Capítulo 8 de 13

Lo que vio en el agua

Esteban se acercó al cristal. Desde dentro distinguía las cinco marcas, pero al pasar el pulgar por el vidrio no encontró humedad: el agua estaba en la cara exterior.

María sostenía a Elena contra el pecho y tenía a Mateo aferrado a la falda.

—Estaba ahí —dijo.

Esteban miró el patio a través del vidrio. Después corrió a la puerta trasera, levantó la tranca y salió. —¡Quién anda ahí!

María se quedó junto a los niños.

Escuchó sus pasos sobre las piedras, el golpe del portón y una segunda llamada. Cuando volvió, traía barro en una bota.

—No hay nadie.

Ella señaló el cerrojo.

—Estaba cerrado.

Esteban abrió otra vez para examinarlo. Luego se acercó a la ventana. Desde fuera, la marca de la mano quedaba a la altura de sus hombros. La tocó y esta vez la humedad le quedó en la piel.

Aquello descartaba a los niños.

María esperó una explicación.

Él se quedó mirando los dedos húmedos hasta que el agua comenzó a escurrir por el cristal.

⁂

Durmieron en casa de Mercedes.

Esteban llevó a Elena envuelta en una manta. María caminó con Mateo, que no soltó su mano ni siquiera cuando tropezó.

Mercedes abrió antes de que llamaran por segunda vez.

No necesitó escuchar demasiado.

Preparó una cama para los niños y puso agua al fuego. Esteban se sentó junto a la puerta; María permaneció de pie, incapaz de quitarse el chal.

—¿La viste completa? —preguntó su madre.

Ella negó.

—Solo la mano.

Mateo, acostado junto a su hermana, levantó la cabeza.

—Hoy no lloró.

Los tres adultos lo miraron.

María se acercó despacio.

—¿La habías oído llorar? El niño asintió.

—Cuando papá no estaba.

Esteban bajó los ojos.

María recordó las recomendaciones de Tomasa. Le acarició el cabello sin seguir preguntando.

—Ahora intenta dormir.

Mateo sujetó su muñeca.

—¿Tú te quedas?

—Me quedo.

Se sentó a su lado hasta que aflojó los dedos.

⁂

Por la mañana, Esteban propuso mudarse.

—La propiedad de Pátzcuaro podría servir.

María lo miró con incredulidad.

—¿Ahora quieres aceptar lo de tu padre?

—Quiero sacarlos de esa casa.

Mercedes, que recogía las tazas, se detuvo.

Esteban continuó:

—Aquí también pueden pasar cosas. No sabemos quién nos está buscando.

María sintió que el miedo empezaba a mezclarse con otra amenaza.

—¿Nos llevarías tú?

—Podría ir algunos días.

—Pero seguirías viviendo aquí.

Él no respondió.

Mercedes dejó las tazas sobre la mesa.

—Mi hija puede quedarse conmigo.

Esteban miró la habitación pequeña, las mantas dobladas y los dos niños dormidos. —No caben.

—Encontraremos cómo.

María sintió gratitud por la firmeza de su madre y vergüenza por necesitarla.

⁂

Tomasa llegó al mediodía.

Examinó a Elena, escuchó a Mateo y luego pidió hablar con María a solas.

Salieron al patio.

—¿Puedes dormir?

—Si alguien más está despierto.

—¿Estás comiendo?

María se encogió de hombros.

Tomasa apoyó una mano sobre su brazo.

—Antes de intentar entender lo que sucede, necesitas descansar.

—La mano estaba ahí. Esteban la vio.

—Te estoy escuchando.

La anciana esperó a que María dejara de apretar los labios.

—No todo lo que da miedo se resuelve pasando la noche frente a una puerta.

María miró el suelo.

Desde la cocina llegaba el ruido de Mercedes moliendo chile. Aquella tarea conocida le permitió respirar con menos dificultad.

—Siento que alguien espera que me descuide —confesó.

Tomasa no apartó la mano.

—Entonces deja que te ayudemos a cuidar.

⁂

María regresó a la casa aquella tarde, acompañada por Inés.

Necesitaba ropa, telas y sus herramientas de costura. La luz entraba por la ventana donde había estado la mano. El cristal ya estaba seco.

Inés recogió los vestidos de los niños mientras María guardaba agujas y tijeras.

Sobre la cama encontró el libro de poemas.

Había quedado debajo de la chaqueta de Esteban.

Lo abrió por una página marcada. Reconoció una mancha de café y, junto al margen, una palabra que él le había explicado durante las primeras visitas.

La pronunció en voz baja.

Todavía la recordaba.

Cerró el libro y lo puso en el fondo de la canasta.

No quiso dejar allí algo que también le pertenecía.

⁂

Esteban llegó a casa de Mercedes al anochecer.

María lo esperaba en el patio.

—Los niños se quedan aquí —dijo.

Él asintió.

—Por ahora.

—Y yo también.

Esteban se quitó el sombrero.

—Podemos arreglar la casa. Poner otra ventana, revisar las paredes…

—No estoy hablando solo de la casa.

Él se sentó sobre un cajón.

María tenía ensayadas muchas frases. Al verlo cansado, con polvo en el cuello, todas se le desordenaron.

—¿Quieres seguir casado conmigo?

Esteban levantó la mirada.

—Ya te dije que…

—No me respondas con lo que dijiste antes. El silencio se prolongó.

En la habitación, Elena se rio de algo que Mateo estaba haciendo.

Esteban miró hacia la puerta.

—No sé cómo seguir —admitió.

María sintió que se le entumecían las manos.

Había pedido verdad. No estaba preparada para recibirla.

⁂

Hablaron hasta que Mercedes encendió la lámpara de la cocina.

Esteban dijo que se sentía dividido, que había intentado regresar a la vida anterior y que cada conversación terminaba en sospechas.

María lo escuchó.

—La vida anterior terminó cuando empezaste a mentir.

—Lo sé.

—Pero me pides que la reconstruya sola.

Él apartó el cajón de la pared.

—No quiero hacerte más daño.

María miró la puerta de la habitación.

Le pareció absurdo que todavía estuviera esperando que añadiera otra cosa.

Que dijera que se quedaría. Que preguntara cómo empezar.

Esteban mantuvo los ojos bajos.

—¿Vas a verla otra vez?

Él no contestó.

María apoyó una mano en la pared para sostenerse.

—Entonces no vengas aquí a probar si todavía puedes ser mi esposo.

Esteban cerró los ojos.

Cuando se marchó, ella no lo acompañó al portón. Mateo preguntó por él a la mañana siguiente.

María estaba peinando a Elena.

—Papá va a vivir en otro lugar.

Su hijo dejó una piedra sobre la mesa.

—¿En la hacienda?

—Por ahora, sí.

—¿Nosotros también?

María negó.

Elena se volvió para mirarla.

—¿No viene?

—Puede venir a verlos.

Mateo permaneció quieto.

Después preguntó si su padre se llevaba el caballo de madera.

María tuvo que dejar el peine.

Se arrodilló frente a él y puso el juguete entre sus manos.

—Es tuyo.

El niño lo abrazó con una fuerza que la hizo llorar.

⁂

El llanto volvió tres noches después.

Mercedes lo escuchó primero.

Se incorporó en la cama y llamó a María sin encender la vela.

La voz llegaba desde la calle, débil bajo el ruido del viento.

María se sentó.

Los niños dormían juntos al otro lado de la habitación.

El sollozo avanzó hasta detenerse frente a la puerta.

Por un instante pareció una respiración fatigada. Luego alguien dijo:

—María.

Mercedes le sujetó la mano.

Ella miró la tranca.

No respondió.

La voz volvió a llamarla, más cerca.

María cerró los ojos.

Cuando el llanto se alejó, tenía las uñas de su madre marcadas en la palma.

⁂

Al día siguiente fue a la iglesia.

Gabriel la encontró sentada en el último banco.

María le habló de la separación y después de la voz.

—También la oyó mi madre.

El sacerdote guardó silencio.

—No quiero que me diga que todo estará bien —añadió ella.

—No puedo saberlo.

Aquella respuesta le permitió seguir hablando.

Le contó que estaba enojada incluso cuando los niños la abrazaban, que sentía vergüenza de cruzar el mercado y que algunas veces pasaba horas imaginando qué habría ocurrido si no hubiera conocido a Esteban.

Gabriel acercó una silla.

—¿Hay alguien con quien puedas estar hoy?

—Mi madre.

—Vuelve con ella. Podemos hablar otra vez mañana.

María se quedó un rato más.

Antes de salir, dejó de pedir una explicación y pidió fuerzas para llegar a casa. Sin embargo, tomó el camino del río.

No lo había planeado.

Al llegar al puente reconoció las piedras donde lavaba años atrás. El agua estaba baja y dejaba al descubierto las raíces de los sauces.

María descendió hasta el lavadero.

Se sentó sobre una roca.

Allí había conocido a Esteban. Allí le había anunciado que esperaba a Mateo.

Ahora escuchaba la corriente buscando algo que no sabía nombrar.

Se inclinó para mojarse la cara.

Entre dos piedras, el agua formaba un remanso oscuro.

Su reflejo apareció borroso.

María apartó un mechón de la frente.

La mujer del agua no lo hizo.

Se quedó inmóvil.

El reflejo tenía el cabello suelto sobre los hombros y una tela blanca pegada al cuello.

María retrocedió.

La superficie se rompió con una hoja y volvió a cerrarse.

Entonces distinguió algo bajo aquella cara: dos manos pequeñas, abiertas.

Unas eran mayores que las otras.

María quiso gritar, pero solo consiguió tomar aire.

Detrás de ella, una voz de mujer susurró:

—Todavía puedes irte.

Se volvió.

La orilla estaba vacía.

María subió la pendiente casi corriendo. No miró atrás hasta llegar al puente.

Desde allí vio la piedra donde había estado sentada.

Sobre ella había una franja húmeda con forma de falda. Y por primera vez pensó que aquella mujer no la estaba buscando.

La estaba esperando.