Capítulo 7 de 13

La casa de las explicaciones

María leyó la tarjeta dos veces.

En la segunda, las palabras habían dejado de parecer una equivocación.

Esteban extendió la mano.

—Dámela.

Ella la retiró.

—¿Quién es Isabel?

—La hija de uno de los socios de mi padre.

—Eso ya lo entendí.

Elena se movió sobre la cama. María bajó la voz.

—Te estoy preguntando quién es para ti.

Esteban miró hacia la puerta de la habitación. Mateo estaba en el patio con Mercedes, ordenando sus piedras en el borde del lavadero.

—No podemos hablar aquí.

María sintió una furia repentina.

—Aquí vive tu familia.

Él se quedó inmóvil.

La tarjeta temblaba entre sus dedos.

Durante aquellos años había aprendido a escuchar el relato de cada demora: una cuenta que no cuadraba, un caballo enfermo, un camino cerrado. Ahora las explicaciones anteriores empezaban a cambiar de forma.

—¿Estabas con ella mientras Elena tenía fiebre?

Esteban tardó demasiado.

María dejó la tarjeta sobre la mesa.

—Contéstame.

—Estaba en su casa. Mercedes entró cuando escuchó arrastrarse una silla.

Encontró a su hija de pie junto a la mesa y a Esteban mirando el suelo.

—¿Qué sucede?

María no consiguió responder.

Su madre vio la tarjeta, pero no la tocó.

Esteban acercó una silla.

—Tenemos que hablar.

Mercedes miró a su hija.

—Me llevo a los niños un rato.

—Elena está dormida —dijo María.

—La cargaré.

Ninguna preguntó si Esteban estaba de acuerdo.

Mateo protestó porque quería terminar de ordenar las piedras. Mercedes le prometió que seguirían en su casa.

Cuando cerró la puerta, el silencio pareció ocupar también los lugares que habían dejado los niños.

María se sentó.

No por tranquilidad, sino porque las piernas habían empezado a fallarle.

⁂

—No lo planeé —dijo Esteban.

María miró sus manos sobre la mesa.

Todavía tenía jabón bajo una uña. Aquella mañana había lavado las sábanas de Elena después de que el sudor las empapara.

—¿Cuánto tiempo?

—María…

—¿Cuánto?

Él apoyó los codos en las rodillas.

—Desde hace unos meses. Ella intentó recordar dónde había estado durante esos meses. En la cocina. En el mercado. Junto a una cuna. Esperándolo.

—¿Desde los viajes que empezaste a alargar este invierno?

Esteban asintió.

María recordó los regresos aplazados de aquellos últimos meses. Después pensó en otras ausencias, incluso en el primer cumpleaños de Mateo, casi tres años atrás. No sabía cuáles habían sido por trabajo y cuáles por comodidad. La mentira reciente había vuelto sospechosos recuerdos que antes tenían una explicación.

Se levantó de nuevo.

—Lo sabías cada vez que este invierno me dijiste que trabajabas para nosotros.

—También trabajo para ustedes.

Ella soltó una risa breve que la asustó.

—No vuelvas a usar a los niños para explicar esto.

⁂

Esteban empezó a hablar de Isabel.

Dijo que se conocían desde jóvenes, que su padre había insistido en que acudiera a las cenas, que al principio solo conversaban sobre los negocios.

María lo escuchó sin interrumpir hasta que él mencionó las diferencias entre sus vidas.

—Con ella puedo hablar de ciertas cosas.

María lo miró.

—¿Y conmigo de cuáles?

Esteban cerró los ojos.

—No quise decir…

—Dime.

Él no respondió.

María recordó el libro de poemas. Las palabras que había aprendido siguiendo las líneas con el dedo. Las tardes en que él esperaba mientras ella leía despacio.

Se preguntó en qué momento su paciencia había empezado a parecerle una carga.

—Yo también tenía cosas de qué hablar —dijo—. Dejaste de llegar a tiempo para escucharlas.

Esteban se puso de pie. —He tratado de darles una vida mejor.

María señaló la puerta.

—Los dulces están allá. Puedes llevártelos.

⁂

Él pidió otra oportunidad.

La frase llegó cuando ya no le quedaban explicaciones.

María sintió ganas de aceptar antes de saber qué significaba. Aquello le produjo una vergüenza más dolorosa que la tarjeta.

—¿Vas a dejar de verla?

Esteban sostuvo su mirada.

—Sí.

—¿Tu padre sabe?

La expresión de él cambió.

—No importa lo que sepa mi padre.

—A mí sí.

Esteban caminó hasta la ventana.

—La ha invitado algunas veces a la hacienda.

María se quedó quieta.

—¿Y tu madre?

Él no contestó.

La vajilla blanca seguía sobre la repisa. Beatriz había escogido el borde azul, enviado los manteles y felicitado el nacimiento de Elena mediante una criada.

María miró aquellos platos como si acabaran de entrar en su casa.

—Vete esta noche —dijo.

Esteban se volvió.

—María.

—No he dicho que no vuelvas nunca. He dicho que esta noche no puedo dormir contigo aquí. Él recogió su chaqueta.

Antes de salir, quiso tocarle el hombro.

Ella se apartó.

⁂

Mercedes volvió después del anochecer.

Elena descansaba contra su pecho. Mateo caminaba a su lado, cargando una bolsita con las piedras que había decidido llevarse.

—¿Dónde está papá? —preguntó.

María se arrodilló para quitarle los zapatos.

—Esta noche duerme en otro lugar.

—¿Por trabajo?

La pregunta quedó suspendida.

—Tenemos un problema que resolver.

Mateo la observó con una seriedad impropia de su edad.

—¿Hice algo?

María lo abrazó.

—No. Tú no hiciste nada.

Sintió el cuerpo del niño aflojarse entre sus brazos.

Durante mucho tiempo después recordaría aquel instante: su hijo había oído una pelea y lo primero que había hecho era buscar su propia culpa.

⁂

Esteban regresó tres días después.

Llegó temprano, sin regalos.

María lo recibió en el patio mientras Mercedes daba de comer a los niños.

—Hablé con Isabel —dijo—. Se terminó.

Ella miró su rostro buscando algo que pudiera reconocer.

—¿Qué le dijiste? —Que tengo una esposa y dos hijos.

María bajó la vista.

—Lo sabías antes.

—Sí.

Por primera vez no intentó suavizarlo.

Ella permitió que se quedara a comer.

Mateo corrió a abrazarlo. Elena le pidió que la levantara.

María contempló la alegría de ambos y sintió que cualquier decisión suya tendría que atravesar aquellos cuerpos pequeños.

Durante la comida, Esteban intentó conversar como antes.

Ella respondió lo necesario.

La silla había vuelto a ocuparse. El espacio entre ellos seguía vacío.

⁂

Las semanas siguientes fueron cuidadosas.

Esteban avisaba cuando salía, regresaba antes de la cena y dejaba las cartas sobre la mesa. María detestaba revisar sus cosas, pero también detestaba la ansiedad que le provocaba no hacerlo.

Una tarde encontró a Mateo observándola mientras sacudía los bolsillos de una chaqueta.

—¿Buscas dinero?

Ella dejó la prenda.

—Un papel.

—Yo puedo ayudarte.

María sintió que se le cerraba la garganta.

—No hace falta, mi amor.

Guardó la chaqueta sin terminar.

Esa noche le dijo a Esteban que no quería vivir convirtiéndose en vigilante.

Él prometió que no sería necesario.

María ya no sabía qué hacer con una promesa. Fue a hablar con el padre Gabriel.

Lo encontró acomodando unos libros en la sacristía.

Escuchó sin apartar la vista.

—¿Quieres seguir con él? —preguntó.

María se sorprendió.

Había esperado consejos sobre paciencia, sacrificio y familia.

—Quiero que esto no haya pasado.

Gabriel cerró el libro que llevaba.

—Eso no puedo dártelo.

Ella se sentó.

—No sé si puedo perdonarlo.

—No tienes que decidirlo hoy.

María se limpió una lágrima.

—¿Y los niños?

—Necesitan cuidado. También necesitan una madre que pueda respirar dentro de su casa.

Ella permaneció allí hasta que las campanas anunciaron la tarde.

Al salir no llevaba una solución, pero por primera vez en semanas sintió que alguien había hecho una pregunta para escuchar su respuesta.

⁂

Don Anselmo la mandó llamar un lunes.

María rechazó la invitación.

El martes, él llegó a su casa.

Apenas cabía junto a la mesa con aquel abrigo oscuro. Mateo y Elena estaban con Mercedes.

—Esteban está distraído —dijo.

María no le ofreció café. —Pregúntele por qué.

Anselmo apoyó el bastón junto a una silla.

—Lo sé.

María dejó de esperar una explicación inocente.

—Entonces no necesita venir.

El hombre sacó un sobre.

—Hay una propiedad cerca de Pátzcuaro. Podrías vivir allí con los niños. Tendrías lo necesario.

María miró el sobre sin tocarlo.

—¿Y mi esposo?

—Algunas situaciones conviene resolverlas con discreción.

Ella comprendió antes de que terminara.

—Quiere que me vaya para que él siga viendo a Isabel.

Anselmo no lo negó.

—Mis nietos no pasarían necesidades.

María abrió la puerta.

—Ahora tampoco están solos.

Él recogió el bastón.

Al marcharse, dejó el sobre sobre la mesa.

⁂

Esteban llegó antes de la cena.

María le mostró el sobre.

—Tu padre estuvo aquí.

Él palideció.

—No le pedí que viniera.

—¿Sabías lo de la propiedad?

Esteban se quitó el sombrero. María lo dejó hablar. Necesitaba que respondiera sin ayudarlo.

—La mencionó hace tiempo —admitió.

Ella apoyó el sobre junto al plato.

—¿Mientras me decías que todo había terminado?

—No acepté nada.

—Pero tampoco me lo contaste.

Esteban se sentó.

María permaneció de pie.

Entonces Elena llamó desde la otra habitación.

—Mamá.

Fue hacia ella agradeciendo cualquier motivo para interrumpir.

La niña estaba junto a Mateo, mirando la ventana.

Ambos se apartaron cuando María se acercó.

Del otro lado del vidrio había una mano abierta.

Pálida, inmóvil, con agua escurriendo de los dedos.

María agarró a sus hijos y gritó el nombre de Esteban.

Cuando él llegó, la mano ya no estaba.

Solo quedaban cinco marcas húmedas.

Y, por primera vez, Esteban las vio antes de que pudieran secarse.