Capítulo 6 de 13
La segunda cuna
María apartó a Mateo de la puerta.
Lo hizo con tanta rapidez que el niño dejó caer el caballo de madera y comenzó a llorar.
—¿Qué señora? —preguntó, procurando suavizar la voz.
Mateo señaló el callejón.
—Ahí.
María lo llevó hasta la mesa. Le limpió las lágrimas con el borde de su delantal y esperó a que dejara de sollozar.
—¿La viste?
Él asintió.
—¿Cómo era?
Mateo bajó la mirada hacia su juguete.
—Mojada.
María sintió frío en los brazos. No le preguntó más. Colocó al niño en su silla y salió al patio sin perderlo de vista. Revisó la puerta, las paredes y el pequeño espacio entre el lavadero y los cántaros.
Todo estaba seco.
En el callejón había una gallina picoteando una cáscara.
María cerró el cerrojo.
Cuando regresó, Mateo golpeaba la mesa con el caballo. Parecía haber olvidado la conversación.
Ella pasó el resto de la tarde escuchando cualquier ruido que llegara del patio.
⁂
Esteban recibió la noticia con una inquietud que intentó disfrazar de cansancio.
—Tal vez oyó hablar a las mujeres.
María dejó de doblar una camisa.
—Yo no hablo de eso delante de él.
—Puede haberlo escuchado en otra parte.
Ella miró a Mateo, dormido con la boca abierta.
Era pequeño. Algunas palabras todavía le salían incompletas y a veces confundía una sombra con un animal. María se aferró a esa posibilidad.
—Dijo «quiere… niña». Y me tocó el vientre.
Esteban se acercó.
—Yo digo todo el tiempo que va a ser una niña.
—Tú no dices que alguien quiere llevársela.
Él le tomó las manos.
—No sabemos que haya querido decir eso.
María quiso aceptar la explicación.
Esteban revisó el patio y aseguró la ventana. Después cargó a Mateo hasta la cama.
Aquella noche durmieron los tres en la misma habitación.
⁂
Tomasa escuchó a María mientras preparaba unas telas para otro parto. —¿Volvió a mencionarla?
—No.
—Entonces no le preguntes a cada rato. Podría empezar a repetirlo para contestarte.
María se sentó junto a la mesa.
—¿Y si de verdad vio algo?
La anciana colocó una tela encima de otra.
—Si vuelve a hablar, lo escuchas. Pero no le pongas tú las palabras.
María asintió.
—¿Antonia vestía de blanco?
Tomasa levantó los ojos.
—Ya no recuerdo.
—¿Llevaba el cabello suelto?
La anciana dejó las telas.
—María, Antonia era una mujer de carne y hueso. La vi comer, trabajar y enterrar a su hijo. No sé qué estás escuchando en tu casa, pero no puedo darle un nombre solo para que parezca más fácil de entender.
María bajó la mirada.
—Creí que usted sabía.
—Sé que tienes miedo.
Tomasa le acercó una taza de agua.
—Y sé que no debes guardártelo hasta enfermarte.
⁂
Durante diciembre, Esteban pasó varias noches fuera.
Su padre había iniciado negocios con una familia de Morelia y necesitaba a alguien que revisara cuentas y entregara correspondencia.
María conocía los viajes de memoria: martes de salida, jueves de regreso; algunas veces viernes, si el camino se complicaba.
Mercedes dormía en la casa cuando él faltaba. Una noche, mientras remendaban junto al fogón, María preguntó:
—¿Tú crees que soy cobarde?
Su madre no levantó la vista.
—Creo que estás cansada.
—Hay mujeres que viven solas con cuatro hijos.
Mercedes cortó un hilo.
—Y hay mujeres que necesitan compañía. Una cosa no vuelve menos valiente a la otra.
María acarició su vientre.
El niño que esperaba se movió bajo la palma.
—No quiero que Mateo me vea siempre asustada.
Mercedes dejó la costura y se sentó a su lado.
—Entonces deja que también nos vea cuidándote.
⁂
El segundo embarazo avanzó entre el trabajo y la espera.
María dejó de lavar en el río, pero conservó los encargos de costura. Inés le llevaba ropa y, algunas tardes, se quedaba mientras los niños del vecindario jugaban en la calle.
Mateo aprendió a pedir agua, a esconder cucharas y a subir a una silla sin ayuda. María lo encontraba hablando con el caballo de madera y escuchaba sin intervenir.
Nunca volvió a nombrar a la señora.
Las noches también permanecieron tranquilas.
Poco a poco, María empezó a abrir la puerta trasera para dejar entrar el aire.
Esteban decía que la casa necesitaba luz.
Ella pensaba que quizá él tenía razón.
⁂
Una mañana de febrero llegó un sobre de la hacienda.
El mensajero preguntó por Esteban y, al saber que estaba fuera, quiso llevárselo de nuevo.
—Soy su esposa —dijo María. El hombre vaciló y terminó entregándolo.
María lo dejó sobre la mesa.
No lo abrió.
Sin embargo, al moverlo para servir la comida, vio una frase escrita en el reverso: «Confirmar asistencia a la cena de los Alcázar».
Cuando Esteban regresó, guardó el sobre sin leerlo delante de ella.
—¿Quiénes son? —preguntó María.
—Los nuevos socios de mi padre.
—¿También estoy invitada?
Él se quedó quieto.
—Es una cena de trabajo.
María siguió sirviendo.
—Entonces no.
—No lo hagas así.
Ella apoyó el cucharón.
—¿Cómo quieres que lo haga?
Esteban miró su vientre.
—No pensé que quisieras viajar en tu estado.
—Podías preguntarme.
La discusión terminó porque Mateo comenzó a llorar. María lo levantó y se fue a la otra habitación.
Esteban cenó solo.
⁂
La niña nació en mayo.
El parto empezó durante la tarde y avanzó más rápido de lo que María esperaba. Esteban estaba en Morelia.
Mercedes mandó un recado a la hacienda, aunque sabía que nadie podría hacerlo volver a tiempo. Tomasa llegó con su bolsa y pidió que hirvieran agua.
Mateo se quedó con Inés. Antes de salir, besó el vientre de su madre y preguntó si su hermana ya quería jugar.
María se rio entre dos contracciones.
—Todavía no.
Cuando la niña llegó, el sol se estaba ocultando.
Lloró con una voz aguda que hizo sonreír a Tomasa.
—Esta no va a dejar que la olviden.
María la recibió sobre el pecho.
La pequeña buscó calor, apretando las manos contra la piel de su madre.
Mercedes se inclinó para verla.
—Tiene tu boca.
María la miró con una ternura que casi dolía.
—Se llama Elena.
No esperó a que Esteban regresara para decidirlo.
⁂
Él llegó al día siguiente, cubierto de polvo.
Entró deprisa, dejó su maleta junto a la puerta y se quedó mirando a la niña.
—No me avisaron hasta anoche.
María estaba demasiado agotada para preguntar quién había tardado en entregar el recado.
Esteban se arrodilló junto a la cama.
—Perdóname.
Ella apartó la manta para que pudiera verla.
—Elena.
Él repitió el nombre.
Luego tomó a su hija con cuidado.
La niña abrió los ojos durante un instante. Esteban sonrió.
María contempló aquella sonrisa y decidió que habría tiempo para hablar de lo demás.
⁂
La casa se llenó de sonidos.
Elena lloraba cuando Mateo dormía; Mateo pedía salir cuando Elena acababa de quedarse tranquila. Había ropa húmeda en cada rincón y una olla sobre el fogón a cualquier hora.
Esteban pidió al carpintero otra cuna.
La colocaron junto a la cama.
María pasaba las noches levantándose, alimentando, cambiando telas y volviendo a acostarse sin llegar a dormir del todo.
Una madrugada, mientras Elena mamaba, sintió una rabia súbita al escuchar los ronquidos de Esteban.
Lo despertó.
—Te toca cargarla cuando termine.
Él obedeció, aunque se movía con torpeza.
María se acostó y lloró de puro cansancio.
Por la mañana se avergonzó.
Mercedes la encontró limpiándose la cara.
—Llorar no le quita nada al amor que les tienes —dijo.
María apoyó la frente en su hombro.
⁂
Pasaron dos años.
Mateo creció serio y observador. Le gustaba ordenar piedras por tamaño y hacer preguntas que nadie sabía responder.
Elena corría antes de pronunciar bien las palabras. Se subía a todo, se ensuciaba las rodillas y reía con la cabeza inclinada hacia atrás.
Mercedes decía que aquella risa ya la conocía.
Hubo tardes felices. Esteban llevó a los niños al mercado, enseñó a Mateo a sostener las riendas y dejó que Elena le llenara los bolsillos de flores.
También hubo ausencias.
María aprendió a servir cuatro platos y guardar uno sin anunciar que faltaba alguien.
La vajilla de Beatriz perdió dos piezas. La mesa nueva adquirió manchas. El caballo de madera terminó con una pata pegada.
La casa, por fin, parecía una casa vivida.
⁂
A finales de mayo de 1895, un jueves, Elena tuvo fiebre. Acababa de cumplir dos años y a Mateo le faltaban unas semanas para cumplir cuatro.
Tomasa acudió, la examinó y recomendó buscar al médico si no mejoraba. Mercedes fue a la hacienda para avisar a Esteban.
Volvió sola.
—No está.
María humedeció otra tela.
—¿Cuándo regresa?
Su madre tardó en responder.
—No supieron decirme.
Elena se quejó entre sueños.
Mateo estaba sentado en el suelo, abrazando sus rodillas.
—¿Se va a morir? —preguntó.
María dejó la tela y se arrodilló frente a él.
—Está enferma. La estamos cuidando.
No prometió nada más.
Durante la noche, la fiebre comenzó a bajar.
Al amanecer, Elena pidió agua.
María sintió que el cuerpo entero se le aflojaba.
⁂
Esteban volvió esa tarde. Traía dulces.
Al ver la habitación y el rostro de María, dejó el paquete sobre la mesa.
—¿Qué pasó?
Ella lo miró.
—Tu hija estuvo enferma.
Él se acercó a la cama.
Elena dormía.
—Nadie me dijo.
—Mi madre fue a buscarte.
Esteban permaneció de espaldas.
—Tuve que salir.
—¿Adónde?
No contestó enseguida.
María reconoció aquella demora.
La misma pausa del mercado. La misma de las invitaciones que no la incluían.
—A Morelia —dijo él.
María se levantó.
Al recoger su chaqueta del respaldo de una silla, cayó una tarjeta.
Esteban extendió la mano demasiado tarde.
Ella leyó el nombre escrito con tinta azul.
Isabel Alcázar.
Debajo, una sola línea:
No vuelvas a irte sin despedirte de mí.
María dejó de escuchar los ruidos de la casa.
Desde la cama, Elena respiraba tranquila.
Su padre seguía buscando una explicación.