Capítulo 9 de 13

La tarde en que aún podía volver

María llegó a casa con una rodilla raspada.

Había tropezado al subir del río y no sintió dolor hasta que Mercedes le levantó el borde de la falda.

—¿Dónde estabas?

Su hija no respondió enseguida.

Mateo jugaba cerca del fogón. Elena dormía sobre una manta, con el cabello pegado a la frente por el calor.

Estaban allí.

María los miró hasta que su madre repitió la pregunta.

—En el lavadero.

Mercedes dejó el paño con que limpiaba la herida.

—¿Sola?

María asintió.

Quiso contarle el reflejo, las manos pequeñas y la voz que le había dicho que todavía podía irse. Pero, al mirar el rostro de su madre, no supo por dónde empezar.

—Me asusté —dijo.

Mercedes acercó una silla.

—Siéntate. Voy a hacerte algo de comer.

María obedeció.

Mientras esperaba, Elena despertó y extendió los brazos hacia ella. La levantó, hundió la cara en su cabello y permaneció así hasta que la niña empezó a pedir que la soltara.

⁂

Esa noche le contó todo.

Mercedes escuchó junto a la lámpara, sin interrumpir.

Cuando María describió las manos bajo el agua, su madre se llevó los dedos a la boca. —Mañana vamos con Tomasa.

—No sé si quiero volver a hablar de eso.

—Entonces hablaré yo.

María apoyó los codos sobre la mesa.

—Tenía mi cara.

Mercedes permaneció inmóvil.

—¿Estás segura?

—No al principio. Después sí.

La llama se inclinó con una corriente de aire.

María miró sus manos: las uñas cortas, la cicatriz de una quemadura, los nudillos agrietados.

No habían cambiado.

La mujer del agua las tenía pálidas y vacías.

—No quiero regresar al río —susurró.

Mercedes le tomó una mano.

—No tienes que regresar.

Aquella respuesta sencilla la hizo llorar.

⁂

Durante varios días, María aceptó que otras personas decidieran algunas cosas por ella.

Tomasa llegó por las mañanas. Inés se llevó a los niños una tarde para que pudiera dormir. Mercedes recogió sus encargos de costura y explicó que los entregaría con retraso.

María recuperó el apetito poco a poco.

Una mañana se despertó antes que todos y preparó tortillas. El olor de la masa calentándose le recordó una vida que no había desaparecido del todo.

Mateo entró descalzo.

—¿Puedo ayudarte?

Ella le dio un pedazo pequeño.

El niño hizo una tortilla torcida. María la coció de todos modos.

Comieron juntos mientras Elena seguía dormida.

Cuando Mateo se rio al descubrir que su tortilla parecía un zapato, María también se rio.

El sonido la sorprendió.

Todavía podía salir de ella.

⁂

Esteban acudió el domingo.

Había avisado que llevaría a los niños a la plaza y los devolvería antes de la comida.

María revisó el vestido de Elena y buscó el sombrero de Mateo.

No quería castigar a sus hijos con sus propios temores.

Al salir, Elena extendió una mano hacia ella.

—Tú también.

María se inclinó para besarla.

—Los espero aquí.

Esteban la miró, pero no dijo nada.

Volvieron tarde.

Mercedes ya había servido.

Mateo entró corriendo para mostrar una moneda; Elena llevaba un lazo nuevo.

—Abuela tiene muchos platos —dijo el niño.

María levantó la vista.

—¿Fueron a la hacienda?

Esteban dejó el sombrero sobre una silla.

—Mi madre quería verlos.

—Me dijiste que irían a la plaza.

—También fuimos.

María apartó a los niños de la puerta para que entraran a comer. Después salió al patio con él.

⁂

—Necesito saber dónde están —dijo.

Esteban suspiró.

—Están conmigo.

—No te pregunté eso.

Él se apoyó contra el muro.

—Mi padre preguntó si podrían quedarse unos días.

María sintió que regresaba el frío de la orilla.

—¿Por qué?

—Tienen espacio. Hay alguien que puede ayudar a cuidarlos.

—Aquí los cuidamos.

Esteban miró hacia la casa.

—María, después de lo que has contado…

Ella se quedó quieta.

—¿Se lo dijiste?

Él evitó su mirada.

—Estaba preocupado.

María recordó la mano en la ventana. Él había visto las marcas. Había salido al patio buscando a alguien.

Ahora hablaba como si todo hubiera ocurrido dentro de su cabeza.

—No vas a usar mi miedo para llevarte a los niños.

—No estoy haciendo eso.

—Entonces dile que no.

Esteban tardó en asentir.

María no se sintió más tranquila. Dos días después, Beatriz fue a verla.

Llevaba una bolsa con fruta y no preguntó por su hijo.

Se sentó en el patio mientras Mateo enseñaba a Elena a colocar piedras sobre una tabla.

—No sabía que Anselmo había venido a ofrecerte esa propiedad —dijo.

María continuó cosiendo.

—Ahora lo sabe.

Beatriz bajó los ojos hacia sus guantes.

—A veces cree que puede ordenar la vida de todos como ordena sus terrenos.

María dejó la aguja.

—Esteban también cree que puede llevarse a los niños sin decirme adónde.

La mujer miró a sus nietos.

—Le hablaré.

—Ya le hablé yo.

Beatriz recibió la respuesta sin ofenderse.

Durante un rato solo se escucharon las voces de los niños.

Al marcharse, dejó la fruta sobre la mesa.

—Si necesitas algo…

María esperó.

La frase no encontró un final que pudiera servirle.

⁂

Fue Inés quien habló de Isabel.

No quiso hacerlo al principio. María la vio vacilar mientras acomodaba ropa limpia y le pidió que dijera lo que sabía.

—La vieron en la hacienda.

María dobló una camisa.

—¿Cuándo?

—El domingo. Los dedos se le quedaron detenidos sobre la tela.

El domingo en que sus hijos habían ido.

—¿Con ellos?

Inés no respondió enseguida.

—No sé.

María sintió ganas de salir a buscar a Esteban. En lugar de eso, se sentó.

Inés acercó otra silla.

—No tienes que hacer nada hoy.

María miró hacia el patio.

Elena intentaba poner el lazo nuevo en la cabeza del caballo de madera.

Aquel regalo dejó de parecerle inocente.

⁂

Esteban lo confirmó esa noche.

Isabel había estado en la hacienda. Había saludado a los niños. Él no consideró necesario avisarlo.

—No pasó nada —dijo.

María lo miró desde el otro lado de la mesa.

—Les presentaste a la mujer por la que te fuiste.

—No les dije eso.

—¿Qué les dijiste?

Esteban demoró la respuesta.

—Que era una amiga.

María recogió el lazo y lo puso junto a su mano.

—No vuelvas a decidir esas cosas sin hablar conmigo.

Él guardó el lazo en el bolsillo.

El movimiento le dolió de una manera que no esperaba.

Esteban parecía dispuesto a conservar incluso aquel pedazo de cinta. María comenzó a pensar en irse del pueblo.

No a la propiedad de Anselmo.

Mercedes tenía una prima en Uruapan que trabajaba con una costurera. Podían escribirle, preguntar por una habitación y buscar encargos.

La idea surgió durante una tarde tranquila.

Tomasa se mostró de acuerdo.

—Cambiar de lugar no arregla todo, pero puede darte espacio.

María miró a los niños.

Mateo podría ir a la escuela allí. Elena tendría un patio distinto. Nadie conocería cada una de sus discusiones.

Mercedes buscó papel.

María empezó la carta y tachó dos veces la primera línea.

Después consiguió escribir.

Durante aquella hora, el futuro tuvo nuevamente cosas concretas: una dirección, un trabajo, una cama donde dormir.

⁂

La respuesta tardaría varios días.

Mientras tanto, Mercedes empezó a separar ropa y a calcular cuánto costaría el viaje.

María vendió la pequeña caja de plata que Beatriz había llevado cuando fue a conocer a Mateo. Guardó las monedas en una bolsa dentro de su costurero.

Esteban supo del plan por su madre.

Llegó al atardecer.

—No puedes marcharte sin hablar conmigo.

María dejó la bolsa sobre la mesa.

—Estoy hablando contigo ahora.

—Mis hijos viven aquí.

—Tus hijos necesitan tranquilidad. Esteban miró las mantas dobladas.

—No te los voy a quitar.

Ella quiso creerle.

Entonces él añadió:

—Pero tampoco voy a permitir que te los lleves lejos.

La conversación volvió a quedarse sin salida.

⁂

Después de que Esteban se marchó, María permaneció mirando la puerta.

Mercedes tocó su hombro.

—Vamos a encontrar la manera.

María se apartó.

El gesto fue pequeño, pero su madre retiró la mano.

—Perdón —dijo ella.

Mercedes asintió.

No volvieron a hablar durante la cena.

María se acostó temprano y no durmió.

Pensó en el lazo, en Isabel inclinándose para saludar a Elena, en Esteban enseñándole a Mateo alguna habitación de la hacienda donde ella nunca había sido invitada.

Los niños respiraban junto a la pared.

María escuchó ese sonido hasta el amanecer.

⁂

Al día siguiente, una mañana de finales de junio, Mercedes fue con Tomasa a ver a una mujer enferma.

Inés estaba ocupada en la posada.

María se quedó con sus hijos.

Mateo pidió salir porque llevaba varios días jugando en el patio. Elena repitió la petición, dando pequeños saltos frente a la puerta.

María les puso los zapatos. Se vistió con una falda clara y una blusa blanca, todavía húmeda en una costura porque no había terminado de secarse.

—¿Adónde vamos? —preguntó Mateo.

Ella tardó en responder.

—A caminar.

La bolsa del viaje permaneció dentro del costurero.

María cerró la puerta y tomó una mano de cada hijo.

Al llegar a la esquina podía doblar hacia la plaza.

También podía regresar.

Siguió recto.

Desde el puente llegaba el rumor del río.

Mateo tiró suavemente de su mano.

—Mamá, por ahí no.

María se detuvo.

Por un instante escuchó la voz de Mercedes, recordó la tortilla torcida y vio con claridad la carta que aún podía recibir.

Elena pidió que la cargara.

María la levantó.

Después descendió hacia la orilla.