Capítulo 5 de 13
La silla vacía
María levantó a Mateo antes de acercarse a la puerta trasera.
El niño protestó, arrancado de su sueño, y buscó su pecho con la boca. Ella lo sostuvo contra sí mientras miraba la huella sobre el piso.
Los dedos apuntaban hacia la cuna.
Tomasa recorrió el patio, comprobó el cerrojo y abrió la pequeña puerta que comunicaba con el callejón.
—¿La dejaste abierta?
—Solo cuando tendí los pañales.
—¿Cuánto tiempo?
María intentó recordar. Había lavado, puesto agua al fuego y recibido a una vecina que necesitaba un remiendo.
—No sé.
Tomasa cerró. —Desde ahora la trabas cuando entres.
María miró el hilo cortado, abandonado sobre la mesa.
—¿Cree que alguien quiso llevárselo?
La anciana no respondió enseguida.
—Creo que debemos averiguar quién entró.
Esa respuesta, concreta y prudente, consiguió asustarla más que cualquier historia de aparecidos.
⁂
Esteban regresó al anochecer.
Escuchó a María, examinó la marca y fue a preguntar a los vecinos. Volvió con un martillo y un cerrojo nuevo.
—Nadie vio nada.
Mientras trabajaba, María permaneció sentada con Mateo en brazos.
—Tomasa también lo vio —dijo.
Esteban dejó de golpear.
—No he dicho que no te crea.
—La otra vez pensaste que había soñado.
Él apoyó el martillo sobre el suelo.
—No sabía qué pensar. Ahora tampoco.
Aquella sinceridad la calmó un poco.
Esteban probó el cerrojo y regresó junto a ellos. Mateo le tomó un dedo.
—Mañana preguntaré en la hacienda —dijo—. Tal vez mi madre mandó a alguien.
—¿Para amarrarle un hilo?
—Algunas mujeres lo hacen contra el mal de ojo.
María bajó la vista hacia la muñeca desnuda de su hijo.
—Si quiere verlo, que venga.
Él asintió. Pero, durante la cena, no volvió a mencionar a su madre.
⁂
La visita llegó cinco días después.
Doña Beatriz Salcedo apareció en una calesa, acompañada por una criada que llevaba una canasta. María acababa de terminar de barrer y tenía el cabello recogido con un pañuelo.
Durante un instante pensó en esconder la escoba.
Después la dejó donde estaba.
—Buenas tardes —saludó.
Beatriz recorrió con los ojos la habitación: las paredes encaladas, el jarro de flores, la vajilla que ella misma había enviado.
—Vengo a conocer a mi nieto.
María se apartó para dejarla entrar.
La criada puso la canasta sobre la mesa. Había ropa de bebé, una manta y una pequeña caja de plata.
Beatriz se acercó a la cuna.
Mateo la miró y soltó una burbuja de saliva.
La expresión de la mujer cambió apenas.
—Tiene los ojos de Esteban.
—También tiene su hambre —respondió María.
Beatriz pareció sorprendida. Luego sonrió.
Fue una sonrisa breve, pero permitió que María dejara de sentirse examinada por unos segundos.
La invitó a sentarse.
⁂
Esteban llegó antes de lo habitual.
Al encontrar a su madre en la casa, se detuvo en la puerta.
—Mamá.
Beatriz se puso de pie. Él la abrazó con una fuerza que María no esperaba. La mujer le acarició la nuca como si todavía fuera un muchacho.
María volvió a la cocina para preparar café.
Desde allí escuchó preguntas sobre el trabajo, sobre las comidas, sobre una chaqueta que Esteban había dejado en la hacienda.
Ninguna sobre ella.
Al regresar con las tazas, Beatriz tenía a Mateo en brazos.
—Podrían llevarlo el domingo —dijo.
Esteban levantó la cabeza.
—¿A la hacienda?
—Tu padre quiere conocerlo.
María sintió que él buscaba su mirada.
—¿Nos espera a los tres? —preguntó ella.
Beatriz acomodó la manta del niño.
—Naturalmente.
La palabra sonó sencilla. María deseó que lo fuera.
Antes de marcharse, Beatriz negó haber enviado a nadie a ponerle un hilo a Mateo.
Esteban insistió en preguntar a la criada.
Tampoco sabía nada.
⁂
El domingo, María vistió a su hijo con la ropa que mejor le quedaba.
Mercedes pasó temprano.
—No tienes que demostrarles nada.
—Solo quiero que vaya limpio.
Su madre le acomodó el cuello del vestido.
—Lo sé.
María estaba nerviosa. Había ensayado respuestas mientras barría, mientras daba de comer a Mateo, mientras fingía dormir junto a Esteban. Él llegó con un coche prestado y una alegría que le devolvía algo del hombre que había aparecido en el lavadero.
Durante el camino señaló árboles que conocía desde niño.
—Ahí me caí una vez.
María miró un fresno.
—¿También por guayabas?
—Por querer demostrar que podía subir más que mi hermano.
—No me habías hablado de él —dijo María.
—Murió de fiebre cuando teníamos doce y diez años. Yo era el menor.
Esteban miró el fresno hasta dejarlo atrás. María le apoyó una mano sobre el brazo y no insistió.
La hacienda apareció detrás de una hilera de álamos.
⁂
Don Anselmo los recibió en el corredor.
Era un hombre ancho, con el cabello completamente gris y una expresión que no cambió al ver a María.
—Padre —dijo Esteban.
Anselmo asintió.
Después miró al niño.
—A ver.
María lo sostuvo un momento más de lo necesario antes de entregárselo.
El hombre lo cargó con torpeza. Mateo frunció el rostro, pero no lloró.
—Buen peso —comentó.
Beatriz salió al corredor y pidió que pasaran.
María avanzó junto a Esteban. Él le apretó la mano una vez, con disimulo.
Aquello la incomodó.
No quería que la tranquilizara a escondidas.
⁂
La comida se sirvió en una mesa donde sobraban lugares. María se sentó frente a una ventana que daba a los jardines. Un criado colocó junto a ella una silla para la canasta donde dormía Mateo.
Don Anselmo habló del molino, de unos compradores y de un camino que necesitaba reparaciones. Esteban respondió con atención.
María comió despacio.
Cuando Beatriz le preguntó si sabía bordar, ella agradeció la posibilidad de participar.
—Aprendí con mi madre.
—Hay unas servilletas que necesitan iniciales.
María dejó el tenedor.
Esteban continuó hablando con su padre.
—Puedo recomendarle a alguien —respondió.
Beatriz levantó los ojos.
—Pensé que tú podrías.
—Ahora tengo varios encargos y al niño.
La conversación quedó suspendida.
María sintió el impulso de explicar que no había querido ofenderla. Se contuvo.
Don Anselmo tomó su copa.
—El trabajo nunca ha hecho daño a nadie.
—No he dicho eso —contestó ella.
Esteban la miró por fin.
⁂
De regreso, el coche avanzó durante un buen rato sin conversación.
Mateo dormía en el regazo de María.
—Mi madre no quiso hacerte sentir mal —dijo Esteban.
Ella miró el camino.
—Pudo preguntar cuánto cobraba.
—Era una manera de acercarse. —Entonces tiene maneras difíciles de reconocer.
Él sostuvo las riendas con más fuerza.
—Hicieron un esfuerzo.
María volvió el rostro hacia él.
—Yo también.
Esteban no respondió.
En casa dejó la canasta sobre la cama y salió a devolver el coche. María se quedó sentada, todavía con el sombrero puesto.
Había imaginado aquella visita como el principio de algo.
No sabía todavía de qué.
⁂
Pasó el invierno.
Mateo aprendió a sentarse, a gatear y a golpear una cuchara contra cualquier superficie. Mercedes decía que iba a ser músico; María, que iba a destruir la vajilla.
Esteban reía cuando estaba allí.
Cada vez estaba menos.
Su padre le había encargado supervisar compras fuera del pueblo. Algunos viajes duraban dos días; otros, una semana.
El dinero mejoró. Compraron una cama y una mesa que ya no se inclinaba hacia una esquina.
María siguió remendando ropa.
La puerta trasera permanecía cerrada.
No volvieron a encontrar huellas.
Con el tiempo, el recuerdo perdió su urgencia, aunque ella nunca dejó a Mateo junto a la ventana cuando salía al patio.
⁂
Una tarde de junio celebraron su primer cumpleaños.
Mercedes llevó un pan dulce. Tomasa apareció con una pelota hecha de retazos.
Esteban había prometido llegar antes de la comida. María esperó hasta que el arroz empezó a secarse.
—Sirve —dijo su madre.
—Puede venir en cualquier momento.
Mateo golpeaba la mesa con ambas manos.
Esperaron un poco más.
Finalmente comieron.
Cuando Esteban llegó, el niño dormía y Tomasa ya se había marchado.
Traía un caballo de madera.
—Se atoró una rueda en el camino —explicó.
María miró el juguete.
—¿Dónde?
Él tardó un instante.
—Cerca del molino.
Ella no preguntó más. Colocó el caballo sobre la mesa, junto al plato que le había reservado.
Esteban comió de pie.
⁂
Aquella noche discutieron por primera vez sin bajar la voz.
—No puedo estar en todas partes —dijo él.
—Hoy solo tenías que estar aquí.
—Trabajo para ustedes.
—También podrías hablarles.
Esteban se volvió hacia ella.
—¿Qué quieres decir?
María señaló la cama donde dormía Mateo.
—Que empieza a conocerte cuando ya tienes que irte.
Él miró al niño. Durante unos segundos pareció dispuesto a acercarse. Después recogió su chaqueta.
—Necesito aire.
María no lo detuvo.
Se quedó escuchando sus pasos hasta que dejaron de oírse.
⁂
Volvió antes del amanecer.
María estaba despierta.
Esteban se sentó junto a ella.
—Perdóname.
Tenía los ojos cansados y olía a tabaco.
Ella permitió que le tomara la mano.
Hablaron en voz baja. Él reconoció que aceptaba demasiado trabajo; ella admitió que había empezado a esperar una decepción incluso antes de que ocurriera.
Se abrazaron con cuidado, procurando no despertar al niño.
Durante las semanas siguientes, Esteban regresó más temprano.
Mateo aprendió a decir papá.
María volvió a reír.
⁂
En octubre supo que esperaba otro hijo.
Esta vez Esteban la abrazó antes de hacer preguntas.
—Una niña —dijo.
—Eso no lo sabes.
—Quiero una niña.
María sonrió contra su pecho.
La esperanza regresó con una facilidad que después le costaría comprender.
Esa noche, mientras guardaba una manta para el nuevo bebé, escuchó a Mateo hablando en el patio. Se acercó a la puerta.
El niño estaba sentado frente al cerrojo, con el caballo de madera entre las piernas.
—No puedes —decía.
María se arrodilló junto a él.
—¿Con quién hablas?
Mateo señaló la puerta.
Del otro lado no se oía nada.
—La señora.
María lo tomó en brazos.
—¿Qué señora?
Su hijo apoyó una mano sobre su vientre.
—Quiere… niña.
María miró su vientre. Mateo acababa de juntar palabras que apenas decía por separado; no supo si estaba repitiendo lo que había oído a su padre.