Capítulo 4 de 13
Una voz al otro lado
Manrique regresó tres días después.
Leonor lo vio desde el corredor superior cuando un criado lo conducía hacia el despacho. Traía un paquete bajo el brazo y caminaba junto a don Juan, que hablaba con entusiasmo.
Ella se detuvo detrás de una columna.
No quería esconderse. Tampoco quería que Margarita la encontrara esperando.
El capitán levantó la vista antes de entrar.
La vio.
Durante un instante, ninguno se movió. Después él inclinó la cabeza, apenas, y Leonor respondió de la misma manera.
La puerta del despacho se cerró.
Aquella breve mirada la acompañó durante el resto de la mañana.
El paquete contenía un libro.
Don Juan se lo llevó después de comer y lo dejó sobre la mesa donde Leonor bordaba.
—El capitán lo ha traído para vos.
Ella miró la cubierta sin tocarla.
—¿Para mí?
—Recordó vuestra conversación sobre ciudades. Lo tenía entre sus cosas y ha pensado que os gustaría.
Era un volumen de viajes con el lomo gastado. En una esquina quedaban restos de una mancha antigua.
Leonor abrió la primera página.
No había dedicatoria.
Sintió un alivio que enseguida le pareció injusto. Manrique había sido lo bastante cuidadoso para ofrecerle algo que su padre pudiera entregarle sin reservas.
—¿Debo devolverlo?
—Cuando terminéis. Aunque dice que no tiene prisa.
Margarita apareció en la puerta.
—¿Qué libro es ese?
Don Juan le explicó.
Su esposa extendió una mano.
Leonor tuvo que entregárselo.
Margarita examinó la cubierta, pasó algunas páginas y se detuvo ante un grabado de una plaza.
—No sé si estas lecturas son convenientes.
—Son viajes —respondió don Juan.
—Precisamente. A veces despiertan expectativas que no corresponden a nuestra vida.
Él soltó una risa breve.
—Un libro no va a llevarse a Leonor por los aires.
La muchacha miró a su padre. Le habría gustado que entendiera por qué Margarita no sonreía.
—Podéis leerlo después de terminar vuestra labor —dijo su madrastra, devolviéndoselo.
Leonor sostuvo el volumen contra el pecho.
—Gracias, padre.
—Agradecédselo al capitán cuando lo veáis.
Margarita se volvió hacia él.
—No hará falta organizar otra visita por eso.
—Vendrá el sábado. Tenemos asuntos pendientes.
Su esposa apretó los labios.
Leonor bajó la mirada al libro para ocultar su expresión.
Leyó aquella noche y las dos siguientes.
En una página encontró la descripción de un mercado donde se vendían especias que no conocía. En otra, una ciudad rodeada de murallas. Se demoró en los pasajes sobre caminos y posadas, tratando de imaginar al capitán leyendo aquellas mismas líneas.
Había anotaciones en algunos márgenes.
Una decía: El autor exagera la bondad de este alojamiento.
Otra, junto a la descripción de un puente, añadía: No confiar en la madera después de las lluvias.
Leonor sonrió al reconocer la voz de Manrique en aquellas frases.
No necesitaba verlo para escucharlo.
Inés la encontró leyendo junto a la vela.
—Vais a cansaros los ojos.
—Solo una página más.
La criada se acercó.
—Eso dijisteis hace un rato.
Leonor colocó un dedo entre las hojas.
—¿Sabéis leer?
Inés negó con la cabeza.
—Algunas palabras. Mi nombre, cuando está bien escrito.
—Puedo enseñaros.
La muchacha la miró con sorpresa.
—¿A mí?
—Si queréis.
Inés miró hacia la puerta.
—La señora dirá que tengo otras obligaciones.
—Podemos empezar con unas letras. No llevará mucho tiempo.
Leonor buscó una hoja y una pluma. Escribió el nombre de la criada en trazos grandes.
Inés se inclinó sobre la mesa.
—Así lo escribía mi padre.
—¿Os enseñó?
—Quería hacerlo. Murió antes.
Leonor dejó la pluma.
La criada tocó con el índice la primera letra.
Aquella noche aprendió a reconocer la i.
Al terminar, Leonor dobló la hoja y se la entregó.
—Guardadla.
Inés la recibió como si fuera algo frágil.
El sábado, Leonor no fue llamada al salón.
Oyó llegar a Manrique y esperó.
Tenía preparada una frase de agradecimiento y otra acerca del libro. Las había repetido tanto que, cuando las pensaba, ya le sonaban ajenas.
Pasó media hora.
Después, otra.
Margarita entró en su habitación con una pieza de tela.
—Necesito que rematéis estos bordes.
Leonor miró la costura.
—¿Ahora?
—¿Tenéis algo más que hacer?
—Quería devolver el libro al capitán cuando terminara su conversación con padre.
—Yo se lo entregaré.
—Todavía no lo he concluido.
Su madrastra dejó la tela sobre la cama.
—Entonces no hay motivo para que bajéis.
Leonor sostuvo el libro entre las manos.
Margarita esperó.
Al fin, la muchacha lo puso sobre el tocador y tomó la costura.
Su madrastra salió.
Desde la habitación, Leonor escuchó una risa de su padre. Luego el movimiento de una silla.
Se acercó a la puerta, pero no la abrió.
Cuando el capitán se marchó, ella seguía trabajando en el primer borde.
Manrique preguntó por Leonor antes de despedirse.
Don Juan estaba revisando una cifra en el escritorio.
—Debe de estar ocupada con sus labores.
—Quería saber si le había agradado el libro.
—Mucho, por lo que he visto. Apenas lo deja.
El capitán sonrió.
—Me alegro.
Margarita, que esperaba junto a la puerta, intervino:
—Es una muchacha impresionable. Os ruego que no le traigáis más.
Don Juan levantó la cabeza.
—Margarita…
—No lo digo con mala intención. Ya tiene suficientes distracciones.
Manrique acomodó el sombrero bajo el brazo.
—No desearía causarle dificultades.
—Entonces comprenderéis.
Él miró brevemente al padre.
Don Juan parecía a punto de decir algo, pero el administrador apareció con otra pregunta. La atención del dueño de la casa regresó a sus papeles.
Manrique se despidió.
Al cruzar el patio levantó la vista hacia el corredor.
No vio a Leonor.
Esa tarde faltó una jarra en la cocina.
La cocinera, que tenía las manos cubiertas de harina, se volvió hacia Inés.
—Baja por la grande. La que dejamos junto a las conservas.
—La señora tiene la llave.
—Pídesela. No puedo mandar la bebida en una cazuela.
Inés encontró a Margarita revisando la ropa limpia. Le explicó lo que necesitaba y recibió la llave después de escuchar que debía devolverla enseguida.
Leonor salió de su habitación cuando vio a la criada dirigirse hacia la escalera de servicio.
—¿Vais abajo?
—Por una jarra.
La joven miró la costura que llevaba en la mano.
Le dolían los dedos.
—Os acompaño.
Inés vaciló.
—No tardaré.
—Yo tampoco.
Bajaron juntas.
El aire del sótano era fresco. Leonor respiró el olor de la piedra húmeda y dejó la costura sobre la mesa mientras Inés buscaba la vasija.
Afuera pasaban personas que regresaban del mercado. Las voces llegaban fragmentadas a través de la reja.
Leonor se acercó a la ventana.
Se agachó para mirar la calle.
Entonces vio detenerse un par de botas.
No supo por qué las reconoció antes de escuchar la voz.
—¿Señorita Leonor?
Ella contuvo el aliento.
Manrique se había inclinado al otro lado de los barrotes.
—Capitán.
La sorpresa de él se convirtió en una sonrisa.
—No esperaba encontraros aquí.
Leonor miró hacia Inés.
La criada había dejado la jarra sobre una repisa y los observaba sin moverse.
—Hemos bajado a buscar una vasija —explicó Leonor.
—Entonces he pasado en el momento oportuno.
Él se arrodilló sobre una rodilla para quedar a su altura. La luz de la calle iluminaba su rostro; detrás de Leonor, el sótano permanecía oscuro.
—Quería agradeceros el libro —dijo ella.
—¿Lo habéis terminado?
—Aún no. Me detengo demasiado en los márgenes.
Manrique soltó una risa baja.
—Debí revisar mis anotaciones antes de prestarlo.
—Son la mejor parte.
—El autor no estaría de acuerdo.
Leonor sonrió.
Había pensado tantas palabras aquella mañana y ahora no necesitaba recordar ninguna.
—La posada del caldo no aparece —dijo.
—Eso confirma que el libro está incompleto.
—Tendréis que contarme dónde está.
El capitán apoyó una mano sobre la piedra exterior.
—Lo haré.
Una carreta pasó cerca. Él esperó a que el ruido se alejara.
—Hoy pregunté por vos.
Leonor sintió que el pulso le golpeaba en la garganta.
—Estaba cosiendo.
Manrique la miró un momento.
—Lo imaginé.
No preguntó quién le había impedido bajar.
Ella agradeció aquella delicadeza, pero también le dolió que quizá ya hubiese comprendido.
Inés se acercó con la jarra.
—Señorita…
Leonor volvió la cabeza.
—Un momento.
La criada miró hacia la escalera.
Manrique se incorporó un poco.
—No quiero retrasaros.
Leonor sabía que debía levantarse. Lo sabía desde que había escuchado su voz.
Sin embargo, se quedó.
—¿Escribisteis a vuestra madre? —preguntó.
El capitán volvió a agacharse.
—Esa misma noche.
—¿Le contasteis que alguien tuvo que recordároslo?
—Le dije que había recibido un buen consejo.
—Entonces vuestra carta no fue del todo sincera.
—Fue sincera en lo importante.
Leonor bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Manrique se puso serio.
—¿Habéis recuperado el retrato?
Ella levantó los ojos.
No esperaba que lo recordara.
—Sí.
—Me alegro.
—Padre lo pidió.
—Hicisteis bien en hablar con él.
Leonor tocó la piedra del alféizar.
—No siempre sé cómo hacerlo.
Manrique esperó.
Al otro lado de la calle, alguien llamó a un vendedor. Una puerta se cerró.
—A veces empiezo a decirle algo y me parece que ya está pensando en otra cosa —continuó ella—. Entonces termino antes.
El capitán no respondió de inmediato.
—Quizá debáis terminar después —dijo al fin—. Darle tiempo para escucharos.
Leonor lo miró.
—¿Y si no quiere?
La pregunta hizo que ambos guardaran silencio.
Inés movió la jarra entre sus brazos.
—Debemos subir.
Esta vez Leonor asintió.
Manrique se levantó.
—Perdonadme. Os he detenido demasiado.
Ella también se incorporó, aunque desde dentro apenas podía ver su rostro.
—No me habéis detenido.
El capitán inclinó la cabeza para mirarla una vez más.
—Me gustaría seguir hablando con vos.
Leonor sintió miedo de que Inés oyera su respuesta.
Después comprendió que ya la estaba esperando.
—A mí también.
Manrique mantuvo los dedos apoyados sobre la piedra.
—No deseo poneros en una situación difícil.
Leonor miró los barrotes.
No sabía cómo explicarle que las dificultades estaban allí antes de que él llegara.
—Pasad mañana —dijo.
Las palabras la sorprendieron tanto como a él.
Inés levantó la cabeza.
—¿A esta hora? —preguntó Manrique.
Leonor asintió.
—Puede que no consiga bajar.
—Entonces seguiré mi camino.
Ella miró hacia la escalera.
—No llaméis a la puerta.
El capitán dejó de sonreír.
Aquella petición daba al encuentro una forma que ninguno podía fingir ignorar.
—Como queráis —respondió.
Leonor recogió su costura de la mesa.
Cuando se volvió hacia la ventana, Manrique seguía allí.
Levantó la mano en despedida.
Ella hizo lo mismo.
Subieron sin hablar.
Inés cerró el sótano y guardó la llave en el bolsillo de su delantal. Solo cuando llegaron al corredor se volvió hacia Leonor.
—La señora no debe enterarse.
—Lo sé.
—Si os ve allí…
No terminó la frase.
Leonor sintió vergüenza al advertir que su decisión también podía perjudicar a la criada.
—No os pediré que mintáis.
Inés sostuvo la jarra contra el pecho.
—Pero tendré que hacerlo si me pregunta.
La muchacha bajó la mirada.
Nunca había pensado en la obediencia de Inés como en algo que pudiera romperse por su culpa.
—Lo siento.
La criada observó su rostro.
—¿Os agrada tanto?
Leonor tardó en contestar.
Había conocido a Manrique pocos días antes. Apenas sabía de su vida. No podía llamar amor a lo que sentía sin que la palabra le pareciera demasiado grande.
Pero al hablar con él no buscaba la respuesta que evitara un reproche. Podía preguntar, disentir, quedarse callada. Él esperaba.
—Quiero conocerlo —dijo.
Inés miró la puerta del cuarto de costura.
—Tendremos que ser cuidadosas.
Margarita recuperó la llave unos minutos después.
La sostuvo en la palma mientras Inés dejaba la jarra en la cocina.
—Habéis tardado.
—Estaba detrás de unas vasijas, señora.
—¿Estaban mal acomodadas?
—Tuve que moverlas.
Margarita examinó el borde de la jarra.
—Que nadie vuelva a dejar las cosas fuera de su sitio.
Inés inclinó la cabeza.
La señora se dirigió al corredor. Al pasar junto a Leonor, vio la costura entre sus manos.
—¿Habéis terminado?
—Todavía no.
Margarita tomó la tela y revisó el borde.
Había apenas unas puntadas nuevas.
Miró a la joven.
—¿Qué habéis hecho toda la tarde?
Leonor sintió el impulso de buscar a Inés con los ojos.
Lo contuvo.
—Me dolían los dedos. Descansé un rato.
Su madrastra dejó caer la tela sobre sus manos.
—Entonces terminaréis antes de acostaros.
Leonor asintió.
Margarita se alejó llevando la llave.
Aquella noche, Leonor cosió junto a la vela.
Cada cierto tiempo detenía la aguja y escuchaba.
El patio quedó en silencio. Su padre se retiró. Los criados recogieron la cocina y cerraron las puertas.
Aún le faltaba un borde cuando oyó a Margarita detenerse frente a su habitación.
—¿Habéis concluido?
—Casi.
Su madrastra abrió.
Entró, tomó la tela y la examinó bajo la luz.
—Así está bien. Mañana seguiréis.
Leonor recibió la costura con sorpresa.
Margarita miró el libro de viajes sobre el tocador.
El retrato de su madre descansaba junto a él.
—Ese volumen debe volver pronto a su dueño.
—Lo terminaré.
—Hacedlo.
Cuando salió, Leonor esperó un momento antes de acercarse al libro.
Lo abrió por el último pasaje que había leído.
La cinta verde marcaba la página.
Pensó en Manrique arrodillado junto a la ventana, en el polvo de la calle adherido a su ropa. Recordó cómo había permanecido a su altura sin pedirle que saliera de las sombras.
Se llevó la cinta a la palma y cerró los dedos.
Mañana podía no conseguir la llave.
Podía encontrar a Margarita en el corredor. Podía tener miedo y quedarse arriba.
Pero el capitán pasaría.
Por primera vez, alguien llegaría hasta aquella casa esperando escuchar su voz.

4.5Calificación 4.5 de 5. 20 opiniones.(20)