Capítulo 12 de 13

La voz del otro lado

Eusebio llegó al velorio sin sombrero.

Lo había perdido al correr desde el puente y no se detuvo a buscarlo.

Mercedes estaba sentada junto al cuerpo de su hija. Había dos velas sobre una mesa y varias mujeres rezaban en voz baja.

El hombre permaneció en la entrada hasta que Tomasa lo vio. —¿Qué pasó?

Eusebio miró el rostro de María.

Después volvió a mirar a Tomasa.

—La vi.

La anciana se puso de pie.

Lo llevó al patio antes de que alguien más pudiera escucharlo.

—¿A quién?

Eusebio se frotó las manos, todavía húmedas.

—Estaba en el río.

Tomasa no pidió otra explicación. Le acercó una silla.

Dentro de la casa, Mercedes había dejado de mover los labios.

Aunque ninguno lo supo en ese momento, había oído cada palabra.

⁂

María fue enterrada al día siguiente. Antes de salir hacia el cementerio, el guardia devolvió a Mercedes la muda de ropa, el sobre y el caballo de madera que habían quedado en la habitación del ayuntamiento. Ella llevó el juguete a casa y lo dejó en una repisa.

Hubo menos personas que en el funeral de los niños.

Algunas acudieron por Mercedes. Otras permanecieron cerca de la entrada del cementerio, sin decidirse a seguir.

Esteban llegó solo.

No se acercó a su suegra.

Gabriel acompañó el entierro y esperó hasta que terminaron de colocar la tierra. Después apoyó una mano sobre el hombro de Mercedes.

Ella no se volvió.

Miraba las dos cruces pequeñas.

El nombre de su hija quedaría más lejos, junto al muro.

Cuando los demás se marcharon, Mercedes caminó hasta Mateo y Elena.

Se arrodilló con dificultad.

—No voy a olvidarlos —dijo. El viento inclinó las flores sobre la tierra.

⁂

El primer relato se extendió esa tarde.

Eusebio intentó contárselo únicamente al sacerdote, pero el muchacho que había ido por agua escuchó parte de la conversación.

Al anochecer, el panadero sabía que una mujer blanca caminaba junto al puente.

Al día siguiente, algunos decían que no tenía rostro.

Otros aseguraban que flotaba.

Eusebio se enojó cuando le repitieron aquello.

—Caminaba —dijo—. Y tenía cara.

No describió la cicatriz.

Había cosas que le parecían demasiado íntimas para convertirlas en una conversación de mercado.

Pero ya no podía detener lo que había comenzado.

⁂

Esteban escuchó el llanto tres noches después.

Estaba en la hacienda, sentado frente a unas cuentas que no conseguía leer.

La voz llegó desde el jardín.

Al principio creyó que era una trabajadora.

Dejó la pluma y abrió la ventana.

La noche estaba quieta.

—¿Quién anda ahí?

El sollozo cesó.

Esteban sintió un alivio inmediato.

Entonces escuchó su nombre.

No venía del jardín.

Venía del corredor, detrás de él. Se volvió.

La lámpara iluminaba la puerta abierta.

Sobre las baldosas había una línea de agua.

Esteban salió de la habitación y siguió las marcas hasta el patio.

Junto a la fuente, una mujer permanecía de espaldas.

Llevaba el cabello suelto y la ropa pegada al cuerpo.

—María.

Ella no giró.

⁂

Esteban avanzó un paso.

El agua de la fuente dejó de sonar.

No porque alguien la cerrara, sino porque el llanto lo cubrió todo.

María se inclinó sobre el borde, como si buscara algo en el fondo.

—No están ahí —dijo él.

La mujer levantó lentamente la cabeza.

Esteban retrocedió antes de que se volviera.

Había esperado un rostro que pudiera recordar, aunque fuera muerto.

Encontró el mismo que había visto junto al río, después de las mantas.

El dolor había borrado cualquier otra expresión.

María abrió la boca.

—¿Dónde están?

Esteban quiso responder con el cementerio.

No pudo.

Ella extendió las manos vacías.

Una de las lámparas del corredor se apagó.

Cuando acudieron los criados, Esteban estaba solo junto a la fuente. Don Anselmo ordenó revisar las puertas.

Preguntó quién había dejado entrar a una mujer y amenazó con despedir al responsable.

Nadie confesó.

Beatriz escuchó a su hijo hasta que terminó.

Después hizo salir a los demás.

—¿La reconociste?

Esteban asintió.

Su madre miró el agua sobre las baldosas.

—Yo también escuché una voz.

Anselmo golpeó el suelo con el bastón.

—Basta.

Beatriz levantó la cabeza.

—La escuché.

Por primera vez, no bajó los ojos cuando su marido empezó a hablar.

⁂

Isabel llegó al día siguiente.

Esteban había mandado un recado pidiendo que no fuera.

Ella acudió de todos modos.

Lo encontró en el jardín, sentado lejos de la fuente.

—No podemos seguir así —dijo.

Él se volvió hacia ella.

Durante mucho tiempo había imaginado que Isabel representaba una vida distinta: conversación fácil, puertas abiertas, una familia que no lo juzgaba por elegirla.

Ahora solo veía una mujer que esperaba una respuesta.

—No voy a irme contigo.

Isabel se quedó inmóvil. —Eso no es lo que vine a pedirte.

Esteban bajó la mirada.

—Entonces perdóname.

Ella se sentó a cierta distancia.

—Me dijiste que tu matrimonio ya estaba terminado.

Él cerró los ojos.

—Lo dije antes de que fuera verdad.

Isabel respiró despacio.

Cuando se levantó, no intentó tocarlo.

—No vuelvas a escribirme.

Esteban la vio marcharse.

No pensó que con aquello hubiera reparado nada.

⁂

Mercedes no cerraba la ventana por las noches.

Tomasa lo descubrió una tarde al acompañarla.

—Va a entrar frío.

Mercedes dobló una manta.

—Ya sé.

La anciana permaneció junto al marco.

Desde allí se veía una parte de la calle y, más abajo, el farol donde María había visto por primera vez a la mujer.

—No tienes que esperarla —dijo.

Mercedes apretó la manta contra el pecho.

—No sé dejar de hacerlo.

Tomasa se sentó a su lado.

No habló de descanso ni de resignación.

Se quedó hasta que Mercedes consiguió comer. La aparición comenzó a alejarse del puente.

Un arriero la vio junto a un estanque, en el camino a otro pueblo.

Una mujer escuchó llorar detrás de su casa, cerca de una acequia.

Los relatos llegaban a San Jerónimo con retraso y cambiaban al repetirse.

Pero había algo que permanecía.

La ropa blanca.

El agua.

Los brazos abiertos.

El mismo grito.

En la posada empezaron a aconsejar a los viajeros que cruzaran el puente antes de oscurecer.

Nadie quería ser quien comprobara si era cierto.

⁂

Una noche, el hijo menor de Inés salió al patio.

Tenía sueño y había escuchado a alguien llamarlo desde el callejón.

Se acercó a la puerta trasera.

Antes de levantar la tranca, vio agua bajo la madera.

Se detuvo.

La voz volvió a llamarlo.

Inés llegó a tiempo para sujetarle la mano.

—¿Qué haces?

El niño señaló la puerta.

Su madre escuchó un sollozo al otro lado.

No abrió.

Lo llevó a la cama y despertó a su marido.

Por la mañana encontró una marca de mano sobre la madera. No fue a contarla al mercado.

Fue a buscar a Tomasa.

⁂

Gabriel se negó a bendecir piedras para venderlas como protección.

También se negó a señalar a Mercedes como responsable de lo ocurrido.

Algunos vecinos comenzaron a evitarla.

Una mujer dejó de comprarle tortillas. Otra le sugirió que se marchara para que el pueblo recuperara la tranquilidad.

El sacerdote fue a visitarla esa misma tarde.

Mercedes estaba guardando dinero en una bolsa.

—¿Te vas?

—No lo sé.

Gabriel se sentó.

—Nada de lo que pasa en el río cambia lo que tú hiciste por tus nietos.

Ella levantó la vista.

—Tampoco lo que no pude hacer.

Él esperó.

Mercedes dejó la bolsa sobre la mesa.

—Siempre pienso en la hora en que salí de casa.

Gabriel miró las mantas de los niños, dobladas sobre una silla.

—No podías saberlo.

Mercedes asintió, pero no pareció creerle.

⁂

Esteban comenzó a ir al cementerio cada mañana.

Al principio llevaba flores.

Después llevó un libro.

Se sentaba frente a las cruces y leía en voz alta, aunque nadie pudiera escucharlo. Un día encontró a Mercedes.

Se detuvo junto a la entrada.

Ella lo vio y continuó limpiando una piedra.

Esteban se acercó.

—¿Puedo quedarme?

Mercedes asintió sin mirarlo.

Él abrió el libro.

Leyó una página sobre animales.

Mateo habría hecho preguntas.

Elena habría perdido la paciencia antes de terminar.

Esteban se quedó callado en mitad de una frase.

Mercedes extendió la mano.

Él le entregó el libro.

Ella terminó la página.

⁂

El encuentro de Mercedes con su hija ocurrió al comenzar las lluvias del año siguiente.

Había salido temprano del cementerio, pero se detuvo a hablar con Inés y la oscuridad la alcanzó cerca del puente.

Escuchó el llanto antes de verla.

La figura blanca estaba junto a los sauces.

Mercedes no corrió.

Se sostuvo del borde del puente y pronunció el nombre que le había dado al nacer.

—María de la Luz.

La mujer levantó la cara.

Durante un instante, Mercedes reconoció a su hija.

No la muchacha del lavadero ni la madre que cargaba a Elena. La reconoció por un gesto pequeño: la manera de inclinar la cabeza cuando esperaba ayuda.

Mercedes sintió que las piernas le fallaban.

—Tus hijos están enterrados —dijo—. Tienen nombre. Todos sabemos dónde están.

La figura abrió los brazos.

—No puedo encontrarlos.

⁂

Mercedes bajó un escalón de la pendiente.

Después se detuvo.

Recordó a Mateo diciendo que tenía hambre, a Elena riéndose en el patio, a María con las manos apretadas sobre la mesa del ayuntamiento.

—No puedo devolvértelos.

La mujer comenzó a llorar.

Mercedes también.

No dio otro paso.

La corriente pasaba entre ambas, aunque las dos estuvieran en la misma orilla.

—Vuelve a mirarme —pidió.

María lo intentó.

Por un momento la boca pareció formar una palabra distinta.

Tal vez mamá.

Tal vez perdón.

El grito llegó antes de que pudiera terminarla.

Y Mercedes comprendió que su hija había conservado el dolor, pero estaba perdiendo todo lo demás.

Antes de que la figura se borrara, oyó «hace frío» con una voz que parecía de niño. Vio también dos sombras pequeñas junto a sus pies. No había cuerpos que las proyectaran; se deshicieron cuando María cambió de posición. Mercedes recordó la noche de la puerta y empezó a temer que aquella mujer arrastrara, junto con su propio llanto, las voces que no conseguía olvidar.