Capítulo 2 de 13

Entre cirios y miradas

Inés entró cuando apenas comenzaba a clarear.

Llevaba el vestido oscuro sobre un brazo y un pequeño recipiente de agua tibia en la otra mano. Lo dejó sobre el tocador, junto al espacio donde antes descansaba el retrato.

—Hoy parece que hará buen tiempo —dijo.

Leonor ya estaba despierta.

Había dormido poco. Cada vez que abría los ojos, recordaba que aquella mañana saldría de la casa. Al principio le había parecido una alegría infantil; después comprendió cuánto tiempo llevaba esperando algo tan sencillo.

Apartó la sábana y puso los pies sobre el suelo.

—¿Han tocado las campanas?

—Las primeras. El señor está desayunando.

Mientras Inés le abrochaba el vestido, Leonor miró las cintas verdes guardadas en el cajón entreabierto.

La criada también las vio.

—Podría poneros una debajo del cabello —propuso—. Apenas se notaría.

Leonor vaciló.

—No quiero que os culpen.

—Puedo decir que me lo pedisteis.

—Sería verdad.

Las dos sonrieron.

Inés le recogió el cabello y sujetó algunos mechones con la cinta. Cuando terminó, Leonor se acercó al espejo. El vestido era más severo de lo que habría elegido, pero el verde aparecía entre sus cabellos como una hoja pequeña.

—Así está bien —murmuró.

Antes de bajar, abrió el costurero y tocó el retazo azul que conservaba de su madre.

No lo sacó.

Aquella mañana le bastó saber dónde estaba.

Margarita esperaba junto a la puerta principal.

Llevaba una mantilla cuidadosamente prendida y los guantes ajustados hasta las muñecas. Miró a Leonor desde los zapatos hasta el rostro.

Su mirada se detuvo en la cinta.

—Os dije que no usarais adornos.

Leonor sintió que Inés, detrás de ella, dejaba de moverse.

—Solo es para sujetarme el cabello.

Margarita alzó una mano.

Don Juan apareció antes de que pudiera retirársela.

—¿Estamos listas?

Su esposa bajó el brazo.

—Vuestra hija todavía necesita aprender a escuchar.

Él miró a Leonor sin comprender.

—La veo muy bien.

No era una defensa deliberada, pero Leonor agradeció aquellas palabras como si lo fueran.

Don Juan ofreció el brazo a Margarita.

—Vamos. Si nos retrasamos, encontraremos las calles llenas.

Leonor salió detrás de ellos, acompañada por Inés.

Al cruzar el umbral respiró profundamente.

Había olor a pan recién hecho, a cera y a piedra húmeda. Un vendedor acomodaba flores en una cesta. Desde una esquina llegaba el martilleo de alguien que ajustaba una rueda. Las puertas de las casas estaban abiertas y, por primera vez en muchos días, Leonor pudo mirar hacia donde quiso sin encontrar un cristal o una cortina delante.

Su padre volvió la cabeza.

—Acercaos, hija.

Ella apresuró el paso.

La gente se reunía alrededor del templo.

Algunas mujeres llevaban cirios protegidos con pequeños discos de papel. Había niños que intentaban mirar por encima de los hombros de los adultos y hombres que se quitaban el sombrero al acercarse a la entrada. Una anciana descansaba junto al muro, sujetando un rosario con ambas manos.

Leonor reconoció a dos hermanas con quienes había recibido lecciones de bordado años atrás.

Una de ellas la saludó.

—¡Leonor!

Ella levantó la mano, pero Margarita se inclinó hacia su esposo.

—Conviene entrar antes de que ocupen todos los lugares.

Don Juan avanzó y Leonor tuvo que seguirlo. Apenas alcanzó a responder el saludo con una sonrisa.

Dentro, la luz parecía suspendida entre el humo de los cirios.

Se arrodilló junto a su padre. Mientras escuchaba las oraciones, intentó concentrarse, pero sus ojos regresaban una y otra vez a los rostros cercanos.

Había cambiado mucho desde su última salida. Un niño al que recordaba pequeño ya vestía como un muchacho. Una mujer conocida llevaba luto. Otra sostenía un recién nacido.

La ciudad había seguido viviendo mientras ella permanecía en casa.

Aquella idea le produjo una tristeza inesperada.

Bajó la cabeza y rezó por su madre.

Después, sin saber bien si debía pedir algo así, rezó para que aquel día tardara en terminar.

A la salida, el movimiento de la multitud los separó unos pasos.

Don Juan se detuvo para hablar con un conocido. Margarita permaneció a su lado, escuchando una conversación sobre mercancías y caminos que no interesaba a Leonor.

Inés señaló un espacio cerca del muro.

—Podemos esperar allí.

Leonor asintió.

La criada llevaba un pequeño devocionario que su señora le había entregado antes de entrar. Lo acomodó bajo el brazo y se inclinó para arreglarse un zapato.

En ese momento, dos niños pasaron corriendo.

Uno rozó a Inés y el libro cayó al suelo.

Leonor se agachó para recogerlo, pero una bota se detuvo junto a la cubierta. Una mano lo levantó antes de que ella pudiera alcanzarlo.

—Creo que esto es vuestro.

La voz era tranquila.

Leonor alzó la mirada.

El hombre que tenía delante era joven, aunque mayor que ella. Vestía uniforme y llevaba el sombrero en la mano. Tenía los ojos oscuros, el cabello algo revuelto por el aire y una expresión que parecía a punto de convertirse en sonrisa.

Le ofreció el libro.

Leonor lo recibió.

—Gracias.

—Ha escapado por poco de una desgracia.

Ella miró la cubierta.

—¿Del polvo?

—De las botas de aquel caballero.

Un hombre corpulento pasó cerca sin advertirlos.

Leonor sonrió.

Inés se incorporó y tomó el devocionario.

—Es de la señora —explicó.

—Entonces hemos evitado una desgracia mayor.

Esta vez Leonor no pudo contener una risa breve.

El desconocido la miró, complacido, pero sin aprovechar aquella confianza para acercarse más.

—Espero no haber interrumpido vuestras oraciones.

—Ya habíamos salido del templo.

—Eso no siempre significa que hayan terminado.

Leonor reparó en el uniforme.

—¿Sois militar?

—Capitán Manrique de la Serna y Frías, a vuestro servicio.

Pronunció su nombre con una inclinación de cabeza.

Leonor tardó un momento en responder.

—Leonor Núñez de Castro.

—Entonces vuestro padre es don Juan.

—¿Lo conocéis?

—Lo he visto en compañía de algunos hombres que nos han ayudado con provisiones. No hemos hablado mucho.

Ella volvió la cabeza hacia su padre, todavía ocupado en la conversación.

Manrique siguió la dirección de su mirada.

—¿Habéis venido con él?

—Y con su esposa.

La respuesta le salió más seca de lo que pretendía.

El capitán no preguntó nada.

A Leonor le agradó que no lo hiciera.

La anciana que descansaba junto al muro intentó ponerse de pie.

Tenía una cesta a sus pies y buscó apoyo en la piedra. Nadie parecía advertirla entre las personas que salían.

Leonor dio un paso hacia ella.

—¿Necesitáis ayuda?

La mujer la miró.

—Las rodillas, hija. Hoy no quieren obedecer.

Leonor le ofreció una mano, pero la anciana era más pesada de lo que había supuesto. Manrique se acercó por el otro lado y sostuvo su brazo con cuidado.

Entre ambos la ayudaron a incorporarse.

—Despacio —dijo él—. No tenemos prisa.

La mujer recuperó el equilibrio.

—Dios os lo pague.

Inés recogió la cesta.

—¿Adónde vais?

—A esa esquina. Mi nieto debe esperarme allí.

Manrique tomó la cesta de manos de la criada.

—Os acompañaré.

Leonor miró hacia su padre. Seguía hablando.

—Podemos caminar unos pasos —dijo.

Avanzaron lentamente entre la gente. La anciana se apoyaba en el brazo del capitán y se detenía cada cierto tiempo para dejar pasar a los demás.

Leonor caminaba junto a ella.

—Antes venía sin ayuda —comentó la mujer—. Ahora todos tienen que esperarme.

—Quizá antes vos esperabais a otros —respondió Leonor.

La anciana la miró y soltó una pequeña risa.

—A seis hijos. Y ninguno sabía caminar despacio.

En la esquina encontraron a un muchacho con una jarra de barro.

Corrió hacia su abuela, alarmado.

—Os dije que me esperarais.

—Y yo te he esperado toda la vida. Ya te tocaba.

Manrique entregó la cesta.

El nieto les agradeció varias veces y ofreció agua a la anciana. Leonor observó cómo ella bebía con pequeños sorbos, sujetando la jarra con ambas manos.

Cuando se apartaron, el capitán se volvió hacia Leonor.

—Habéis sido amable.

—Vos también la habéis ayudado.

—Yo había pasado junto a ella sin detenerme.

Leonor lo miró.

Él no parecía incómodo al reconocerlo.

—A veces no vemos lo que tenemos delante —añadió.

Ella pensó en su padre, en el lugar vacío sobre el tocador.

—Sí —dijo—. A veces.

Manrique esperó, como si estuviera dispuesto a escuchar algo más.

Pero Leonor no supo qué decirle.

—¡Leonor!

La voz de Margarita atravesó el murmullo de la calle.

Estaba a unos pasos, con don Juan a su lado.

Leonor sintió que la alegría de aquella conversación se recogía dentro de ella.

—Os hemos buscado —dijo su madrastra.

—Ayudábamos a una señora.

Margarita miró al capitán.

—Ya veo.

Don Juan lo reconoció.

—De la Serna, ¿verdad?

—Manrique de la Serna y Frías, señor.

Se saludaron.

Su padre parecía satisfecho con el encuentro.

—¿Os quedaréis mucho tiempo en Valladolid?

—Todavía no lo sé. Espero órdenes.

—Siempre esperando órdenes —comentó don Juan—. Vuestra vida exige paciencia.

—Más de la que tenía cuando empecé.

Leonor sonrió al escucharlo.

Margarita lo advirtió.

—Mi esposo tiene asuntos que atender —intervino—. Debemos regresar.

Don Juan vaciló.

—Pensaba ofrecer al capitán que nos acompañara un trecho.

—La muchacha no ha desayunado bien.

Leonor quiso decir que no tenía hambre, pero comprendió que eso no cambiaría nada.

Manrique retrocedió un paso.

—No deseo retrasaros.

Se inclinó hacia Margarita y luego hacia ella.

—Señorita Leonor.

Era la primera vez que lo oía pronunciar su nombre.

La pronunció sin impaciencia, sin reproche, sin añadir una instrucción.

—Capitán —respondió.

Don Juan le estrechó la mano.

—Habrá ocasión de conversar.

—Lo espero, señor.

Cuando comenzaron a alejarse, Leonor resistió durante varios pasos el deseo de mirar atrás.

Finalmente lo hizo.

Manrique seguía junto a la esquina.

Al verla, inclinó el sombrero.

Ella volvió el rostro hacia delante, sintiendo el calor subirle a las mejillas.

El camino de regreso fue más breve de lo que había deseado.

Su padre habló de un conocido al que no veía desde hacía meses. Margarita respondió con frases cortas. Inés caminaba detrás, llevando el devocionario contra el pecho.

Leonor escuchaba sin intervenir.

Recordaba las manos del capitán al levantar el libro. Su manera de esperar a la anciana. La facilidad con que había admitido que no la había visto.

Había conocido a muchos hombres que hablaban como si nunca pudieran equivocarse. Aquel había reconocido una falta pequeña sin intentar justificarla.

Quiso recordar exactamente sus palabras.

A veces no vemos lo que tenemos delante.

Al llegar a la casa, Margarita se detuvo antes de entrar.

—Inés, id a la cocina.

La criada obedeció.

Don Juan ya había cruzado el patio, donde un criado lo esperaba con una carta.

Leonor quedó sola con su madrastra junto al zaguán.

—No volveréis a apartaros de nosotros en la calle.

—Estábamos a pocos pasos.

—Habéis hablado con un desconocido.

—Padre lo conoce.

—Vuestro padre conoce a muchas personas. Eso no os autoriza a darles confianza.

Leonor bajó la mirada hacia sus guantes.

—Recogió el libro.

—Y vos encontrasteis motivos para prolongar la conversación.

Aquella frase la hizo levantar la cabeza.

—No hice nada indebido.

Margarita se acercó.

Con dos dedos tomó la cinta verde que asomaba entre su cabello y tiró de ella. El peinado se aflojó sobre la nuca.

—Cuando os doy una instrucción, espero que la cumpláis.

Guardó la cinta en su puño.

Leonor permaneció inmóvil.

Por primera vez aquella mañana, sintió ganas de llorar.

No por el adorno.

Margarita entró al patio.

—Subid a cambiaros.

Leonor esperó hasta que dejó de escuchar sus pasos.

Luego se quitó los guantes lentamente, dedo por dedo.

Encontró a Inés en su habitación después del mediodía.

La criada traía ropa limpia.

Al ver el cabello suelto, comprendió lo ocurrido.

—Lo siento —dijo.

Leonor negó con la cabeza.

—No tenéis la culpa.

Se sentó junto a la ventana, lejos del balcón.

Durante unos momentos miró cómo Inés doblaba una camisa y la colocaba dentro del armario.

—¿Recordáis su nombre? —preguntó al fin.

La criada no necesitó preguntar de quién hablaba.

—Manrique.

Leonor repitió el nombre en silencio.

Inés cerró el armario.

—Fue atento.

—Sí.

—Y os hizo reír.

Leonor la miró.

La criada sonrió apenas.

—Hacía tiempo que no os oía.

Aquella observación la dejó sin respuesta.

Se volvió hacia la luz que entraba por la ventana.

Abajo, en alguna parte de la calle, pasó un caballo. Las herraduras sonaron sobre las piedras y se alejaron.

Leonor imaginó al capitán caminando por la ciudad, conversando con otras personas, entrando donde quisiera. Tal vez ya había olvidado el encuentro.

Ella, en cambio, podía recordar hasta la forma en que había sujetado el sombrero.

—No debéis contar esto —dijo.

Inés dejó de doblar la ropa.

—¿A la señora?

—A nadie.

—No lo haré.

Leonor se acercó al tocador y abrió el cajón.

La segunda cinta verde seguía allí.

La tomó, la extendió entre sus dedos y después buscó un libro en el estante. Era el de viajes del que había hablado con su padre durante la cena.

Lo abrió por la página donde aparecía el puerto lejano y colocó la cinta entre las hojas.

Luego cerró el volumen.

Al anochecer, don Juan recibió una visita en su despacho.

Leonor escuchó las voces desde el corredor mientras iba hacia el comedor.

—Es un muchacho serio —decía su padre.

Ella se detuvo.

—¿El capitán? —preguntó el visitante.

—Sí. De la Serna. Lo encontramos esta mañana.

Leonor dio otro paso, fingiendo acomodarse la manga.

—Buena familia —respondió el hombre—. Y buen servicio, por lo que he oído.

—Le dije que viniera cuando tuviera ocasión.

La puerta del despacho estaba entreabierta.

Leonor alcanzó a ver a su padre sirviendo vino.

—Quizá podamos invitarlo a comer después de estos días —añadió.

Ella siguió caminando antes de que pudieran verla.

Llegó al comedor con el corazón acelerado.

Margarita ya estaba sentada.

—¿Qué os ocurre?

—Nada.

—Tenéis el rostro encendido.

Leonor tomó su lugar y miró el plato vacío.

—Habrá sido el sol de esta mañana.

Su madrastra la observó un instante más.

Luego llamó a los criados.

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