Capítulo 8 de 13

La rendija

El tercer ladrillo cubrió el lugar donde Manrique había apoyado la mano.

Leonor lo vio asentarse sobre una capa de mortero y sintió un impulso de arrancarlo. Metió los dedos entre los barrotes y empujó desde dentro.

El obrero retrocedió.

—Apartaos, señorita. Podéis lastimaros.

—Entonces dejad de hacerlo.

El hombre miró hacia donde estaba Margarita.

La señora no se había movido.

—Continuad —ordenó.

Leonor buscó el rostro del otro trabajador. Era más joven y tenía una mancha blanca en el cuello de la camisa. Sostenía un cubo junto al montón de ladrillos.

—Decidle que abra la puerta —le pidió—. No he hecho nada para que me encierren.

El muchacho bajó la mirada.

Su compañero volvió a colocar el ladrillo que ella había desplazado.

La mezcla fría rozó los dedos de Leonor.

Los retiró.

Los golpes de la herramienta llenaron el sótano.

Cada vez que asentaban un ladrillo, una parte de la calle desaparecía. Primero dejó de ver el suelo. Después las ruedas de las carretas. Luego solo pudo distinguir las rodillas de quienes pasaban.

Leonor no se apartó de la ventana.

Llamaba cuando escuchaba voces cerca, pero el ruido del trabajo se confundía con el suyo. Algunos caminantes miraban hacia los obreros. Uno preguntó qué reparaban.

—Una ventana que ya no se usa —respondió Margarita.

Leonor alzó la voz.

—¡Sí se usa! ¡Estoy aquí!

El caminante se detuvo.

Desde dentro, ella alcanzó a ver parte de su chaqueta.

—¿Quién habla?

Margarita dio un paso hacia él.

—Una muchacha de la casa. Ha sido castigada y pretende convertirlo en un espectáculo.

—No me han dado agua —dijo Leonor.

Hubo un silencio.

El hombre miró a los trabajadores.

Margarita sostuvo su atención con una cortesía rígida.

—Mi esposo y yo sabemos cómo atender los asuntos de nuestra familia.

El caminante se quitó ligeramente el sombrero.

—Por supuesto, señora.

Leonor vio desaparecer su chaqueta.

Quiso seguir llamándolo, pero su garganta le dolía.

Cuando el hueco quedó reducido a una franja estrecha, el trabajador más joven dejó el cubo.

—Habrá que dejar respiración —dijo.

Margarita miró la abertura.

—He pedido que se cierre.

El otro hombre limpió su herramienta.

—Si lo sellamos entero, se juntará más humedad. La pared acabará dañándose.

La señora observó la cantera que rodeaba la ventana.

Leonor permanecía inmóvil detrás.

—Que no se vea el interior —dijo al fin.

Los obreros se miraron.

Colocaron otra hilera y dejaron una abertura junto a uno de los barrotes, en el extremo superior. Era irregular, apenas más ancha que una mano.

Margarita se inclinó para examinarla.

Desde donde estaba no podía ver a Leonor.

—Terminad los bordes.

La joven oyó cómo raspaban la mezcla sobrante.

El muchacho se acercó una última vez al hueco. Su rostro quedó parcialmente visible.

Leonor miró sus ojos.

—No os vayáis.

Él tragó saliva.

—Yo no tengo la llave.

—Podéis buscar ayuda.

El trabajador miró hacia su compañero, que recogía las herramientas.

Después retiró una pequeña astilla que sobresalía de la abertura.

—No acerquéis la mano hasta que seque —murmuró.

Se apartó antes de que Leonor pudiera responder.

Cuando todos se marcharon, el silencio resultó más difícil de soportar que los golpes.

Leonor se quedó mirando la pared nueva.

El mortero conservaba manchas oscuras. Una línea de luz atravesaba la abertura y caía sobre el suelo. En ella flotaban partículas de polvo que se movían lentamente.

Acercó el rostro.

Solo podía ver una porción del muro de enfrente.

La calle seguía allí, pero ya no podía seguir el recorrido de nadie. Las personas aparecían como sombras que cortaban la luz durante un segundo.

Oyó unas ruedas.

Después, pasos.

—Ayudadme.

Su voz salió áspera.

Esperó.

El sonido se alejó.

Leonor llevó los dedos a los labios. Tenía la boca seca y una pequeña grieta comenzaba a arderle en el labio inferior.

Pensó en la taza que Inés no había conseguido introducir por debajo de la puerta.

En el agua derramada sobre la escalera.

Se levantó y fue a buscarla.

La humedad que había alcanzado el rellano interior había desaparecido.

Leonor se agachó junto al lugar donde recordaba la mancha. Pasó la palma sobre la piedra.

Solo encontró frío.

Durante unos momentos permaneció arrodillada, con la mano extendida.

Luego se incorporó y golpeó la puerta.

—Necesito agua.

Esperó.

—No podéis dejarme así.

Al otro lado se oyó una puerta lejana.

La joven acercó la boca a la madera.

—Si hay alguien, por favor…

Los pasos no se aproximaron.

Leonor bajó despacio.

El hambre seguía doliéndole, pero ahora la sed ocupaba casi todos sus pensamientos. Recordaba las jarras de la cocina, el agua de la fuente, la jofaina que Inés llevaba cada mañana. Cosas en las que nunca se había detenido demasiado.

Se sentó junto a la mesa.

La claridad de la rendija fue cambiando de lugar hasta que dejó de iluminarle las manos.

Inés llegó a casa de la hermana de Margarita antes del anochecer.

La mujer la recibió en el patio, mientras un criado descargaba sus pocas pertenencias.

Se llamaba doña Beatriz. Tenía el rostro más redondo que Margarita y una manera de hablar que no permitía pausas.

—Mi hermana dice que sabéis trabajar —comentó—. Espero que sea cierto.

Inés sostuvo su envoltorio.

—Señora, necesito regresar a Valladolid.

Beatriz levantó las cejas.

—Acabáis de llegar.

—La señorita Leonor…

El hombre de la carreta dejó una caja y miró hacia ellas.

Inés disminuyó la voz.

—Está encerrada.

Beatriz frunció el ceño.

—¿Qué decís?

—En el sótano. No le han llevado comida.

La señora miró al hombre.

Él se acomodó el sombrero entre las manos.

—Yo no sé nada de eso. Doña Margarita me pidió traer a la muchacha.

Beatriz volvió hacia Inés.

—Mi hermana os ha enviado para ayudarme, no para repetir asuntos de su casa.

Beatriz echó una mirada al carretero. Le inquietaba que aquella acusación circulara fuera de la familia antes de hablar con Margarita.

—No es un asunto. La he oído.

La mujer se quedó callada un momento.

Aquella pausa le dio esperanza.

—Está sola —añadió Inés—. Su padre salió de viaje.

Beatriz tomó el pliego que había recibido.

Lo abrió y leyó de nuevo unas líneas.

Su expresión cambió.

—También me advierte que sois propensa a inventar historias cuando os corrigen.

Inés miró la carta.

No podía leerla.

No sabía qué más había escrito Margarita.

—Eso no es verdad.

—Entonces demostradlo cumpliendo con vuestro trabajo.

Beatriz señaló una puerta al fondo.

—Dejad vuestras cosas allí. Mañana hablaremos.

Inés no se movió.

La señora la observó con impaciencia.

—Ahora no.

La criada cruzó el patio.

Había imaginado que bastaría decirlo en voz alta.

En su cuarto encontró un catre y una pequeña ventana hacia un huerto.

Se sentó sin desenvolver la ropa.

Todavía llevaba en el bolsillo la hoja donde Leonor había escrito su nombre.

La sacó.

Las letras grandes parecían distintas bajo aquella luz. Reconoció la primera, después la siguiente. Las había repetido tantas veces que podía seguirlas con el dedo sin equivocarse.

Inés.

Eso sabía leer.

No podía escribir una carta contando lo que había ocurrido. No sabía poner el nombre completo de don Juan ni explicar dónde encontrarlo.

Pero conocía el del capitán.

Se levantó.

En la cocina preguntó si alguien podía escribir un recado por ella.

La mujer que removía una olla negó con la cabeza.

—El mayordomo sabe. Pero ya se ha ido.

—¿Cuándo vuelve?

—Mañana.

Inés asintió.

Al regresar a su cuarto, decidió que le pediría ayuda antes de empezar cualquier tarea.

No iba a esperar a que doña Beatriz quisiera escucharla.

Manrique escribió su primera carta al caer la noche.

Habían pasado dos días desde su partida. El alojamiento era incómodo, pero tenía una mesa y una vela que se mantenía encendida si cerraba bien la ventana.

Extendió el papel.

Al principio escribió con la formalidad de alguien que sabe que otras personas pueden leer lo que envía. Preguntó por la salud de Leonor y dijo que el camino había sido tranquilo.

Después dejó la pluma.

Miró la cinta verde junto al tintero.

Volvió a escribir.

Hoy he visto una casa con un patio parecido al vuestro. Me he detenido más de lo necesario porque una mujer estaba leyendo junto a la fuente. No era tan joven como vos y el libro seguramente era otro, pero durante un instante he podido imaginar cómo os encontraré al regresar.

Leyó el párrafo.

No lo tachó.

Añadió una pregunta sobre las lecciones de Inés. Leonor se las había contado en uno de sus encuentros y él había prometido buscar un pequeño libro que pudiera servirles.

Al terminar, dobló la carta con cuidado.

La entregaría al hombre que salía al amanecer hacia Valladolid.

Antes de acostarse tocó la cinta.

Pensó que Leonor quizá estaría leyendo junto a su vela.

Ella ya no tenía luz.

La abertura dejaba pasar una claridad gris que apenas dibujaba el suelo. Leonor se había envuelto en el chal y en la tela del mueble, pero no conseguía encontrar una posición cómoda.

Cuando cerraba los ojos soñaba con agua.

No eran sueños largos. Una jarra sobre la mesa. La fuente del patio. Su madre inclinando un vaso para que no bebiera demasiado deprisa.

Despertaba con el impulso de extender la mano.

Luego reconocía la pared.

Oyó voces junto a la ventana.

Se incorporó.

—Por favor.

Dos hombres hablaban cerca. Uno soltó una risa y el otro le pidió que caminara más despacio.

Leonor llegó hasta el hueco.

—Necesito agua.

Las voces se detuvieron.

—¿Habéis oído?

La joven acercó la boca a la abertura.

—Estoy encerrada.

Hubo un roce contra la pared exterior.

—¿Quién sois?

Leonor sintió que la esperanza le devolvía fuerza.

—Leonor. La hija de don Juan Núñez de Castro.

Uno de los hombres murmuró algo.

El otro preguntó:

—¿Por qué estáis ahí?

—Mi madrastra me encerró. Mi padre no lo sabe.

Silencio.

Después, una risa insegura.

—Será alguna broma.

—No. Por favor, llamad a la puerta.

Uno de ellos caminó unos pasos.

Leonor esperó el golpe en el zaguán.

No llegó.

—Vámonos —dijo el otro—. No os metáis.

Las voces se alejaron.

La joven apoyó la frente contra los ladrillos.

El mortero olía todavía a humedad.

A la mañana siguiente encontró una pequeña astilla cerca de la pared.

La tomó y volvió al hueco.

Intentó desprender la mezcla entre dos ladrillos. Trabajó despacio, raspando donde parecía más blanda.

Cayeron algunos granos.

Luego la punta se rompió.

Leonor siguió con el fragmento que le quedaba.

Al cabo de un rato comprendió que apenas había agrandado una irregularidad del borde. El barrote seguía atravesando el espacio y la pared era más gruesa de lo que había imaginado.

Se sentó.

Le temblaban las piernas.

Miró la astilla entre sus dedos.

La había usado como si pudiera hacer con ella el trabajo de una herramienta de hierro.

Aun así, la guardó dentro del chal.

Era lo único que tenía.

Margarita recibió la primera carta del capitán aquella tarde, la del tercer día del encierro.

El mensajero preguntó por Leonor.

La señora tomó el pliego.

—Yo se lo entregaré.

El hombre inclinó la cabeza.

—El capitán espera respuesta cuando sea posible.

—La tendrá.

Margarita cerró la puerta.

Llevó la carta al despacho de don Juan y la dejó sobre el escritorio. Durante unos momentos observó el nombre escrito por fuera.

Señorita Leonor Núñez de Castro.

Abrió el pliego.

Leyó de pie.

Al llegar al párrafo del patio, se detuvo. Después continuó hasta el final.

La pregunta sobre Inés hizo que apretara el papel.

No lo quemó.

Lo dobló de nuevo y lo guardó en un cajón junto a los documentos de su esposo.

Más tarde tomó una hoja limpia.

A don Juan le escribió sobre las cuentas de la casa, una visita y las provisiones que había recibido. Añadió que Leonor estaba pasando unos días con familiares para distraerse durante su ausencia.

Esperó a que secara la tinta.

Luego cerró la carta.

Leonor ya no llamaba cada vez que oía pasos.

Había aprendido que debía acercarse primero al hueco y esperar a que el sonido estuviera justo frente a la ventana. Si gritaba demasiado pronto, nadie encontraba de dónde venía la voz. Si lo hacía tarde, las personas ya se habían alejado.

Aquella tarde oyó arrastrar unas sandalias.

Metió los dedos por la abertura.

El mortero le raspó la piel.

Giró la muñeca, empujó un poco más y consiguió sacar la mano.

Por fuera, el aire estaba tibio.

Dentro, su brazo temblaba por el esfuerzo.

—Agua —dijo.

Las sandalias se detuvieron.

Un niño miró la mano.

Leonor no podía verlo, pero oyó cómo acercaba los pies.

—¿Quién está ahí?

—Una mujer. Necesito que busques ayuda.

El niño no respondió.

Ella movió los dedos lentamente.

—No tengas miedo.

Al otro lado, la respiración del pequeño se volvió más rápida.

Después corrió.

Leonor intentó llamarlo, pero la voz se le quebró.

Mantuvo la mano afuera un momento más.

Quizá volvería con alguien.

El muchacho llegó a una esquina y se aferró a la falda de su madre.

—Hay una mano en la pared.

La mujer lo apartó para mirarlo.

—¿Qué?

—En la casa grande. Sale por un agujero.

Su madre volvió los ojos hacia la calle.

—Habrá alguien trabajando.

—Me habló.

La mujer frunció el ceño.

—¿Quién?

—La mano.

Su madre le sujetó el brazo.

—No digas tonterías.

El niño miró hacia atrás.

Todavía podía ver, a lo lejos, los dedos pálidos que se movían junto al hierro.

—Pedía agua —murmuró.

La mujer se quedó quieta.

Luego tiró de él hacia el otro lado de la calle.

—Vamos.

Leonor retiró el brazo cuando ya no pudo sostenerlo.

Tenía una raspadura cerca de la muñeca. La observó bajo la escasa luz y la cubrió con un pliegue del chal.

Se sentó junto a la pared.

No sabía si era el tercer día o si había dormido más tiempo del que creía. Las campanas llegaban amortiguadas y a veces confundía una con otra.

Intentó recordar la última conversación con Manrique palabra por palabra.

En el salón.

Con vuestro padre escuchando.

Mantuvo los ojos abiertos para conservar aquella imagen.

Su padre sentado junto al escritorio. Manrique frente a él. Ella entrando por la puerta sin esconderse.

Cuando el mareo le obligó a apoyar la cabeza, se dijo que debía guardar fuerzas.

Volvería a sacar la mano cuando oyera a alguien.

Lejos de Valladolid, Inés encontró al mayordomo copiando unas cuentas.

Puso la hoja con su nombre sobre la mesa.

—Necesito que escribáis una carta.

El hombre levantó la vista.

—¿Para quién?

—Para el capitán Manrique de la Serna y Frías.

—¿Dónde está?

Inés se quedó callada.

No lo sabía.

El mayordomo esperó.

—Salió de Valladolid con sus hombres —dijo ella—. Hace unos días.

Él dejó la pluma.

—Eso no es una dirección.

La criada se aferró al borde de la mesa.

—Entonces para don Juan Núñez de Castro.

—¿Dónde encontrarlo?

Inés sintió que las dos personas capaces de abrir aquella puerta se alejaban todavía más.

Miró la hoja.

Su nombre estaba escrito con claridad.

El de Leonor aún no podía escribirlo.

—Ayudadme a averiguarlo —pidió—. Por favor.

El mayordomo observó sus ojos enrojecidos.

Esta vez no volvió enseguida a las cuentas.

—Contadme qué sucede.

Al caer la noche, Leonor escuchó nuevos pasos.

Se levantó apoyándose en la mesa y llegó hasta la rendija. Introdujo primero los dedos, después la mano.

La mantuvo abierta.

Ya no intentó explicar toda la historia.

No habló de su padre ni de Margarita. No dijo que aquella era su casa.

Había aprendido cuánto tardaba una persona en pasar frente a la ventana.

—Pan —susurró—. Un poco de agua.

Al otro lado, alguien disminuyó el paso.

Leonor extendió los dedos cuanto pudo.

Esperó.

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