Capítulo 10 de 13

El río no se llevó nada

La pendiente estaba cubierta de hojas secas.

María descendió con Elena en brazos y Mateo caminando detrás. El niño se detenía cada pocos pasos para comprobar dónde ponía los pies.

—Aquí lavabas —dijo.

María asintió.

Había contado aquella historia muchas veces: el jabón, las sábanas, las botas de Esteban hundidas en el barro. Mateo siempre se reía en la misma parte.

Aquella tarde no pidió que la repitiera. Al llegar a la orilla, María bajó a Elena junto a una piedra.

La niña recogió una hoja y se la ofreció.

—Para ti.

María la tomó.

Era una hoja pequeña, atravesada por un agujero.

La sostuvo entre los dedos sin saber dónde guardarla.

⁂

El río corría bajo.

No había tormenta, ni creciente, ni un cielo que anunciara desgracias. Sobre el agua se inclinaban los sauces y, más lejos, un hombre conducía una mula por el camino alto.

María podía llamarlo.

Podía levantar una mano, pedir ayuda para subir con los niños, regresar a la casa de su madre.

Observó al hombre hasta que desapareció detrás de los árboles.

Mateo se sentó sobre una roca.

—Tengo hambre.

María buscó en el bolsillo.

No había llevado pan.

—Cuando volvamos.

El niño miró hacia la pendiente.

—¿Ya vamos?

Ella no respondió.

En su cabeza seguía oyendo a Esteban: no permitiría que se llevara lejos a sus hijos.

Después escuchaba la voz de Anselmo ofreciendo una casa.

Por último imaginaba a Isabel acomodándole el lazo a Elena.

Cada pensamiento volvía al principio antes de terminar. Mateo encontró una piedra lisa.

La limpió sobre su pantalón y se la mostró a su hermana. Elena quiso tenerla; él la retiró y después, al verla a punto de llorar, se la entregó.

María observó aquel gesto.

Su hijo todavía sabía ceder algo para que otra persona no sufriera.

Se sentó cerca de ellos.

Durante unos minutos no ocurrió nada.

Elena dibujó líneas sobre la tierra con una ramita. Mateo preguntó si los peces dormían.

María contestó que sí.

—¿Con los ojos cerrados?

—No sé.

Él aceptó la respuesta.

El mundo todavía podía continuar así: una pregunta, una piedra, dos niños aguardando la hora de volver.

María empezó a llorar.

⁂

Mateo se acercó.

—¿Te duele algo?

Ella negó con la cabeza.

El niño le tocó la rodilla raspada.

—¿Aquí?

María lo abrazó con demasiada fuerza.

Mateo intentó apartarse.

—Mamá.

Ella aflojó los brazos.

Elena también quiso entrar en el abrazo. María los sostuvo a ambos y escuchó sus respiraciones cerca del cuello.

Podía levantarse con ellos. Podía volver.

La idea apareció con una claridad que después recordaría como una puerta abierta.

Pero junto a ella surgió otra: Esteban vendría, hablaría con su padre, encontraría una manera de llevarlos a la hacienda. Sus hijos aprenderían a vivir sin ella.

No era un hecho.

No era una certeza.

María lo convirtió en ambas cosas.

⁂

—No van a dejarme sola —susurró.

Mateo levantó la cara.

—Estamos aquí.

Elena apoyó la cabeza sobre su hombro.

María miró el agua.

Esperó ver a la mujer blanca. Esperó escuchar una voz que le dijera qué hacer o que le impidiera seguir pensando.

No había nadie entre los sauces.

Solo se escuchaban la corriente, los insectos y una campana lejana.

María comprendió que la orilla estaba vacía.

Ninguna mano la sujetaba.

Ninguna voz le daba una orden.

La decisión que empezó a tomar era suya.

⁂

Más tarde, cuando intentaran reconstruir aquella tarde, algunos dirían que el río había subido de repente.

Otros hablarían de una mujer aparecida entre los árboles.

Habría quien asegurara que los niños se resbalaron mientras jugaban.

Nada de eso ocurrió.

María los llevó al agua. No fue un accidente.

Hubo un momento en que Mateo dijo su nombre de madre, con sorpresa y miedo. Hubo un momento en que Elena buscó los brazos que siempre la habían recogido.

Después, el río siguió corriendo.

⁂

Cuando María volvió a la piedra, tenía las manos vacías.

La hoja que Elena le había dado permanecía sobre la tierra.

La recogió.

Durante unos segundos no consiguió unir aquello que sostenía con lo que acababa de hacer.

Miró hacia la corriente.

—Mateo.

Su voz sonó normal.

Demasiado normal.

Avanzó hasta el borde.

—Elena.

El agua no respondió.

Entonces comprendió.

No como había comprendido la tarjeta de Isabel ni la ausencia de Esteban.

Comprendió con el cuerpo entero, con una violencia que le quitó el aire.

Soltó la hoja y regresó al río.

⁂

Buscó entre las piedras.

Se agachó, extendió los brazos y gritó los nombres de sus hijos. La corriente le golpeaba las piernas mientras intentaba ver bajo la superficie.

Ya no recordaba a Isabel.

Tampoco a Anselmo, la hacienda o la carta de Uruapan.

Solo recordaba que Mateo tenía hambre. Que Elena le había dado una hoja.

Que ambos habían confiado en ella.

Una rama le rozó la mano y María la sujetó creyendo que era un brazo.

Cuando vio la madera, soltó un grito.

Desde el camino alto, un hombre respondió.

—¡Señora!

Ella siguió buscando.

⁂

El hombre bajó corriendo.

Era Eusebio, el propietario de la casa donde había nacido Mateo.

La reconoció antes de llegar al agua.

—María, ¿qué pasó?

Ella señaló la corriente.

—Mis hijos.

Eusebio se quitó la chaqueta y comenzó a mirar río abajo.

—¿Dónde cayeron?

María intentó contestar.

Las palabras no llegaron.

Él la tomó del brazo.

—Sal de ahí. Voy a buscar ayuda.

Ella se resistió.

—Están aquí.

—María.

—Están aquí.

Eusebio logró llevarla hasta la orilla. La dejó junto a una raíz y subió gritando hacia el puente.

María volvió a ponerse de pie antes de que desapareciera. Mercedes encontró la puerta cerrada al regresar.

Pensó que su hija habría ido a la plaza.

Dejó la bolsa sobre la mesa, acomodó una olla y esperó.

La casa estaba demasiado ordenada.

El caballo de madera descansaba junto a una silla. Las piedras de Mateo seguían en su bolsita.

Cuando escuchó voces apresuradas en la calle, salió.

Un muchacho corría hacia el puente.

—¿Qué pasó?

Él se detuvo apenas.

—Hay unos niños en el río.

Mercedes no esperó otra explicación.

⁂

Llegaron hombres con cuerdas y lámparas.

Todavía había luz, pero alguien pensó en la noche.

Eusebio señaló el tramo de la orilla. Otro hombre corrió hacia el molino para avisar que buscaran más abajo.

María estaba sentada sobre una piedra.

Se levantaba cada vez que alguien gritaba y volvía a sentarse cuando comprendía que no habían encontrado nada.

Tomasa llegó antes que Mercedes.

Se arrodilló frente a ella.

—Mírame.

María tenía los labios temblando.

—Querían volver.

Tomasa dejó de moverse.

—¿Qué? —Mateo quería volver.

La anciana le tomó las manos.

María miró aquellos dedos unidos a los suyos.

Después empezó a decir que no, una y otra vez.

⁂

Mercedes bajó casi cayéndose.

Vio a María, miró el río y comprendió que le faltaban dos cuerpos pequeños para completar la escena.

—¿Dónde están?

Su hija no respondió.

Mercedes se volvió hacia Tomasa.

La anciana mantuvo la cabeza baja.

—¿Dónde están mis nietos?

La pregunta hizo callar a los hombres cercanos.

María se cubrió la cara.

Su madre se arrodilló y quiso apartarle las manos.

—Dime qué pasó.

María negó.

Mercedes la sostuvo por los hombros.

—Dímelo.

Entonces su hija pronunció una frase que ninguna de las dos volvería a olvidar:

—No se cayeron.

⁂

Esteban llegó desde la hacienda.

Había montado al recibir el aviso y dejó al caballo sin atar junto al puente.

Bajó preguntando por Mateo.

Después por Elena. Nadie quiso mirarlo.

María escuchó su voz y se levantó.

Durante un instante apareció en ella el impulso antiguo de buscarlo para que resolviera algo.

La idea murió antes de convertirse en movimiento.

Esteban se detuvo frente a Mercedes.

—¿Qué pasó?

Ella no respondió.

Él miró a María.

Tenía la blusa blanca manchada de tierra y agua. El cabello se le había soltado sobre los hombros.

La imagen le recordó algo que no consiguió nombrar.

⁂

Encontraron a Elena antes de que oscureciera.

Tomasa corrió hacia los hombres y pidió una manta.

María intentó seguirla.

Eusebio la sostuvo.

—Espera.

Ella comenzó a luchar contra sus brazos.

No gritaba ya palabras completas.

Esteban pasó junto a ambos sin verlos.

Después hubo un silencio.

Un silencio hecho por personas que seguían moviéndose, pero habían dejado de hablar.

Mercedes se cubrió la boca.

María entendió antes de escuchar nada.

La niña no volvería a pedir que la cargara. Mateo apareció cuando encendieron las primeras lámparas.

Lo llevaron hasta el mismo lugar.

Esteban cayó de rodillas. Había visto a su madre velar a un hijo cuando él era niño y había creído conocer aquel dolor. Frente a las dos mantas descubrió que el recuerdo no lo había preparado para nada.

María miró las dos mantas y recordó las manos que había visto en el remanso.

Unas mayores.

Otras más pequeñas.

La mujer blanca no había venido a quitarle a sus hijos.

Le había mostrado lo que todavía podía impedir.

María dio un paso hacia ellos.

Mercedes se interpuso.

No dijo nada.

Su hija se detuvo.

⁂

Alguien fue a buscar al padre Gabriel.

Otro hombre habló de avisar a la autoridad.

Las lámparas proyectaban sombras largas sobre las piedras. Eusebio se quitó el sombrero.

María miró alrededor esperando encontrar a la mujer.

No estaba entre los árboles ni junto al puente.

Entonces vio, en un charco a sus pies, una blusa blanca y un rostro desfigurado por el llanto.

El reflejo se movió cuando ella se movió.

Por primera vez eran la misma persona.

María abrió la boca.

El grito salió desde un lugar que no había conocido hasta entonces y atravesó la orilla, el puente y las primeras calles del pueblo.

—¡Ay, mis hijos!