Capítulo 4 de 13

El nombre del hijo

María dejó la lámpara sobre la mesa antes de despertar a Esteban. Lo sacudió del hombro.

—Hay alguien afuera.

Él abrió los ojos con dificultad.

—¿Qué?

—Un niño. Y una mujer.

Esteban se incorporó, buscó sus botas y cruzó la habitación mientras María lo seguía.

—No abras —le pidió.

Él se detuvo junto a la puerta.

—¿Quién anda ahí?

No hubo respuesta.

María escuchó su propia respiración. El llanto había cesado, pero todavía sentía el frío que entraba por debajo de la madera.

Esteban levantó la tranca.

Ella le sujetó el brazo.

—Te dije que no abrieras.

La miró, desconcertado por la fuerza con que lo había detenido.

—Si hay un niño en la calle, no podemos dejarlo.

María aflojó los dedos.

Eso era precisamente lo que la voz había conseguido hacerle pensar.

Esteban abrió.

La calle estaba vacía. Una luna delgada iluminaba los muros; del horno de la panadería llegaba un olor tenue a leña apagada.

Él salió unos pasos.

—¡Buenas noches!

María permaneció en el umbral.

Había una franja húmeda frente a la puerta. Parecía agua derramada, aunque no había llovido.

Esteban se agachó y tocó las piedras. —Alguien pasó.

—¿Con un niño?

Él miró hacia ambos extremos de la calle.

—No sé.

Regresó y cerró. Esta vez comprobó la tranca dos veces.

⁂

Por la mañana fueron a casa de Mercedes.

María contó lo ocurrido mientras su madre preparaba café. Cuando repitió que la mujer había pronunciado su nombre, Mercedes dejó la cuchara dentro de la olla.

—Te quedas aquí esta noche.

Esteban levantó la cabeza.

—Puedo cuidar de ella.

—No dije que no pudiera.

Mercedes sirvió una taza sin llenarla.

María observó las manos de su madre. Temblaban ligeramente.

—Hay algo que no me estás contando.

Mercedes se sentó.

Durante un momento pareció buscar palabras en el suelo.

—La noche antes de que muriera tu padre, escuché llorar a una mujer junto a la casa.

Esteban dejó su taza sobre la mesa.

María recordó la creciente, los vecinos entrando sin mirarla, la ropa de su padre extendida al sol después de encontrarlo.

—Nunca me lo dijiste.

—¿Para qué? Ya tenías bastante miedo.

—¿La viste?

Mercedes negó.

—Él salió a buscarla. Volvió diciendo que no había nadie. Al día siguiente fue al puente. María sintió un malestar lento.

—No pudo morir por eso.

—No digo que muriera por eso.

Mercedes la miró directamente.

—Digo que no quiero volver a pasar una noche escuchando una voz y esperando que alguien regrese.

⁂

El padre Gabriel fue a revisar la casa por la tarde.

Esteban lo había buscado sin decirle a María. Cuando ella vio al sacerdote entrar con su sombrero entre las manos, no supo si sentirse agradecida o avergonzada.

Gabriel inspeccionó la puerta, el patio y la ventana trasera. Don Eusebio acudió también y reconoció la mancha de humedad junto al umbral.

—El conducto que lleva agua del depósito de la panadería pasa por ahí —dijo—. A veces pierde.

La explicación tranquilizó a Esteban.

María no respondió.

El sacerdote se quedó cuando Eusebio salió.

—¿Estás durmiendo bien? —preguntó.

—Hasta anoche.

—Con todo lo que ha pasado, sería comprensible que estuvieras preocupada.

Ella miró a Esteban.

—Él también vio el agua.

—Sí —admitió Gabriel—. El agua estaba ahí.

No intentó convencerla de que había soñado. Rezó con ellos, bendijo la casa a petición de Mercedes y después habló de los documentos.

—Hay otra manera de conseguir lo que falta —le dijo a Esteban—. Puedo escribir a la parroquia donde te bautizaron.

María volvió la cabeza.

—¿Sin pedírselos a su padre?

—Sin pedírselos. La vergüenza que había sentido se convirtió en enojo.

Esteban dejó caer los brazos.

—Debí preguntar antes.

Ella esperó hasta que Gabriel se marchó.

—Sí —dijo entonces—. Debiste.

⁂

La respuesta llegó semanas después.

Para entonces, María ya notaba un movimiento leve dentro del vientre. La primera vez creyó que era hambre; la segunda se quedó inmóvil en medio de la cocina, sosteniendo una cebolla.

—Aquí estás —susurró.

Mercedes levantó la vista.

María tomó su mano y la apoyó sobre el vestido.

No ocurrió nada.

Esperaron juntas.

—Ya se escondió —dijo su madre.

María soltó una carcajada.

Mercedes también se rio, y aquel sonido hizo que la casa pareciera más grande.

Esa tarde, Esteban sintió al niño por primera vez. Estaba arrodillado junto a la silla de María cuando una pequeña presión golpeó su palma.

Su expresión cambió.

—Lo sentí.

—Te estoy diciendo desde hace días.

Él no retiró la mano.

Permaneció allí tanto tiempo que María terminó acariciándole el cabello.

⁂

Se casaron a finales de febrero. La ceremonia fue temprano, antes de que comenzara el movimiento del mercado. Mercedes y Tomasa ocuparon el primer banco. Inés acudió con su marido, y el panadero aceptó ser testigo.

Ningún Salcedo estuvo presente.

María llevó un vestido claro que había pertenecido a su madre. Mercedes abrió las costuras para acomodarlo al embarazo y añadió una cinta bajo el pecho.

Esteban esperaba junto al altar.

Cuando ella se acercó, él miró hacia la puerta de la iglesia.

María lo advirtió.

También había esperado, en secreto, que alguien de la hacienda apareciera. No porque necesitara su permiso, sino porque sabía cuánto deseaba Esteban dejar de elegir entre dos casas.

La puerta permaneció vacía.

Él se volvió hacia ella.

Durante la ceremonia, María sostuvo sus manos y trató de no pensar en nadie más.

Después comieron en el patio de Mercedes. Hubo mole, arroz y un pequeño pastel que el panadero había preparado con ayuda de su esposa.

Tomasa exigió que Esteban sirviera el primer plato a María.

—Ahora acostúmbrese —dijo.

Todos se rieron.

Por unas horas no faltó nadie.

⁂

El regalo de la hacienda llegó al anochecer.

Un criado entregó una caja de madera y pidió que Esteban firmara un recibo.

Dentro había una vajilla, dos manteles y un sobre.

María examinó los platos. Eran blancos, con un borde azul tan fino que tuvo miedo de romperlos al tocarlos.

Esteban abrió la carta.

La leyó sin sentarse. —¿Qué dice? —preguntó ella.

Él dobló el papel.

—Mi madre manda sus felicitaciones.

—¿Solo eso?

Esteban guardó el sobre en el bolsillo.

—Mi padre quiere que vuelva a trabajar con él.

María se quedó con un plato entre las manos.

—¿Y tú quieres?

—Podría ganar más.

Ella miró la mesa prestada, las dos sillas desiguales, el jarro de flores.

—¿Qué te pide a cambio?

Esteban tardó en contestar.

—Que mantengamos separados los asuntos de la familia y los del negocio.

María colocó el plato en la caja.

—Nosotros también somos tu familia.

—Lo sé.

Pero no volvió a sacar la carta.

⁂

El niño nació en junio, durante la primera lluvia fuerte.

Las contracciones comenzaron antes del amanecer. Mercedes llegó con Tomasa y mandó a Esteban a calentar agua.

María perdió la noción de las horas.

Recordaría después algunos fragmentos: las manos de su madre sobre la frente, el borde de una sábana retorcido entre sus dedos, Esteban preguntando desde la puerta si podían necesitar algo más.

En un momento pidió que abrieran la ventana.

—Tengo mucho calor.

Mercedes corrió la cortina. El aire húmedo entró cargado de olor a tierra.

María escuchó agua en el patio y, entre un dolor y otro, creyó distinguir un sollozo.

Tomasa le sostuvo la cara.

—Mírame a mí.

María intentó hablar.

—A mí —repitió la anciana—. Aquí estamos.

El llanto que siguió fue distinto.

Pequeño, furioso, lleno de vida.

Tomasa envolvió al niño y lo puso sobre el pecho de María.

Ella lo miró sin atreverse a mover las manos.

Tenía los ojos cerrados y una arruga profunda entre las cejas.

—Hola —dijo, llorando.

⁂

Lo llamaron Mateo.

Esteban propuso Anselmo durante la primera noche.

María levantó la vista de la cama.

—No.

Él pareció sorprendido.

—Es el nombre de mi padre.

—Lo sé.

El niño dormía entre sus brazos.

Esteban se sentó en el borde del colchón.

—Podría ayudar a que se acercara.

María miró a su hijo.

No quería que la primera tarea de aquella criatura fuera reconciliar a dos hombres.

—Su nombre no va a ser un trato. Esteban permaneció callado.

Después rozó con un dedo la mano diminuta.

—¿Mateo?

Ella asintió.

El niño cerró los dedos alrededor de los suyos.

Días después, María anudó un hilo blanco a una esquina de su manta para reconocerla entre las prendas del lavadero. Mercedes le había enseñado aquel nudo doble cuando era niña; podía hacerlo incluso en la oscuridad.

⁂

Las semanas siguientes estuvieron hechas de leche, pañales y sueño interrumpido.

María descubrió que podía amar a su hijo y, al mismo tiempo, desear una hora de silencio. Mercedes llegaba cada mañana y lo cargaba mientras ella dormía. Esteban aprendió a cambiarlo, aunque siempre necesitaba otra tela porque colocaba mal la primera.

Una noche consiguió calmarlo caminando por el patio.

María los observó desde la puerta.

Él murmuraba una canción que apenas conocía. Mateo descansaba sobre su hombro.

La felicidad tuvo entonces una forma sencilla: dos cuerpos bajo una lámpara, una camisa manchada y la posibilidad de irse a dormir sin miedo.

⁂

Esteban regresó a la hacienda cuando Mateo cumplió dos meses.

El sueldo alcanzaría para pagar la casa, comprar una cama mejor y dejar algún ahorro.

María aceptó después de discutirlo varias noches.

—No vuelvas a callarte cosas para evitar problemas —le pidió.

Él prometió que no lo haría.

Al principio cumplió los horarios. Después empezaron las comidas con compradores, las cuentas atrasadas, los viajes que se decidían a última hora.

María procuró no convertir cada demora en una acusación.

Pero aprendió a distinguir el sonido de su caballo entre todos los que atravesaban la calle.

⁂

Una tarde, Tomasa encontró a Mateo dormido junto a la ventana.

Se detuvo antes de acercarse. —¿Quién le amarró esto?

María dejó la costura.

En la muñeca del niño había un hilo blanco con un pequeño nudo.

—Nadie.

Lo examinó. No era parte de la ropa ni una hebra desprendida de la manta.

María reconoció el nudo doble que utilizaba para marcar las mantas, aunque aquella mañana no había tenido ningún hilo entre las manos. Tomasa lo cortó con las tijeras de María.

—Tal vez tu madre.

—Ella no estuvo hoy.

La anciana sostuvo el hilo entre los dedos.

María miró hacia el patio.

Junto a la puerta trasera había una marca húmeda que no recordaba haber visto.

Esta vez era grande.

Una huella de mujer, orientada hacia la cuna.