Capítulo 7 de 13
La llave por fuera
Leonor miró la llave y después el rostro de Margarita.
—Podemos hablar aquí.
Su madrastra permaneció junto a la puerta.
—Bajad.
La joven llevaba todavía el chal sobre los hombros. En la calle se habían apagado los cascos de los caballos y la mañana continuaba como si nada importante hubiese ocurrido.
Pensó en llamar a Inés.
No lo hizo.
Margarita la esperaba con una quietud que conocía bien: cualquier demora podía convertirse en una falta más.
Leonor pasó junto a ella.
Al llegar al corredor, miró hacia el despacho de su padre. La puerta estaba abierta. Sobre el escritorio quedaban un tintero, varias hojas descartadas y la silla ligeramente apartada.
La noche anterior había estado allí.
Lo haré, le había dicho cuando ella pidió que la escuchara.
Ahora el despacho estaba vacío.
Margarita abrió la puerta del sótano.
—Entrad.
Leonor descendió unos peldaños y se volvió.
—¿Qué queréis que os explique?
—Abajo.
La luz de la ventana alcanzaba el último tramo de la escalera. La joven siguió bajando, procurando no enganchar el vestido en las irregularidades del muro.
El sótano conservaba el olor de siempre, aunque sin las provisiones parecía más húmedo. Sobre la mesa quedaba una marca circular donde antes habían colocado una botella. El jarro fisurado estaba en el rincón.
Leonor se detuvo junto a la ventana.
Todavía recordaba la mano de Manrique entre los barrotes.
Margarita descendió hasta el último peldaño.
—Ayer os vi.
La joven se volvió.
No preguntó dónde.
Su madrastra miró la reja.
—Aquí. Con él.
Leonor apretó el chal.
—Padre permitió que nos conociéramos.
—Vuestro padre no permitió que os escondierais en un sótano.
—Habíamos venido antes de que él lo supiera.
Margarita dejó escapar una breve risa.
—De modo que lo confesáis.
Leonor sintió la necesidad de corregir lo que acababa de decir, pero ya era tarde.
—Queríamos hablar.
—Y para eso engañasteis a esta casa.
—No he engañado a padre sobre lo que siento.
Su madrastra bajó el último peldaño.
—¿Y qué sentís?
Leonor la miró.
Podía callarse. Podía pedir perdón sin precisar por qué y esperar que aquella conversación terminara. Había hecho eso muchas veces.
Pero Manrique acababa de marcharse llevando su cinta.
—Lo quiero.
Margarita quedó inmóvil.
Leonor sintió miedo al reconocer la expresión que cruzó su rostro. No era la irritación habitual ante una respuesta inoportuna. Había algo más, algo que parecía anterior a aquella mañana.
—Creéis que eso os da derecho a todo —dijo su madrastra.
—No he dicho eso.
—A desobedecerme. A utilizar a las criadas. A hablar de mí con un hombre al que apenas conocéis.
—No he hablado de vos.
Margarita se acercó.
—No hace falta nombrarme para hacerme parecer cruel.
Leonor retrocedió hasta rozar la mesa.
—Yo solo quería verlo.
—Y él quería a la hija de don Juan Núñez de Castro.
La joven levantó el rostro.
—No lo conocéis.
—Conozco a los hombres que llegan a una casa calculando lo que pueden llevarse.
—Padre lo escuchó.
—Vuestro padre escucha lo que desea escuchar.
Leonor tuvo la impresión de que aquella frase no estaba destinada únicamente al capitán.
Margarita miró hacia la ventana.
—Como escuchaba a vuestra madre.
Durante unos momentos, Leonor no supo responder.
Su madrastra había pronunciado el nombre ausente con un resentimiento que no intentó ocultar.
—Mi madre no tiene nada que ver con esto.
Margarita giró hacia ella.
—Siempre tiene que ver.
Su voz subió apenas.
—En esta casa se recuerda lo que hacía, lo que decía, lo que habría querido. Nadie se pregunta quién se ocupa ahora de que todo siga en su sitio.
Leonor observó las llaves en su mano.
—Nunca os he impedido cuidar la casa.
—No necesitáis impedir nada. Basta con que os quedéis sentada, mirándome como si yo estuviera ocupando un lugar que no me corresponde.
La joven negó con la cabeza.
—No pienso eso.
Margarita la examinó.
—Os parecéis a ella cada día más.
Leonor recordó las mismas palabras en boca de su padre. La noche anterior le habían parecido una caricia.
Ahora no sabía dónde poner las manos.
—No puedo cambiarlo —murmuró.
Su madrastra dio un paso atrás.
La distancia no la tranquilizó.
Margarita miró la mesa, los muebles cubiertos y la escalera. Parecía comprobar que todo estaba dispuesto como esperaba.
—Permaneceréis aquí hasta que aprendáis a respetarme.
Leonor tardó en comprender.
—¿Aquí?
Margarita comenzó a subir.
La joven avanzó hacia ella.
—No podéis encerrarme.
Su madrastra no respondió.
Leonor subió dos peldaños detrás de ella.
—Padre no lo permitiría.
Margarita llegó a la puerta y se volvió.
—Vuestro padre me ha confiado esta casa.
—No os ha dado permiso para hacer esto.
La señora sujetó el borde de la puerta.
Leonor intentó alcanzar el marco, pero Margarita la empujó hacia atrás. La joven perdió el equilibrio y se apoyó contra la pared.
El golpe de la puerta resonó en la escalera.
Después llegó el sonido de la llave.
Leonor se quedó quieta.
Oyó cómo Margarita la retiraba de la cerradura.
Al principio llamó con su voz habitual.
—Abrid.
Esperó.
—Margarita.
Apoyó la mano en la madera y empujó. La puerta apenas se movió dentro del marco.
—Abrid. Ya hemos hablado.
Del otro lado se escuchó un roce.
Su madrastra seguía allí.
Leonor acercó el rostro.
—No podéis dejarme encerrada.
La respuesta llegó baja:
—Entonces debisteis pensar antes de desobedecerme.
—Mi padre volverá.
—Cuando vuelva, habrá tiempo para explicaciones.
Los pasos se alejaron.
Leonor golpeó la puerta con la palma.
—¡Margarita!
No obtuvo respuesta.
El aire de la escalera estaba frío. La joven se envolvió en el chal y permaneció junto a la puerta, escuchando.
Todavía creía que volvería.
Inés encontró vacía la habitación de Leonor.
Había ido a retirar la jofaina y ayudarla a cambiarse después de las despedidas. La cama estaba hecha. El pañuelo de Manrique descansaba sobre el tocador, junto al retrato.
Pensó que la señorita habría bajado a desayunar.
La buscó en el comedor.
Luego en el salón.
Al regresar al patio vio a Margarita junto al zaguán, hablando con el hombre que acostumbraba llevar recados de la casa.
—Id hoy mismo —decía—. Necesito que entreguéis esto antes de la tarde.
Le dio un pliego doblado.
El hombre asintió y salió.
Inés esperó.
Margarita se volvió hacia ella.
—¿Qué queréis?
—Busco a la señorita.
—Está ocupada.
—Llevaba su ropa limpia.
—Dejadla en su habitación.
La criada miró hacia el corredor de servicio.
Margarita siguió la dirección de sus ojos.
—Venid conmigo.
Inés obedeció.
Entraron en el cuarto de costura. Su señora cerró la puerta.
—Sé que la ayudasteis.
La muchacha sintió que la boca se le secaba.
—¿Señora?
—No me obliguéis a repetirlo.
Inés bajó la cabeza.
Margarita dejó las llaves sobre la mesa.
—También sé que vuestra madre recibe una parte de lo que ganáis aquí.
La criada levantó los ojos.
—Sí.
—Y que no os resultaría fácil encontrar otra casa que os aceptara después de un robo.
Inés quedó inmóvil.
—No he robado nada.
Margarita abrió un cajón y sacó una cuchara de plata.
La puso junto a las llaves.
—Las cosas pueden desaparecer.
La joven miró la cuchara.
No la había tocado nunca.
Comprendió entonces por qué la señora había cerrado la puerta.
—¿Dónde está Leonor? —preguntó, apenas.
Margarita sostuvo su mirada.
—Cumpliendo un castigo.
Inés miró hacia el corredor.
La llave del sótano estaba separada de las demás.
—No hablaréis de esto con los criados —continuó Margarita—. No llevaréis recados y no bajaréis sin mi permiso.
—¿Cuánto tiempo…?
—El que yo disponga.
Inés se aferró a la ropa que llevaba doblada entre los brazos.
Margarita guardó la cuchara.
—Ahora podéis volver a vuestro trabajo.
Leonor había dejado de golpear.
Se sentó en un peldaño, cerca de la puerta, y frotó una palma con la otra. La madera le había enrojecido la piel.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Desde el patio llegaban ruidos amortiguados. Una voz de hombre. El movimiento de algo pesado. Luego silencio.
Volvió a levantarse.
—Inés.
Esperó.
—Si estás ahí, contéstame.
Había hablado sin la distancia cortés que acostumbraban mantener. El nombre salió como lo habría dicho una niña buscando compañía en la oscuridad.
No oyó nada.
Bajó hasta la ventana.
La calle seguía iluminada.
Se agachó y miró hacia ambos lados. Un hombre pasaba con un saco sobre el hombro.
—Señor.
Él continuó andando.
Leonor alzó la voz.
—¡Señor!
El hombre volvió la cabeza, pero ya había pasado la ventana. Frunció el ceño, buscó el origen de la llamada y después siguió su camino.
La joven sacó una mano entre los barrotes.
Sintió el aire sobre los dedos.
—Estoy aquí —dijo.
Nadie se detuvo.
Durante un momento le pareció absurdo tener que explicar su presencia en una casa que todo el mundo conocía.
Ella era Leonor Núñez de Castro.
Su padre había salido aquella mañana.
Podía decir su nombre, pedir que llamaran a la puerta y esperar que el malentendido se resolviera.
Se quedó junto a la ventana.
A la hora de la comida, la cocinera preguntó cuántos platos debían preparar.
—Solo el mío —respondió Margarita.
—¿La señorita no comerá?
La señora acomodó un paño sobre la mesa.
—Ha salido.
Inés dejó caer una cuchara dentro de la jofaina.
El ruido hizo que todos la miraran.
Margarita esperó hasta que la criada bajó los ojos.
—Visitará a unos parientes durante la ausencia de su padre —añadió.
La cocinera pareció sorprendida.
—No sabía que se iría.
—No tenía por qué saberlo.
Un criado llevó la fuente hacia el comedor.
Inés permaneció junto al agua.
Sentía la mirada de Margarita sobre la nuca.
Quiso preguntar a qué parientes, por qué no había salido ningún baúl, quién había acompañado a Leonor. Pero la cuchara de plata seguía en su pensamiento, tan visible como si descansara aún sobre aquella mesa.
Terminó de lavar.
No comió.
Leonor encontró el jarro en el rincón.
Lo levantó y lo inclinó.
Estaba vacío.
La fisura descendía desde el borde hasta la mitad del cuerpo. Recordó haberlo visto muchas veces lleno de agua para limpiar el suelo. Ahora solo tenía polvo adherido en el fondo.
Lo dejó sobre la mesa.
Su estómago comenzaba a dolerle.
Había tomado apenas una taza antes de despedirse de su padre. Luego había esperado al capitán sin pensar en el desayuno.
Miró hacia la escalera.
Quizá Margarita enviaría comida.
Quizá esperaba que pidiera perdón.
La joven se acercó otra vez a la puerta.
—Ya sé que os he desobedecido —dijo.
El silencio la obligó a escuchar sus propias palabras.
—Podemos hablar. No necesito estar aquí.
Apoyó la frente en la madera.
—Por favor.
No hubo respuesta.
Inés cruzó la puerta del corredor, que aún seguía abierta, y descendió hasta la puerta inferior cuando la casa comenzó a recogerse para la noche.
No llevaba llave.
Había esperado a que Margarita entrara en su habitación y a que los demás criados terminaran sus tareas. Aun así, cada escalón le pareció demasiado ruidoso.
Se arrodilló junto a la madera.
—Señorita.
Al otro lado se oyó un movimiento inmediato.
—Inés.
La criada cerró los ojos.
Leonor estaba allí.
Hasta ese momento había querido imaginar que el castigo no era exactamente lo que temía.
—¿Tenéis la llave? —preguntó la joven.
—No.
Hubo una pausa.
—¿Puede buscarse otra?
Inés miró la cerradura.
—No lo sé.
—Traed a alguien. A la cocinera. Que me escuche.
La criada sintió lágrimas en los ojos.
—La señora les ha dicho que habéis salido.
Leonor no respondió enseguida.
Cuando habló, su voz había cambiado.
—¿Salido adónde?
—A visitar parientes.
El silencio fue más largo.
Inés llevó una mano a la puerta.
—Tengo agua —susurró.
Había llenado una taza pequeña antes de bajar. La dejó en el suelo y buscó una abertura bajo la madera.
El espacio apenas permitía introducir los dedos. Al otro lado de la madera había un pequeño rellano antes de los últimos peldaños.
Intentó acercar el borde de la taza. Parte del líquido corrió por debajo de la puerta y se perdió entre las juntas del rellano; el resto se derramó del lado de Inés.
—No cabe —dijo Leonor.
Inés lloró sin hacer ruido.
—Puedo llevarla a la ventana.
—Sí. Sal a la calle.
La criada tomó la taza.
Antes de levantarse oyó pasos arriba.
Las dos quedaron inmóviles.
—Inés.
La voz de Margarita llegó desde el corredor.
La criada sujetó la taza contra el pecho.
La luz de una vela apareció en lo alto de la escalera.
Margarita no gritó.
Bajó dos peldaños y miró el agua derramada.
Después observó la taza.
—Subid.
Inés no se movió.
Al otro lado de la puerta, Leonor golpeó una vez.
—Tiene sed —dijo la criada.
Su señora extendió una mano.
—Dadme eso.
Inés sostuvo la taza.
Margarita descendió otro escalón.
—Dadme eso.
La muchacha se la entregó.
—No ha comido —añadió.
Margarita miró la puerta.
Leonor estaba tan cerca que podía oír su respiración.
—Mientras sigáis utilizando a los criados para desafiarme, no recibiréis nada —dijo.
La joven respondió desde dentro:
—No os estoy desafiando. Quiero salir.
Margarita se volvió hacia Inés.
—Arriba.
La criada comenzó a subir, temblando.
Leonor oyó cómo sus pasos se alejaban junto a los de la señora.
Después una puerta del corredor se cerró.
Esperó a escuchar que volvían.
Nadie volvió.
La primera noche fue fría.
Leonor se envolvió en el chal y se sentó sobre una tela que encontró cubriendo un mueble. No quiso pensar en el polvo ni en las manchas. La extendió sobre el suelo, cerca de la pared, donde el aire de la ventana llegaba con menos fuerza.
Los ruidos de la calle cambiaron.
Hubo menos voces, menos ruedas. Una conversación breve junto al muro. El paso de un caballo solitario.
Se levantó al oírlo.
—¡Ayuda!
El caballo siguió.
Leonor llegó hasta la reja y sacó el brazo.
La calle estaba casi vacía.
No había luces cerca.
Pensó en Manrique alejándose de Valladolid. Tal vez ya descansaba junto a una fogata. Tal vez llevaba la cinta en el bolsillo para protegerla del polvo.
Pensó en su padre y en la mano que le había ofrecido la noche anterior.
Escribidme si necesitáis algo.
Buscó dentro de la manga.
El pañuelo no estaba.
Lo había dejado sobre el tocador.
Entonces lloró.
No procuró hacerlo con discreción. Nadie iba a entrar para reprenderla por eso.
A la mañana siguiente, Inés encontró sus pocas pertenencias envueltas en un paño.
Estaban sobre una silla de la cocina.
Margarita la esperaba.
—Iréis a ayudar a mi hermana. Su criada está enferma.
Inés miró el pequeño envoltorio.
—¿Hoy?
—Ahora.
—Pero la señorita…
Margarita se acercó.
—La señorita está donde yo he dispuesto.
La criada sintió que las palabras le faltaban.
Su señora puso unas monedas sobre la mesa.
—Se os pagará el viaje. Allí os darán trabajo hasta que os mande llamar.
Inés no tocó el dinero.
—Quiero despedirme.
—No.
Un hombre esperaba junto a la puerta de servicio con una carreta. Era el mismo que había llevado el recado la mañana anterior.
La criada comprendió que Margarita había preparado su partida antes de que intentara llevar agua.
Pensó en negarse.
Pensó en correr hasta el zaguán y gritar.
También pensó en su madre, en la cuchara de plata y en lo poco que pesaría su palabra frente a la de una señora de aquella casa.
Tomó el envoltorio.
Al cruzar el patio miró hacia la escalera del sótano.
La puerta del corredor de servicio estaba cerrada.
Leonor escuchó golpes en la ventana poco después.
Al principio creyó que alguien respondía a sus llamadas.
Se levantó de inmediato.
Un hombre examinaba los barrotes desde la calle. Otro había dejado un montón de ladrillos junto al muro.
—Aquí —dijo una voz conocida.
Margarita estaba afuera.
Leonor se acercó a la reja.
—¿Qué hacéis?
Su madrastra no respondió.
Uno de los obreros inclinó la cabeza, tratando de mirar hacia el interior.
—¿Hay alguien abajo?
Margarita se interpuso.
—Una muchacha que está cumpliendo un castigo. Continuad.
Leonor apretó los barrotes.
—Soy la hija de don Juan Núñez de Castro. No pueden cerrar la ventana.
El hombre vaciló.
Miró a su compañero y después a la señora.
—Mi esposo ha encargado esta reparación —dijo Margarita—. Ese sótano no necesita abrir hacia la calle.
—Mi padre se fue ayer. No ha pedido esto.
El obrero apartó los ojos.
Margarita sacó una bolsa.
Las monedas sonaron cuando la dejó sobre el montón de ladrillos.
—Terminad antes del mediodía.
Leonor vio cómo el hombre tomaba el primer ladrillo.
Lo colocó contra la parte inferior del hueco.
Ella soltó la reja y retrocedió.
La claridad comenzó a reducirse.
Volvió a llamar a su padre, como si al pronunciar su nombre pudiera hacerlo regresar.
El segundo ladrillo cubrió una franja de la calle.
Detrás de la pared, alguien mezclaba el mortero.

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