Capítulo 3 de 13
Un lugar en la mesa
Esteban retiró la mano del vientre de María.
Fue un movimiento pequeño, casi involuntario, pero ella lo sintió como si él hubiera dado un paso hacia la otra orilla.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó.
—Desde esta mañana. Aunque llevaba varios días sospechándolo.
El caballo sacudió las riendas, atadas al poste del puente. Esteban miró hacia el animal y después hacia el camino de la hacienda.
María aguardó.
Había imaginado aquella conversación de distintas maneras. En algunas, él la abrazaba; en otras, se reía con incredulidad y le preguntaba cuánto faltaba para conocer a su hijo. No había imaginado tener que observarlo mientras calculaba algo en silencio.
—Di lo que estás pensando —pidió.
Esteban buscó las palabras.
—Estoy pensando que tenemos que hacer las cosas bien.
—¿Qué significa eso?
—Hablar con tu madre. Buscar una casa.
—Hablar con tu padre.
Él bajó la mano.
—También.
María sintió ganas de llorar, pero se sostuvo del borde de piedra.
—Si no quieres al niño, prefiero saberlo ahora.
Esteban se acercó.
—No digas eso.
—No has dicho que lo quieras.
La miró con una expresión que ella no consiguió descifrar. Luego le tomó el rostro entre las manos. —Estoy asustado, María.
Aquella confesión le pareció más verdadera que cualquier promesa.
—Yo también.
Él la abrazó. María apoyó la frente en su hombro y sintió cómo el cuerpo de Esteban iba perdiendo rigidez.
—No vas a estar sola —le dijo.
Ella cerró los ojos.
Debajo del puente, una rama giraba atrapada entre dos piedras.
⁂
Mercedes escuchó sin interrumpir.
Esteban permaneció de pie junto a la mesa. María estaba sentada, con las manos sobre las rodillas. Había encendido el fogón antes de salir, y ahora la olla de frijoles comenzaba a hervir demasiado fuerte.
Nadie fue a moverla.
—Voy a hacerme responsable —dijo él.
Mercedes levantó la vista.
—Dígame cómo.
—Buscaré una casa para nosotros.
—¿Van a casarse?
Esteban miró a María.
—Sí.
La palabra salió firme. María sintió que podía respirar de nuevo.
Su madre no cambió de expresión.
—Entonces hablen con el padre Gabriel y pongan una fecha.
—Primero debo hablar con mi familia.
Mercedes se levantó para retirar la olla. El hervor había dejado un cerco oscuro sobre el comal.
—Su familia puede enterarse antes o después —dijo—. El niño no va a esperar a que estén conformes. Esteban asintió.
—Mañana hablaré con mi padre.
Esta vez María no quiso añadir nada. Había una fecha, aunque solo fuera para una conversación. Podía aferrarse a eso.
Cuando él se marchó, Mercedes sirvió la cena.
María tocó su muñeca.
—¿Estás enojada conmigo?
Su madre dejó el cucharón.
—Estoy preocupada.
—Lo quieres decir de otra manera.
Mercedes se sentó frente a ella.
—Quiero que comas. Has pasado todo el día sin probar nada.
María tomó la cuchara.
Solo después de unos bocados comprendió que su madre había servido en su plato la parte más espesa de los frijoles y dejado para sí casi puro caldo.
⁂
Esteban no apareció al día siguiente.
Un muchacho de la hacienda llegó al atardecer con un recado: don Anselmo había tenido que salir a revisar un terreno; Esteban hablaría con él cuando regresara.
María recibió el mensaje en el portón.
—¿Cuándo vuelve?
El muchacho se encogió de hombros.
—No me dijeron.
Ella agradeció y cerró.
Mercedes no hizo preguntas.
Al segundo día, María lavó tres encargos. Al tercero, remendó un pantalón que no necesitaba remiendo. Al cuarto, dejó de mirar cada vez que un caballo pasaba por la calle.
Esteban llegó esa noche. Tenía una marca roja junto al pómulo.
María la vio antes de que él pudiera apartar la cara.
—¿Qué te pasó?
—Nada importante.
Ella levantó la mano, pero él retrocedió apenas.
—¿Tu padre?
Esteban entró y cerró el portón.
—Discutimos.
Mercedes salió de la cocina.
—¿Sabe lo del niño?
—Sí.
—¿Y?
Esteban apretó los labios.
—Quiere que me vaya a Morelia. Dice que puedo trabajar con un conocido suyo hasta que se me pase esta… idea.
María sintió el golpe de aquella última palabra.
—¿Eso dijo?
Él asintió.
—Le dije que no.
Mercedes observó la marca de su cara. Por primera vez, su mirada perdió algo de dureza.
—Siéntese. Voy a traer agua.
Esteban aceptó la silla.
María permaneció a su lado mientras su madre humedecía un paño.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó.
—Lo que te prometí.
⁂
La casa estaba detrás de la panadería. Tenía dos habitaciones, un patio angosto y una puerta que se hinchaba con las lluvias. La ventana del dormitorio daba a ese patio, rodeado de muros altos; al fondo, una puerta trasera comunicaba con el callejón. La entrada principal se abría a la calle de la panadería. El propietario, un viudo llamado Eusebio, había vivido allí antes de mudarse con su hija.
Cuando María fue a verla, todavía quedaban clavos en las paredes y una mancha de humo sobre el sitio donde había estado el fogón.
Esteban abrió la ventana.
Entró una franja de sol.
—No es grande —dijo.
María recorrió la habitación despacio. Tocó la pared, miró el techo y se agachó para comprobar que el piso estaba seco.
—Aquí cabe una mesa.
—Y allá, una cama.
Ella se llevó una mano al vientre.
—Y una cuna.
Esteban sonrió.
Por primera vez desde la noticia, lo vio sonreír sin esfuerzo.
María quiso conservar aquella imagen.
Don Eusebio les explicó el pago, las reparaciones pendientes y el modo de trabar la puerta trasera. Esteban sacó las monedas para el primer mes.
—¿A nombre de quién lo anoto? —preguntó el hombre.
María abrió la boca, pero Esteban respondió antes.
—María de la Luz.
Ella lo miró.
—Es tu casa también —dijo él.
Aquella tarde, al regresar, María compró un manojo de flores pequeñas en el mercado. No eran para un altar ni para una tumba.
Las puso en un jarro y las llevó a la casa vacía.
⁂
El padre Gabriel los recibió dos días después. Su despacho olía a papel viejo y cera. Sobre la mesa había una taza con café frío y varios registros abiertos.
Escuchó lo que tenían que decir. Luego se quitó los lentes.
—Necesito algunos documentos y hablar con ambos por separado.
Esteban se movió en la silla.
—¿Cuánto puede tardar?
—Si traen lo necesario, poco.
María miró las hojas extendidas sobre la mesa. Le sorprendió que algo tan importante pudiera depender de papeles que ni siquiera había visto.
El sacerdote les indicó lo que debían conseguir y propuso volver la semana siguiente.
Al salir, Esteban caminó deprisa.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Tengo que encontrar mi partida de bautismo.
—¿Está en la hacienda?
Él asintió.
María comprendió.
—Puedes pedirla.
Esteban soltó una risa sin alegría.
—Sí. Puedo pedirla.
Esa noche se quedó en la casa nueva por primera vez. María todavía dormía con su madre, pero lo ayudó a acomodar unas mantas y una lámpara.
Antes de irse, le dejó el jarro de flores junto a la ventana.
⁂
El embarazo cambió el pueblo a su alrededor.
Había mujeres que le ofrecían consejos sin que los pidiera y otras que la observaban como si llevara una falta escrita sobre la frente. Doña Jacinta mandó recoger su ropa y anunció que ya no necesitaría sus servicios.
María contó las monedas que perdería y aceptó dos encargos más de la posadera.
Esteban quiso impedirlo. —Yo puedo pagar lo que haga falta.
—Lo sé.
—Entonces no tienes que seguir yendo al río.
María dobló una sábana.
—No quiero dejar de ganar mi dinero.
Él hizo ademán de responder, pero se contuvo.
A la mañana siguiente la acompañó al lavadero y cargó la canasta sin pedir permiso.
Trabajaron junto a una mujer llamada Inés, que cantaba mientras restregaba las camisas. Cuando Esteban fue a llenar un cántaro, ella se inclinó hacia María.
—Se ve que te quiere.
María sonrió.
Luego miró al hombre agachado sobre el agua.
Deseó que querer bastara.
⁂
Tomasa la examinó a principios de diciembre.
Mercedes había ido con ella y permaneció sentada junto a la puerta mientras la anciana palpaba con cuidado y hacía preguntas.
—Vas bien —dijo al terminar—. Come cuando puedas, descansa y no cargues las canastas llenas.
María se acomodó la ropa.
—¿Cuándo voy a sentirlo moverse?
—Todavía falta un poco.
Mercedes dejó escapar un suspiro.
Tomasa la miró.
—Tú también puedes respirar, mujer.
Las tres sonrieron.
Cuando Mercedes salió a buscar el chal que había dejado en el patio, María aprovechó para preguntar: —La mujer de la que me habló… ¿cómo se llamaba?
Tomasa recogió unos paños.
—¿Cuál mujer?
—La que perdió a su criatura en el río.
La anciana la observó.
—¿Volviste a escuchar algo?
—No.
Era cierto. Había pasado semanas esperando aquel llanto, hasta que las preocupaciones diarias desplazaron el recuerdo.
Tomasa se sentó frente a ella.
—Se llamaba Antonia.
—¿Por qué mi madre se asusta tanto?
—Porque ha perdido suficiente cerca del agua.
María bajó la vista.
Tomasa le puso una mano sobre el brazo.
—Tú procura que este niño conozca muchas otras cosas.
⁂
Los documentos no llegaron aquella semana ni la siguiente.
Esteban empezó a trabajar llevando cuentas para el dueño de la panadería y haciendo viajes al molino. Volvía cansado, a veces cubierto de polvo, con una irritación que procuraba ocultar.
María no volvió a preguntar por la boda hasta después de Navidad.
Él estaba sentado en la casa, sumando cifras en una hoja.
—Podemos ir juntos a buscar los papeles —dijo ella.
Esteban dejó el lápiz.
—Ya mandé pedirlos.
—Hace un mes.
—Mi padre no quiere entregarlos. María permaneció de pie junto a la mesa.
—Entonces habrá otra manera.
Él se frotó los ojos.
—La encontraré.
Ella quiso creerle otra vez.
Esa noche durmió en la casa nueva. Mercedes había ayudado a llevar sus pocas pertenencias durante la tarde y, antes de marcharse, revisó el cerrojo.
María se acostó junto a Esteban escuchando los sonidos desconocidos del patio.
⁂
La despertó un roce contra la puerta.
Pensó que sería una rama. Después oyó dos golpes suaves.
Esteban seguía dormido.
María encendió la lámpara y caminó hasta la entrada.
—¿Quién es?
Una voz infantil respondió desde el otro lado.
—Hace frío.
María acercó la mano a la tranca.
Entonces recordó la huella bajo la silla.
Se quedó inmóvil.
Al otro lado, algo rozó lentamente la madera, a la altura donde un niño habría apoyado la frente.
—Abre —susurró la voz.
María retrocedió.
La lámpara tembló entre sus dedos.
Desde la calle llegó un llanto de mujer, y esta vez, antes de apagarse, pronunció su nombre.