Capítulo 1 de 13

La casa de las puertas cerradas

La mañana en que desapareció el retrato de su madre, Leonor comprendió que había cosas que podían robarse sin salir de una casa.

Durante diecinueve años, aquella miniatura había permanecido sobre su tocador. Su madre aparecía con un vestido azul y una sonrisa apenas insinuada, como si el pintor la hubiese sorprendido pensando en algo agradable. Leonor solía mirarla mientras se recogía el cabello. Algunas mañanas encontraba parecido entre ambas; otras, buscaba en aquel rostro una respuesta que nadie más podía darle.

Ahora solo quedaba un rectángulo limpio sobre la madera.

Movió el candelero, abrió el cajón y revisó entre sus pañuelos. Después se arrodilló para mirar debajo del tocador, aunque sabía que el retrato, con su pequeño soporte de plata, no podía haberse caído sin hacer ruido.

—¿Buscáis algo, señorita?

Inés estaba en la puerta con una jofaina entre las manos.

Era una muchacha de casi su edad, recién llegada a servir en la casa. Todavía pedía permiso antes de entrar y bajaba los ojos cuando doña Margarita le hablaba. Leonor había descubierto que sonreía con facilidad en la cocina, pero rara vez en los corredores.

—El retrato de mi madre. Ayer estaba aquí.

Inés miró el tocador. El agua tembló ligeramente dentro de la jofaina.

—Quizá lo retiraron para limpiar.

—¿Quién?

La criada acomodó la vasija sobre una mesa.

—Puedo preguntar.

Leonor se incorporó.

—No importa. Yo lo haré.

Inés levantó la cabeza con una rapidez que delató su preocupación.

—La señora está en el comedor.

—Entonces bajaré al comedor.

La criada quiso decir algo más, pero terminó alisando una arruga de su delantal.

Leonor se recogió el cabello sin mirar el espejo.

La casa de don Juan Núñez de Castro tenía un patio de cantera, una fuente pequeña y corredores donde los pasos se escuchaban desde cualquier habitación. En días de lluvia, el olor de la tierra mojada llegaba hasta la escalera. Cuando hacía sol, la luz caía sobre el patio y dejaba las puertas bajo una sombra fresca.

Desde la calle, parecía una casa apacible.

Leonor recordaba otra distinta.

Recordaba a su madre sentada junto a la fuente, pelando una naranja en una sola tira. Recordaba visitas que se quedaban hasta tarde, risas durante la cena y una puerta principal que se abría sin que todos levantaran la cabeza.

Tras su muerte, habían llegado primero los silencios y luego doña Margarita.

Al principio, la nueva esposa de don Juan había tratado a Leonor con una atención que la niña confundió con cariño. Le acomodaba los lazos, elegía sus vestidos y preguntaba por sus lecciones. Poco a poco, aquellas atenciones se volvieron instrucciones.

No debía asomarse demasiado tiempo al balcón.

No debía hablar con los vendedores.

No debía salir sin compañía.

No debía contar asuntos de familia a las criadas.

Cuando Leonor creció lo suficiente para preguntar por qué, Margarita comenzó a responder siempre de la misma manera:

—Porque todavía no conocéis el mundo.

Aquella mañana, su madrastra examinaba unas cuentas junto a la ventana del comedor. Vestía de color oscuro y llevaba las llaves de la casa sujetas a la cintura. Una taza de chocolate se enfriaba a su lado.

—Buenos días —dijo Leonor.

Margarita terminó de leer una cifra antes de mirarla.

—Llegáis tarde.

—Aún no han servido.

—Una persona educada no espera a que la llamen para cumplir sus obligaciones.

Leonor se quedó junto a la silla.

—¿Habéis visto el retrato de mi madre?

Margarita dejó la pluma sobre el papel.

—Lo mandé guardar.

La facilidad de la respuesta desconcertó a Leonor.

—¿Por qué?

—El marco necesitaba limpieza.

—Puedo limpiarlo yo.

—Ya se ocuparán de ello.

—Me gustaría tenerlo de vuelta.

Margarita la observó unos instantes. Luego tomó la taza, aunque no bebió.

—Vuestra madre tuvo su lugar en esta casa. Nadie pretende quitárselo.

Leonor miró las cuentas abiertas sobre la mesa.

—Solo he pedido su retrato.

—Y yo os he dado una explicación.

En el patio sonaron pasos. Don Juan entró con un pliego doblado en la mano y el gesto distraído de quien sigue pensando en lo que acaba de leer.

—¿Qué ocurre?

Margarita respondió antes que Leonor.

—Vuestra hija está preocupada porque mandé limpiar una miniatura.

Don Juan besó la frente de Leonor.

—Volverá a su sitio, hija. No vale la pena disgustarse por eso.

Ella quiso explicarle que no estaba enfadada por una limpieza, sino por haber encontrado vacío el lugar donde miraba a su madre cada mañana. Pero su padre ya había desplegado la carta sobre la mesa.

—Debo revisar unas entregas antes de que termine la semana —dijo—. Y luego tendremos que resolver lo del viaje.

—¿Vais a marcharos? —preguntó Leonor.

—Todavía no. Hay asuntos fuera de Valladolid que requieren mi presencia.

Margarita acercó las cuentas hacia él.

—Podemos hablar de eso después del desayuno.

Don Juan asintió y tomó asiento.

Leonor ocupó su lugar frente a ellos. Cuando trajeron el pan, partió un trozo pequeño y lo dejó intacto en el plato.

A media mañana, Valladolid se llenó de preparativos para la Semana Santa.

Desde su habitación, Leonor escuchaba el paso de las carretas, las voces de quienes ofrecían sus mercancías y, por encima de todo, las campanas. Cada sonido parecía traer una noticia de la calle.

Se acercó al balcón.

Abajo, dos mujeres caminaban con cestas cubiertas por lienzos. Un niño corría detrás de ellas, intentando alcanzar una naranja que había escapado y rodaba sobre las piedras. Más lejos, un hombre discutía con un arriero que quería hacer pasar sus animales por una calle demasiado estrecha.

Leonor sonrió cuando el niño atrapó la fruta.

—Apartaos de ahí.

Margarita estaba en el umbral.

Leonor dejó caer la cortina.

—Solo miraba la calle.

—Eso he visto.

Su madrastra recorrió la habitación con los ojos y se detuvo en un vestido extendido sobre la cama. Era claro, con unas cintas verdes que Inés había colocado junto al cuello.

—Ese vestido no.

—Es el que padre dijo que podía usar para la procesión.

—Vuestro padre no entiende de estas cosas.

Margarita tomó las cintas.

—Llevaréis el oscuro.

—Lo usé el año pasado.

—Y os queda bien.

Leonor sintió una súbita vergüenza de estar allí, defendiendo el color de un vestido como si de ello dependiera su vida.

—¿Hay algo malo en este?

—No todo lo que llama la atención es conveniente.

Margarita dobló las cintas y se las guardó en la mano.

—Inés os ayudará a preparar la ropa.

Cuando salió, Leonor se quedó mirando la cama.

No lloró. Había aprendido que, si lloraba, su madrastra podía convertir el dolor en otra falta: ingratitud, capricho, falta de respeto.

Abrió el costurero que conservaba desde niña y sacó un trozo de tela azul. Pertenecía a un vestido de su madre que una criada antigua había recortado antes de que retiraran sus pertenencias.

Lo sostuvo unos momentos entre los dedos.

Después volvió a guardarlo, debajo de los hilos.

Encontró a Inés en el corredor de servicio, limpiando unas lámparas.

—¿Sabéis dónde guardaron el retrato?

La criada miró hacia la escalera.

—En el armario del cuarto de costura.

—¿Estáis segura?

Inés asintió.

—Lo llevé yo.

Leonor sintió alivio y tristeza al mismo tiempo.

—Gracias por decírmelo.

—La señora tiene la llave.

Por un momento, ninguna habló.

—¿Os ordenó que no me lo dijerais? —preguntó Leonor.

Inés retorció el paño entre los dedos.

Aquello bastó.

—No diré que me lo habéis contado.

La criada la miró entonces.

—No estaba sucio, señorita.

Leonor bajó los ojos.

—Lo sé.

Desde la cocina las llamó el ruido de una cazuela. Inés volvió a su tarea y Leonor siguió por el corredor hasta llegar al acceso de una escalera estrecha que descendía al sótano. Una puerta ligera separaba aquel acceso del corredor de servicio; solía permanecer abierta durante el día. Más abajo, una segunda puerta, de madera gruesa, cerraba el paso al cuarto. Tras ella quedaban los últimos peldaños y el suelo del sótano.

Recordaba haber bajado allí de niña. Su madre escogía los frascos de conserva y le permitía llevar el más pequeño. Después subían juntas, despacio, porque Leonor insistía en contar los peldaños.

Leonor bajó el primer tramo. La puerta inferior estaba cerrada.

Apoyó la mano sobre la madera.

—¿Buscáis alguna cosa abajo?

Inés la había seguido con una lámpara limpia.

—No. Solo recordaba.

—A veces guardan allí lo que no cabe en la despensa.

—¿Podéis abrir?

La muchacha dejó la lámpara en el suelo y sacó una llave pequeña de su bolsillo.

—Tengo que recoger una jarra.

El sótano olía a humedad, cera vieja y fruta almacenada. La claridad entraba por una ventana baja protegida por barrotes de hierro. Había arcones contra una pared, vasijas sobre una repisa y una mesa con una pata calzada por un trozo de madera.

Leonor caminó hacia la ventana.

Desde allí, el mundo aparecía reducido a pies, ruedas y dobladillos. Vio pasar unas botas polvorientas y, después, la falda de una mujer que llevaba prisa.

Se agachó.

A través de la reja alcanzó a distinguir una porción de cielo.

—Nunca había mirado desde aquí —dijo.

Inés encontró la jarra en una repisa.

—En verano se está fresco.

Leonor acercó los dedos a los barrotes. Estaban fríos. Entre ellos había espacio suficiente para sacar una mano.

Oyó que alguien se detenía al otro lado.

Era el niño de la naranja. Se había sentado junto al muro para arreglarse una sandalia.

Leonor estuvo a punto de saludarlo, pero el pequeño se levantó y corrió antes de verla.

—Señorita.

Inés hablaba desde la escalera.

—Será mejor subir.

Leonor retiró la mano.

—Sí. Vamos.

Al salir, se volvió una última vez hacia el sótano. La ventana alumbraba la mesa y una franja del suelo; el resto permanecía en penumbra.

Inés cerró la puerta.

Aquella noche, don Juan llegó al comedor con mejor ánimo.

Había concluido parte de sus negocios y, por primera vez en varios días, preguntó a Leonor por sus lecturas.

Ella comenzó a hablar de un libro de viajes que había encontrado en su biblioteca. Describió un puerto, los barcos y una ciudad donde las casas parecían levantarse sobre el agua.

—Venecia —dijo su padre, sonriendo.

—Sí. ¿La conocéis?

—No he tenido esa fortuna.

—¿Os gustaría?

—Tal vez.

—A mí también.

Margarita dejó su cuchara junto al plato.

—Los libros hacen que todo parezca más agradable de lo que es.

Don Juan soltó una risa breve.

—Dejad que imagine. No hace daño.

Leonor lo miró con gratitud.

Por un instante, vio al padre que recordaba: el hombre que la subía a sus rodillas y le prometía enseñarle nombres de ciudades en un mapa.

Aprovechó aquel momento.

—¿Podré acompañaros a la procesión?

—Por supuesto.

Margarita alzó la vista.

—Hay demasiada gente.

—Estará con nosotros.

—Precisamente por eso conviene pensar en los inconvenientes. Los empujones, el polvo...

—Será un rato —respondió don Juan—. Leonor lleva semanas sin salir.

Su madrastra tardó en contestar.

—Como dispongáis.

Leonor ocultó una sonrisa inclinándose hacia su plato.

Entonces su padre señaló una mancha de polvo en la manga de su vestido.

—¿Qué habéis estado haciendo?

Ella miró la tela.

—Bajé al sótano.

Margarita dejó de comer.

—¿Para qué?

—Inés necesitaba recoger una jarra. La acompañé.

—Ese lugar no es para vos.

—Antes bajaba con mi madre.

Don Juan se quedó quieto.

Leonor supo, apenas lo dijo, que había tocado un recuerdo que su padre prefería dejar en paz.

Margarita lo miró antes de responder:

—Pues ahora hay otras costumbres.

No se volvió a hablar durante unos momentos.

Don Juan pidió más vino. Leonor terminó su comida sin apetito.

Cuando Inés fue a ayudarla a desvestirse, encontró el traje oscuro preparado sobre una silla.

—Mañana lo dejaré listo temprano —dijo.

Leonor estaba junto al tocador vacío.

—¿Creéis que devolverá el retrato?

La criada deshizo con cuidado los lazos de su espalda.

—Quizá cuando el señor lo pida.

—Él cree que están limpiándolo.

Inés no respondió.

Leonor se puso el camisón y fue hasta la cama. Bajo el borde de la almohada encontró las cintas verdes.

Se volvió hacia la criada.

Inés sostuvo su mirada solo un instante.

—Habían quedado en el cuarto de costura.

Leonor las recogió.

—Podrían castigaros.

—Son unas cintas.

La joven sonrió apenas y tomó la ropa para llevarla.

Antes de salir, Leonor la llamó.

—Gracias.

Inés inclinó la cabeza.

Cuando se quedó sola, Leonor se sentó en la cama y extendió las cintas sobre sus rodillas. Eran un regalo pequeño, pero aquella noche le costaba dejar de mirarlas.

Afuera, las campanas anunciaron una hora que ella no contó.

Guardó una cinta en el cajón del tocador. Con la otra se recogió el cabello, aunque ya no había nadie que pudiera verla.

Mañana saldría de la casa.

Caminaría bajo el cielo abierto, escucharía voces cercanas y tendría algo nuevo que recordar al volver. Tal vez conseguiría que su padre le comprara un dulce. Tal vez encontraría a alguien conocido y podría conversar unos minutos sin que Margarita respondiera por ella.

Se acostó pensando en la calle.

Poco después oyó el roce de un vestido al otro lado de la puerta.

—¿Leonor?

—Sí.

—Apagad la vela.

—Ya voy a hacerlo.

Los pasos no se alejaron.

Leonor se incorporó y sopló la llama.

Esperó en la oscuridad hasta escuchar cómo Margarita continuaba por el corredor. Primero sonaron sus zapatos; luego, más tenue, el choque de las llaves contra su cintura.

Leonor volvió a recostarse.

Antes de dormirse, llevó una mano hasta la cinta que sujetaba su cabello y comprobó que seguía allí.

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