Capítulo 3 de 13
El lugar que ocupaba su madre
El capitán llegó un martes, cuando Leonor había comenzado a pensar que su padre olvidaría la invitación.
Lo supo por el ruido de los cascos junto a la puerta y por una frase que cruzó el patio antes de que pudiera distinguir la voz:
—Don Juan me ha pedido que venga a comer.
Leonor estaba en el cuarto de costura con un bastidor sobre las rodillas. Había deshecho tres veces la misma flor. En la última, una hoja quedó torcida, pero ya no le importaba.
Inés levantó la cabeza desde el otro extremo de la mesa.
Ninguna habló.
En el corredor, las llaves de Margarita anunciaron su paso.
—Continuad con vuestro trabajo —ordenó al entrar.
Leonor bajó la mirada.
—¿Ha llegado una visita?
—Una visita de vuestro padre.
Margarita tomó el bastidor y examinó la tela.
—Habéis avanzado poco.
—El hilo se enredaba.
Su madrastra tiró suavemente de una hebra suelta.
—Hace falta paciencia para terminar algo bien.
Dejó el bastidor sobre sus rodillas y salió.
Leonor esperó hasta que los pasos se alejaron. Entonces se volvió hacia Inés.
La criada tenía una expresión cautelosa.
—Habéis oído —susurró Leonor.
—Sí.
—Ha venido.
Inés recogió un carrete que no necesitaba.
—La señora también lo sabe.
Don Juan hizo llamar a su hija poco antes de servir la comida.
Leonor se levantó tan deprisa que el bastidor cayó sobre la silla.
—Despacio —dijo Inés, sonriendo.
Le acomodó un mechón detrás de la oreja y alisó la manga.
Leonor había elegido un vestido sencillo. No llevaba la cinta verde. La había dejado dentro del libro de viajes, donde nadie pudiera encontrar una razón para quitársela.
Al llegar al comedor vio al capitán junto a su padre.
Manrique vestía con más sobriedad que durante su primer encuentro. Había dejado el sombrero sobre una silla y escuchaba a don Juan con una atención que pareció interrumpirse apenas ella cruzó el umbral.
Se puso de pie.
—Señorita Leonor.
—Capitán.
Don Juan señaló una silla.
—Venid, hija. Manrique me estaba contando que ha recorrido algunos caminos que conozco bien.
Leonor tomó asiento.
Margarita llegó detrás de ella.
—Espero que nuestras modestas viandas os agraden —dijo al capitán.
—Os agradezco la hospitalidad.
Su madrastra sonrió con una cortesía que Leonor rara vez recibía.
Durante los primeros minutos hablaron del estado de los caminos, de animales extraviados y de una entrega que había llegado incompleta. Leonor escuchaba mientras los criados servían.
Manrique respondía con claridad y no parecía necesitar que los demás rieran de cada comentario suyo. Cuando su padre se extendía en una anécdota, lo dejaba terminar.
—Habéis debido conocer muchos lugares —dijo Leonor cuando encontró una pausa.
Margarita giró apenas el rostro hacia ella.
El capitán, en cambio, pareció alegrarse de la pregunta.
—Algunos. Casi siempre los veo con más prisa de la que quisiera.
—¿Y recordáis cómo son?
—Recuerdo ciertas cosas. Una casa al borde de un barranco. Un puente que no inspiraba ninguna confianza. Una posada donde servían el mejor caldo que he probado.
Don Juan soltó una risa.
—Cuando uno tiene hambre, todos los caldos parecen excelentes.
—También he comido algunos que ni el hambre pudo mejorar.
Leonor sonrió.
—Yo leo descripciones de ciudades —dijo—. Después intento imaginar sus calles.
—¿Qué ciudades?
—La última era Venecia.
—Entonces vuestros viajes son más ambiciosos que los míos.
—Y más económicos —añadió don Juan.
Manrique volvió a mirarla.
—¿Qué os llamó la atención?
Leonor dejó la cuchara.
—Que alguien pueda abrir una puerta y encontrar agua en lugar de una calle. Me pregunto qué se sentirá al vivir así.
—Quizá al principio sea extraordinario. Luego se acostumbrarán.
—¿Creéis que uno puede acostumbrarse a cualquier cosa?
La pregunta salió antes de que pudiera medirla.
Manrique tardó un instante en contestar.
—A muchas —dijo—. Aunque acostumbrarse no siempre significa estar contento.
Leonor bajó los ojos.
Margarita pidió que retiraran una fuente.
Después de comer, don Juan los llevó al salón.
La habitación tenía dos ventanas hacia el patio, una mesa de juego y varias sillas de respaldo alto. Sobre un aparador descansaban un reloj y unas figuras de porcelana que Margarita había traído al casarse.
Manrique se detuvo ante un retrato colgado cerca de la puerta.
Era Leonor de niña, sentada junto a su padre.
—Os habría reconocido —dijo.
Ella se acercó.
En el cuadro llevaba el cabello suelto y sostenía una manzana. Siempre le había parecido extraño conservar para toda la vida el recuerdo de una fruta que había terminado comiéndose antes de que el pintor concluyera su trabajo.
—Tenía siete años.
—Ya mirabais como si quisierais preguntar algo.
Don Juan sonrió.
—Preguntaba por todo. El pintor nos rogó que la mantuviéramos entretenida.
—Quería saber cómo podía verme en la tela si yo estaba en la silla —explicó Leonor.
Manrique se inclinó un poco para observar la pintura.
—Una pregunta razonable.
—Su madre consiguió que permaneciera quieta —dijo don Juan.
La sonrisa de Leonor se volvió más tenue.
Miró el espacio junto al retrato infantil. Allí había estado antes una pintura de su madre, más grande que la miniatura del tocador. Ahora colgaba una escena de caza.
—¿También pintaron a vuestra esposa? —preguntó el capitán.
Don Juan siguió su mirada.
—Sí.
Margarita intervino desde el sillón:
—La humedad estaba dañando el lienzo. Lo retiramos para protegerlo.
Leonor apretó las manos.
Manrique no hizo más preguntas, pero miró brevemente a la joven antes de apartarse.
Un criado apareció en la puerta.
—Señor, os buscan por una entrega.
Don Juan frunció el ceño.
—Ahora mismo vuelvo.
Pidió a Margarita que atendiera al invitado y salió al patio.
Durante unos momentos solo se escuchó el reloj.
—¿Tocáis algún instrumento, señorita? —preguntó Manrique.
—Un poco.
—Leonor no practica tanto como debiera —dijo Margarita.
La joven miró el pequeño teclado junto a la pared.
Hacía tiempo que nadie le pedía tocar por gusto. Su madrastra solía ordenárselo delante de alguna visita y corregía los errores al terminar.
—Podría hacerlo, si lo deseáis.
Manrique pareció advertir la incomodidad.
—Preferiría que me hablarais del libro. No todos los días encuentro a alguien que viaja sin sufrir los caminos.
Leonor le agradeció en silencio.
—Está en mi habitación.
—No hace falta traerlo —dijo Margarita.
—Con recordar el título bastará —añadió él.
Hablaron entonces de lecturas. Margarita permaneció entre ambos, haciendo de vez en cuando una observación. Leonor eligió cada palabra con cuidado, pero poco a poco olvidó mirar a su madrastra antes de responder.
Manrique le contó que su madre le enviaba libros siempre que sabía dónde encontrarlo.
—¿Vive lejos? —preguntó ella.
—Lo suficiente para reprocharme que escriba poco.
—¿Y escribís poco?
—Menos de lo que merece.
—Todavía podéis remediarlo.
Él sonrió.
—Lo haré esta noche.
Margarita acomodó los pliegues de su falda.
—Las madres suelen exigir demasiado de sus hijos.
Manrique volvió la cabeza hacia ella.
—La mía pide noticias. Me parece poco.
Leonor se quedó muy quieta.
Por primera vez había oído a alguien discrepar con Margarita sin pedir disculpas ni levantar la voz.
Don Juan regresó acompañado por su administrador y pidió al capitán unos minutos más.
—Debo revisar una firma. Luego os mostraré los documentos de los que hablamos.
Margarita se levantó.
—Yo iré a disponer el café.
Al salir, dirigió a Leonor una mirada breve.
La puerta quedó abierta. Inés ordenaba unas flores en el patio, a la vista de ambos.
Manrique esperó hasta que el ruido de los pasos se alejó.
—Creo que he dicho algo inconveniente.
—No.
Leonor respondió demasiado deprisa.
Él la observó.
—Vuestra señora madre…
—Murió cuando yo era niña.
—Lo siento.
Leonor asintió.
No le resultaba fácil hablar de ella. En aquella casa, cualquier recuerdo podía incomodar a su padre o irritar a Margarita.
Sin embargo, el capitán no parecía tener prisa por cambiar de asunto.
—Le gustaban los libros —dijo—. Algunas tardes me leía junto a la fuente. Si encontraba una palabra difícil, me hacía adivinar qué significaba.
—¿Acertabais?
—Inventaba cosas.
—Eso parece más divertido.
Leonor sonrió.
—Ella también lo creía.
Miró hacia el patio. Inés recortaba un tallo con unas tijeras pequeñas.
—A veces pienso que estoy olvidando su voz.
Manrique apoyó las manos sobre las rodillas.
—Mi padre murió hace cinco años. Recuerdo cómo se aclaraba la garganta antes de decir algo serio. Pero hay días en que no consigo recordar cómo me llamaba.
Leonor volvió a mirarlo.
—¿Os sucede también?
—Sí.
Aquella respuesta sencilla la conmovió más que cualquier consuelo.
No tuvo que explicar nada.
El reloj dio una campanada.
—He visto que mirabais el lugar del otro retrato —dijo Manrique.
Leonor dudó.
—Antes estaba allí.
—¿Y sabéis dónde lo guardaron?
—No.
Se hizo un silencio.
Ella sintió que había hablado demasiado.
—No importa —añadió.
Manrique no la contradijo, pero tampoco fingió creerla.
Cuando el capitán se despidió, don Juan lo acompañó hasta el zaguán.
Leonor quedó junto a una columna del patio. Margarita había regresado con el café y ahora hablaba con un criado, señalando una bandeja.
—Espero volver a veros —dijo Manrique al pasar junto a la joven.
—Padre estará encantado.
Él sostuvo su mirada un instante.
—Y vos, ¿lo estaríais?
Leonor sintió que la pregunta le dejaba muy poco espacio para esconderse.
Miró hacia Margarita.
Después respondió:
—Sí.
Manrique sonrió sin decir nada más.
Afuera lo esperaba su caballo. Don Juan continuó hablando mientras él se colocaba el sombrero.
Leonor permaneció bajo el corredor hasta escuchar el cierre de la puerta.
Cuando se volvió, Margarita la estaba mirando.
La llamó al cuarto de costura al caer la tarde.
Sobre la mesa había un paño blanco, una caja de hilos y las tijeras de mango pequeño.
—Sentaos.
Leonor obedeció.
Margarita se quedó de pie.
—El capitán es un invitado de vuestro padre.
—Lo sé.
—Entonces comportaos de acuerdo con ello.
Leonor miró el bastidor que había dejado por la mañana.
—No entiendo qué queréis decir.
—Lo entendéis perfectamente.
Margarita tomó las tijeras y cortó una hebra que sobresalía del paño.
—Algunos hombres saben ser agradables. Una joven prudente no confunde esa habilidad con interés.
Leonor sintió vergüenza, aunque no había hecho nada de lo que quisiera arrepentirse.
—Solo hemos conversado.
—Sobre vuestra madre.
La muchacha levantó la cabeza.
Margarita dejó las tijeras sobre la mesa.
—No conviene hablar de intimidades familiares con personas ajenas a esta casa.
—No he contado ninguna intimidad.
—Habéis dado a entender que os falta algo.
Leonor pensó en el tocador vacío, en la pared del salón, en todas las cosas que debía pedir permiso para recordar.
—Me falta mi madre —dijo.
La frase quedó entre ambas.
La boca de Margarita se endureció.
—Eso no puede remediarlo un capitán.
—No le he pedido que lo remedie.
Su madrastra la miró como si acabara de descubrir una falta más grave que todas las anteriores.
—Cuidado con ese tono.
Leonor sintió miedo.
Lo conocía bien: comenzaba en el estómago y la obligaba a medir la respiración, a buscar una respuesta que terminara la conversación.
Esta vez tardó en encontrarla.
Margarita tomó la caja de hilos.
—No permaneceréis a solas con él otra vez.
—La puerta estaba abierta. Inés…
—No discutáis.
Leonor guardó silencio.
—Podéis retiraros.
Se levantó despacio y salió sin llevarse el bastidor.
Encontró a su padre en el despacho, inclinado sobre varios papeles.
Durante unos instantes permaneció en la puerta.
—¿Necesitáis algo, hija?
Leonor entró.
Había ido dispuesta a contarle lo ocurrido, pero al verlo cansado, rodeado de cuentas, sintió el viejo impulso de no molestarlo.
—Quisiera recuperar el retrato pequeño de mi madre.
Don Juan se quitó los anteojos.
—¿No os lo han devuelto?
Ella negó con la cabeza.
—Pensé que sí.
—Está en el cuarto de costura.
—Se lo pediré a Margarita.
Leonor dio un paso hacia él.
—¿Podríais pedirlo ahora?
Su padre la observó.
Algo en la pregunta pareció alcanzarlo al fin.
Dejó los papeles y se levantó.
Fueron juntos hasta el cuarto de costura. Margarita seguía allí.
Don Juan habló sin enfado:
—El retrato de Leonor. Si ya está limpio, que vuelva a su habitación.
Su esposa sostuvo la caja de hilos contra el cuerpo.
—Todavía no han…
—El marco puede esperar. Dadle la miniatura.
Margarita miró a Leonor.
Después dejó la caja, sacó las llaves y abrió el armario.
El retrato estaba envuelto en un paño.
Don Juan lo recibió y se lo entregó a su hija.
—Aquí está.
Leonor retiró la tela apenas lo suficiente para ver el rostro de su madre.
—Gracias, padre.
Él le acarició el cabello.
—No sabía que todavía lo esperabais.
La muchacha quiso abrazarlo, pero Margarita permanecía junto al armario abierto.
Se conformó con apretar su mano.
Aquella noche colocó la miniatura sobre el tocador.
La movió hasta hacer coincidir el soporte con las marcas que había dejado antes. Luego se sentó frente a ella.
Su madre parecía la misma.
Leonor, en cambio, se sentía distinta.
Había pedido algo y, aunque tuvo miedo, no había retirado la petición.
Inés entró para recoger la jofaina. Al ver el retrato, sonrió.
—Ha vuelto.
—Padre lo pidió.
La criada dejó el recipiente.
—Me alegro.
Leonor miró hacia la puerta.
—¿La señora está enfadada?
Inés tardó en responder.
—Ha mandado que las llaves del sótano se guarden con las otras.
Leonor volvió la cabeza.
—¿Por qué?
—Dice que no quiere puertas abiertas sin su permiso.
La muchacha recordó la ventana baja, el pedazo de cielo entre los barrotes.
—Entiendo.
Inés tomó la jofaina y salió.
Leonor permaneció un momento junto al tocador. Después abrió su libro de viajes y encontró la cinta verde.
La pasó por sus dedos, pensando en la pregunta del capitán.
Y vos, ¿lo estaríais?
Había respondido que sí.
Ahora, en la quietud de su habitación, podía admitir cuánto deseaba volver a verlo.
Abajo, Margarita cerró el armario de las llaves.
Leonor escuchó el golpe de madera, pero continuó mirando la cinta.

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