana, descubrió que estaba sonriendo otra vez.
⁂
Su madre lo notó durante la comida.
—¿Qué te pasó?
—Nada.
—Llevas un rato viendo esa tortilla.
María la dejó sobre el plato.
—Conocí al hijo de don Anselmo.
Mercedes alzó la cabeza.
La cocina olía a frijoles, leña y chile tostado. Sobre una repisa descansaban tres platos desportillados y la fotografía de su marido. Una mosca golpeaba el vidrio de la ventana.
—¿Cuál hijo?
—Esteban.
—El que mandaron a estudiar fuera.
—Ese, supongo.
Mercedes tardó en responder. Separó una piedrita de los frijoles con la punta de la cuchara.
—¿Y para qué te habló?
—Para preguntar un camino.
—Hay hombres que siempre saben el camino. Preguntan otra cosa.
María soltó una risita.
—Se hundió en el lodo, mamá.
—El lodo se limpia.
El tono le quitó las ganas de seguir contando.
Comieron en silencio hasta que Mercedes preguntó por la ropa de doña Jacinta. María respondió, recogió los platos y salió al patio. Mientras tendía las sábanas, María recordó la moneda y la naturalidad con que Esteban la había ofrecido. La advertencia de su madre empezó a incomodarla de otra manera.
Tal vez no volviera a verlo.
La idea la decepcionó más de lo que quiso admitir.
⁂
Esteban regresó tres días después.
María estaba frente a la casa, remendando una camisa, cuando un caballo se detuvo junto al portón.
—Esta vez encontré el camino —dijo él.
Llevaba las botas limpias.
Ella apoyó la costura en las rodillas.
—Ya veo.
Esteban bajó del caballo y sacó un pequeño paquete de la alforja.
—Le traje algo.
María no extendió la mano.
—Si es dinero, se equivocó otra vez.
—Es jabón.
Abrió el envoltorio. Había dos pastillas blancas que olían a lavanda.
—Lo vi en una tienda de Morelia. Pensé que podría servirle.
Ella contempló el regalo.
Era sencillo y, precisamente por eso, resultaba difícil rechazarlo. No tenía el brillo ofensivo de una joya ni el peso de una deuda imposible.
—Sirve para lavarse —dijo—. Para las sábanas sale caro.
—Entonces calculé mal.
María tocó una pastilla con la yema del dedo.
Mercedes apareció en la puerta.
—Buenas tardes. Esteban se quitó el sombrero.
—Buenas tardes, señora. Soy Esteban Salcedo.
—Ya sé quién es.
María sintió calor en las mejillas.
Su madre miró el paquete, luego el caballo y finalmente al visitante.
—Mi hija tiene trabajo.
—No quiero interrumpirla.
Pero permaneció allí.
María, incómoda, le preguntó por su viaje. Esteban contó que había vivido en Guadalajara y que su padre lo había llamado para ayudar con las cuentas de la hacienda. Habló sin presumir, aunque mencionaba lugares que para ella solo existían en las conversaciones de los viajeros.
Cuando se marchó, Mercedes cerró el portón.
—Devuélvele eso la próxima vez.
—Es jabón.
—Hoy.
María apretó el paquete entre las manos.
—Ni siquiera lo conoces.
Su madre se volvió hacia ella.
—Por eso mismo.
⁂
Durante las semanas siguientes, Esteban encontró diversos motivos para pasar por la calle.
Primero preguntó por un carpintero. Después quiso saber qué día se instalaba el mercado. Una tarde apareció con un libro de poemas y le preguntó si le gustaba leer.
María estuvo a punto de mentir.
Había asistido pocos años a la escuela. Leía despacio, deteniéndose ante algunas palabras, y odiaba que alguien aguardara mientras ella intentaba descifrarlas.
—No leo como usted —contestó.
Esteban abrió el libro. —Podemos leer como nos salga.
Se sentaron afuera, a la vista de la calle. Él comenzó un poema y ella siguió las líneas con el dedo. Cuando llegó su turno, confundió una palabra. Esteban esperó sin corregirla.
María volvió atrás y la pronunció bien.
Aquello la conmovió.
Más tarde descubriría que la paciencia también podía ser una forma de cortejo. Esa tarde solo supo que deseaba seguir leyendo.
Mercedes salió dos veces para barrer el mismo escalón.
⁂
El pueblo empezó a hablar antes de que ellos tuvieran algo que confesarse.
Doña Jacinta dejó de entregar la ropa directamente a María y empezó a pedir que Mercedes fuera por ella. El panadero sonreía con una curiosidad desagradable. En el mercado, dos mujeres callaron cuando María se acercó a comprar tomates.
Ella fingió no advertirlo.
Esteban sí lo advirtió.
—Podría hablar con mi padre —le dijo una tarde.
Caminaban cerca del puente. María llevaba una canasta vacía; él sujetaba al caballo por las riendas.
—¿Sobre qué?
Él se detuvo.
—Sobre nosotros.
María oyó aquella palabra como una petición.
María miró las tablas del puente. Por debajo se escuchaba el agua rozando los pilares.
—Todavía no hay un nosotros.
Esteban dejó las riendas sobre una rama y tomó su mano.
Ella pensó en retirarla. Pensó en su madre, en las ventanas del pueblo, en la facilidad con que una conversación podía convertirse en una acusación.
No la retiró.
—Quiero que lo haya —dijo él. María levantó la vista.
—Entonces venga a mi casa. Hable con mi madre.
—Lo haré.
—Sin regalos.
Esteban sonrió.
—Sin regalos.
La besó junto al puente, con una mano en su mejilla y la otra todavía enlazada a la suya.
María cerró los ojos.
Después recordaría aquel beso tantas veces que llegaría a odiar la precisión de su memoria.
⁂
Cuando volvió a casa, Mercedes estaba desgranando maíz.
No hizo falta decir nada.
—¿Te dio su palabra? —preguntó.
María se quedó en el umbral.
—Va a venir a hablar contigo.
Mercedes dejó una mazorca en el canasto.
—Mira cómo trata a la gente cuando está enojado. Mira qué hace cuando algo le cuesta. Para conocer a un hombre no basta con escucharlo cuando quiere agradarte.
María se sentó a su lado.
Por primera vez, su madre parecía más cansada que severa.
—Podrías intentar alegrarte por mí —dijo.
Mercedes la miró y le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Eso intento, hija.
⁂
Aquella noche empezó a llover. María se acostó escuchando el golpeteo sobre las tejas. Pensó en Esteban sentado a su mesa, hablando con Mercedes; pensó en una casa donde nadie tuviera que contar las monedas antes de comprar aceite.
Se quedó dormida imaginando una habitación con ventanas grandes.
La despertó un sonido distinto.
Al principio creyó que era un gato. Luego escuchó una respiración entrecortada, seguida de un quejido.
Alguien lloraba afuera.
María se incorporó.
—¿Mamá?
Mercedes dormía al otro lado de la habitación.
El llanto volvió, débil bajo la lluvia.
María tomó el chal y abrió la puerta.
La calle estaba vacía. El agua corría entre las piedras, arrastrando hojas hacia el camino del río. No había luces en las casas vecinas.
Dio un paso bajo el alero.
Entonces distinguió unas palabras.
—Mis hijos…
Miró hacia el extremo de la calle.
Junto al último farol había una figura blanca. Parecía una mujer de espaldas, inmóvil, con el cabello pegado a la ropa.
—¿Señora? ¿Necesita ayuda? —llamó María.
La figura no respondió.
Mercedes la sujetó del brazo y la hizo entrar.
—Cierra.
—Hay alguien…
—Cierra, María.
Obedeció.
Su madre echó la tranca y permaneció junto a la puerta, escuchando. —¿La conoces? —susurró María.
Mercedes negó con la cabeza, pero no la miró.
Afuera, el llanto se alejó hacia el río.
María regresó a la cama. Tardó en entrar en calor. Cada vez que cerraba los ojos veía aquella espalda blanca bajo la lluvia.
Poco antes del amanecer se levantó a buscar agua.
El chal que había dejado sobre una silla seguía húmedo en los bordes. Al recogerlo encontró una pequeña huella de barro en el suelo, justo debajo.
Parecía la marca de un pie infantil.
María miró la puerta cerrada.
Después llamó a su madre.