Capítulo 2 de 13
Las promesas de la orilla
Mercedes llegó descalza, con la vela inclinada entre los dedos.
—¿Qué pasa?
María señaló el suelo.
La huella era pequeña y nítida. El talón apenas había dejado marca; los cinco dedos, en cambio, se distinguían sobre el barro oscuro. Parecía que un niño hubiera apoyado el pie mojado y lo hubiese levantado de inmediato.
Mercedes acercó la llama.
Examinó la marca sin hablar.
—¿Entraste al patio? —preguntó al fin.
—No.
—Tal vez trajiste barro cuando abriste.
María levantó uno de sus zapatos y lo colocó junto a la marca. La diferencia de tamaño era evidente.
Su madre apartó la vista.
—Voy por un trapo.
—Mamá. Mercedes se detuvo.
—Anoche, cuando escuchaste a esa mujer, parecías conocerla.
La vela chisporroteó. Afuera empezaban a cantar los primeros gallos.
—Conozco el río —respondió—. Sé cómo suenan las cosas cerca del agua.
—Dijo que buscaba a sus hijos.
—No sabemos qué dijo.
María comprendió que no obtendría otra respuesta. Mercedes regresó con un trapo y limpió el piso con tanta fuerza que también borró una franja del polvo acumulado bajo la silla.
Después fue a encender el fogón.
María permaneció mirando el lugar vacío.
⁂
Al amanecer, San Jerónimo olía a tierra mojada.
La lluvia había derribado parte de una cerca y dejado una rama sobre el puente. Un hombre conducía dos burros cargados de leña; las ruedas de una carreta se hundían frente a la panadería.
María salió con la canasta antes de que su madre pudiera detenerla.
Necesitaba entregar unas camisas. También necesitaba comprobar que el pueblo seguía siendo el mismo.
Al pasar junto al último farol, miró el sitio donde había visto a la mujer.
Había un charco, una piedra desprendida del empedrado y nada más.
—¿Se te perdió algo?
Tomasa estaba sentada bajo el alero de su casa, limpiando unas hojas sobre una manta. Había atendido partos durante tantos años que casi todos los habitantes del pueblo podían decir que sus manos habían sido las primeras en recibirlos.
María dudó antes de acercarse.
—Anoche vi a una mujer aquí.
Tomasa continuó separando hojas.
—Anoche hubo gente buscando una mula.
—Vestía de blanco. Los dedos de la anciana se detuvieron.
María sintió un alivio inmediato y vergonzoso: al menos alguien había reaccionado.
—Estaba llorando —añadió.
Tomasa levantó los ojos.
—¿La llamaste?
—Le pregunté si necesitaba ayuda.
—¿Te contestó?
—No.
La anciana recogió una hoja seca y la apartó del montón.
—Entonces no salgas a buscarla.
María se sentó en el borde del escalón.
—¿Quién es?
Tomasa tardó en responder.
—Cuando yo era niña, una mujer perdió a su criatura durante una creciente. Pasó varias noches recorriendo las orillas. La gente oía su voz y cerraba las puertas.
—¿La encontraron?
—A la criatura, sí.
—¿Y a ella?
—Se fue del pueblo.
María miró hacia el puente.
—Entonces pudo ser otra persona.
—Pudo.
La respuesta no tranquilizó a ninguna de las dos.
Tomasa volvió a su trabajo.
—Hay una diferencia entre escuchar a alguien y seguirlo, muchacha. Acuérdate de eso.
⁂
Esteban llegó aquella tarde. María lo vio desde el patio y sintió que el miedo de la noche anterior retrocedía. Le incomodó comprobar cuánto le cambiaba el ánimo su presencia.
Esta vez no llevaba regalos.
Se quitó el sombrero frente a Mercedes y pidió permiso para sentarse.
Su madre señaló una silla.
María permaneció junto a la puerta de la cocina, con un paño entre las manos.
—Quiero visitar a su hija —dijo Esteban—. Con su consentimiento.
Mercedes no pareció impresionada por la formalidad.
—Ya la visita.
—Quiero hacerlo de manera correcta.
—¿Su padre lo sabe?
Esteban sostuvo el sombrero sobre las rodillas.
—Todavía no.
María sintió que el paño se le enredaba entre los dedos.
—¿Por qué? —preguntó Mercedes.
—Acabo de regresar. Tenemos asuntos pendientes en la hacienda. Quiero encontrar el momento adecuado.
—¿Para venir aquí sí lo encontró?
Él bajó brevemente la mirada.
—Sí, señora.
La franqueza desarmó a María. Su madre, en cambio, siguió observándolo.
—Mi hija trabaja. Tiene una casa, una madre y un nombre. No quiero que después alguien venga a explicarme que usted solo estaba entreteniéndose.
—No es lo que busco.
—¿Qué busca?
Esteban miró a María antes de contestar.
—Conocerla. Y que ella me conozca.
Mercedes apoyó las manos en la mesa. —Entonces empiece por decir las cosas como son. Aquí no tenemos dinero para arreglar lo que otros rompen.
Esteban asintió.
La conversación terminó sin una bendición ni una negativa. Mercedes permitió que se quedara un rato y salió a recoger la ropa del tendedero.
María se sentó frente a él.
—Pensé que no vendría.
—Te lo prometí.
Era la primera vez que la tuteaba.
Ella sonrió, todavía nerviosa.
—Mi madre siempre habla así.
—Hace bien.
La respuesta le gustó más de lo que habría querido admitir.
⁂
Las visitas adquirieron una costumbre.
Esteban llegaba dos o tres tardes por semana. Algunas veces leía con María; otras ayudaba a reparar una silla o se quedaba mirando cómo Mercedes preparaba la cena.
Una tarde quemó sus dedos al intentar sacar una tortilla del comal. María se rio y su madre, a pesar de todo, también.
Durante esos momentos, parecía posible olvidar la hacienda.
Pero la hacienda nunca olvidaba a Esteban.
Un mozo apareció una noche para avisarle que don Anselmo lo esperaba. Otra tarde, él tuvo que marcharse antes de que María terminara una frase porque había llegado un comprador de ganado.
Ella empezó a reconocer la expresión que adoptaba cuando le recordaban sus obligaciones: el cuerpo se le enderezaba, la voz se volvía más seca, las decisiones parecían tomadas antes de que pudiera discutirlas.
—¿Ya le hablaste de mí? —preguntó una vez.
Esteban cerró el libro.
—Voy a hacerlo. —Eso dijiste la semana pasada.
—Mi padre está preocupado por las cuentas.
María pasó el dedo sobre una costura de su falda.
—No hace falta que le pidas permiso para conocerme. Pero sí hace falta que no me escondas.
Él extendió la mano sobre la mesa.
—No te estoy escondiendo.
María la aceptó.
Sin embargo, al día siguiente, cuando lo vio en el mercado junto a don Anselmo, Esteban apenas inclinó la cabeza para saludarla.
No se acercó.
Ella volvió a casa con los tomates apretados contra el pecho, procurando que nadie advirtiera su vergüenza.
⁂
—Te vi —le dijo a Esteban durante la siguiente visita.
Mercedes había salido a llevar ropa. Estaban solos en el patio, aunque el portón permanecía abierto.
—Yo también te vi.
—Lo sé.
Él guardó silencio.
María dejó de remendar.
—¿Qué le habría pasado a tu padre si venías a hablar conmigo?
—No le habría pasado nada.
—Entonces, ¿por qué no viniste?
Esteban se apoyó en el respaldo de la silla.
—Porque no quería discutir contigo delante de él.
Ella levantó la cara.
—Yo no iba a discutir. —Él sí.
Las palabras dejaron al descubierto algo que ninguno había dicho hasta entonces.
María colocó la aguja en la tela.
—¿Qué piensa de mí?
—No te conoce.
—¿Y qué piensa de alguien como yo?
Esteban se levantó y caminó hasta el portón. Miró la calle antes de volver.
—Cree que debo casarme con una mujer que ayude a conservar lo que tenemos.
María sintió una presión bajo las costillas.
—¿Y tú?
—Yo no quiero vivir como él.
—Eso tampoco responde.
Esteban se arrodilló junto a su silla.
El gesto la sorprendió. Él le tomó las manos y María notó una pequeña herida en su pulgar.
—Quiero estar contigo.
—¿Aunque él no quiera?
—Aunque él no quiera.
María lo observó, avergonzada de necesitar aquellas palabras con tanta urgencia.
—No me hagas esperar algo que no vas a darme —dijo.
Esteban acercó las manos de ella a sus labios.
—No lo haré.
⁂
A finales de agosto, Mercedes enfermó.
La fiebre comenzó después de una tarde de trabajo y la dejó tres días en cama. María atendió la casa, buscó a Tomasa y entregó los encargos atrasados sin dormir más que unas pocas horas. Esteban pagó las medicinas y fue por leña.
Cuando Mercedes mejoró, encontró sobre la mesa una bolsa de monedas.
—¿Qué es esto?
—Para lo que haga falta —respondió él.
Mercedes empujó la bolsa hacia su lado.
—Las medicinas se las voy a pagar.
—No hace falta.
—Para mí sí.
Esteban no discutió.
María lo acompañó al portón.
—Gracias —dijo en voz baja.
Él le acarició la mejilla.
—No tienes que agradecerme por cuidarlas.
Aquella noche, mientras escuchaba respirar a su madre, María pensó que Mercedes se equivocaba. Esteban había ido cuando todo resultaba difícil. Había cargado leña, esperado noticias y soportado respuestas ingratas.
Tal vez aquello fuera lo que significaba cumplir una promesa.
⁂
En septiembre celebraron la fiesta del pueblo.
Hubo música en la plaza, puestos de buñuelos y papeles de colores tendidos entre los árboles. María se puso un vestido azul que había arreglado durante varias noches.
Esteban la esperó cerca de la fuente.
Bailaron donde todos podían verlos.
Ella reconoció algunas miradas, pero esta vez no bajó la cabeza.
Más tarde caminaron hasta el puente. Desde allí llegaban la música y el olor de los cohetes.
Esteban le acomodó el chal sobre los hombros.
—Cuando terminemos de arreglar las cuentas, buscaré una casa —dijo.
—¿Aquí? —Donde tú quieras.
María imaginó ventanas grandes, una mesa propia y ropa tendida para su familia.
—Aquí —respondió.
Él la besó.
Permanecieron abrazados hasta que el frío empezó a atravesar la tela. Al regresar, María miró una vez hacia la orilla.
Entre los sauces creyó distinguir algo blanco.
No se detuvo.
⁂
Dos meses después, el olor del café le provocó náuseas.
Mercedes la encontró apoyada sobre el lavadero del patio.
—¿Desde cuándo te pasa?
María negó con la cabeza, sin mirarla.
Su madre dejó la jarra que llevaba y contó en silencio.
Luego se sentó en el escalón.
María se acercó despacio.
—Voy a hablar con Esteban.
Mercedes cerró los ojos.
—Sí —dijo al fin—. Vas a hablar con él.
Aquella tarde, María lo esperó junto al puente.
Cuando Esteban llegó, ella le tomó la mano y la colocó sobre su vientre.
Él miró primero sus dedos y después su rostro.
—¿Estás segura?
María asintió.
El agua corría debajo de ambos.
Durante un instante, Esteban no dijo nada. Y en aquel silencio, por primera vez desde que lo conocía, María tuvo miedo de lo que vendría después.