Capítulo 5 de 13

Lo que no podían decir en el salón

Al día siguiente, Leonor no consiguió bajar.

Margarita pasó la tarde en el cuarto de costura, contando lienzos, revisando dobladillos y haciendo preguntas cuya respuesta parecía conocer de antemano. Había colocado su silla frente a la puerta. Las llaves descansaban sobre la mesa, junto a sus tijeras.

Cada vez que alguien cruzaba el corredor, levantaba la cabeza.

Leonor trabajaba sentada cerca de la ventana.

Desde allí no veía la calle donde Manrique debía pasar. Solo el patio, una franja del corredor inferior y la fuente, cuyo chorro estaba reducido a un hilo.

A la hora convenida se le escapó una puntada.

—Estáis distraída —dijo Margarita.

Leonor deshizo el hilo.

—Se ha torcido la tela.

Su madrastra la observó antes de volver a sus cuentas.

La joven continuó cosiendo.

Imaginó al capitán acercándose a la ventana del sótano. Quizá se detendría unos instantes. Quizá miraría hacia los barrotes y, al no encontrarla, seguiría su camino, como había prometido.

Le dolió pensar que podía interpretar su ausencia como arrepentimiento.

Cuando por fin terminó la labor, la luz del patio comenzaba a apagarse.

Margarita tomó la tela.

—Ahora sí habéis hecho algo de provecho.

Leonor no respondió.

Aquella noche abrió el libro de viajes y encontró una anotación junto a la descripción de un camino:

Conviene partir temprano. Después del mediodía, el sol vuelve penoso el trayecto.

Se quedó mirando aquellas palabras hasta que las letras comenzaron a desdibujarse.

Manrique había pasado una sola vez.

Se detuvo frente a la reja el tiempo necesario para comprobar que no había nadie. Luego continuó caminando.

Al llegar a la esquina sintió el impulso de volver.

No lo hizo.

Había prometido seguir su camino si ella no conseguía bajar. Quería que Leonor supiera que podía confiar en una promesa pequeña antes de escuchar cualquiera más importante.

Sin embargo, durante el resto de la tarde se sorprendió mirando hacia la calle cada vez que alguien entraba en el alojamiento donde se hospedaba.

No esperaba un mensaje.

Aun así, lo esperaba.

Dos días después, don Juan anunció que debía salir de la ciudad.

Lo dijo durante el desayuno, mientras partía un trozo de pan.

—Esta vez no puedo aplazarlo. El administrador necesita que vaya personalmente.

Leonor dejó la taza.

—¿Cuánto tiempo estaréis fuera?

—Un par de semanas, quizá algo más. Todavía debo arreglar algunas cosas antes de partir.

Margarita extendió la mano hacia una fuente.

—Aquí estaremos bien.

Don Juan asintió.

—Lo sé.

Leonor miró a su padre. Quiso pedirle que la llevara.

No conocía los caminos. No sabía si habría un lugar adecuado para alojarla ni si su presencia entorpecería los negocios. Pero antes de que pudiera formular la pregunta, él comenzó a hablar de caballos y de la fecha en que llegaría una entrega.

Esperó.

Recordó el consejo de Manrique.

Dar tiempo para que la escuchara.

—Padre.

Él siguió hablando con Margarita.

Leonor aguardó hasta que hubo una pausa.

—Padre, quisiera preguntaros algo.

Don Juan volvió el rostro.

—Decidme.

Margarita se quedó inmóvil.

—¿Podría acompañaros?

Su padre pareció sorprendido.

—¿En este viaje?

—Nunca he salido lejos de Valladolid.

—No sería un viaje agradable, hija. Tendré que pasar muchas horas revisando almacenes y discutiendo cuentas.

—Podría esperar mientras trabajáis.

Don Juan sonrió con cansancio.

—Ya tendremos ocasión de hacer un paseo.

—¿Cuándo?

La pregunta lo hizo dejar el pan sobre el plato.

Margarita intervino:

—Vuestro padre no puede daros una fecha para cada capricho.

Leonor mantuvo la mirada en él.

Don Juan se acomodó en la silla.

—Después de mi regreso hablaremos de ello.

No era una promesa precisa, pero esta vez ella había logrado terminar la pregunta.

—Lo recordaré —dijo.

Su padre sonrió.

Margarita bajó los ojos hacia su taza.

Esa tarde llegaron dos mujeres a visitar a la señora de la casa.

Una traía noticias de una familia conocida; la otra, un paño bordado que deseaba mostrarle. Margarita las recibió en el salón y pidió chocolate.

El cuarto de costura quedó vacío.

Inés encontró a Leonor en el corredor.

—La cocinera necesita las botellas de agua de azahar —dijo en voz baja.

La joven miró la pequeña llave que la criada llevaba entre los dedos.

—¿Os la ha dado?

—Quiere perfumar el chocolate.

Desde el salón llegó una risa.

Leonor sintió que la oportunidad se abría delante de ella, tan pequeña y concreta como aquella llave.

—Solo bajaré un momento.

Inés no sonrió.

—Si no está, subimos enseguida.

—Sí.

Descendieron.

La puerta del sótano cedió con un roce áspero. Leonor esperó mientras Inés buscaba las botellas y luego se acercó a la ventana.

La calle estaba despejada.

Un perro olfateaba cerca de una rueda abandonada. Más allá, una mujer caminaba con una cesta sobre la cabeza.

Leonor se agachó.

Esperó.

La piedra le enfrió las palmas.

—Señorita —susurró Inés.

—Un momento más.

El perro se alejó.

Leonor se disponía a levantarse cuando vio una sombra detenerse junto al muro.

—Hoy he tenido mejor suerte.

Al escuchar la voz, cerró los ojos un instante.

Manrique se inclinó.

—Pensé que quizá no volveríais —dijo ella.

—Pensé lo mismo de vos.

Leonor negó con la cabeza.

—No pude bajar.

—No tenéis que explicármelo.

—Quiero hacerlo.

El capitán se quedó quieto.

Ella buscó las palabras.

—Estaba con mi madrastra. No podía marcharme sin que preguntara adónde iba.

Manrique miró hacia el interior, aunque desde la calle apenas distinguía la mesa y la escalera.

—¿Sospecha algo?

—No lo sé.

Inés dejó las botellas dentro de una cesta.

—Debemos ser breves.

El capitán asintió.

—Lo seremos.

Pero Leonor había pasado dos días pensando en aquella conversación y no sabía por dónde comenzar.

—Mi padre va a viajar —dijo al fin.

—Me lo ha contado esta mañana.

—¿Lo habéis visto?

—Fui a entregar unos documentos.

Ella sintió una pequeña tristeza.

Había estado en la misma casa y no lo había sabido.

Manrique pareció entender.

—Pregunté si habíais terminado el libro.

Leonor sonrió.

—Casi.

—Entonces podré traer una buena razón para volver.

—La señora ya os pidió que no me prestarais más.

El capitán bajó la mirada.

No intentó negar la conversación.

—Sí.

—¿Os ofendió?

—Me preocupó lo que podía ocurrir después de que me marchara.

Leonor se quedó mirando sus manos.

Nadie solía preguntarse qué ocurría cuando las visitas salían de aquella casa.

Volvieron a encontrarse tres tardes después.

Inés había obtenido la llave para ordenar unos frascos de conserva. Leonor la ayudó de verdad: limpió las repisas, separó los recipientes rotos y escribió pequeñas etiquetas para que la criada pudiera reconocer las palabras que estaban aprendiendo.

Cuando Manrique llegó, encontró a ambas trabajando.

—He interrumpido una tarea —dijo.

Leonor dejó el paño.

—Ya casi terminamos.

Inés miró la repisa todavía cubierta de polvo.

—Yo terminaré.

La joven comprendió el favor y se acercó a la ventana.

Esta vez Manrique llevaba ropa de calle. Sin el uniforme parecía menos lejano.

—No os habría reconocido de espaldas —dijo ella.

—Yo os reconocería aunque no os viera el rostro.

Leonor sintió calor en las mejillas.

El capitán también pareció sorprenderse de haberlo dicho.

Durante unos instantes guardaron silencio.

Luego ella señaló una pequeña marca en su ceja.

—¿Eso os ocurrió en un combate?

Manrique se llevó los dedos a la cicatriz.

—Me caí de un caballo.

—¿Durante una misión?

—Durante un intento bastante torpe de impresionar a mis hermanos.

Leonor soltó una risa.

—El caballo no colaboró.

—El caballo tuvo más juicio que yo.

Hablaron de su familia. Manrique tenía dos hermanos y una hermana menor que, según él, gobernaba la casa con más firmeza que cualquiera. Su madre cultivaba hierbas en el patio y creía que casi todos los males podían aliviarse con una infusión.

—¿Y vos lo creéis? —preguntó Leonor.

—Creo que se preocupa menos cuando le digo que he seguido sus consejos.

Ella apoyó el hombro contra la pared.

—Deberíais presentarme a vuestra hermana.

Manrique dejó de sonreír por un momento.

—Le agradaríais.

Leonor bajó los ojos.

La frase había abierto una puerta que ninguno se atrevió a cruzar todavía.

Los encuentros fueron breves.

Algunas tardes no hubo ocasión de bajar. Otras, Manrique pasó y encontró la ventana vacía. Nunca llamó ni esperó lo suficiente para atraer la atención de los vecinos.

Cuando conseguían verse, Leonor aprendía algo nuevo.

Que al capitán le desagradaba hablar de la guerra durante la comida.

Que tenía mala letra cuando escribía deprisa.

Que no sabía cantar y, sin embargo, recordaba completas las canciones de su infancia.

Él descubrió que Leonor podía ser irónica cuando se sentía segura. Que detestaba los bordados de flores demasiado iguales. Que había aprendido a tocar de oído una melodía que su madre solía tararear.

Una tarde le pidió que la cantara.

Ella negó con la cabeza.

—No aquí.

—¿Por qué?

—La calle podría escucharme.

—La calle está perdiéndose algo.

Leonor sonrió, pero no cantó.

Todavía había cosas que el miedo le impedía entregar.

Manrique no insistió.

El día en que terminó el libro, Leonor llevó la cinta verde entre sus páginas.

Esperó a que Inés se apartara para ordenar unas cajas y tendió el volumen hacia la reja.

Manrique lo recibió de lado, con cuidado de no rozar la cubierta contra el hierro.

—Ahora os corresponde viajar a vos —dijo ella.

Él abrió el libro.

La cinta cayó sobre su mano.

Leonor sintió un impulso de recuperarla.

Manrique la miró.

—¿Es vuestra?

—Sí.

—¿Queréis que…?

Ella negó con la cabeza antes de que terminara.

El capitán sostuvo la cinta entre los dedos.

Había visto aquel verde durante su primer encuentro, entre el cabello de Leonor. Lo recordó de inmediato.

—La conservaré —dijo.

Ella apretó el borde de la ventana.

—No debéis entender más de lo que he dicho.

Manrique alzó los ojos.

—Entonces decidme qué habéis dicho.

Leonor intentó responder, pero se le escapó una sonrisa nerviosa.

—No he dicho nada.

—Eso pensaba.

Se miraron en silencio.

Inés movió una caja detrás de ellos.

Manrique dobló la cinta y la guardó dentro del libro.

—Quiero hablar con vuestro padre.

La sonrisa de Leonor desapareció.

—¿De qué?

Él la observó con una seriedad que no había tenido hasta entonces.

—De la posibilidad de visitaros sin que tengáis que bajar a escondidas.

Leonor miró hacia la escalera.

Había deseado oír algo parecido. Ahora que lo escuchaba, sintió temor.

—Margarita se opondrá.

—Vuestro padre puede escucharme.

—No siempre la contradice.

—Pero recuperasteis el retrato.

Leonor pensó en aquella pequeña victoria. Le había parecido enorme la noche en que colocó de nuevo la miniatura sobre el tocador. Ahora temía que no significara tanto como Manrique creía.

—Eso era un objeto —dijo.

El capitán acercó una mano a los barrotes.

—No quiero que esto os haga daño.

Ella miró sus dedos.

Estaban a unos centímetros de los suyos.

—¿Y qué es esto?

Manrique respiró despacio.

—Algo que no consigo dejar en esta calle cuando me marcho.

Leonor levantó los ojos.

Él continuó:

—Pienso en lo que me contáis. En lo que os hace reír. Paso el día buscando algo que quisiera deciros y, cuando llego, olvido la mitad.

Ella sonrió sin poder evitarlo.

—A mí me ocurre lo mismo.

Manrique mantuvo la mano abierta junto a la reja.

Leonor deslizó la suya entre los barrotes.

Al principio apenas rozó sus dedos.

Después él la sostuvo.

La calle seguía allí: un vendedor pregonaba a lo lejos, alguien arrastraba una silla detrás de una puerta y las ruedas de una carreta golpeaban las piedras.

Leonor escuchaba todo con una claridad extraña.

Manrique no tiró de su mano ni intentó acercarla más.

Solo la sostuvo.

—Si hablo con vuestro padre —dijo—, quiero hacerlo con vuestro consentimiento.

Ella miró las manos unidas.

—Lo tenéis.

Inés los llamó poco después.

Leonor retiró la mano despacio.

Manrique se puso de pie, pero antes de marcharse volvió a inclinarse.

—Mañana intentaré verlo.

—¿Mañana?

—Antes de que parta.

Leonor asintió.

De pronto, la partida de su padre ya no era un asunto lejano. Don Juan había dispuesto el viaje para dentro de tres días.

—No le habléis de la ventana —pidió.

El capitán comprendió lo que aquella revelación podía provocar.

—No lo haré.

—Quiero contárselo yo.

Manrique la miró con atención.

—Cuando estéis preparada.

Ella apoyó la mano en la piedra, todavía tibia por el contacto de sus dedos.

—Pasad después —dijo—. Aunque no podáis verlo.

—Pasaré.

Margarita esperaba en el corredor cuando subieron.

Inés llevaba un cesto con los frascos dañados. Leonor sostenía el paño sucio.

La señora miró primero las cosas y después sus rostros.

—Habéis tardado mucho.

Inés abrió la boca, pero Leonor respondió:

—Había dos recipientes rotos. Limpiamos la repisa.

Margarita se acercó al cesto.

Movió uno de los frascos con la punta de un dedo.

—Esto podía hacerlo una criada.

—La ayudé.

—Ya lo veo.

Su madrastra extendió la mano.

Inés le entregó la llave.

Margarita no se apartó.

Miró hacia la escalera oscura.

—¿Estaba abierta la ventana?

Leonor sintió un golpe de frío en el pecho.

—Tiene una reja.

—No os he preguntado eso.

Inés apretó el asa del cesto.

—No hay postigo, señora. Siempre entra aire.

Margarita volvió los ojos hacia ella.

La criada bajó la cabeza.

Durante unos momentos no se escuchó más que el agua de la fuente.

—Mañana bajaréis temprano —ordenó Margarita—. Quiero que dejéis ese cuarto limpio. Después no habrá necesidad de entrar cada tarde.

Tomó la llave y se alejó.

Leonor esperó hasta que llegó al otro extremo del patio.

Entonces miró a Inés.

La criada tenía los nudillos blancos sobre el asa.

Esa noche, don Juan permaneció en el despacho hasta tarde.

Leonor pasó dos veces frente a la puerta sin entrar.

A la tercera, su padre la vio.

—¿Buscáis algo?

Ella sostuvo el picaporte.

Podía contarle que Manrique deseaba hablar con él. Podía decirle que esperaba aquella visita, que quería conocer al capitán sin esconderse.

Pero las palabras venían unidas a la confesión de sus encuentros, y al otro lado del patio Margarita revisaba los preparativos del viaje.

—Quería saber si os marcharéis muy temprano —preguntó.

—Al amanecer.

—¿Podré despedirme?

Don Juan sonrió.

—Por supuesto. Haré que os despierten.

Leonor asintió.

Su padre volvió a los papeles.

Ella no se marchó enseguida.

Don Juan levantó otra vez la vista.

—¿Algo más?

La joven respiró.

—Si mañana viene el capitán, quisiera saludarlo.

Su padre pareció divertido.

—Podéis hacerlo. No habrá que solicitar audiencia.

Leonor sonrió apenas.

—Gracias.

Salió antes de perder el valor que había necesitado para pedirlo.

Al llegar a su habitación encontró el lugar donde guardaba el libro vacío.

Por primera vez, aquel espacio no le produjo tristeza.

Imaginó la cinta verde entre las manos de Manrique.

En su cuarto, el capitán extendió la cinta sobre la mesa.

Junto a ella había un pliego recién entregado.

La orden le exigía prepararse para salir de Valladolid al término de dos días. Debía presentarse con su destacamento y esperar nuevas instrucciones en el camino.

Manrique leyó el documento otra vez.

Después miró la cinta.

Había pensado pedir permiso para cortejar a Leonor con calma, hacerse presente en la casa, dejar que don Juan lo conociera mejor. Ahora el tiempo se había reducido a una mañana.

Guardó la orden y tomó una hoja limpia.

Escribió a su madre.

Por primera vez desde que había llegado a la ciudad, no necesitó que nadie le recordara hacerlo.

Al terminar, dejó la pluma sobre la mesa y se quedó mirando la última frase.

He conocido a una joven. Mañana hablaré con su padre.

Doblando la carta, decidió que el viaje no se llevaría aquella intención.

Leonor apagó la vela cerca de la medianoche.

Antes de acostarse, apoyó los dedos sobre el marco del retrato.

—Mañana —susurró.

No sabía si hablaba con su madre o consigo misma.

En el corredor inferior sonó una puerta.

Margarita acababa de entrar en el cuarto donde se guardaban las provisiones. Revisó las cuentas del viaje, apartó unas llaves y dejó sobre la mesa la del sótano.

La observó durante un momento.

Luego la separó de las demás y la guardó en el bolsillo de su vestido.

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