Capítulo 11 de 13
Los nombres que quedaron
María pasó la primera noche en una habitación del ayuntamiento.
No la llevaron a casa.
Un hombre caminó a su lado desde el río, sosteniéndola del brazo cuando las piernas se le doblaban. Otro cerró la puerta después de que entrara y permaneció sentado en el corredor.
Había una mesa, una silla y un catre contra la pared.
Alguien le dejó una manta.
María no la tocó.
Seguía viendo los dos cuerpos cubiertos junto a la orilla. Cada vez que intentaba recordar una imagen distinta, aparecía Mateo preguntando si ya podían volver.
Se llevó las manos a los oídos.
La pregunta continuó.
⁂
El padre Gabriel llegó poco antes del amanecer.
Encontró a María sentada en el suelo.
Se agachó frente a ella.
—¿Puedes levantarte?
María lo miró sin reconocerlo al principio.
Después negó con la cabeza.
Gabriel acercó una silla y se sentó. No comenzó a rezar.
—Voy a quedarme un rato.
La lámpara ardía sobre la mesa. Afuera, alguien cargaba agua hacia la plaza.
María sostuvo la mirada en una grieta del piso.
—Mi hijo tenía hambre.
Gabriel permaneció quieto.
—Me pidió volver.
Las palabras salían con una calma que no correspondía a su rostro.
El sacerdote inclinó la cabeza. María respiró con dificultad.
—Yo pude volver.
No añadió nada más durante mucho tiempo.
⁂
La declaración comenzó cuando salió el sol.
Un funcionario abrió una libreta y le preguntó su nombre.
María tardó en responder.
—María de la Luz.
Él escribió y continuó con preguntas sencillas: dónde vivía, cómo se llamaban sus hijos, quién los había acompañado al río.
—Yo.
La punta de la pluma se detuvo.
—¿Alguien más?
María negó.
El funcionario preguntó si habían resbalado.
Ella cerró los ojos.
Era una respuesta disponible. Podía decir que sí. Había vecinos que ya lo creían, hombres dispuestos a recordar una corriente más fuerte.
—No.
El hombre dejó la pluma sobre la mesa.
María miró sus manos.
—Yo los ahogué.
⁂
Tuvieron que detener la declaración.
María comenzó a llorar y no pudo recuperar el aliento. El hombre del corredor entró, llamó al médico y llevó una jarra.
Nadie le pidió detalles mientras intentaba respirar.
Cuando el médico la examinó, ella sostuvo su muñeca. —Vaya a verlos.
El hombre bajó la mirada.
María lo soltó.
Sabía que no había nada que pedirle.
La habían visto buscar después, habían encontrado a sus hijos, habían llevado lámparas a la orilla.
Todo estaba hecho.
Aquella certeza volvió a caer sobre ella.
⁂
Mercedes llegó al mediodía.
Traía una muda de ropa doblada entre los brazos.
María se levantó al verla.
Su madre tenía tierra en los zapatos y una mancha oscura en el borde de la falda. Parecía haber envejecido durante la noche.
Dejó la ropa sobre el catre.
Ninguna habló.
María quiso acercarse, pero Mercedes levantó una mano.
El gesto la detuvo.
—Voy a vestirlos —dijo su madre.
María miró la muda.
—¿Con qué?
Mercedes apretó los labios.
—Mateo llevará su camisa limpia. Elena, el vestido amarillo.
María recordó una costura floja junto al hombro.
—Hay que arreglar…
No terminó.
Mercedes tomó aire como si algo le impidiera hacerlo. —Ya lo arreglé.
⁂
Su madre se sentó en la silla.
María permaneció junto al catre.
Durante años habían discutido por hombres, dinero, ropa mal tendida y tortillas quemadas. Ahora no encontraban palabras para ocupar aquella habitación.
—No puedo pedirte que me perdones —dijo María.
Mercedes miró la ventana.
—No sé qué puedo darte.
La respuesta no tenía crueldad.
Tenía agotamiento.
María bajó la cabeza.
—Soy tu hija.
Mercedes cerró los ojos.
Una lágrima le recorrió la mejilla.
—También lo eran ellos —susurró—. De otra manera, pero también.
María se sentó sobre el catre.
Su madre se quedó hasta que llamaron desde el corredor.
Al marcharse, no recogió la ropa.
⁂
Esteban acudió por la tarde.
Le habían permitido verla durante unos minutos.
Entró sin sombrero.
María lo miró buscando a aquel hombre que había resbalado en el lodo y se había reído de sus botas.
No lo encontró.
Esteban se quedó junto a la puerta. —Dijiste que querías llevártelos a Uruapan.
Ella asintió.
—Pude haberte dejado ir.
María apretó la tela de su falda.
—Podíamos haber hecho muchas cosas.
Él dio un paso.
—¿Por qué?
La pregunta llegó casi sin voz.
María levantó los ojos.
Quiso contestar con el abandono, con Isabel, con las noches sin dormir. Todas aquellas cosas habían ocurrido. Ninguna podía contener lo que había hecho.
—Pensé que no soportaría perderlos.
Esteban se cubrió la boca.
María continuó:
—Y dejé de pensar en lo que ellos perderían.
Él se volvió hacia la pared.
⁂
Esteban permaneció allí más tiempo del permitido.
El guardia abrió, los miró y volvió a cerrar.
María le dijo que Mateo había pedido regresar.
Él soltó un sonido breve y se inclinó como si acabara de recibir un golpe.
—No me digas más.
Ella calló.
Esteban tardó en enderezarse.
—Yo te traicioné —dijo—. Me fui cuando me necesitaban.
María no apartó la mirada.
—Sí. Él respiró por la boca.
—Pero no fui yo quien estuvo con ellos en el agua.
—No.
La respuesta quedó entre ambos.
No hubo reconciliación ni una culpa que pudieran repartirse hasta volverla soportable.
Esteban salió.
María escuchó cómo se detenía en el corredor.
Después oyó llorar al padre de sus hijos.
⁂
Los enterraron al día siguiente.
María no estuvo presente.
Escuchó las campanas desde el catre y contó los intervalos entre cada golpe.
Tomasa había ido a verla antes de la ceremonia.
Le llevó el caballo de madera.
—Tu madre quiere que lo tengas por ahora.
María no extendió las manos.
La anciana lo puso sobre la mesa.
Una pata seguía pegada con una franja oscura.
María lo miró hasta que Tomasa tuvo que apartar la cara.
—¿Los van a poner juntos?
—Sí.
—A Mateo le daba miedo que Elena se quedara sola.
Tomasa se sentó.
Durante unos minutos lloraron sin mirarse.
⁂
En el cementerio, Mercedes colocó la bolsita de piedras entre las flores. Esteban había pedido dos cruces con los nombres completos.
Beatriz permaneció junto a él.
Don Anselmo intentó hablar con el sacerdote sobre la inscripción de una lápida, pero Gabriel le pidió que esperara.
Inés cargaba un ramo pequeño. Su marido sostenía el sombrero entre las manos.
Nadie quiso pronunciar un discurso.
Gabriel dijo los nombres de los niños.
Mateo.
Elena.
Los repitió al terminar.
Mercedes se quedó cuando los demás comenzaron a marcharse.
No quería regresar a una casa donde todavía estaban las porciones de comida que había preparado para ellos.
⁂
La carta de Uruapan llegó esa misma tarde.
Un muchacho la llevó a Mercedes sin saber qué hacer con ella.
Su prima ofrecía una habitación y había conseguido algunos encargos.
Podían llegar cuando quisieran.
Mercedes leyó el papel sentada junto al fogón.
Lo dobló con cuidado.
Después lo llevó al ayuntamiento.
María reconoció la letra del sobre y comenzó a temblar.
Su madre lo dejó sobre la mesa.
—Había un lugar.
María asintió.
Mercedes no lo dijo como un reproche.
Por eso dolió más. Durante los días siguientes, María apenas consiguió comer. El médico volvía por la tarde, le ofrecía caldo y agua y pedía que alguien vigilara cuánto bebía. Algunas veces aceptaba unas cucharadas; otras vomitaba antes de terminar. Mercedes llevaba comida recién hecha, sin encontrar una manera de lograr que su hija la retuviera.
Las noches dejaron de tener horas.
María se dormía unos minutos y despertaba extendiendo los brazos, convencida de que Elena la llamaba.
Buscaba a Mateo junto al catre.
Al descubrir el suelo vacío, recordaba.
El guardia empezó a encender otra lámpara en el corredor porque sus gritos despertaban a los vecinos.
Una madrugada la encontró de pie junto a la pared.
—Hay que secarles la ropa —decía.
Él llamó al médico.
María reconoció a ambos cuando entraron y se sentó.
—No están aquí —dijo.
Nadie tuvo que confirmarlo.
⁂
Tomasa volvió varios días después.
Encontró el caballo de madera en los brazos de María.
—La vi antes —dijo ella.
La anciana acercó la silla.
—¿A quién?
—A la mujer blanca.
Tomasa esperó.
—Era yo.
María le contó lo ocurrido en el remanso. La cara inmóvil, las manos pequeñas, la advertencia.
—No sé cómo pudo pasar.
Tomasa tampoco lo sabía.
—Podía evitarlo —añadió María. La anciana le acomodó la manta sobre las rodillas.
No intentó contradecirla.
María bajó la vista hacia el juguete.
—Por eso lloraba.
⁂
Al décimo día de su encierro, María comenzó a tener fiebre. El médico pidió que prepararan su traslado a una habitación donde pudiera atenderla de manera continua; el carro llegaría al amanecer. Dejó instrucciones para darle agua y volver a llamarlo si empeoraba.
La lluvia comenzó al caer la noche.
El guardia cerró las ventanas del corredor y revisó el techo de la habitación.
María estaba acostada.
El caballo descansaba junto a la almohada.
Afuera, el agua llenaba las grietas del empedrado y bajaba hacia el puente.
Ella escuchó pasos pequeños.
Se incorporó.
—¿Mateo?
Dos sombras aparecieron bajo la puerta.
María bajó los pies al suelo.
—¿Elena?
Nadie respondió.
El guardia levantó la cabeza al escucharla.
Cuando abrió, la encontró junto al catre, mirando hacia él con una expresión de súplica.
—Déjeme verlos.
El hombre miró detrás de sí.
El corredor estaba vacío.
⁂
Al amanecer, María ya no hablaba.
El médico acudió cuando el guardia no consiguió despertarla.
Mercedes llegó poco después. Se arrodilló junto al catre y le tomó la mano.
Estaba fría.
Durante un instante esperó que su hija apretara los dedos, como hacía de niña cuando tenía miedo.
No ocurrió.
El médico confirmó que había muerto. Había observado la fiebre y el rápido debilitamiento, pero no podía asegurar qué los había causado. Lo dejó escrito antes de hablar con Mercedes. Nadie convirtió aquella incertidumbre en un diagnóstico de tristeza.
Retiró la lámpara del borde del catre para que Mercedes pudiera acercarse.
Mercedes inclinó el rostro sobre aquellas manos.
En la mesa seguía el sobre de Uruapan. Mercedes había vuelto a guardar dentro la carta después de leerla; María nunca la había sacado para conocer por sí misma aquellas palabras.
⁂
Esa noche, mientras velaban a María, Eusebio regresó del molino por el camino alto.
Escuchó llorar junto al puente.
Se detuvo.
Una mujer de blanco caminaba por la orilla, inclinándose cada pocos pasos para mirar el agua.
La luna salió entre las nubes cuando la mujer llegó al pie del puente, a pocos pasos de Eusebio. Al levantar la cara dejó ver la pequeña cicatriz bajo la barbilla. Él reconoció a María.
Eusebio retrocedió.
Había visto su cuerpo aquella tarde.
La mujer abrió los brazos vacíos.
El grito se extendió sobre el río.
—¡Ay, mis hijos!
Y esta vez no hubo nadie vivo a quien pudiera llevar de regreso.