Capítulo 6 de 13
La promesa antes del viaje
Manrique llegó antes de que terminaran de retirar el desayuno.
Leonor oyó su nombre desde el comedor y dejó la taza sobre el plato. Don Juan, que revisaba una lista de bultos para el viaje, pidió que lo hicieran pasar al despacho.
Margarita no levantó la cabeza.
—Todavía queda bebida —dijo, señalando la taza de Leonor.
La joven tomó un sorbo.
Le costaba tragar.
Había pasado la noche imaginando aquella visita. En algunas versiones, su padre recibía con alegría las palabras del capitán y la hacía llamar. En otras, Margarita entraba en el despacho y todo concluía antes de que Leonor pudiera hablar.
Ahora Manrique estaba al otro lado del patio.
La espera tenía sonidos concretos: una silla que se movía, una puerta que se cerraba, los pasos de un criado.
—Podéis ir a vuestra habitación —dijo Margarita.
Leonor dejó la taza.
—Padre me permitió saludar al capitán.
Su madrastra la miró.
—Está ocupado con él.
—Puedo esperar.
Margarita dobló lentamente la servilleta.
Antes de que respondiera, apareció el criado.
—El señor pide que la señorita Leonor vaya al despacho.
Leonor se puso de pie.
Margarita también.
Al entrar encontró a Manrique junto a la ventana.
Su padre estaba detrás del escritorio, con las manos apoyadas sobre un pliego. Ambos tenían una seriedad que le hizo disminuir el paso.
—Acercaos, hija —dijo don Juan.
Leonor se detuvo frente a él.
Margarita ocupó una silla sin esperar invitación.
Manrique inclinó la cabeza.
—Buenos días.
—Buenos días.
Don Juan miró a su esposa y luego a Leonor.
—El capitán ha venido a hablar de un asunto que os concierne.
La joven entrelazó los dedos.
—Desea conoceros mejor —continuó su padre—. Me ha pedido permiso para visitaros con esa intención.
Leonor no miró a Margarita.
Temía que, si lo hacía, perdiera el valor.
Don Juan se aclaró la garganta.
—Antes de responderle, quiero saber qué pensáis.
Durante un instante, ella creyó haber entendido mal.
Su padre estaba esperando.
Manrique también.
—Me gustaría —dijo.
La respuesta salió baja, pero firme.
Margarita se movió en su silla.
—Leonor apenas conoce al capitán.
—Precisamente por eso os pido autorización —respondió él.
—Una muchacha de su edad puede entusiasmarse con demasiada facilidad.
Don Juan levantó una mano.
—Nadie está hablando de celebrar una boda mañana.
Leonor sintió alivio.
Duró poco.
Su padre volvió la mirada hacia Manrique.
—Aunque vuestra partida complica las cosas.
Ella dejó de respirar un momento.
—¿Partida?
El capitán se volvió hacia ella.
—He recibido órdenes. Debo salir mañana.
Leonor miró a su padre, como si él pudiera corregirlo.
Don Juan señaló el documento.
—Una misión fuera de la ciudad.
La joven bajó los ojos hacia el escritorio. Había una mancha de tinta junto al borde, una de aquellas marcas que conocía desde niña. Se concentró en ella para no dejar que el rostro revelara demasiado.
Manrique dio un paso.
—Lo supe anoche.
Margarita acomodó sus guantes sobre las rodillas.
—Entonces quizá convenga esperar a vuestro regreso para hablar de visitas.
El capitán mantuvo la mirada en don Juan.
—Aceptaré las condiciones que consideréis necesarias. Pero no quería marcharme sin expresar mis intenciones.
—Y habéis hecho bien —dijo el padre.
Leonor alzó la cabeza.
Don Juan se apoyó en el respaldo.
—Podréis escribir. Cuando regreséis, vendréis a esta casa y seguiremos hablando.
Margarita giró hacia él.
—Juan…
—Las cartas llegarán aquí —añadió—. No veo inconveniente.
La joven sintió que el dolor y la alegría se mezclaban de un modo que no sabía soportar.
Manrique agradeció con una inclinación.
—Seré digno de vuestra confianza.
Don Juan miró a su hija.
—Y vos contestaréis si deseáis hacerlo.
Leonor asintió.
Le ardían los ojos.
Margarita no discutió delante del capitán.
Se levantó y dijo que debía revisar las provisiones. Al pasar junto a Leonor, rozó su brazo con la manga.
La joven esperó hasta escuchar sus pasos en el corredor.
Su padre llamó a Inés para que permaneciera en el salón mientras ella conversaba unos minutos con Manrique.
La criada entró con una bandeja vacía que nadie necesitaba.
Don Juan sonrió.
—No os entretendréis demasiado. Ambos tenemos un día complicado.
Luego los dejó.
Leonor tomó asiento cerca de la ventana. Manrique ocupó una silla frente a ella. La puerta permaneció abierta.
Inés se instaló al otro extremo, junto a una mesa donde había ropa para doblar.
Durante unos momentos ninguno habló.
—Quería decíroslo antes —comenzó él.
—Lo habríais sabido antes si yo hubiera bajado.
—No. Las órdenes llegaron ayer.
Leonor asintió.
Se miró las manos.
—¿Sabéis cuándo volveréis?
—No con certeza.
Aquella respuesta le dolió, aunque agradeció que no la adornara.
Manrique se inclinó hacia ella.
—En cuanto pueda hacerlo.
—Padre también se marcha.
—Lo sé.
—La casa va a parecer muy grande.
El capitán miró hacia el patio. Desde el salón se veía la fuente y una parte del corredor superior.
—Escribidme sobre lo que hagáis —dijo—. Incluso si os parece poco importante.
Leonor intentó sonreír.
—Tendréis cartas llenas de costuras.
—Espero que alguna incluya una crítica a mis anotaciones.
Ella soltó una risa pequeña.
Después volvió a quedarse seria.
—Temo no saber qué escribir.
—Habladme como lo hacéis en la ventana.
Leonor levantó los ojos.
Inés siguió doblando una tela, procurando no mirar.
—Aquí puedo escucharos mejor —añadió Manrique—. Sin las carretas.
Ella sonrió, pero una lágrima le cayó antes de que pudiera contenerla.
Se la limpió con rapidez.
—Perdonad.
Manrique sacó un pañuelo y se lo ofreció.
Leonor lo recibió.
No llevaba iniciales ni bordados, solo una línea azul en el borde.
—No tenéis que disculparos —dijo él.
Ella apretó el pañuelo entre los dedos.
Había pensado que, al recibir permiso de su padre, comenzaría algo sencillo. Visitas, conversaciones, quizá paseos acompañados. Apenas había podido imaginarlo y ya debía renunciar a ello durante un tiempo que nadie sabía medir.
—Volveré a veros —dijo Manrique.
Leonor lo miró.
Quiso creerlo con tanta fuerza que le dio miedo.
Cuando el capitán se marchó, don Juan lo acompañó hasta la puerta.
Leonor quedó en el salón con Inés.
La criada esperó a que el patio estuviera vacío.
—Vuestro padre lo ha permitido.
La joven asintió.
—Sí.
—Podréis recibir sus cartas.
Leonor miró el pañuelo.
—Se marcha mañana.
Inés dejó la ropa sobre la mesa.
—Pero quiere regresar.
La sencillez de aquellas palabras la sostuvo.
Leonor respiró hondo.
—Quisiera despedirme de él.
—Acaba de…
—Sin tener que pensar en lo que puedo decir.
Inés guardó silencio.
Ambas miraron hacia la escalera de servicio.
La llave del sótano ya no estaba en el armario.
Margarita pasó el resto de la mañana dando órdenes.
Pidió que retiraran del sótano las provisiones que todavía se usaban y las llevaran a la despensa. Hizo subir dos arcones pequeños y dispuso que el viejo jarro de barro permaneciera abajo porque tenía una fisura.
Leonor observó el movimiento desde el corredor.
—¿Por qué lo vacían? —preguntó.
—Hay humedad —respondió su madrastra.
Un criado pasó junto a ellas con una caja.
—Antes no parecía preocuparos.
Margarita volvió la cabeza.
—¿Ahora también opináis sobre el cuidado de la casa?
Leonor se apartó para dejar pasar al hombre.
Su madrastra miró hacia el despacho, donde don Juan hablaba con el administrador.
—Vuestro padre ha sido generoso esta mañana —dijo en voz baja—. Espero que no confundáis su confianza con libertad para hacer lo que os plazca.
La joven sintió el viejo miedo.
Sin embargo, recordó la pregunta de su padre.
Quiero saber qué pensáis.
—No lo haré —respondió.
Margarita la estudió unos instantes.
Después continuó hacia la cocina.
Inés consiguió la llave al final de la tarde.
No hubo engaño. Margarita le ordenó bajar por un paño que había quedado sobre la mesa y cerrar bien al salir.
La criada buscó a Leonor.
—No podremos tardar.
La joven dejó lo que tenía entre las manos.
Había pasado horas preguntándose si Manrique cumpliría su promesa de pasar después de la visita.
Bajaron sin encender lámpara. Todavía entraba claridad por la ventana.
El sótano parecía más amplio sin las cajas de conservas. Quedaban la mesa, algunos muebles cubiertos y el jarro fisurado en un rincón.
Leonor se acercó a la reja.
Manrique esperaba al otro lado.
Se incorporó al verla.
—No sabía si podríais venir.
—Yo tampoco.
Inés recogió el paño y se situó cerca de la escalera.
—Os avisaré —dijo.
Leonor apoyó las manos sobre la piedra.
El capitán llevaba el libro bajo el brazo.
—He querido devolveros algo.
Lo abrió y sacó la cinta verde.
Ella sintió una punzada.
—¿No deseáis conservarla?
Manrique negó con la cabeza.
—Quería verla otra vez en vuestro cabello.
Leonor soltó el aire que había contenido.
Él le tendió la cinta por los barrotes.
La joven la tomó y se recogió un mechón con dedos torpes.
—Inés lo hace mejor.
—Así está bien.
Manrique la miraba con una atención que ya no intentaba disimular.
Ella bajó las manos.
—Podéis llevarla —dijo.
—Entonces tendréis que dármela otra vez.
Leonor desató el pequeño nudo y extendió la cinta.
El capitán la recibió junto con su mano.
Esta vez ninguno fingió que el contacto había sido casual.
—He pensado en lo que vuestro padre dijo —comenzó Manrique.
Leonor levantó el rostro.
—Sobre esperar hasta vuestro regreso.
—Sí.
Ella miró sus dedos unidos.
—También yo.
El capitán guardó silencio un instante.
—No sé cómo decirlo sin que parezca una promesa hecha deprisa.
—Decidlo como lo pensáis.
Manrique respiró.
—Quiero regresar para pediros que seáis mi esposa.
Leonor permaneció inmóvil.
La frase era tan clara que no le permitió esconderse detrás de una interpretación más pequeña.
Él sostuvo su mano sin apretarla.
—No os pido una respuesta por miedo a marcharme —continuó—. Podéis tomar el tiempo que necesitéis. Conocerme mejor por las cartas. Cambiar de parecer si descubrís algo que no os agrade.
Leonor negó suavemente con la cabeza.
—Quiero conoceros más —dijo—. Pero ya sé que deseo que volváis.
Manrique sonrió.
Ella sintió que le temblaban los dedos.
—Y cuando volváis —añadió—, quiero estar en el salón. No aquí abajo.
El capitán miró los barrotes.
—En el salón —repitió.
—Con padre escuchando.
—Con vuestro padre escuchando.
Leonor se acercó un poco a la ventana.
—Prometedme que, si tardáis, escribiréis.
—Lo prometo.
—Aunque solo sean unas líneas.
—Aunque solo sean unas líneas.
Ella asintió.
Manrique llevó su mano hasta los labios y la besó.
Leonor cerró los ojos.
Sintió el contacto breve sobre los nudillos, el aire fresco de la calle y la piedra contra su otra palma.
Cuando abrió los ojos, él seguía mirándola.
—Os quiero, Leonor.
La voz apenas alcanzó el interior del sótano.
La joven había imaginado aquellas palabras, pero escucharlas fue distinto. Le pareció que necesitaba quedarse muy quieta para no perder ninguna parte del momento.
—Yo también os quiero.
Detrás de ella, Inés volvió el rostro hacia la escalera.
Margarita había salido del cuarto de provisiones para llamar a la criada.
Al no verla en la cocina, se acercó al corredor de servicio.
La puerta del sótano estaba entreabierta.
Oyó una voz masculina.
Se detuvo.
No bajó.
Desde el primer peldaño podía distinguir a Inés cerca de la escalera y, más allá, la figura de Leonor junto a la ventana. La muchacha tenía una mano extendida entre los barrotes.
Margarita quedó inmóvil.
Escuchó su nombre en boca del capitán. Después, la respuesta de Leonor.
Yo también os quiero.
Se retiró antes de que Inés levantara la vista.
En el patio pasó un criado cargando un baúl.
—¿Lo llevamos al zaguán, señora?
Margarita tardó en contestar.
—Sí. Allí.
Su voz hizo que el hombre la mirara, pero ella ya caminaba hacia el otro corredor.
—Debéis subir —susurró Inés.
Leonor volvió la cabeza.
La criada tenía una inquietud nueva en el rostro.
Manrique soltó lentamente su mano.
—Mañana saldremos temprano —dijo.
—¿Por esta calle?
—Por aquí.
Leonor asintió.
—Os veré desde arriba.
Él dobló la cinta verde.
—Buscaré vuestra ventana.
La joven quiso decir algo más. Había demasiadas palabras esperando y ninguna parecía suficiente.
Manrique apoyó los dedos sobre el hierro.
Ella los tocó desde dentro.
Luego se apartó.
Al llegar a la escalera miró atrás.
El capitán seguía al otro lado.
Durante unos instantes, aquella reja le pareció un lugar querido.
Margarita recibió la llave sin hacer preguntas.
Inés se la entregó junto con el paño.
Leonor permanecía a su lado.
Su madrastra miró primero a la criada y después a ella. No había enfado visible en su rostro.
—Id a preparar la cena —ordenó a Inés.
La muchacha se retiró.
Leonor quedó sola frente a Margarita.
—Vuestro padre os buscará antes de acostarse —dijo la señora—. Quiere despedirse por si no despertáis a tiempo.
—Me levantaré.
—Eso espero.
Leonor aguardó un reproche que no llegó.
Margarita guardó la llave.
—Podéis subir.
La joven obedeció.
Solo cuando llegó a su habitación advirtió que se había quedado con el pañuelo de Manrique. Lo sacó de la manga y lo extendió sobre el tocador, junto al retrato.
La línea azul del borde tenía el mismo color que el vestido de su madre.
Don Juan llamó a su puerta cerca de la medianoche.
Leonor estaba vestida todavía.
—Deberíais dormir —dijo él.
—No quería perder la despedida.
Su padre entró y tomó asiento al borde de la cama.
Durante unos momentos miró el retrato sobre el tocador.
—Os parecéis cada vez más a ella.
Leonor sintió un nudo en la garganta.
—Ojalá estuviera aquí.
Don Juan bajó la cabeza.
—También yo lo quisiera.
Era la primera vez en mucho tiempo que lo decía sin cambiar enseguida de asunto.
Leonor se sentó junto a él.
—Padre, ¿hablaréis de nuevo con el capitán cuando vuelva?
—Sí.
—Aunque Margarita no esté de acuerdo.
Él la miró.
—Vuestra madrastra se preocupa por vos.
Leonor apretó el pañuelo oculto entre sus manos.
Don Juan continuó:
—A veces lo expresa con demasiada severidad. Pero os quiere bien.
La joven sintió que aquel instante de cercanía comenzaba a cerrarse.
—Yo quiero que escuchéis lo que digo.
Su padre le tomó una mano.
—Lo haré.
Leonor se inclinó y lo abrazó.
Don Juan la sostuvo unos momentos, sorprendido por la fuerza con que se aferraba a él.
—Solo serán unas semanas —murmuró.
Ella apoyó el rostro en su hombro.
No le pidió otra promesa.
Al amanecer, la casa se llenó de movimiento.
Leonor bajó envuelta en un chal. Había dormido poco y el aire del patio le pareció frío.
Su padre la besó en la frente junto al zaguán.
—Escribidme si necesitáis algo.
—Vos también escribid.
Don Juan sonrió.
Margarita le acomodó el cuello del abrigo y habló de las provisiones, del dinero y de los encargos pendientes.
Después él salió.
Leonor permaneció en el umbral hasta que el caballo dobló la esquina.
Más tarde subió a su habitación.
No se quitó el chal.
Esperó junto a la ventana.
Cuando oyó los caballos de Manrique y sus hombres, apartó la cortina.
El capitán levantó la vista.
Llevaba la cinta verde anudada discretamente cerca de la empuñadura de su espada.
Leonor apoyó la mano en el cristal.
Él se tocó el sombrero.
No podía detenerse.
Ella lo siguió con la mirada hasta que dejó de verlo.
Todavía escuchaba los cascos cuando Margarita abrió la puerta de su habitación.
Leonor se volvió.
Su madrastra no miró la ventana. Miró el pañuelo sobre el tocador.
Luego sacó la llave del sótano y la sostuvo entre dos dedos.
—Bajad conmigo —dijo.
Leonor no se movió.
—¿Para qué?
Margarita mantuvo la puerta abierta.
—Tenemos que hablar de lo que habéis hecho.
